La ciudad de Iquique

Francisco Javier Ovalle
LA CIUDAD DE IQUIQUE
IMP. MERCANTIL, BAQUEDANO N° 6
1908
CAPITULO I
GENERALIDADES
Pocas ciudades de los tiempos modernos han adquirido una celebridad más gloriosa é imperecedera que la capital de la vasta y rica provincia de Tarapacá, siendo los fundamentos de esta celebridad los recuerdos históricos, los ricos minerales y los nitratos que restauran las enerjías gastadas en los suelos del Orbe.
Por otra parte, Iquique es una de las capitales más alegres de Chile y de costumbres muy diversas á las demás de la República, quizás por haberse desprendido en época no muy lejana, del Gobierno de las riberas del Rímac, conservando, como es natural, sus hábitos y tradiciones tan orijinales y simpáticas, susceptibles de borrarse á través de una cadena de años,, si el hálito de la Nación, que un día arbitró sus destinos no se estuviese trasmitiendo incesantemente por su proximidad a ella.
El objeto principal de sus habitantes como lo demuestran sus simpáticas fisonomías y su libertad para obrar, es procurarse la mayor suma de placeres desterrando de su espíritu todas las preocupaciones y contrariedades de que un filósofo sabe sacar tan buen partido. Y es lo más natural lo que hacen estos ciudadanos, porque ¿ á quién le es dado encontrar más dulce la vida con rigores y preocupaciones que con alegría?
Ciudad cosmopolita, como Buenos Aires, todos viven en agradable comunidad, y al terreno de la grave discusión de los negocios se lleva también por este mismo espíritu de concordia y amistad la conversación amena y familiar que, sin necesidad de muchos trámites, se consolida galantemente bajo el denso cielo de un bar.
Sin embargo, en estas condiciones que contribuyen al agrado de la vida, no se puede olvidar la mayor importancia de esta ciudad, después de su riqueza, industria y comercio, está basada en el glorioso combate naval de 1879, lucha que despertó una admiración singular en todas las naciones del mundo y que fue tema predilecto de los poetas estranjeros y chilenos, que, en esa época cantaron las glorias imperecederas de nuestra altiva Marina y de nuestro brillante ejército, descollando el canto de Víctor Hugo, el jenial poeta francés.
Es por tan hermosa razón por lo que Iquique se impone á la admiración de los viajeros; es por ella por la que nuestra historia comprende tan preciosas páginas y por la que Chile impera en el concierto de las naciones de la América latina y pasea triunfante su bandera por los mares del Pacífico
He tenido la envidiable felicidad de visitar el sitio donde se libró el 21 de Mayo de 1879 un combate sin par en los tiempos modernos por la bravura y gloria de los chilenos. Expresamente á bordo de una lancha, me dirigí a tan glorioso sitio en la tarde del 23 de agosto último, emprendiendo una brava jornada á causa de un fuerte viento norte que soplaba, por lo cual la embarcación navegaba con dificultad. El fletero, me manifestó su imposibilidad de continuar la travesía; pero, a pesar de todos los inconvenientes, yo pedí, enérjicamente, ser conducido al lugar mismo donde se libró tan jigantesca lucha, y el cual está bastante léjos del muelle principal y del fondeadero común de las naves surtas en las aguas de Iquique. Dicho punto se denomina “Punta Negra”, por existir unos peñascos oscuros adheridos á la cordillera de la Costa.
Confieso, con todo orgullo, que me sentí héroe al navegar sobre esas aguas gloriosas, teñidas con sangre de valientes inmortales. Mi espíritu se rodeó de extraordinaria emoción. Miraba atónito á todas partes cual si quisiera descubrir las sombras de esa extraordinaria hazaña que conmovió al mundo entero. El recuerdo de los episodios que de ella nos refiere nuestra historia, acudió pronto a mi imajinación. A cada instante me parecía escuchar la voz potente del Capitán Prat, arengando a su valiente tripulación é invitándola al abordaje; sentía el ruido espantoso de las balas; me parecía ver olas ensangrentadas retrocediendo de terror, y á la gloriosa marinería empeñada en la más jentil y heroica de las batallas; y ví, por último á la corbeta “Esmeralda”, hundirse gloriosamente con la bandera de Chile al tope, con esa calma y esa lentitud que despliegan las grandes matronas, que, después de haber luchado en la vida y cumplido sus altos deberes, dejan la tierra sosteniendo hasta el último instante el cetro de la pureza y de la virtud.
En los tiempos presentes la glorificación anual de tan brillante acontecimiento, no tiene la majestad que tuvo en otras épocas en las que se realizaron hermosas fiestas, descollando las romerías, que se dirigían al lugar que sirve de tumba á la heroica corbeta, señalada hasta hace pocos años por una boya que actualmente no está visible.
En este acto, como era natural, tomaban gran participación los miembros de la marina que por alguna circunstancia residían en este puerto, y las naves de nuestra escuadra que se encontrasen fondeadas en Iquique, las cuales enviaban sus botes adornados, con laureles, rosas y banderas, convidando en ellos á las autoridades locales y al pueblo.
Al descubrirse ante esa tumba solitaria confiada á la guarda del cielo y de los mares, el más caracterizado de la hermosa comisión, saludaba el aniversario con un patriótico discurso,, cuyas frases consolidaban las baterías de las naves con sus estampidos que conmovían profundamente el corazón del pueblo. En el curso de este acto, la marinería y los ciudadanos, en jeneral, eran ilustrados en las fases más interesantes del gran combate.
Lamentamos, que con el transcurso del tiempo, se hayan abandonado estas ceremonias. Lo que significa un olvido estraño, porque es preciso honrar como es debido la memoria de los héroes; además, ellas servirían también para mantener á nuestros marinos y al pueblo, al corriente de hechos de imperecedera memoria, para que enciendan en sus corazones el amor á la Patria, á las gloriosas tradiciones y al culto por lo que es bello y heroico, condiciones que sin disputa son constituyentes de la moral del ciudadano.
Sin embargo de este olvido, que los corazones eminentemente patriotas calificarían con dureza, en tierra las autoridades locales celebran el aniversario con algunas fiestas, y declaran feriado el día para todas las instituciones de Gobierno, á lo cual se asocian los comerciantes estranjeros, respetuosos de nuestras honrosas tradiciones y del sentimiento de cordialidad que debe existir entre sus naciones y la nuestra.
La fiesta más caracterizada se celebra en la “Plaza Arturo Prat” que es la principal de Iquique, y al pié del monumento de los héroes, que describiré oportunamente.
Prescindiendo de la admiración que despierta Iquique por sus recuerdos históricos, la despertará también por muchas otras razones en cuantos la visiten, especialmente en las personas venidas de Santiago y demás capitales de la República.
¿Y cómo no ser ciudad admirable cuando en ella imperan las costumbres peruanas y las del elemento europeo, que la invade? ¿Cómo no ser ciudad singular para nuestros dignos connacionales venidos de Santiago y otros pueblos, cuando en ella, por naturaleza del clima, nos sustraemos á los rigores del invierno crudo y frío que en las regiones del sur estremece y quebranta nuestros enjutos cuerpos, donde los habitantes, por esta misma razón, desconocen el pesado macfarlan con pieles de nutria, los suecos y el paraguas, usando trajes de telas lijeras, zapatos blancos y sombrero de paja ; donde no llueve jamás, pronunciándose muy á lo lejos una llovizna; que aquí se denomina aguacero á lo que en el sur llamaríamos una simple garúa; donde se contemplan largas semanas, en las que aún en tiempo sereno, el sol permanece oculto; donde las mañanas ven arrebatada su brillante claridad por una neblina siniestra que los naturales denominan “camanchaca” y que desde que se inicia durante las tardes, humedece hasta las habitaciones más encerradas, donde la vejetación es desconocida y donde lo poco que se ve verde y florido se debe á un trabajo largo y forzado; donde los ríos, lagos, los bosques, parques viñas y potreros son absolutamente desconocidos; donde existe una sociedad compuesta de individuos de todas las naciones, por cuya causa nos encontramos á cada paso con ingleses, franceses, italianos, dálmatas, slavos, griegos, turcos, etc. Oyendo á toda hora lenguas desconocidas, un castellano pronunciado con dificultad , ó un “peruano” ó un “boliviano” manejados con una simetría que hace honor al habla de la madre patria; donde nos encontramos a cada instante con una infinidad de asiáticos, sobresaliendo los chinos que, por su eterna flacura y hábitos misteriosos, provocan el descontento y el terror entre personas de costumbres diferentes á las suyas; donde vemos con mucha frecuencia recorrer las cales á numerosas bolivianas con picanterías ambulantes, golpeando las puertas de un aficionado, las cuales nos exhiben un rostro pálido, mofletudo y melancólico, largas “trenzas”, vestidos cortos y “repolludos” y espaldas acorazadas por una cuna portátil, hecha con las mantas listadas de los bolivianos de las sierras, en la cual duerme una criatura, fruto de su vientre y de sus desabridos amores; donde sólo se oyen conversaciones bursátiles, subida y baja del cambio, del salitre y de los metales, de viajes a Collahuasi, el rico manantial de cobre, á la Pampa del Tamarugal, la dilatada llanura que encierra en su corazón numerosos pueblecitos de indios, que ignoran de qué gobierno son tributarios, creyendo que todavía pertenecen á la autoridad del Perú, ó á las valiosas oficinas salitreras de que la generalidad de las gentes del sur no tienen idea,, llegando tal vez á creer que se trata de escritorios particulares o de oficinas fiscales, donde es visible la moneda del más bajo metal; donde los habitantes son absolutamente liberales, siéndolo también los curas de casi toda la región que confraternizan con todo; donde el champagne se bebe como agua, sin que se trepide en su valioso importe llegando á sentirse menoscabada la mesa del más modesto hogar si el cielo de su habitación no es hondamente conmovido por el estampido del corcho; donde el roto soberbio se lava, en ella, queriendo dirijir un desafío, ó un reto al vendedor recatado; donde los duelos de familia se manifiestan en forma esencialmente fúnebre, cubriéndose las ventanas de las casas con cortinajes negros, con blondas blancas, ó haciendo el signo de multiplicar con anchas fajas de crespón sobre los barrotes, colocándose al mismo tiempo una roseta sobre el postigo de la puerta que no se cierra durante el duelo, ó colocándose en el marco de ella, mientras dura el velorio, un cortinaje de felpa con cintas y flecos de plata como los túmulos mortuorios de los templos; donde el estreno de mansiones de personas de vida anormal, se hace por publicaciones en los diarios y circulando invitaciones como para una fiesta aristócrata; donde los incendios se declaran con frecuencia devastando en un suspiro barrios enteros; donde las huelgas de los obreros de las salitreras son una constante amenaza para el vecindario y un eterno reclamo del estado financiero de nuestro país; donde las calles se ven cruzadas de landau, esos armatrostes de la colonia, de los que en Santiago ya no quedan sino dos ó tres.; donde, por último, vemos un sin número de hechos singularísimos que no pueden por ménos que llamar vivamente la atención, sobre todo a los espíritus observadores.
