El Estado deja a un joven sin sus dos ojos. Lo priva de ver el amanecer, el atardecer y otros milagros de la vida como el espejismo en el desierto o lo que queda de una Oficina Salitrera. Nunca más verá una montaña, un lago o un cóndor sobre el volcán Isluga. Se le han arrebatado los dos luceros que la Violeta Parra atesoraba porque le permitía ver al hombre que amaba.

El Estado el encargado de protegernos le ha arrebatado el don de distinguir entre lo bello de aquello que no lo es. Le ha cercenado el placer de capturar el horizonte y sus estallidos como escribió el poeta Alberto Carrizo. ¿Quién le disparó y en qué estaba pensando mientras activaba la noche eterna?

Jorge Luis Borges se hizo ciego en forma paulatina y por cierto dolorosa. Mi amigo Marcos Aguirre hizo casi el mismo camino. A ambos se le privó el placer de observar. A Gustavo Gatica, de la noche a la mañana el Estado le canceló la maravilla de abrir y cerrar los ojos, de pasar del sueño a la vigilia. Borges decía que su ceguera era modesta. Y que los colores que más extrañaba era el rojo y el negro. Marcos Aguirre tiene su propio calvario, pero su mujer le pinta el mundo de colores.

Gustavo no verá el país por el que se sacrificó. Y que ojalá sea el pretendido, el soñado, el luchado. Los ojos de Gatica mutarán en aquellas flores de papel que ofrendan la memoria de los sin nombres que habitan las tumbas del Norte Grande. Sus ojos serán la copiosa lluvia de ese húmedo sur que Neruda canta y celebra.

Tiempos revueltos en que la lucidez y la cordura no son parte del paisaje. Hay muchos que tienen ojos pero no quieren ver. A ese país de los ciegos, Gustavo Gatica no pertenece. No verá nunca más, pero la lucidez, esa que brota del dolor, no de la rabia,   lo acompañara a ver una nueva aurora y a derrotar a Ares el dios de la guerra.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 1 de diciembre de 2019, página 12

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