Todo Chile parece estar en la pizarra. Pero ahora no son los estudiantes los que comparecen ante los ojos escrutadores del profesor. Es la sociedad la que a través del cuestionamiento a la educación, la que está reprobando. Y para llamar la atención, los estudiantes de enseñanza media, los liceanos, no encontraron mejor cosa que salir a la calle, tomarse los colegios y con su estética tan de ahora, se adueñaron de los micrófonos y de las pantallas. Bien por ellos,  bien por nuestra educación que clama una cirugía de marca mayor.

En Iquique, no costó mucho que se sumaran a ese clamor nacional. Después que cientos de liceanos desfilaran frente a Prat, huelga decir que en el Puerto Mayor, el 21 de mayo es nuestra fiesta nacional, dejaron sus uniformes, guardaron las cajas, el bombo, los bronces, los pitos y la guaripola (en esta ciudad tan identitaria, los muchachos y las muchachas, tienen bandas de guerra) y se fueron a la calle (en esta ciudad tan patrimonial, todo, absolutamente todo, se hace en la calle) pero ahora vestidos para la ocasión. Sacaron telas que venden por fardos en la Zofri y pintaron sus consignas. Exigen calidad, y la escriben como “Kalida”, como para  subrayar lo mal que está la escuela.

A fines de los 60, los muchachos de ese entonces que escuchábamos a Led Zeppelín y a los Quila, a los New Demons y Los Angelos (estos dos grupos tan iquiqueños como Luis Advis y Antonio Prieto), nos tomamos el Liceo de Hombres. En ese entonces la jerga de la revolución tanto de Frei como de Allende, no había reparado en el tema del género. Cerca estaba el Liceo de Niñas.  Hombres y mujeres teníamos nuestros propios pizarrones y un solo baño. Los hombres acá, las mujeres allá. En la Plaza Prat, nos juntamos.

Bajo la conducción de militantes socialistas y de algunos miristas, tomamos por asalto el viejo edificio de madera de la calle Baquedano. Un grupo de los primeros, salimos de una casa ubicada en la calle Ramírez, y logramos entrar, sin ninguna resistencia, al Liceo custodiado por un viejo sereno de apellido Cerda y de nombre Ranulfo. Nos dirigió un militante pampino, cuyo sobre nombre era “Comandante Guata”. El Che, había muerto recién.

Nuestra demanda, no era sólo cambiar la sociedad, sino que también cambiar el mundo. Así de simple. Al final, logramos algo de lo que estamos –ahora y visto en perspectiva-, arrepentidos: que se echara abajo el viejo liceo de pino oregón construido en el año 1885. Un crimen del que es también culpable la autoridad de la época que cedió a nuestra no patrimonial demanda.  La Sociedad Constructora de Establecimientos Educacionales fue la encargada de perpetrar el horroroso crimen. Se levantó, al principio, una mole de vidrio que después, se logró modificar. Ahora  tiene un algo, que lo hace un poco  parecido al original.

Este 7 de junio nuestro Liceo cumple 120 años de vida. Luego del quiebre institucional del 1973, se convirtió en “Liceo A-7, Libertador Bernardo O´Higgins”. Hoy es mixto. El otro Liceo, era republicano y demócrata. A él, acudían no sólo la chiquillada de todos los barrios, sino que también de todas las clases sociales. O para ser más preciso de las tres que en ese entonces había. Los ricos, si es que lo había, eran comerciantes enriquecidos, pero que carecían de eso que el sociólogo francés Pierre Bourdieu, llamó la distinción. La elite salitrera se terminó extinguiendo como el salitre de la pampa. La sala de clases era el reflejo del Iquique setentero. Pero tampoco era tan demócrata. La xenofobia contra los aymaras era cosa siniestra. Apelativos como “paitocos” eran los más suaves. Los Choque, los Mamani, eran nuestros Machucas.

Nuestro himno es la expresión del nacionalismo y del espíritu ilustrado de la época: “La vanguardia de Chile formamos/ nobles hijos de Tarapacá”. Remate con una frase inspirada en Voltaire: “La ignorancia traidora enemiga”.

Al ver a los colegiales en las calles, y después de leer los análisis que se hacen sobre los jóvenes en los textos de sociología y de psicología, después de ver los sondeos de opinión en que detallan estadísticamente la apatía adolescente, como que dan ganas de escuchar, una vez más a Los Iracundos, ese grupo uruguayo que ahora se convirtió a la religión evangélica: “Salvaremos nuestro mundo/que girando mal da vueltas/en un clima de ternura y comprensión”. Para rematar: “Natural es que luchemos/ por un mundo mejor/ con la fuerza que nos da/ la juventud”.

Pero no hay que moverse a engaños. Una golondrina no hace verano.

Publicado en www.nuestro.cl

 

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