Los mismos habitantes de esta ciudad, por el carácter tan especial que poseen y que ellos mismos se reconocen, saturado de alegría y de y de indiferencia por los rigores de la vida y de todas aquellas preocupaciones que embargan el pensamiento de los filósofos, manifiestan que el Iquique se vive en un perpétuo carnaval.
¡ Qué ocasión tan propicia se me presenta, con haber evocado el recuerdo del carnaval, para describir las fiestas que aquí se celebran con motivo de él¡
Pues bien: una ó dos semanas ántes, el comercio hace grandes preparativos para que los habitantes solemnicen esta fiesta, llegando por tal motivo á arrancar de sus puertas y vidrieras los chales de á cuadros, las pieles de Bolivia, los ponchos de felpa, las frazadas listadas y las pintorescas percalas y lanillas con que ordinariamente inician su réclame las tiendas, los cuales son reemplazados por los trajes de Pierrots, por las caretas ridículas y por todo cuanto coadyuva al esplendor del carnaval.
En verdad que el aspecto que entonces ofrece Iquique es sumamente pintoresco y las personas llegada á él por primera vez, no pueden figurárselo sino como la capital más alegre y bulliciosa de Chile y por tal motivo no se estrañarán de no verla ceñida á esa severa cultura que caracteriza á los florecientes estados del Orbe.
En todos lo hogares el entusiasmo que reina es extraordinario y se sueña con la llegada del carnaval para poder consagrarse con estrépito á sus ruidosas fiestas.
Por fin, suena la hora, las calles se ven repletas de jente y convertidas en verdaderos circos, haciendo falta solamente una cancha y las cuerdas para hacer pruebas, que bien pudieran no omitirlas si su audacia les inspirase el deseo de apropiarse de las redes telefónicas y telegráficas.
El entusiasmo del público con estos disfraces es extraordinario y cada cual trata de reconocerse en este concierto de enmascarados, pero es imposible, porque la transformación es mayúscula, lo mismo que en el cambio de voces.
Los tranvías se ven repletos de personas, especialmente de mujeres de vida anormal, que con toda audacia se trepan en ellos usando términos chistosos y propios de su jerga.
Es tan vivo el placer que esperimentan los ciudadanos con el Carnaval, que ni aún esos obreros tranquilos que viven diariamente consagrados á sus labores, haciendo vida patriarcal, se sustraen al deseo de disfrazarse, y éstos son los que despiertan mayor curiosidad en el público, por la gravedad de su carácter, no saben interpretar fielmente el difraz, el cual usan de una manera que los espone al mayor ridículo.
Para demostrar los efectos que estas fiestas producen en el espíritu público, voy a referir la siguiente anécdota: Durante las mañanas de 1906, veía con mucha frecuencia en la puerta falsa del Cuartel del Rejimiento de Infantería “Carampangue” á un individuo que cumplía las funciones de basurero. El hombre del cuento poseía un carácter muy jovial y el oficio que desempeñaba, lejos de afearlo, le hacía más agradable.
Encontrándome un día del Carnaval del presente año en los balcones del citado cuartel, vi pasar un sujeto ridículamente vestido que marchaba con paso grave, apoyado en un bastón con borlas á semejanza del de los obispos, y que, moviendo ceremoniosamente la punta del bonete, me saludaba con toda gracia. Creí que era un individuo de los muchos que recorren la ciudad durante esos días, y que aprovechándose del disfraz, saludan á todos los que encuentran a su paso. Después de esa minuciosa observación comprendí que era el basurero, lo que menos me habría imajinado, pues no creía que ese hombre de pantalones desteñidos, de blusa de militar del período de la Reconquista, y de tongo verde, cuya huincha se había convertido en flecos á la “negligé” hubiera tenido espíritu de participar de ese ruidoso Carnaval, ó más bien dicho hubiera tenido ánimo para privarse de un nutrido alimento durante algunos días a fin de adquirir con esta economía un sayal que le permitiese refrescar su espíritu en los placeres carnavalescos.
Nada tendrían de particular estas fiestas si se limitasen solamente a cambiar de “uniforme”; pero no, en los barrios alejados, la batalla de agua es insoportable. El piso se convierte en un barreal y no pueden transitar en paz las personas que poseyendo un carácter sério, deseen sustraerse á éstas fiestas.
En los barrios habitados por la alta sociedad también hay diversiones estrambóticas, y para mayor éxito se coloca en el interior de un carruaje abierto, una gran tina de agua, la que se arroja a los transeúntes y casas de vecindario por medio de bombas. En algunas personas existe la idea de luchar cuerpo á cuerpo, “armadas” con grandes gamelas y vistiendo capas ímpermeables.
En la Plaza “Prat” durante las noches de las fiestas se nota una concurrencia estraordinaria. Hombres y mujeres de toda posición y edad, acuden á exhibir sus trajes y máscaras, habiendo muchos que llevan vestiduras semejantes á las cortes de los tiempos medio-evales y que representan gran valor.
Toda persona seria durante el Carnaval pierde su gravedad y se mezcla con la muchedumbre, tomando parte en los “juegos de agua” y apretando diestramente los chisguetes que durante éstos días se venden á peso de oro.
Organízanse también procesiones alegóricas que formulan por lo jeneral alguna reclame de las casas comerciales, y las cuales son amenizadas por las bandas militares y particulares que ejecutan con gran maestría las piezas más á propósito para el Carnaval.
En los años anteriores estas fiestas estuvieron muy reñidas con la cultura, siendo una prueba de ello el cambio que hacían del agua por otras materias no muy a propósito para diversiones de pueblos civilizados. Posteriormente la Intendencia, inspirada en un sentimiento de cultura, expidió un decreto que reglamentó el Carnaval del año actual, impidiendo las manifestaciones atentatorias contra el respeto público.
No son únicamente las fiestas del Carnaval las que se celebran aquí y que dan márgen á que juzguemos como orijinal el carácter de Iquique, pues, en honor de la verdad y del espíritu alegre de este pueblo, no debemos olvidar las fiestas de los “Caribes”, la cual es una sociedad compuesta por distinguidos elementos nacionales y estranjeros y que fue traída á esta capital desde Tacna, de donde es oriunda.
Sus miembros, cuyo número se aproxima á doscientos, se reúne dos á tres veces en las playas de Cavancha, bajo el cielo de una tienda de campaña bastante espaciosa, donde se sirve un espléndido banquete.
La Sociedad tiene un Presidente que se llama Caribe Padre, habiendo recaído este honor en la persona del ex-Comandante de la Campaña de 1879 señor José Manuel Borgoño, cuya simpatía de carácter es proverbial en Iquique.
Cada socio es bautizado con champaña en el acto del banquete, á los acordes de una orquesta, y recibe un sobre-nombre adecuado á sus condiciones físicas o morales; así por ejemplo: a un socio muy flaco y lijero para andar, le denominan “Caribe Volador”; á un socio de carácter duro y que riñe por todo, lo apellidan Caribe “Buen Jenio”. Es aquí donde está la principal gracia del bautismo y lo que provoca la celebración y el entusiasmo de los socios.
El “Menú” que se sirve es rejio, pero lo escrito en la cartulinas es enteramente diverso á lo que se come, pues en él se anuncian legumbres del desiérto de Sahara, licores de las bodegas del Sultán de Marruecos, uvas de la Pampa del Tamarugal, etc.etc.
En el momento de servirse la pantera nombre dado á una carne de ternera asada y la cual se coloca sobre una mesa, todos loas caribes en dispersión, tarareando una canción de la Sociedad, y llevando un cubierto en que sobresale un afilado cuchillo, se aproximan á ella, sacando sendas tronchas y otorgando diploma de valiente gastrónomo y mejor caribe, al que obtenga la más grande.
En el curso del banquete el Caribe Padre lee los trabajos del período mediado entre sesiones, ó tenidas, el cual denomina mensaje y que por su gracioso contenido provoca el entusiasmo de todos. Otros Caribes dan lectura á versos y discursos que contribuyen á la amenidad de la fiesta. Terminada le ceremonia todos los concurrentes, tomados de la mano y con los brazos cruzados, forman un gran círculo que vueltas alrededor del Caribe Padre, quien muy emocionado, dirije los compases de la música y cantantes.
Tal es la fiesta de los Caribes que observada escrupulosamente no es otra cosa que un placer rayano en la locura y que á sus miembros expone á que se les considere prófugos de un manicomio.
Olvidemos por ahora estas particularidades de Iquique para remontar nuestro vuelo hacia lo tiempos primitivos de esta ciudad.
Los primeros años de la fundación de esta capital, son de difícil reconstrucción,, por cuanto que, los escritores de la colonia, que tuvo el Perú, nada especial dijeron de ella, como que no era en aquellos tiempos, ni una Roma, ni una Grecia, de las que había que escribir y conservar el recuerdo de sus costumbres, tradiciones y monumentos, sino una isla oculta en un mundo lejano y recién descubierto, habitada por indios africanos y salvajes naturales de las selvas coloniales, que vivían consagrados á la extracción de guano, que lo había en gran abundancia en la isla, denominada “Serrano” y el cual vendían a los pueblecitos regados que encierra el corazón del Tamarugal.
Sin embargo, de estas consideraciones hemos tenido nuestra vista una série de documentos relacionados con conquistadores que enviaban en aquellos tiempos los reyes de la Madre Patria, sin sacar por cierto grandes hechos para su historia y sin dejar tampoco de obtener algunos datos para formarla.
A propósito de este estudio, hemos leído con vivo interés la obra que el 14 de Octubre de 1886 entregó á la publicidad el respetable caballero peruano don Guillermo E. Billinghurst, vicepresidente que fue de la República del Perú, y muy conocido en nuestra cancillería por haber suscrito un tratado internacional con el Almirante Latorre en 1898, siendo ambos Ministros de Relaciones Exteriores de Chile y del Perú, respectivamente.
La obra del señor Billinghurst fué escrita para una institución literaria, conocida con el nombre de Atenéo de Iquique, que existía en aquellos años.
El señor Billinghurst en su estudio aborda materias muy interesantes, habiendo recurrido con la ayuda de su sábia lógica á la fuente de los escritores del período colonial, á fin de ilustrar mayormente lo mucho que él conoce de Tarapacá. El distinguido geógrafo se preocupa del salitre, del guano, de los terrenos inexplorados, donde estas sustancias y otras muchas existen, de la pampa del Tamarugal, de la nomenclatura indígena de estos lugares y le preocupa vivamente el riego de esta rica y vasta provincia.
