El cine en todo lo ancho de su pantalla puso en el imaginario urbano figuras a quienes se le admiraba. Héroes o villanos, hombres y mujeres, parecían arrancarse de los límites de la pantalla, para empezar a vivir su vida en el barrio. En Iquique, ciudad donde todo es posible, por los arrabales con veredas de madera, había un Carlos Gardel. Y por cierto una Libertad Lamarque. El que se creía igualito al gorrión del Río de la Plata, se mandaba a hacer sus mejores trajes. Usaba gomina y zapatos lustrados. Con el pañuelo al cuello y ya.

El cine de terror nos heredó a varios Boris Karloff. El más famoso vampiro Christhofer Lee encontró a más de un imitador. Un taxista, en su tarjeta de identificación, lucía como segundo nombre los del Principe de las Tinieblas: «Es que a mi padre le encantaba ese actor».

Muchas mujeres jugaron a ser la Doris Day y las más osadas a la Claudia Cardinale. Lo mismo sucedió con los cantantes. Naslo Nicolich generó varios gitanos entre ellos a Kike, el gitanillo. Los Sandro se multiplicaron al igual que los Yaco Monti. ¡Ni que hablar de la Rafaella Carrá! El cine francés produjo a nuestros Alain Delon y Jean Paul Belmondo. Borsalino” y “El tulipám negro” fueron películas mil veces vistas. Los Clark Gable y Leo Mariní inspiraban a más de un tío ferroviario. Ignoro si hay un Di Caprio o un Brad Pitt por las calles de Iquique.

En los años 50 a uno del Matadero lo bautizaron como Mickey Roony. Un viejo boxeador que peleó con el Tani le pusieron Anthony Quinn.

Del cine se extraían los modelos a seguir. Pobre de que tuvieran un mechón blanco. Era rebautizado como Miguel Aceves Mejia. Los Cantinflas y Resortes abundaron. Un cuidador de la vieja Casa del Deportista se ganó el apodo de Monje Loco. En Victoria había un Gallo Giro que ahora vive en Macaya. El italiano de la calle O´higgins, que vende pizza, fue confundido por un galán del western spaguetti. A los feos le ponían por apodo Jack Palance.

Cuando sonaba la canción Venecia sin ti, muchos creían que las góndolas a las que se refería el armenio, eran las nuestras. Un igualito a Jimmy Carter, aprovechando la franquicia, le puso a su negocio el nombre del presidente de los Estados Unidos.

La señorita Otilia de la 6, era nuestra Gabriela Mistral. Un viejo entrenador de básquetbol se ganó el apodo de Dan Petersen. Terminó mimetizado con el gringo. El paisaje urbano parecía Hollywood. Beatriz Lioi parecía actriz de la matinée.

La matinée modeló nuestros hábitos y cultivó un imaginario cinematográfico con esas interminables rotativas, sobre todo de Tarzan. De ahí nuestro querido Jaime “Chita” Silva. Todos esos cines se los tragó el fuego, al parecer justo en el momento en que Nerón quemaba Roma.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 14 de junio de 2020, página 11.

Esta versión que usted lee es la ampliada de la que aparece en la prensa hoy.

 

MENU