No lo conocí mucho. Éramos de generaciones diferentes y pertenecíamos a dos Iquique también diferentes. El apellido Lombardi y de eso no cabe la menor duda, es uno de los clásicos de esta ciudad. Su padre un cirujano nacido en Tacna, se ganó el cariño de la ciudad y que se abrió paso en su profesión con invención y vocación. Ser cirujano en una sociedad como la nuestra no era tarea fácil, sobre todo en plena crisis pos-salitrera.

A Enrique lo conocí en los tantos lanzamientos de libros que había en Iquique. Siempre estaba en primera fila, sonriente y amable, un rasgo heredado de su familia y que no compra en la botica. En el Círculo de Lectores de La Estrella coincidimos más de una vez. Pensábamos distinto, teníamos interpretaciones a veces encontradas acerca del pasado y presente de nuestro querido Iquique, pero nunca nos dejamos de saludar.

Su casa de la calle Serrano, tal vez la única que queda en pie en tanto casa residencial, siempre fue una referencia. Tenía un olor a limpio y una inmensa mampara. Era un buen lector, busquilla y preguntón. Una vez me invitó a dar una charla a los rotarios de la calle Aníbal Pinto. Hablamos de esto y de aquello. El humor siempre estaba presente. Le recordé de la intervención que el Rotary había hecho en la plaza Arica en los años 40 y de repetir esa acción. Lo hicieron y se lo agradecimos. Practicó la natación y el waterpolo como se estilaba en esos años, seguro que con un traje de baño marca Catalina.

Siempre lo vi con trajes claros como la primavera de esos años en que ser joven en Iquique era pasearse en la plaza Prat, escuchar las delirantes historias de Che Carlos, gozar de la música en la chancha del Murex, y por cierto, enamorarse socráticamente de una muchacha.

Iquique, noviembre de 2019.

 

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