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Nuestros muertos son la memoria viva de lo que somos. Nos indican de donde venimos y hacia donde vamos. Yacen en el cementerio y desde ahí, nos hacen guiños. Nuestra conexión con ellos tiene diversos lenguajes. Hay muertos, sin embargo, que están abandonados, doblemente muertos. Los cementerios pampinos, los de Huantajaya, por ejemplo, murieron. El olvido los mató. El de Pintados, gracias a un grupo de vecinos, parece volver a revivir.

Están los otros, lo que parecen vagar. Aquellos que no sabemos donde están, pero que imaginamos, a nuestro pesar, que cruzaron la raya de la vida y se internaron en ese mundo que la religión trata de hacer inteligible. Son los detenidos desaparecidos. Aquellos que se los llevaron aduciendo razones de Estado y que jamás volvieron. Cuando el ser humano aprendió a enterrar a sus muertos, entendió que el ciclo de la vida, se cierra. Sin ese ritual del velorio y del funeral, la muerte no está certificada.

En la pampa la muerte era casi cotidiana. Se moría por razones naturales y más por las otras: epidemias, matanzas, suicidios, etc. Las centenas de pequeños templos a orillas de la línea del tren, indican la fragilidad de la vida. El mar también sumó muertos. La pequeña embarcación naufragando frente a Caleta Buena, los liceanos en la yola el año 1959. La muerte siempre nos acecha, por lo mismo, hay que soportarla a través de la fiesta, del humor y del amor.

Los funerales cuales procesiones, marcan las calles y paralizan el tráfico de esta ciudad colapsada por tantos vehículos. El multitudinario funeral de los muertos de Pisagua, paralizaron al país y a Iquique, al comprobarse la barbaridad. Vendados y amarrados, hablaron con su silencio de sal y arena.

Las reinas de la pampa, los jóvenes calcinados en la cárcel, los migrantes de comienzos del siglo XX, la fosa común de Pisagua, los chinos de Pabellón de Pica, nos hablan del desierto y del mar, de sus conexiones, y sobre todo de sus sueños truncados.

Pero la vida sigue con sus porfiados trancos. Por ahora sirva este relato como una ofrenda para todos aquellos a quienes no podemos dejarles flores, no por ingratitud, sino porque no sabemos dónde. El mar y el desierto asumen la forma de inmensas fosas comunes.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 1 de noviembre de 2015, página 19

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