El patio de mi casa, se me hizo más bello, cuando escuché la Milonga para Celinda. Desde ese entonces mi madre, doña Haydée, se pasó a llamar, sólo para mi, casi en secreto, Celinda.

La infancia tantas veces cantada por Quelentaro, «que hambre más bonita  la  de la infancia», se me convirtió en un himno, tarareado, sin necesidad de ponerme de pie, y menos aún de tocarme el corazón. No hacía falta. Gracias a los hermanos Guzmán conocí ese sur que para los del Norte Grande, siempre es un misterio. Angol, no existiría sin el cantar de Quelentaro. Angol está en el mapa gracias a ese canto. Los hermanos Guzmán, oraron para que Judas se metiera al Congreso e hiciera lo que mejor sabe hacer.

El profesor primario que narra en una de sus canciones, nos hizo clases a todos. Gracias a él, enhebramos las letras y construimos prosas y a veces, con dificultad, versos. Don Alfredo Rosales Alarcón, se reencarnó en don Octavio Villarroel Coca. «Somos todos Lonconao».

Quelentaro construyó la mejor crónica musical del Chile mapuche y campesino. Nos habló de la patria desde la provincia. Nunca le «pudieron abajar el canto» ni la muerte.

Nos dejó ese verso preciso y contundente, escudo protector «Voy a jugar al olvido y apuesto que te gano».

Iquique, 28 de agosto de 2019.

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