Dentro de los recuerdos más preciados que se tiene de esta ciudad que ya no existe, está la de aquella pita que enganchada a la cerradura o lo que fuere, atravesaba por un minúsculo orificio hacia el lado externo de la puerta. Se le hacía un nudo o bien se le atravesaba un pedazo de madera. La idea era que no se devolviera. Era por lo general una pita negra que se hacía más de ese color, a medida que el abrir y cerrar a puerta lo exigía. Había unas tirantes y otras no tanto. Se jalaba la pita y con el pie se empujaba. Las marcas quedaban hasta el 18 de septiembre, en las que las fachadas se volvían a pintar.

Tener esa pita, la llave que todo el barrio poseía, nos remitía a una ciudad pequeña de que vez en cuando hacía noticia por un robo o un crimen. Y muchas buenas noticias a través del deporte. Esa pita era una especie de confianza instalada que nadie se atrevía a discutir.

Pero las puertas, con ese instrumentos, no siempre estaban cerradas. Permanecían semi-abiertas. Y el milagro para que no se cerraran radicaba en la presencia de otros instrumentos reciclados de los ferrocarriles del Estado: un pedazo de riel que hacía posible el milagro de la confianza. Se podía ver el living y auscultar retratos, y en navidad un árbol de pascua con su pesebre. A falta de riel una buena piedra era lo solución. A carencia de timbres, que los había en la calle Baquedano, se gritaba o se golpeaba la puerta. Cuando llegaba la cigüeña, se instalaba una reja que además servía para que el perro no se fuera a la calle. Se sabe como son los perros nuevos. Perros con collares, algo impensado.

El uso de la pita como la llave de la comunidad es imposible hoy. La pita era nuestro portero automático pero a escala humana. Simbolizaba a una ciudad que quería ser puerto, pero sin abandonar el espíritu de la caleta.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 4 de agosto de 2019, página 13

 

 

 

 

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