De los primitivos tiempos de Iquique respetable señor Billinghurst no trata estensamente.
Hemos recopilado todos los párrafos que hacen mención especial de esta ciudad y que son los siguientes:
I- “Que la distancia entre el río Pisagua y el puerto de Tarapacá (Iquique) no es la que determina el escritor de la colonia Cieza de León, 25 leguas, sino poco menos de 13 leguas geográficas”.
II- “Que Iquique, según Cieza de León, se encuentra en Latitud 21°, siendo así que, las más exactas y prolijas observaciones demuestran que la latitud de este puerto es 20° 21’ 15’’. La diferencia entre uno y otro datos es de 47 minutos 45 segundos”.
III- “Que la distancia entre la isla Cuadros ó de Iquique y el continente no es sino de 550 metros. Cieza de León dá una cifra de legua y media”.
IV- “Que Francisco Drake, el pirata que asoló nuestros puertos en el siglo XVI, recorrió la costa de Tarapacá en el año 1578, y que el único tesoro que encontró en esta árida y desierta costa, fue un lingote de oro que le arrebató a un chango, en las playas de Iquique”
V- “Que el piloto del navío español “Buen Jesús”, capturado el 26 de Marzo de 1600 por el almirante holandés Oliverio van Noort, llamaba éste puerto Icaisa (Iquique) en el cual se pescaba y existía mucho arenque seco, que se llevaba á la ciudad de Arica y al cual denominaban charquesillo”.
VI- “Que los pobladores primitivos eligieron Iquique, que carecía de agua y que tenía que proporcionársela desde Pisagua, porque encontraron el la isla de este puerto mucho guano, con el cual surtían á los agricultores de las quebradas del interior de la provincia; y
VII- “Que la población de Iquique en 1825 era de cien habitantes, de 2.485 en 1862, de 9.222 en 1876 y 15 mil 751 en 1885”.
El señor Francisco Risopatrón en su interesante Diccionario Geográfico de Tacna y Tarapacá, que vió la luz en 1891, dice de Iquique lo siguiente:
“El puerto de Iquique es conocido desde los primeros años de la conquista española, y ya en 1556 se comenzaron á explotar los ricos minerales argentíferos de Huantajaya y Santa Rosa, situados inmediatamente al E. y S.O. de la ciudad. En Junio de 1712, visitó el lugar el célebre viajero francés Mr. Frezier, época en que se acarreaba el agua para el abasto desde el río Pisagua, por medio de una embarcación especial. Este investigador viajero habla también del guano que existía en le isla “Serrano”, habitada en esa época por indios y negros africanos, quienes se ocupaban en la esplotación del guano; y afirma que á su paso por esta comarca hacía más de un siglo que se esplotaba el guano, sacando todos los años de diez a doce cargamentos, para abonar las tierras del norte, á más de lo que se conducía en llamas, asnos y acémilas para el interior de la comarca de Tarapacá.”
El señor Juan de Dios Ugarte Yávar, colaborador que fué de “La Patria” de esta ciudad y el primero que se ha ocupado de la historia de la localidad, por cuanto que en Diciembre de 1904 dio á la publicidad un trabajo intitulado:- “Iquique desde su fundación hasta nuestros días, recopilación histórica, comercial y social”- nada dice sobre los primitivos tiempos de esta población y se ve demostrado que cuanto escribe tocante á esta materia ha sido tomado del estudio del señor Billinghurst, fuente á que tengan que recurrir todos los que se preocupen de Iquique.
El señor Ugarte Yávar deja establecido en su obra, que según noticias, en 1578 (#) pasó por este puerto el conquistador de Chile don Diego de Almagro en viaje á Arequipa, á donde iba a sofocar las revueltas del indio Manco. # (debe ser 1538)
Parece que nada más se ha escrito sobre aquellos tiempos, que no podían en manera alguna sobresalir de los de ahora, puesto que era una tierra habitada por salvajes.
Durante las luchas mantenidas por la América latina contra España, en persecución del hermoso ideal de la emancipación política; Iquique era otra cosa: todo estaba ya definido y tanto él como la provincia de que es capital actualmente, estaban sometidos a la jurisdicción de Arequipa.
El 23 de Febrero de 1875, se le reconoció como capital de Tarapacá quitando este honor al pueblo del mismo nombre que se encuentra situado en las márgenes el río Tarapacá, distante de Iquique 120 kts., a cuátro horas en mula desde el pueblo de Huara y considerado como el tercero de la provincia, y donde el 27 de Noviembre de 1879 se libró el combate de Tarapacá, en el que se inmortalizó el comandante del 1° de línea Teniente Coronel Señor don Eleuterio Ramírez.
La población de esta ciudad se elevaba hace diez ó más años á cuatro mil habitantes y ahora apenas si tiene dos mil. Está muy abandonada, el comercio es lo suficiente para los habitantes; todo está enteramente descuidado, y la distancia para ir, teniendo que atravesar la pampa, donde un sol ardiente quema á los viajeros, es un argumento más para su ruina y decadencia. Pero la naturaleza no se ha mostrado fría como con la generalidad de los puntos populosos de esta región, porque allí hay agua; se vé una hermosa vejetación, hay pastos, frutas, legumbres, que por lo jeneral son las que se comen en Iquique, y sobre todo hay frutas especialews que se venden en las estaciones intermediarias de Iquique y Pisagua, que son de un sabor exquisito y de una dulzura almibarosa.
En 1870, siendo todavía capital de la Provincia, los vecinos de esa ciudad formaron una hermosa alameda, plantando los árboles en medio de una gran fiesta que desgraciadamente aniquilaron pocos años después las grandes avenidas de la quebrada.
El mismo año de ser elevada al rango de capital, – como si alguien hubiese tenido interés en sellar con marca de fuego el acontecimiento- se declaró el 7 de octubre un voraz incendio que consumió en brevísimo tiempo veinticinco manzanas, que si bien en ese tiempo no tenían la “cuadratura” reglamentaria, fue una catástrofe que perjudicó notablemente a Iquique, el cual se reponía de los desperfectos que le ocasionó otro acontecimiento igual, ocurrido en 1873 y que devoró la iglesia matriz.
De la época en que Iquique fué elevado á capital de provincia retrocederemos ocho años para describir el gran terremoto de 1868, ocurrido a las 5.10 de la tarde del día 13 de Agosto, y el cual fue acompañado de una violenta salida de mar que arruinó la ciudad, arrebatándole su floreciente desarrollo y la vida de sus hijos predilectos.
En aquellos años Iquique tenía un tristísimo aspecto y los habitantes vivían solamente en los barrios del “Morro” y de la “Puntilla” que son: el uno donde se encuentra la calle Aníbal Pinto y el otro la iglesia vicarial.
La plaza principal, denominada entonces “del Reloj”, era un sitio árido, rodeado de algunos pinos que en la actualidad contribuyen a su ornato; en el centro tenía un largo poste y á sus alrededores existían pobrísimas viviendas, descollando en el punto donde hoy se alza gallardamente el Teatro Municipal, un miserable templo que en la parte de afuera poseía un galpón para resguardar las cabezas de los fieles del ardiente sol de esta región.
Elocuentes pruebas de este triste estado de Iquique, son las fotografías que se conservan en los salones de la bomba “Germania”. ¡Qué diverso el Iquique de hoy al de esos tiempos¡
La mencionada plaza, que hoy es el orgullo de la ciudad, en aquella época era casi un arrabal de Iquique.
El salitre no se transportaba del interior por ferrocarril como actualmente, por lo cual se presenciaba á diario el espectáculo de grandes caravanas de mulas conduciéndolo, las cuales se presentaban á la población estenuadas y cubiertas de polvo y agitando la madrina, su sonora campanilla. Para facilitar este duro transporte se embarcaba también el salitre por la caleta “Molle”, célebre por haber recalado allí la Covadonga en 1879, y donde existe una gran pendiente por donde se arrojaban los sacos que eran recibidos por las embarcaciones que rodeaban dicha caleta.
Las noches de esos tiempos eran sumamente lúgubres, tanto por la oscuridad de las calles, como porque siempre estaban desiertas. El alumbrado de gas, parafina y eléctrico, era absolutamente desconocido, y como gran lujo, los dueños de casa colocaban en las puertas de la calle un farolillo con una vela, el cual se quitaba á las diez, hora en que el lúgubre tañido de la campana, indicaba que todos debían cerrar sus hogares.
La población de esos tiempos llegaba 2.900 almas, cifra enorme, para los que , volviendo la vista hacia la época colonial, Iquique tenía solamente 120 habitantes. Como se comprende, la mayoría de los pobladores eran peruanos, habiendo ya muchos extranjeros, sobre todo ingleses y muy pocos chilenos.
El 13 de Agosto de 1868, fecha ya mencionada, la capital que en el curso de los años debía revestirse de tanta gloria e importancia fue visitada por un violento terremoto que se hizo sentir con dos sacudimientos que, como es natural, causaron numerosas víctimas, la destrucción del comercio, el desaparecimiento de varios buques fondeados en la bahía y la ruina de numerosos puertos del Perú, entre ellos el de Ilo donde existían corpulentos árboles de los cuales se encontraron ensartadas numerosas canoas lanzadas con el ímpetu del terrible huracán.
Desde el amanecer del día citado se notó un aire frío poco común en Iquique, y la atmósfera se mostró obscura y triste como pocas veces. Siniestras preocupaciones invadían el espíritu de los habitantes, cual si presintiesen la catástrofe que momentos después los visitaba.
A las cinco diez minutos de la tarde la tierra se extremeció horriblemente; el cielo se obscureció y el mar comenzó á rugir. El pánico que se apoderó de los habitantes fue indescriptible; la población entera huyó a los cerros en medio de gritos y lamentos desgarradores.
Restablecida la calma, todas propusiéronse abandonar las pampas á donde había huído para librarse de la caída de los edificios; pero no bien habían hecho su entrada en las calles, cuando vieron con gran terror que el mar tomaba posesión de la ciudad, no como un huésped tranquilo que la visita queriendo humedecer generosamente su sequedad, sino como un devastador furioso que se lleva todo cuanto encuentra á su paso.
Residía en esa época el caballero peruano señor Guillermo Billinghurst, padre del político de la misma nacionalidad, residente en esta capital y que llevando igual nombre, desempeñó en época no lejana, el cargo de vice-presidente del Perú y quien se hallaba ausente en esa ocasión.
