El así recordado Liceo de Hombres de Iquique que este mes cumple ciento veinte años de vida, constituye un espacio y un tiempo casi fundamental en la formación de un espíritu cívico de todos aquellos que pasamos buena parte de nuestras vidas, en esas viejas salas tanto del Anexo, como por aquellas que daban por esos otros tres lados de esa manzana adolescente, ubicada en Baquedano.

Un Liceo de Hombres, él que me tocó estudiar, entre los años 1966 al 1972, inserto en un país que luchaba por alcanzar sueños de igualdad,  que solidarizaba con los vietnamitas invadidos por los yanquis, que participan en brigadas paramilitares, o bien en partidos políticos, en el Deportivo Liceo, o en grupos católicos, entre tantas otras formas de organización.   De allí que las clases de Domingo Sacco, Godofredo Morales o Manuel Castro, sobre la Revolución Francesa calarán hondo en nosotros. De allí que las clases de Humberto Lizardi sobre Marx, Sartre, por ejemplo, incubaran sueños que habría de abortarse ese martes 11 de septiembre.

Hay dos liceos. Uno que junto a la República se quiebra el año 1973, Y el otro que nace de las ruinas de ése. El A-7, el actual,  corresponde al invento de un país en la que la palabra democracia es expulsada del diccionario. Y que desde el año 90 trata de integrarla a ese lenguaje español que doña Angelina Chiang, como doña Adriana Peirano nos enseñaron, con tanto rigor como pasión.

El Liceo de Hombres, de don Orlando Graboloza, de don Julio Romero, es un liceo que palpita tal cual palpita el país. Chile se expresaba en sus aulas, en sus pizarrones, en sus baños rayados, pero sobre todo en un invento que se llamó Comunidad Liceana, promovido por los tres estamentos vitales de toda institución: el centro de alumnos, el centro de padres y apoderados y los profesores. Ese fue un invento por llevar la democracia hasta el pupitre. En esa estructura informal, pero potente logramos realizar sueños de participación. Era entonces un Liceo que jamás cerró sus puertas a ese país que afuera trataba de convertirse en otro, en algo mejor.

Ese liceo que cantaba “La vanguardia de Chile formamos…”, abrigaba en su patio, a todos los iquiqueños. Allí estudiamos los hijos de los obreros, con los hijos de los médicos, y compartíamos todos el mismo pizarrón. Ser liceano significaba, ser republicano, demócrata y utópico. La identidad liceana se lleva como la insignia, pero ahora se porta en las canas. Los cientos de hombres que por allí pasaron dejaron sus recuerdos bajo variadas formas. Me detengo en uno, uno que  ya no está, y cuya imagen se nos viene a la memoria cada vez que el Liceo se nos aparece como un viejo edificio de madera. Me refiero a Freddy Taberna, un liceano que muerto en Pisagua, debió haber cantado esa estrofa que decía “la ignorancia traidora enemiga”. Y como él, muchos, muchos más. 

Publicado en La Estrella de Iquique 4 de junio de 2006

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