La buena música está de duelo. Daniel era un escuchador de música. De esos que siempre andaban trayendo una novedad. Llegó a Iquique en los 80 y de inmediato se integró a la oposición y a los bomberos. De allí la vida transcurrió entre ires y venires. Era querendón y tan sociable como solitario. La muerte le hizo una zancadilla. Sabina, Aute y Serrat, eran nuestros dioses paganos. Y él, un templario de la paz y judío a la vez. Quiso ser iquiqueño y lo logró de un modo casi natural: nos quería a todos y siempre amenazaba con volver. Se nos fue el «más, más amigo». Casi nos vemos en el concierto de Serrat, pero se esfumó, y ahora casi para siempre. Un beso, hermano.

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