El señor Billinghurst que poseía en el Morro una casa de sólida construcción, lo que era raro en esa época, fiado en la solidez del edificio, no quiso huir como las demás personas cuando ocurrió el terremoto, y retuvo a su lado á los miembros de su familia con quienes subió á la azotea de la casa, donde se colocaron dividiéndose en dos grupos compuestos: el uno por don Guillermo, su suegra, su hijita Carmen y dos niños menores de diez años, y el otro por una hermana de la esposa del caballero, la señorita Celia Billinghurst y parte de su numerosa servidumbre. Siempre confiados en la solidez de los muros, casi no dieron crédito cuando el mar en una de sus furiosas embestidas, dividió la casa en dos partes, siendo ambas arrastradas á las profundidades eternas del mar, con todos sus moradores, de los cuales se salvaron la señorita Celia y un cuñado, que se tomaron de un madero, con el que nadaron hasta que una embarcación corrió en su auxilio.
El ameno escritor señor Alberto Hansen que tan dignamente sirve en las columnas del El Tarapacá, con motivo de tan triste y horroroso acontecimiento, ha escrito en sus apuntes íntimos, – datos que sin duda recogió de su familia que residía entonces en Iquique, – numerosas anécdotas que reproducimos por tener oportunidad:
“Un caballero de una de las casa más fuertes de Iquique dio rienda suelta á sus piés sin mirar hacia atrás, creyendo que las olas lo alcanzaban. Encontró primero que le pesaba el dinero que llevaba en los bolsillos, y lo botó, y sucesivamente fue haciéndolo con la corbata y prendedor, la cadena y reloj de oro,, el chaleco, la chaqueta, llegando al cerro como loco y en camisa. No era para menos, parecía que todos lo elementos se habían rebelado contra el hombre; el viento parecía atajarlo en su carrera la tierra temblaba y hacía olas bajo los piés impidiendo el avance, infundiendo pánico y todavía el agua quería tragárselo.”
“El comerciante don Herman Reichel, por demorarse en cerrar las puertas de su almacén fue alcanzado por el agua que corría derribando casas, formando estridente choque contra los muros de piedra y arrancando gemidos á los edificios débiles. La esposa de dicho comerciante por llamar al señor Reichel indicándole que no cerrase las puertas fue cogida también por las olas; dicha señora iba acompañada de su anciana madre y llevaba en los brazos una criatura y una perrita.”
“Una señorita Portocarrero abandonó de las primeras su hogar; pero viendo en la calle que su vestido no estaba estrictamente limpio, volvió á la casa para cambiarlo por otro; si alcanzó a realizar la operación, eso no se sabe, pero lo cierto es que si lo hizo, el blanco vestido le sirvió sólo de sudario, porque un segundo después que había entrado á la casa, esta se desplomaba con estrépito.”
“El doctor Bockenham bajaba á la hora del terremoto a caballo de Huantajaya y en lugar de detenerse cometió la imprudencia de entrar en la ciudad donde el mar con caballo y todo lo hizo momentos después su presa.”
“Como los habitantes hubiesen perdido todo lo que poseían, el hambre se hizo sentir horriblemente y gracias á la llegada de algunos buques venidos de costas vecinas, pudo remediarse en parte tan aflictiva situación. Entre las naves que vinieron trayendo recursos se encontraba la Esmeralda, la que once años más tarde había de encontrar glorioso fin en las aguas de un puerto, que socorrió generosamente en una de sus grandes calamidades.”
En el punto donde hoy se encuentra el barrio “El Colorado”, se construyó un cementerio para enterrar las víctimas del terremoto, el cual era visitado frecuentemente por las olas del mar, los cuales dejaron en descubierto los cadáveres que con el calor se descompusieron, atacando violentamente la salubridad de Iquique, por cuya causa hubo numerosísimas epidemias, descollando entre éstas la fiebre amarilla que causó grandes estragos.
No bien se reponía la ciudad de los grandes desperfectos ocasionados por la catástrofe á que hemos hecho referencia, cuando ocho años, diez años más tarde, se volvió a repetir el mismo fenómeno, que infundió un pánico mayor, por cuanto el recuerdo del 68 estaba aún fresco, siendo un nuevo acontecimiento susceptible de suponérselo de colosales proporciones.
A las 8 de la noche del 9 de mayo de 1877, sintieron los habitantes un ruido lejano, que á medida que era más fuerte, los pobladores se alarmaban profundamente. En efecto, la tierra tembló, y todo el mundo huyó despavorido sin saber qué rumbo tomar. En las estrechas calles, y en los amplios arenales, se formaban numerosos corrillos compuestos de personas sobresaltadas de terror, mientras el cielo ennegrecido siniestramente, dejaba ver “irradiaciones” extrañas que presagiaban el furor de una gran tormenta. Las puertas de los hogares se abren y se cierran maquinalmente, y la tierra oscila de oriente á poniente como un barquichuelo en alta mar. Pronto las tinieblas de la sombría noche son reemplazadas por los resplandores de un fuego que alumbra los más lejanos rincones de Iquique. Una lámpara de parafina, momentos antes adorno de un modesto hogar, se ha volcado á los vaivenes de la tierra, comunicando el fuego á las paredes, éstas al techo y enseguida á las vecindades causando un incendio que hizo numerosos estragos.
Al toque de alarma, las pocas compañías de bomberos que entonces había en Iquique, corren presurosas á sofocarlo. Extienden sus mangueras á las cuales dan de beber en las fuentes eternas del mar, único grifo que existía en Iquique, y mientras se encontraban en tan humana empresa,, la tierra bailó nuevamente recrudeciendo el terror de los abatidos ánimos de los pobladores, y ya no se escuchan en las calles sino gritos de dolor, y no se ven más que lágrimas y desmayos.
A todo esto el fuego seguía su obra devastadora y el único consuelo que se sentía en presencia de tan gran calamidad, era el de que las bombas tomasen gran cantidad de agua á fin de sofocarlo.. Pero ¡oh destino¡ A tan noble labor se encontraba consagrado el heroico cuerpo de bomberos, cuando sus miembros notaron que las mangueras no arrojaban la suficiente cantidad de agua para destruir el fuego. Ayudados por la débil luz de las linternas, ven con gran terror que el sitio donde las mangueras recibían agua, ha quedado en seco. Examinan la causa, se penetran de que el mar se ha retirado más de media cuadra. Deliberan sobre lo que debían de hacer, cuando una ola con todo ímpetu, se lanza sobre la ciudad, arrebata á los bomberos, que no pueden salvarse, sus preciosas vidas, y se lleva todo cuanto encuentra á su paso, entre ello los gallos, las mangueras y todo lo que pertenece al material del cuerpo de bomberos. Entonces un regimiento de caballería que el gobierno del Perú mantenía en esta plaza, lanza al aire sus cornetas y sus gritos: el mar se sale¡ ¡huyan a los cerros¡ Y ante esta declaración fue cuando la angustia en el corazón de los habitantes alcanzó su más alto grado; ya nadie pensó sino en la muerte; la idea del fin del mundo cruzó por todas las imaginaciones.
Treinta años siete meses han transcurrido desde que se realizó tan triste acontecimiento, y desde entonces no se ha vuelto á repetir este hecho, que bien pudo haberse manifestado el 16 de agosto del año último, en que un terremoto sin salida de mar, destruyó la floreciente ciudad de Valparaíso, terremoto que en Iquique sentimos como un lijero temblor, sin que nadie pudiera presumir que era consecuencia de la catástrofe que visitaba el primer puerto de Chile.
En la fecha mencionada no fueron pocos los que pensaron en la repetición de los dolorosos sucesos de 1868 y 1877, sobre todo los sobrevivientes de esas épocas memorables, que de seguro vieron un mal presagio en el estado extraño que mantuvo el cielo esos días y la braveza del mar que reinó, causando terror en las jeneraciones nuevas, á las cuales se les comenzó á generalizar en conocimiento de las catástrofes anotadas. Pero afortunadamente, todo no fue sino un susto, un gran susto; el mar se serenó y la tierra no se manifestó otra vez temblorosa. Sólo la incertidumbre de lo ocurrido en Valparaíso, con el cual quedamos incomunicados á causa de haberse cortado el telégrafo, alcanzando solamente a anotar en la huincha estas palabras, que fueron después debidamente “interpretadas”: gran te…. Que se tradujeron luego en “gran terremoto”, constristó todos los corazones y con tanta razón puesto que Valparaíso mantiene relaciones comerciales muy íntimas con Iquique, por cuyo motivo residían en él familias fuertemente vinculadas á la sociedad de este puerto, á muchas de las cuales sorprendió la catástrofe, como así nos lo manifestaron los fúnebres avisos que después de las remociones de escombros, publicaron los diarios de esta capital.
En nuestra memoria vivirá inolvidable el recuerdo de tan espantoso acontecimiento. La incertidumbre sobre lo ocurrido, la falta de comunicación con los puntos afectados con el cataclismo, la dificultad para comunicarnos con Buenos Aires y otras estaciones telegráficas, fue para los que vivían solos en Iquique, teniendo sus deudos en Santiago y Valparaíso, una terrible angustia, la cual subió de punto cuando en los tableros del cable se leyó el siguiente parte: “Valparaíso ha sufrido una catástrofe mayor que la de San Francisco; toda comunicación con Santiago está interrumpida a pesar de las tentativas que se hacen para comunicarnos, por lo que se cree que esta ciudad ha experimentado con mayor violencia los efectos de un terremoto”.
Imajináos una noticia semejante¡
Y así como el anterior fueron todos los telegramas que se recibieron por vía Lóndres, con quien pudimos al fin comunicarnos, llegando el primer parte al Banco “Tarapacá Argentina”, y los cuales se transcribían al público en inglés, resignándose los que no lo comprendían á copiar las palabras para llevarlas á un traductor, así como otros los descifraban como su criterio mejor les aconsejase, deduciendo por esto la magnitud del desastre, por cuyo motivo circulaban noticias amargas y contradictorias á la vez.
Restablecida perfectamente la vía telegráfica, se supo entonces la verdad de lo ocurrido, y los diarios de esta capital lanzaron suplementos, cuyas columnas vestidas de luto anunciaban al público la desaparición de numerosas personas pertenecientes á ésta sociedad, por lo que muy pronto numerosos hogares vistieron de luto.
Como si las calamidades no quisieran dejar de la mano á la simpática capital, un año once meses más tarde del terremoto de 1877, por cause de la guerra de Chile con el Perú y Bolivia, Iquique como toda la provincia de Tarapacá fue centro de las operaciones bélicas.
