2 de febrero de 1945
7 de abril de 2007

El paisaje futbolero de este gran campo de juego que alguna vez fue Iquique, tiene una ausencia difícil de pasar por el cedazo del olvido. Ricardo Villalba se nos fue como se nos han ido tantos. Su enjuta figura y sus bromas a granel ya no nos acompañaran. No lo conocí mucho, pero sabía de sus virtudes. De sus defectos nadie me habló. Lo conocí allá por la década de los 90 cuando se ofreció, vía Adrián Rivas, a conducir el lanzamiento de un libro que narraba las glorias deportivas de una ciudad que no se puede entender sin el deporte.

Lo demás puede ser historia conocida. Ya sea por la calle Tarapacá, o bien en el complejo deportivo, con su grabadora en mano, preguntaba por esa pasión que se llama fútbol. El Unión Pueblo Nuevo, el equipo del back central Santiago Salfate, se le clavó en el corazón. Ya lo sabemos: podemos cambiarlo todo, menos de club. Y Villalba entendió como muchos que ese mandamiento ordena la vida de aquellos que con pelota de trapo o vejiga de res, tratan de animar las tardes de ese Iquique tranquilo que sólo “El Familia” alegraba con sus melodías arrancadas de un cacho de toro. Siempre hay club de base en la que las lealtades y las complicidades se forman, y nunca más se olvidan. Me temo que el Unión Pueblo Nuevo, animador de tantas épicas deportivas, no dimensiona aún, lo que ha perdido.

Su vocación de arquero debió posponerla. Quizá su sueño pudo haber sido el emular las voladas de esos viejos arqueros suicidas como Julio Vernal, Zuzulich, o nuestro eterno   “Mono” Sola. Un aviso del cuerpo lo hizo abandonar esa vida intensa que se desarrolla bajo los tres palos. El flaco Villalba con envidia habría escuchado la frase de Matildo Ubaldo Fillol: “en el arco fui feliz”. Pero como buen iquiqueño hubiera preferido la sobriedad de Manuel Astorga  a las excentricidades del loco Gatti. Ya los sabemos en el planeta fútbol, los arqueros son de otra galaxia.

Para los iquiqueños, en el amplio sentido de la palabra, el fútbol sigue siendo esa arena donde todos nos encontramos. Esa gran familia que órbita en torno a esa práctica y que tanta identidad nos ha entregado, tiene la bandera a media asta. Un enorme crespón negro, como las banderas que los viejos iquiqueños enarbolaban en los años 50, debería cubrir el asta más grande de los corazones de aquellos que re-actualizan sus virtudes cada fin de semana en el cancha del “hoyo”, o sea, en el Hernán Villanueva.

Ese gran campo de juego, de tierra, que alguna fue vez esta ciudad, ciudad limpia eso si, y que cada día la perdemos un poco, con la ida del flaco Villalba un gustillo a derrota se nos pasea por la boca. La muerte es una derrota, pero no es la última palabra. El olvido si lo es. Por eso que estas muertes duelen, porque se nos van iquiqueños irreductibles, porque nos dejan los imprescindibles.

Un nuevo barrio iquiqueño se empieza a poblar. Es el Cementerio 3 y que afortunadamente, para Ricardo,  está cerca de Pueblo Nuevo, próximo a  esas canchas de tierra en la que se forjaron hombres como Moisés Avilés, Víctor Hugo Sarabia y tantos otros como ese inolvidable equipo de baby fútbol que en la Plaza Arica embelleció las noches del verano: Los Intocables.

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