No era necesario ser su amigo para que te saludara y de yapa te regalara una sonrisa. Se paseaba por el supermercado haciendo la realidad esa frase que ya no se usa: «atendido por su propio dueño». Nunca pudo desprenderse del acento de su natal ciudad en Italia, pero igual nos demostró que la iquiquiñez no tiene por que tener como requisito haber nacido aquí. Como suele decirse por ahí, los iquiquenos nacemos donde se nos da la regalada gana.

Ser quitado de bulla, en una ciudad en la que muchos pegan codazos para aparecer en la foto, es un mérito mayor. Se ganó el don a fuerza de ser correcto y amable. Tuvo una relación especial con el deporte. Fue campeón de Chile en Bocha. Los jugadores de Deportes Iquique nunca van a pagarle lo que le deben. Tenía sus jugadores preferidos. Era una especie de padrino, pero en nada parecido al personaje de Marlo Brandon. Le tenía un especial cariño a Luis Acao, a la Zunilda que por mucho tiempo vivió en su casa de la calle Lynch. En los malos años de Deportes Iquique (hay que acordarse de esos tiempos) en la que los cheques con la se que le pagaban a los jugadores rebotaban en la caja de los bancos, don César los surtía de mercaderías. Jaime Carreño me contaba que cada vez que iba con su carro por el super de la calle Tarapacá, no le cobraban. Un guiño a la cajera de parte de don César, era el visto bueno. El torito Bogado, el facha Martel, eran sus protegidos. Sin embargo, el regalón número 1, fue  Alvaro Butti. Una vez al mes, el charrúa lo iba a ver a su casa.

César Rossi Banchero representa a la ciudad que casi ya no existe. Esa de puertas abiertas, menos desigual y en la que la filantropía era un hábito casi cotidiano. Un puerto con calles amables y con noches cálidas, incluso en agosto, y seguras. Una caleta en la que todos nos conocíamos y saludábamos como signo de buena educación. Un pueblo que cantaba desde el puerto hasta Cavancha

Publicado en La Estrella de Iquique, el 15 de septiembre de 2019

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