Correspondiendo a éstos proyectos de campaña, el puerto fue bloqueado el 5c de Abril de 1879, después de fracasada la misión Lavalle en Santiago, por la Escuadra chilena mandada por don Juan Williams Rebolledo, y que se componía de los siguientes buques: blindados “Lord Cochrane” y “Almirante Blanco Encalada” y corbetas “Esmeralda”, “O’Higgins” y “Chacabuco”.
Fondeada la escuadra, el señor Williams dispuso el viaje á tierra de uno de sus oficiales, el capitán señor Walker, quien al amparo de una bandera de parlamento entregó una nota del almirante al Prefecto de la plaza peruana señor Justo P. Dávila y otra al decano del cuerpo consular, que fueron contestadas en el mismo día.
Habiendo manifestado en su nota el almirante Williams, que como medida estratéjica de la guerra había acordado bloquear el puerto, esperando de la prudencia de las autoridades que no le darían motivos para bombardear á Iquique, el jefe político señor Dávila dio contestación á ese documento en una forma dictada por su ardoroso patriotismo , al mismo tiempo que el decano del cuerpo consular contestaba la suya inspirándose en la equidad y justicia que defiende el derecho internacional.
En ésa época Iquique estaba resguardado por un número de tropas que no bajaría de 4.000 hombres, repartidos en diversas partes de la costa.
De esta cifra correspondían quinientos particulares valientemente enrolados en los momentos supremos y donde figuraban jóvenes y caballeros de alta posición social, que olvidando noblemente su rango, cargaron á sus espaldas el pesado fusil con que habían de responder ante la guerra de la bandera de su patria.
El resto de la tropa, es decir, 3.500 hombres, pertenecía á las tres armas, teniendo cada una de ellas por jefes al jeneral La Cotera y á los coroneles señores Valverde y Suárez y por jefe responsable de sus actos al jeneral de división señor don Juan Buendía y al jefe de estado mayor de brigada señor don Pedro Bustamante, quienes tenían establecido su cuartel jeneral en esta ciudad.
Temeroso el almirante de que las autoridades de la plaza no pusiesen en ejecución las medidas que su mensaje exijía medidas como las siguientes: suspender el tráfico del ferrocarril, el funcionamiento de la destilería de agua y de todas las fábricas de al ciudad, ordenó alistar a los botes de la “O’Higgins” y del “Esmeralda” á fin de que amonestasen á las autoridades con el ruido de sus metrallas al cumplimiento de sus disposiciones.
La prudencia de las autoridades peruanas evitó que los botes de las naves nombradas ejecutasen el plan de operaciones para que fueron alistados, pues todas las chimeneas dejaron de lanzar por sus bocas el denso humo que la nota del almirante deseaba sofocar, siguiendo sabiamente las inspiraciones de su carrera militar.
Como se comprenderá fácilmente, la situación de los iquiqueños, que no descansaban de terremotos y de incendios, fue bastante angustiosa; pero en medio de tantos pesares sufridos con heroica resignación, con todo valor y confianza en lo porvenir, recibieron una compensación envidiable que debía de darles durante todos los días de este mundo el cetro de la más pura y hermosa gloria.
Esta compensación, cantada con lágrimas en los ojos por todos los bardos del Orbe civilizado y que conmovió el cielo y los mares, fue el brillante combate de la “Esmeralda” con el “Huáscar” esa heroica lucha, que según las crónicas europeas, durante la última guerra ruso-japonesa inspiró a los moscovitas la desgraciada, pero valiente defensa de Port-Arthur.
Gloria mil veces á ésta región en sus aguas azules se libró un combate que conmovió la tierra, que dio la más pura gloria á una nación, y á Iquique, la rica arteria que trasmite a todo el mundo la sal milagrosa que reverdece todos los suelos estériles y mantiene la preponderancia de la agricultura universal, un renombre que jamás marina alguna eclipsará.
Un mes y días después de establecido el bloqueo se verificó el gran combate á que hemos hecho mención.
Como medida estratéjica, también, el almirante Williams Rebolledo abandonó el día 20 las aguas de Iquique en viaje al Callao, dejando á cargo del bloqueo a la corbeta “Esmeralda” y á la “Covadonga”.
Sobre este hermoso combate, publicamos á continuación un relato peruano hecho por un literato justiciero y hábil, y el cual, olvidando las pasiones que la guerra enciende en el corazón de los contendientes, no quiso hacer una descripción apasionada, teniendo en vista, sin duda, aparte de otras honrosas consideraciones, no entrabar los juicios de la historia sobre esta guerra, que como historia debe ser pura y verdadera.
Sin duda alguna que el relato que viene en seguida es el testimonio más hermoso de nuestra gloria.
“Á las 7 y 15 de la mañana se avistaron los buques, que venían del Norte, á los cuales todos supusieron ser enemigos, Uno de ellos avanzó hacia el Oeste del puerto, tomando después rumbo al fondeadero.”
“Mientras esto tenía lugar, el “Huáscar” izando un hermoso pabellón peruano, disparaba el primer cañonazo sobre la “Esmeralda”, que á su regreso, después de reconocer nuestros buques, se entró al fondeadero para impedir que el “Huáscar”, por no dañar á la población, le hiciese fuego.”
“En el acto se pusieron en movimiento la “Esmeralda”, la “Covadonga” y el transporte “Lamar”, que sostenían el bloqueo de este puerto.”
“Como los dos buques que asomaron despedían mucho humo, sospecharon, sin duda, los bloqueadores que éran los suyos. Sin embargo, para cerciorarse más, se dirijieron hacia el que vían entrar por el oeste”.
“Reconocido que fue el “Huáscar”, que era el primero que hizo proa á nuestro puerto, la “Covadonga” se acercó al transporte “Lamar” y le dio orden de irse al Sur a toda máquina. El “Lamar” con toda fuerza tomó el rumbo que se le había indicado.
“La “Independencia” avanzó hacia el Sur con el objeto de impedir que la “Covadonga” que tiene muy buen andar, se le escapase. Fue entonces cuando se trabó un combate recio por nuestra parte y desesperado por la del enemigo, que ha demostrado un heroísmo espartano.
“Jaqueada la “Esmeralda” por el “Huáscar” que la perseguía en las lijeras evoluciones que ella hacía, entre nuestra rada y El Colorado, único trayecto que pudo recorrer porque no tenía escape, ni al Norte ni al Sur, el monitor le hacía fuego por elevación á fin de lograr que la corbeta se rindiese. Que desde el principio fue ese el objeto del valiente comandante señor Miguel Grau, lo prueban las bombas y balas rasas que reventaron en el cerro de Huantaca, y en el que está frente a la casa del señor Williamson”
La “Esmeralda” sostenía el fuego con un tesón admirable, haciendo certeras punterías á flor de agua y por elevación; pero el “Huáscar” le respondía de tarde en tarde á fin de no dañarla. En uno de los movimientos de la corbeta chilena se puso muy cerca de la estación del ferrocarril.
Entonces el señor jeneral Buendía, que para todo evento hizo colocar la artillería de campaña por ese punto, ordenó que éste rompiese el fuego sobre el buque chileno y que igual cosa hiciesen los soldados. En efecto, las cuatro piezas de á nueve empezaron á hacer un fuego pronto y certero, al cual contestó la corbeta, con una andanada y tiros de fusilería tan sostenidos, que parecían los de dos ejércitos numerosos que se baten encarnizadamente.
Después de setenta cañonazos de tierra más ó menos se consiguió desalojar a la “Esmeralda”, que buscaba siempre, haciendo fuego, su salvaguardia en la población para no perderse.
Mientras tanto, la “Covadonga” huía y huía a toda máquina hacia el Sur, recibiendo los constantes tiros de la “Independencia” y correspondiéndole con denuedo y buen éxito. Hubo un momento que se creyó perdida la “Covadonga”. Entonces hizo rumbo al interior de la caleta de Molle, siempre combatiendo.
Mal manejada la “Independencia”, no conocedor, sin duda, su comandante de esa bahía y sus malos bajos, y , por otra parte, deseando tomar el buque sin causarle grave daño, emprendió su persecución.
“Pero sucedió que, en vez de tomar rectamente hacia el Sur para ganarle la vanguardia a la “Covadonga”, que, dentro de Molle, tenía que describir una semi-circunsferencia para verse afuera de la escuadra, el blindado peruano tomó la retaguardia y emprendió la persecución del buque enemigo, el cual, muy pegado á la costa, daba todo su andar á la máquina para lograr la fuga. Tanto se acercó a la playa, que la guanición que está en Molle le hizo fuego de fusilería, al que la “Covadonga” contestó inmediatamente.
“El combate entre el Huáscar y la “Esmeralda” había tomado más calor, haciéndose ya insostenible por parte del buque chileno, cuyas averías principiaban a ser de consideración.”
“Fue entonces cuando el comandante Grau vió llegado el momento supremo. Fuera de tiro de cañón la “Covadonga”, que huía sin que pudiera darle caza la “Independencia” y viendo que se prolongaba el combate, decidió ponerle fin con un acto de heroísmo”.
“Cuando la Esmeralda estaba frente al Colorado, al norte de este puerto, le arremetió el “Huáscar” con su espolón, descargándole antes dos cañonazos que inutilizaron algunas piezas del enemigo”.
“La corbeta principió a hacer agua. Al habla ambos buques, el comandante Grau intimó rendición á la “Esmeralda”; pero el jefe de la corbeta chilena se negó á arriar su bandera.
“Viendo el señor Grau que era inútil toda consideración, arremetió por segunda vez con su buque a la “Esmeralda”, que entonces, como anteriormente, no había cesado de descargar sus cañones”.
“En este segundo choque se desconectó el eje de la maquinaria de la corbeta chilena y una bala del monitor le mató treitaiseis hombres”.
“Era preciso que se diera fin á un drama tan sangriento y que no reconoce ejemplo en la historia del mundo”.
“Así fue”.
“A una evolución de la “Esmeralda” en que presentó hacia el suroeste su costado de estribor, le acometió por tercera vez el “Huáscar con su ariete, descargándole dos cañonazos. Uno de éstos le llevó por completo la proa, por la cual principió a hundirse”.
“Fue en este tercer choque, cuando el comandante Prat de la “Esmeralda” saltó, revólver en mano, sobre la cubierta del “Huáscar” gritando: ¡Al abordaje muchachos¡ Lo siguió el oficial Serrano, que llegó hasta el castillo, en donde murió, un sarjento de artillería y un soldado, todos estos quedaron sobre la cubierta muertos. Prat llegó hasta el torreón del comandante junto al cual estaba el teniente S. Velarde, sobre el que hizo tres tiros que le causaron la muerte. Entonces un marinero, asestóle un tiro de Comblain en la frente, destapándole completamente el cráneo, cuyos sesos quedaron desparramados sobre cubierta”.
