En los años 20 del siglo pasado, “El Tarapacá” daba cuenta de los ruidos molestos que causaba una vitrola instalada en Tarapacá con Vivar. La música que emitía hacia la calle molestaba a los transeúntes. Carlos León en su novela “Todavía” alude a los sonidos que provocaba el abrir o cerrar de las rejas metálicas de los negocios de antaño.
 La banda sonora del Iquique pre-salitrero, se constituía  por el trote de  los caballos, por las olas que reventaban en nuestras generosas costas, por el canto de un gallo, por los ladridos de los perros o los aullidos de los lobos marinos.
 La modernidad trajo no sólo ciertas comodidades, sino que también ruidos de esos que llaman molestos. El pito de las doce o el de las seis de la tarde, era casi una pieza musical. Hoy, la bulla se ha convertido en parte integrante del paisaje urbano. El taladro del edificio en construcción, la alarma de un automóvil que se activa al más mínimo contacto, los músicos de la Plaza Prat con sus repertorios archi-repetidos, hacen que la banda sonora de la ciudad sea agobiante. Los colectiveros parecen ensañarse con los pasajeros haciéndonos escuchar a cuanto opinólogo cubre el ancho dial de las radios locales. Hay que reconocer eso si, el buen gusto de algunos. Uno de ellos escucha todo el día a “Queen”. Se le agradece.
 La ciudad debe aprender a administrar sus sonidos. En verano, el descanso de la playa se altera por la música a todo volumen que se emite. Los gimnasios son el templo de los ruidos molestos. Los automovilistas saludan de bocinazos a sus amigos y otros, escuchan su música como a si todos nos gustara.
 El silencio fue por mucho tiempo nuestra señal de identidad. Hoy lo es la bulla y los ruidos molestos.
Publicado en La Estrella de Iquique el 28 de abril de 2013, página 22
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