Caminar es en cierto modo  un oficio. Y como tal está inspirado en la vocación. Es una libre elección. Hay calles que llaman más que otras.  Calles que reciben tus pasos casi de un modo familiar. No es un simple desplazarse. Caminar, es dialogar con las veredas con hoyos o sin ellas, de maderas o de cemento o de tierra.

Caminar con la cabeza erguida y con un pie en el barrio y el otro en el cielo, o como quiera que se le llame, es un ejercicio que requiere humildad.  Caminar por nuestras calles es salir al encuentro del otro, el cercano, el que te no te ausculta, el que te entiende, el que asiente, el que te lleva a ese pasado inventado o no, pero a tu pasado. Es saludar al que puede ser tu nuevo amigo.

Las calles son los lugares del encuentro. Espacios que median entre lo familiar y lo desconocido. Pasillos que te llevan a destinos no siempre definidos. A veces me quedo con los silencios de las calles, con las voces felices de los colegiales saliendo de clases, con la joven colombiana tarareando una evidente rima de un regueton.

Peatón del casco antiguo de la ciudad. Orella arriba, Bulnes abajo, al norte el Colorado al sur Unión, del tiempo del Perú. Duros días y largas noches. Los míos que son muchos como escudos protectores. Antes que existiera la palabra resiliencia ya lo éramos. No había otra. El rigor, la puntualidad, la disciplina, la transpiración, que mi viejo padre, el ferroviario me enseñó con el ejemplo, al igual que Van Kessel, el viejo Manuel, mi abuelo Guillermo. Las calles han cambiado. Tiempos violentos diría Tarantino. Marcelo Bielsa ordena que la ética sustantiva vuelva a ocupar su lugar. Albert Camus escribió que todo lo que sabe de la vida lo aprendió del fútbol. La calle te lleva, la calle es libre. Peatón de calles largas y angostas y nuestras. Bolívar arriba, Serrano abajo, Esmeralda de nuevo arriba. Las calles tienen memoria: «hasta las suelas de mis zapatos/ te echan de menos» canta Sabina.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 12 de mayo de 2019, página 13

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