“Mientras esas sangrientas escenas tenían lugar sobre la cubierta del “Huáscar”, la “Esmeralda” desaparecía. En efecto, se inclinó hacia estribor que fué por donde el ariete la cortó, y algunos segundos después se hundió siempre de proa. El pabellón chileno fue el último que halló tumba en el mar”.
“La “Esmeralda” era una especia de almacén ó depósito de la escuadra chilena, en que se encontraban, víveres, armamento, municiones y otros recursos de todo género”.
“No es pues extraño, que después de haberse hundido, se haya visto a flote cajones de distintas clases y tamaños”.
“Al hundirse la “Esmeralda”, un cañón de popa por el lado de estribor, hizo el último disparo, dando la tripulación vivas a Chile”.
“El combate concluyó a las 11.45 A.M. Después de la catástrofe, que apagó los gritos de entusiasmo con que al principio eran saludados los tiros del “Huáscar”, por el pueblo y el ejército, siguió el estupor y el silencio de todos”.
“La impresión que en los habitantes de Iquique produjo el hundimiento del buque enemigo pudo más que la alegría, y la apagó”.
“¡Tremendos misterios del corazón humano!
“Mientras que al norte de Iquique un triunfo ponía fin a un espantoso drama, al sur tenía lugar otro inesperado”.
“Forzando su máquina la “Independencia”, pudo dar caza a la “Covadonga” que iba completamente destrozada. Se puso al alcance de ella frente á Punta Grande, que dista como nueve millas y algo más de este puerto. A pesar de su mal estado, la “Covadonga” hacía fuego de cañones y rifles. Entónces el comandante More resolvió pasarla por ojo, e hizo que su buque orzara para verificar la operación, Desgraciadamente, cuando esta maniobra tenía lugar, el blindado chocó el costado de babor en una roca, abriéndolo e inclinándose de ese lado. En el acto se esparció el dasaliento y la confusión. Se echaron botes para salvar a la jente, y la que no tuvo embarcación, se arrojó al mar para ganar a nado la playa”.
Sin embargo en esta ocasión, Chile siguió manteniendo el bloqueo hasta le 23 de Noviembre, fecha en que, seguro de su éxito, coronado recientemente por la toma de Pisagua y la batalla de Dolores, ocurridas el 2 y 19 del mismo mes y año, tomó posesión de la ciudad de Iquique y por disposición del señor ministro de la guerra en campaña don Rafael Sotomayor, fue nombrado comandante de armas, gobernador marítimo y comandante del resguardo, el entonces capitán de navío, más tarde almirante de nuestra armada señor don Patricio Lynch”.
“El día 22 el comandante del blindado “Almirante Cochrane” señor Juan José Latorre, hoy vicealmirante de nuestra Armada, recibió en su cámara al decano del Cuerpo Consular y cónsul á la vez de E.E.U.U. de Norte América señor J.W.Merriam, quien en compañía de los cónsules de Inglaterra, Alemania é Italia, espuso que la ciudad era en esos momentos abandonada por las autoridades peruanas y que podían tomar posesión de la plaza mediante toda clase de garantías para los neutrales”.
“Después de una corta deliberación y á fin de dejar mayor libertad á los que salían fuera de Iquique, se acordó postergar la toma del puerto hasta el 23 y detener en su tránsito á los mares del norte al vapor “Ilo” que en esos momentos pasaba, á fin de que en él pudiesen embarcarse cómodamente los que tuviesen la intención de salir de Iquique”.
“El día 23 los botes del “Cochrane” y de la “Covadonga” los dos buques que entonces bloqueaban a Iquique, llevaron gente al muelle, la cual se marchó al edificio de Aduana, que era a la vez oficina de la Prefectura, de donde sacaron a 49 sobrevivientes del heroico combate del 21 de Mayo, á quienes pusieron en inmediata libertad, siendo trasladados con consideraciones más honrosas á bordo del blindado “Cochrane” á donde sus hermanos, vestidos de gran parada, les recibieron con las muestras de cariño más afectuosas, siendo saludados y felicitados con gran efusión por el comandante Latorre.
Es indescriptible la ternura que rodeó los corazones de los marinos del blindado, al ver pisar la cubierta de su buque á los sobrevivientes de una de las acciones guerreras más estraordinarias de los tiempos modernos. No cesaban de abrazarse y de hacer las más entusiastas y conmovedores comentarios de las en que habían tomado tan honrosa y valiente participación.
Pasadas las emociones del encuentro y reanudadas las tareas de a bordo, la marinería del “Cochrane” tejió con cariñoso afán y noble espontaneidad una preciosa corona para depositarla sobre la tumba de Arturo Prat, hecho que realizaron el día 25 en unión de los marinos de la “Covadonga”, quienes esperimentaron las más profundas emociones al encontrarse al pié de la loza que guardaba los despojos de uno de los marinos más estraordinarios de los tiempos actuales.
El mismo día 23 que pisaron la cubierta del blindado chileno, los sobrevivientes de la “Esmeralda” descendieron á tierra 120 hombres del “Cochrane” á fin de reemplazar a los 200 bomberos que hacían la guardia de la ciudad desde la evacuación de la plaza por los peruanos.
Esta tropa se dirijió á casa del señor Jorge Schmidt, comandante general del Cuerpo de Bomberos y jefe de la Bomba Alemana, quien hizo entrega de todo lo concerniente al Fisco al Capitán de fragata segundo jefe del “Cochrane” señor M. Gaona quien tuvo momentáneamente investidura de jefe político y militar de Iquique.
Esta tropa de marinería permaneció custodiando el orden de la ciudad hasta el día 24 á las 3 1/2, hora en que llegó á la bahía el vapor “Itata”trayendo al rejimiento Esmeralda que debía cubrir en definitiva la guarnición. Conjuntamente con el vapor expresado, fondeó también al Abtao á cuyo bordo venía el señor Rafael Sotomayor, ministro de guerra en campaña y el general señor Manuel Baquedano.
Los que emigraron á Arica y Callao fueron bastantes, y en esta masa se comprendían muchos extranjeros, sobre todo de la raza asiática.
De la entrega de la ciudad se levantó un acta en la que se dejaba constancia de que el señor coronel peruano don Miguel J. de los Ríos, comandante general de armas de Iquique, entregaba la plaza por orden superior. Dicha acta fue suscrita por los cónsules estranjeros.
El antiguo prefecto de esta ciudad, general peruano señor Ramón López Lavalle, que días antes de la rendición de la plaza se vió en la necesidad de trasladarse á Lima, para informar á su gobierno, de ciertas cuestiones tocantes á la guerra, según lo esponen las crónicas de esa época, fue enjuiciado y encarcelado por orden de su gobierno, conjuntamente con otros jefes á quienes acusaba la opinión nacional peruana, de haberse ausentado de la plaza en el período de la rendición.
El nuevo comandante de armas señor Lynch, deseoso de que todo Iquique marchase en orden, y mientras el gobierno chileno disponía la manera cómo debía constituirse la nueva corporación municipal, nombró una comisión de respetables caballeros á fin de que se encargaran de todo lo concerniente á la antigua Municipalidad.
Esta comisión de vecinos, en su mayoría extranjeros, como que eran los que mejor conocían la localidad por sus vinculaciones al comercio, quedó compuesta del ingeniero francés señor Eduardo Lapeyrouse, Vicecónsul de Francia, doctor don Hugo Rossi, agente consular de Italia, Max Rosenstock, Eduardo Llanos, H.J. Schmidt, cónsul del imperio Austro-húngaro, Mauricio Jewell vice cónsul del imperio británico, J.J. Watson, Carlos Freraut y Marcos F. Aguirre, cónsul del Ecuador y encargado del consulado argeentino.
Pasadas las preocupaciones de la guerra vinieron las de los incendios que fueron muy frecuentes y perjudiciales.
Haremos la relación de cada uno de ellos, sin olvidar (á pesar de ser muy anterior á la ruptura de las relaciones internacionales) que el primer incendio de Iquique tuvo lugar en 1860 y que los que hubo hasta 1880 fueron: el de 1873 que devoró en la plaza Prat, la iglesia Matriz, el de 1875, que habiendo tenido su origen en la cocina del Club Alemán, consumió 25 manzanas ocupadas por un comercio respetable y por dignos particulares, y el de 1877 producido á causa del terremoto de ese año.
El 25 de Octubre de 1880, siendo jefe político y militar el almirante don Patricio Lynch, quien el 21 de mayo del espresado año había celebrado honrosamente el primer aniversario de la gloria de la “Esmeralda”, se declaró un gran incendio que consumió los centros mercantiles que ocupaban una estensión de 30 manzanas.
El 10 de marzo de 1883, á las dos cincuenta y cinco minutos de la tarde, ocurrió otro, también de proporciones colosales, que mediante la cooperación de un fuerte viento, destruyó 15 manzanas en cuyo centro se encontraba la iglesia matriz que había desaparecido en 1875. Este incendio duró seis horas.
El 17 de Abril de 1884 se incendiaron las carboneras de la Comisaría General de Guerra, situadas á una milla de la ciudad, siendo jefe político el coronel señor Exequiel Fuentes, quien, en vista de la responsabilidad que le afectaba, se vió en el caso de obligar á las compañías de bomberos por medio de la fuerza armada, á que fuesen á sofocar ese incendio, que demoró desde el día 19 de abril del espresado año, hasta el 26 del mismo mes. Esta calamidad, de la que resultó hondamente afectado el fisco, causó graves perjuicios a las compañías de bomberos, que sufrieron pérdidas considerables.
El mismo año en que ocurrió esta colosal hoguera, á las dos de la tarde del día 17 de junio, se incendiaron, en el espacio de tres horas, 7 manzanas comprendidas en la calle Aníbal Pinto, donde se encontraba el cuartel de la Bomba Austríaca, salvándose únicamente la puerta de calle, que tenía el mérito de haber sido construida por el señor Esteban Santich, comerciante de esta plaza.
El 28 de setiembre de 2885, a las seis de la tarde, se declaró un incendio en la alcoba de una francesa, confeccionista de toilettes de señoras, incendio que no se limitó a devorar solamente la alcoba, sino que consumió en cuatro horas 7 manzanas, ocupadas por lo mejor y más respetable del comercio de Iquique. Este incendio ocurrió en una esquina de la plaza Prat, donde actualmente se encuentra el Club Inglés, y víctimas de él fueron los cuarteles de las Bombas Germania y Ausonia, las cuales en esos momentos armaban su material para combatir el fuego.
Lo único que pudo salvar la Germania fue su viejo y querido estandarte del águila imperial, y la Ausonia, le hermosa condecoración que en otra época le concediera en homenaje a sus virtudes, el libertador de Roma.
