Don Willy se fue como él se quería ir: con fiesta y con sus amigos de la cultura, y en especial con la gente de teatro. Don Willy fue un hombre como se dice ahora transversal. Transitaba por todas las formas artísticas, les gustaran o no. El sabía por experiencia propia, que había que estar en todas, porque de ese modo se apoyaba al compañero de ruta. Esa es otra de sus enseñanzas.

Don Willy casi siempre actúo de don Willy. Su humita, su bastón, su cabellera blanca, su paletó de color que fuera, lo singularizaban en medio de esta ciudad, a veces tan gris. Don Willy construyó la memoria teatral de Iquique con tan sola contarla una y otra vez. Don Willy fue un obstinado de la memoria. Sus miles de anécdotas, sus largos viajes por Chile y por el continente, le otorgaron una universalidad que a muchos les hace falta. Pero siempre regresó.

Amante del teatro antiguo, mejor dicho pampino,  supo, sin embargo, valorar el actual. Es que entre ambos había, en algunos casos, más continuidades que rupturas. Y cuando estas últimas eran mayores que las primeras, él se encargaba de acercarlas, y lo hacía a través de ese arte que él supo manejar con esmero: el cartel. Eran clásicos sus letreros con esa caligrafía de los años 30, con esas letras de trazos rectos que anunciaba una obra de Jorge Díaz o una reunión de los contadores de Chile. Homologaba todo con esas letras pampinas, nacidas en una cuadro plástico o en una comedia con Víctor Acosta.

A don Willy la gente del teatro lo malcrío. Y eso se le agradece a la gente del teatro. Fue un viejo mimado que todos escuchaban con atención. Nadie pensó en su muerte, porque todos lo creyeron eterno. Por eso nos sorprendió la triste noticia. Pero Willy siempre tenía una carta bajo la manga de ese paltó verde. Su funeral tenía que ser alegre. Tal como él fue. Prohibido llorar. Su última caminata por el paseo Baquedano fue el domingo 9 de enero. En el Municipal, lo aguardaba otro homenaje. Esta vez una humita inmensa lo esperaba. Y a cantar. Y a bailar. Lo demás lo sabemos. Un caluroso peregrinaje por Zegers hasta el Cementerio Nº3. No había tiempo para la tristeza. De las marchas militares se pasó al tema de Bola de Nieve “Ay Mamá Inés” y todas esas canciones que los carnavales iquiqueños han ido olvidando. Don Willy es la memoria y nos recordó la alegría del carnaval.

Con la ausencia física del juglar del pelo blanco, Iquique empieza a quedarse solo. La memoria de don Willy reclama una calle o un pasaje del centro de la ciudad que lleve su nombre, que una plazoleta de la Universidad Arturo Prat se vista con su humita, que los que lo quisieron y lo mimaron no lo dejen abandonado en su nicho frío del cementerio, que el próximo “Upa” al teatro lleve su nombre, que entre todos le hagamos una lápida digna a su estampa. Y cada vez que hablemos de la memoria teatral sin querer se nos cuele la sonrisa y las zapatos blancos de este hombre que vivió para el teatro y que murió viendo como sus compinches lo complacían una vez más.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 16 de enero de 2005

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