Hay libros que esperan pacientemente ser leidos. Están ahí, uno encima del otro. Se apilan según la contingencia. Hasta que le llega su día. Puede ser de madrugada, a la hora maldita de la pos siesta o bien cuando la noche empieza a tender su oscuro manto. Me pasó con el libro de Rodrigo Ramos «Tropitambo. Más de 30 crónicas». Con una portada nada más ad hoc. Una portada que recoge la estética del mundo popular andino del Norte Grande y más allá.

Son crónicas que transcurren en el Norte Grande, territorio que Ramos conoce muy bien. Se puede leer y devorar este libro no necesariamente por el principio. He ahí una de sus tantas gracias. Como se dice por ahí se deja leer. El uso que los chilenos hacen de Tacna, que consiste no sólo en ir al médico, sino que también comer bien y por cierto atender otro tipo de placeres, queda en evidencia. Estar en Calama y sentir la presión de los zorros del desierto en su reducto que alguna vez fue inexpugnable. San Pedro y su oferta de autenticidad y su desvaríos en sus heladas noches de carrete. Mejillones que aun conserva ese aire marcado por la rubiecita que inspiró a Gamadiel. Y por cierto la presencia de los migrantes, sobre todo de afro-descendientes que encuentran en nuestras ciudades, la calidez y la informalidad que más al sur pareciera que no existiera. Y que van en masa a bailar y a escuchar a Maelo Ruíz, un señor de la salsa.

Ramos maneja el lenguaje de la crónica como un buen artesano. Tiene escuela y oficio y sobre todo tiene esa sensibilidad del viejo cowboy, donde pone el ojo pone la bala. Ante tanto «paper» sobre las migraciones, es hora de considerar este libro de Rodrigo como un buen insumo etnográfico para entender las nuevas pieles que nos cubren. Si antes fueron los griegos, eslavos y croatas, ahora son haitianos, colombianos los que nos marcaran como aquellos. Que me haya demorado en agarrar este libro, tiene como dice Ramos, una respuesta de manual.

Publicado en El Mercurio de Antofagasta, el 15 de octubre de 2019, serie Linterna de Papel

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