El 4 de noviembre del mismo año un incendio declarado á la una de la madrugada, devoró dos manzanas, donde, según la opinión de respetables sobrevivientes de esa época, había edificios particulares y comerciales que honraban altamente la metrópoli del oro. Como si no fuese dolorosa prueba la esperimentada por esta capital con ese triste acontecimiento, el 26 de diciembre del mismo año, otro incendio, que tuvo su origen en una carpintería á vapor de un caballero apellidado Vargas, consumió dos manzanas.
Testigo de este incendio fue el jefe político de la provincia, señor Francisco Valdés Vergara, quien, con un espíritu de actividad que le honra altamente, se preocupó de combatir estas terribles calamidades, y, al efecto, concibió el hermoso plan de dotar a Iquique de una cañería, que, corriendo por el centro de la ciudad, de poniente á oriente, surtiese de agua del mar á las compañías de bomberos cuando ocurriesen incendios. A la realización de tan bella empresa se hallaba consagrado el señor Valdés, cuando fue llamado por el gobierno de La Moneda, dejando su elevado cargo en manos del señor Gonzalo Bulnes, quien no desatendió el proyecto de su antecesor, pues por su orden se pidieron propuestas públicas á fin de dotar a Iquique de 5.000 metros de cañería para agua, de diámetro de 6 pulgadas inglesas; dos grandes bombas de doble acción para alimentar á aquellas y un estanque que sirviese de depósito al remanente de agua durante los trabajos y que á la vez pudiese usarse para regar las calles.
Dos propuestas se presentaron; pero fue favorecida la de don Benito A. Bravo, caballero de nacionalidad española, fallecido en setiembre de 1887, que pidió por su trabajo 77.000 pesos oro. La anterior era por 137.000 cantidad estremadamente subida en comparación con la del señor Bravo, por cuyo motivo el Municipio no la tomó en consideración en la asamblea donde se discutió el trabajo de las cañerías. Ejecutados los trabajos con gran rapidez, la obra fue entregada solemnemente al público y en especial al Cuerpo de Bomberos, el 21 de Mayo de 1886.
Las bombas se encuentran instaladas en un local situado en la plazuela de la aduana. Dicho local cuenta de tres secciones á parte de una habitación que ocupa el guardián.
En la primera sección se encuentran dos grandes motores; en la segunda dos gigantescas fogoneras de hierro, embutidas en magníficos túneles de piedra y ladrillo que reciben carbón á todo momento, por cuyo motivo ese recinto es de ordinario sofocante; y la tercera la constituye un muelle sólido de quince á veinte metros de largo, absolutamente desaseado, y el cual sirve de apoyo a dos formidables cañones que reciben el agua del mar. El gran estanque que usufructúa de este trabajo se encuentra en el barrio Colorado.
Además de prestar esta obra útiles servicios en los casos de incendios, suministra también el agua necesaria á las casas particulares para que mantengan su higiene y se despojen de las aguas servidas.
En El Colorado, un guardián rentado por el Municipio vela por la seguridad del estanque, y en su programa de trabajo diario, está comprendido el de mantenerse en constante comunicación telefónica con el local principal de la plazuela de la aduana, a fin de que el estanque no se desborde ni tampoco esté desprovisto del agua necesaria.
Con la construcción de esta interesante obra, los incendios posteriores, aunque muy numerosos, no han tenido las proporciones colosales de los tiempos pasados.
En repetidas ocasiones habíamos oído hablar de estas calamidades y aunque fuimos impuestos con muchos detalles de los tristes efectos producidos por ellas, creemos que para formarse una idea cabal de lo horrorosas que han sido, es preciso encontrarse en una de ellas.
Sin desearlo, y por cierto, y ni aún siquiera para cimentar una triste esperiencia, nos ha tocado la casualidad de encontrarnos en el que ocurrrió el 9 de noviembre último, en los precisos momentos en que la colonia inglesa celebraba el 66° aniversario del natalicio de Eduardo VII rey de Inglaterra.
Era la una y media del citado día, cuando en la calle Thompson, situada un poco distante del centro y habitada por personas de modestos recursos, vimos aparecer una gruesa columna de humo cuya marcha aceleraba rápidamente un fuerte viento norte que había soplado desde las primeras horas del día.
Ajitáronse de inmediato las campanas de las 9 compañías de bombas, incluso la del cuartel del Carampangue, la de los Salesianos, San Francisco é Iglesia Vicarial.
La presteza con que el público se dio cita en el punto incendiado fue estraordinaria; sin duda que la presencia del viento era un funesto vaticinio que ponía en el corazón de todos, destructoras esperanzas.
En menos de diez minutos vimos reunidos cerca de 500 curiosos, que, más que ayudar y prestar socorros, se concretaban á obstruir el paso á los bomberos, á las mangueras y materiales contra-incendios.
Tan pronto como los moradores de ese barrio notaron que el viento era un eficaz cooperador de la formidable hoguera, comenzaron a abandonar sus hogares, produciéndose escenas tristísimas, tales como desmayos, gritos, lágrimas y la muerte de una señora que no pudo sobrevivir á una fuerte impresión.
A causa de haberte tomado estas precauciones, nos impusimos con el corazón lacerado, de la gran miseria en que vivían esas jentes.
Vimos sacar en brazos amantísimos, colchones agujereados cuyas telas incoloras espuestas á los rayos de un sol abrazador, despedían olores no muy agradables. Precedían á los colchones sillas cojas con asientos despedazados y respaldos que gemían al tocarlos, escobas sin mangos y sin curagüilla; almohadones que parecían revolcados en podrido cieno, tarros de parafina vacíos, gatos ensacados gruñendo de confusión, cabras balando de terror, aves cacareando sin cesar, retratos de adalides de nuestra independencia sirviendo de tapas á los barriles, profusión de cuadros de la virgen de Andacollo, del Señor de la Buena Esperanza, del Beato San Canuto y de San Antonio, el patrón de las casaderas, etc.etc. Todas estas especies, que constituían el mobiliario íntimo de las desgraciadas víctimas del 9 de noviembre, era dócilmente traspasado á las comadres vecinas, que, con una abnegación sin igual, se ofrecían para conservarlos en su poder mientras pasaba el fuego, siendo esta estraña amabilidad, otra de las terribles calamidades que se unieron á los dolorosos efectos del gran incendio.
Las manzanas consumidas fueron siete y se encontraban comprendidas entre las siguientes calles: por el Oriente Juan Martínez; por el Poniente Amunátegui; por el Sur Thompson y Esmeralda por el Norte.
En ese barrio existían numerosos almacenes, litografías, barracas, picanterías, bares, hoteles de tercer orden, escuelas públicas, casas particulares, etc., etc.
Las pérdidas se estimaron en un millón de pesos y el número de los que quedaron en la miseria de tres mil.
El terror que reinaba en la ciudad no es para descrito.
Todas las calles alrrededor de diez manzanas estaban cubiertas por una masa humana que no bajaría de las 20.000 almas.
Así como esta horrible confusión había una gran cantidad de personas que nada hacían, en cambio había una infinidad de ciudadanos que prestaban útiles servicios.
Veinticuatro casas habitadas por gente de vida anormal, fueron pasto de una formidable hoguera.
En verdad que era emocionante ver ese coro de mujeres impávidas que luchaban bañadas en el sudor que les comunicaba el sol de un bellísimo día de primavera. Qué lucha para poner á salvo sus pintorescos cortinajes, sus pianos desteclados, sus canapé de carcomido lampá y sus esquineros de carretillas¡
Nadie puede comprender el cuadro que presentaba Iquique en tan aciago día; era imponente ver cómo el fuego contra toda tentativa de detenerlo seguía magestuosamente una línea recta, abriéndose paso á través de las grandes columnas de agua que se elevaban hacia él; por otra parte, el viento que soplaba acrecentaba horriblemente su carrera y, como si su misión fuese la de terminar con todo, saltaba rápidamente de una acera á otra, causando el pánico de la ciudad, que se redoblaba á cada instante con los fieros crujidos arrancados á los edificios y con los estallidos de la parafina y pólvora encerradas en los almacenes incendiados.
Todo el mundo salvaba cuanto sus fuerzas se lo permitían.
Los carruajes, carretas y carretones, se cruzaban en espantosa confusión, llevando muebles, mercaderías, cuadros, jaulas de loros y canarios, palomares, etc., etc.
Muchas personas, sin preveer que el fuego saltaría a la acera del frente incurrieron en el error de depositar los objetos de su propiedad en las casas vecinas, lo que fue como silos hubieran lanzado en plena hoguera.
Pocas veces en nuestra vida hemos visto y cuadro de miseria y de espanto, como el que se presentó el 9 de noviembre.
Al ver esa agitación estraordinaria y las calles humedecidas por el agua que brotaba de las mangueras que las serpenteaban, y esa precipitación para sacar muebles y personas de las casas, parecía que se trataba de un saqueo ó de una fuga precipitada, en presencia de un enemigo que ordena evacuar una ciudad en plazo perentorio.
Entre los edificios incendiados se cuenta el templo de los chinos, en el que se verificaban periódicamente sus ceremonias “confucianas”.
A las cuatro y media terminó el fuego, el que se dió por vencido gracias á la anchura de la calle Esmeralda, la última que visitó, y á que, los infatigables bomberos y numerosos particulares, opusieron obstáculos á su prosecución, tales como las calaminas derribadas de los edificios, que por largo espacio sostuvieron enérgicamente y que muchos se vieron en la necesidad de abandonar, impelidos por el ardor sofocante de las llamas que con tanta furia imprimían sobre ellas sus besos de fuego.
Sin embargo, de esta gran calamidad, nos consuela el noble acudimiento que la sociedad en general hizo al llamado de la caridad en tan angustiosas circunstancias.
La prensa, las colonias estranjeras, los comerciantes, los salitreros, tanto de Iquique como de la Pampa, Pisagua, Antofagasta, etc., tomaron una gran participación, erogando sumas elevadísimas.
Al día siguiente, una distinguida dama de esta sociedad, la señora Viera Gallo, por su cuenta y riesgo hizo servir en el cuartel del regimiento Carampangue, una abundante comida á más de quinientas personas que, presas de hambre y de dolor, llevando á sus hijos desnudos y pálidos por la vigilia y trasnochada anterior y el triste porvenir con que grandes caracteres se les representaba, acudieron al borde de esa olla generosa que alivió en gran parte su aflictiva situación.
No seríamos fieles intérpretes de los sentimientos caritativos de la sociedad de Iquique, si omitiésemos decir que el señor Horacio A. Goldsmith, secretario del Banco de Chile, cuyos caritativos sentimientos é irreprochable proceder, son de brillante notoriedad, fué el primero que acudió á uno de los diarios de ala localidad para inspirar la idea de una suscripción, siendo él uno de los generosos donantes; así como me sería justo silenciar el hecho de que muchas y respetables damas de la sociedad que, á parte de contribuir con su óbolo a salvar la triste situación de las víctimas, tomaron en la repartición de víveres, una actitud tan noble que hace cumplido honor á la idea que impera en los pueblos de Chile, de que esta sociedad es una de las más expontáneas y caritativas.
Las sumas erogadas fueron grandiosas, y entre las colonias extranjeras, siempre tan cultas y humanitarias, descolló la asiática, cuyas ramas establecidas en diversos puntos de la Pampa, se adelantaron á enviar magníficos refuerzos, lo que da una idea muy elevada del sentimiento “amarillo” que por lo general lo describimos algo problemático.
A propósito de haber tratado los incendios, consideramos muy propicia la ocasión para consagrar un recuerdo al Cuerpo de Bomberos. Esta colectividad será siempre, en todos los pueblos civilizados del mundo la reina de las asociaciones.
La historia no puede precisar con grandes rasgos, cuál fue la madre lejítima de las compañías, por cuanto que, á la posteridad no se ha trasmitido la hoja de servicios de la compañía que se fundó en 1859, mucho antes que la que en 1871 se llamó N° 1, cual si no hubiese existido la anterior.
Para formarnos un concepto honroso de los eminentes servicios prestados á Iquique por el legendario Cuerpo de Bomberos y tomar nota de su progresivo desarrollo, nos hemos servido de la lectura de una bella historia de los bomberos de Iquique, escrita en diciembre de 1888 por el caballero español teniente de la compañía Iberia, señor Dimas Filgueira, fallecido hace catorce años en esta capital.
Dicha historia da una rápida reseña del desarrollo comercial de Iquique en aquellos años con detalles muy pintorescos, que estamos ciertos que en la hora presente el vulgo de Iquique los ignora absolutamente.
Satisfechos de haber tributado este elogio á la memoria del señor Filgueira y de haber dejado constancia que su benemérita obra ha sido un cooperador eficaz de la tarea que nos hemos impuesto, hablaremos en particular de cada una de las compañías, sin privarnos por cierto de anotar muchos detalles, que no encontrándose en la obra del señor Filgueira, corresponde á los tiempos presentes.
Hemos dicho que en 1859 se fundó una compañía que no prestó servicios hasta 1860 y cuyo nombre ignoramos absolutamente, no faltando, sin embargo, algunos respetables sobrevivientes, desmemoriados sin duda que nos indican con cierta timidez que su denominación fue “Compañía Rímac”.
El capitán de esta misteriosa bomba fue el capitán de puerto don Juan Rodríguez, á quien una dolencia obligó á salir de Iquique, yendo á pagar su tributo á la muerte sobre las costas de Mollendo, en tránsito para el Callao, desgraciado fin que no sólo privó al Perú de un servidor, sino á la Rímac de un jefe organizador de sus destinos, por cuyo motivo ella expiró al cabo de algunos años de la muerte de su jefe.
Se cree con fundamente que la primera compañía espiró no tal sólo por la lamentable desaparición del señor Rodríguez, sino por haber ocurrido hacia 1866 el conflicto con España, en el cual Chile tomó honrosa participación, que fue coronada con el apresamiento de la “Covadonga” por el almirante Williams Rebolledo en el combate de Papudo.
En el espresado año, numerosos españoles que formaban parte de la compañía se vieron en el caso de abandonar las costas del Perú motivo por el cual la espresada compañía se vió sin entusiastas voluntarios, lo que motivó su disolución.
En 1871 se fundó otra compañía que se denomina Iberia N° 1 cuyo primer capitán fue don Eulogio de los Heros.
Formada con elementos españoles y peruanos, la espresada compañía no buscó su prosperidad bajo el escudo de la bandera española, sino en 1879, fecha en la cual hubo una notable emigración de peruanos con motivo de la guerra con Chile,. A esto se debió que el 21 de Mayo de 1881, don Antonio Chinchilla enarbolase con gran pompa y en presencia del jefe político don José A. Alfonso la hermosa bandera de la madre patria, cesando de flamear la bandera mixta. Su cuartel se encuentra en la calle Patricio Lynch frente á la imprenta de “El Tarapacá”, en un barrio central. Su mayor lujo, su mayor orgullo, lo constituyen las imágenes de los jóvenes soberanos Alfonso y Victoria Eugenia y su bello estandarte.
Como un homenaje a Chile, se levanta imponente entre una serie de retratos, el del héroe del 21 de Mayo de 1879; y como un recuerdo de la infancia del rey, una pintura de Alfonso, cuadro colosal, que lo representa en un bello período de su vida, en ese en que la esperanza del trono le acaricia como una de las más gratas ilusiones; sin descubrir que el día que lleve la corona, deberá trocarse las esperanzas en dolores y angustias, y que su aurora será constantemente enturbiada por el recuerdo del atentado de París y el del día de su regia boda, la vehemencia de Cataluña por vivir en el concierto de los pueblos libres, los conflictos clericales, y la horda de anarquistas que rodea el trono¡
Volviendo otra vez á la Iberia diremos que desde 1874 á 1879 esta bomba tuvo un hermoso desarrollo debido á su capitán señor Marcos F. Aguirre á quien sucedió el señor Eduardo Llanos, actual delegado de la Combinación Salitrera en Londres, y que es para los chilenos una personalidad simpática y querida, por cuanto que en ocasiones amargas les ha prestado servicios nobilísimos, que no se pueden pagar con ninguna moneda, sino con la de la eterna gratitud.
En 1872 los alemanes fundaron Germania, cuya protectora más decidida fué la respetable firma comercial Juan Gildemeister y Cía. Su primer capitán lo fue el señor C.A. Dreyer.
El primer cuartel que poseyó se encontraba en la calla del Cuzco, llamada hoy dos de Noviembre, y que fué reducido a cenizas el 9 de Mayo de 1877 y cuyo costo había sido de 5.000 pesos.
Con un gasto de 500 pesos menos que la vez anterior, construyó la Germania un nuevo edificio en la calle Arequipa, hoy Patricio Lynch, que tuvo la desgracia de ser consumido en 1880.
En el mes de Enero del año siguiente empezó la construcción de un nuevo cuartel, sin que para ellos se opusiesen los infortunios esperimentados. No fue el incendio de 1880 el que debiera poner límite á los contratiempos de la Germania. Pues el de setiembre de 1885 debiera nuevamente arrebatarle la morada construida con especiales sacrificios. En esta ocasión la suerte no la acompañó hasta el punto de que, como en ocasiones anteriores reconstruyese rápidamente su cuartel, por cuyo motivo buscó albergue en el local de la Bomba Austriaca, que se lo brindó largo y generoso, hasta que el Municipio, mediante la influencia del Intendente de esa época señor Gonzalo Bulnes, le concedió un terreno en el punto en que existió en tiempos pasados la plazuela del mercado, en la calle Pedro Lagos, y donde estuvo también ubicado el primer cementerio; por cuyo motivo, cuando se hacen escavaciones para arreglar las cañerías ó las aceras, la barreta del obrero lanza al aire, calaveras humanas, despojos mortales de los viejos pobladores de Iquique.
Desde 1886 la Germania vive tranquilamente en ese cuartel; nada ha turbado desde entonces el reposo de esa solitaria mansión, cuyo lijeros muros descansan sobre las cenizas de los primero habitantes.
Las paredes de la Germania se encuentran adornadas por las imponentes imájenes de los fundadores de la Unidad Alemana; por episodios de las jornadas de Metz y Gravelotte, la entrada triunfal en París de Guillermo I de Prusia y la terrible caída de las huestes napoleónicas en Sedán; un cuadro con el panteón imperial de la dinastía de Brandeburg, y por fin dos cuadritos que representan la pobre infancia de Iquique, la pequeña California¡
En 1874, no queriendo ser menos en filantropía la escasa colonia francesa residente en esta ciudad, organizó una compañía cuyo capitán fundador fue don Eduardo Furet.
Por haber muy pocos residentes franceses en Iquique, se acordó que la naciente Bomba que se denominó Zapadores N° 3 y para que fuese más activa y numerosa, dar cabida á elementos estraños á la verdadera nacionalidad francesa, lo que en vez de dar hermosos frutos trajo la relajación de la compañía, por cuyo motivo espiró meses antes de ocurrida la tormenta de 1877, sin que hasta el presente ningún francés se haya preocupado en reorganizarla.
En enero de 1874, también nació á la vida la Compañía Ausonia N° 4.
Sin discusión alguna, esta Compañía es una de las más simpáticas tanto por las vicisitudes esperimentadas como por la hermosa disciplina que reina en el seno de sus miembros.
Compañera inseparable de la Germania, les ha tocado siempre vivir juntas y de sufrir en los frecuentes incendios, el martirio de la pérdida de sus hermosos cuarteles.
El capitán fundador de la Ausonia, fue el caballero italiano señor Juan Bacigalupo.
Sus cuarteles han sido devastados por el fuego cuatro veces. El último que ocupaba, se incendió el 28 de setiembre de 1885 y aunque su deseo de reconstruirlo en el mismo punto, fue muy manifiesto, la Municipalidad, con el objeto de ensanchas la calle Luis Uribe, donde se encontraba el edificio, le marcó otro rumbo. Así fue. La Ausonia se radicó en calle Pedro Lagos al lado de la Germania; sobre las ruinas de la plaza del Mercado y los derruidos muros de un viejo panteón, edificó el cuartel por la suma de 3.500 pesos, en el cual, el 11 de Mayo de 1889, tuvo la honra de recibir a Su Alteza Real Luis Amadeo de Saboya, duque de los Abruzzos, que, como cadete en viaje de instrucción, recorría las costas de Chile á bordo del crucero de la Real Armada Italiana, “Américo Vespuccio”.
Su Alteza fué recibido por los miembros más caracterizados de la colonia, quienes le presentaron la oficialidad de la Ausonia, en correcta y brillante formación.
Actualmente la bomba italiana posee su cuartel en la calle Tarapacá, en un elegante y espacioso edificio donde la colonia resolvió reunir todos los centros sociales e intelectuales que hubiesen nacido bajo el sol de Italia.
Allí están la Ausonia, el Club Social, Escuela Dante Alighieri para mujeres y hombres, la Beneficencia y la Sección Musical, y este edificio, que tiene también almacenes para negocio, fué construído mediante el entusiasmo y el óbolo de cada uno de los miembros de la colonia é inaugurado solemnemente el 12 de Octubre de 1892.
En el centro se encuentra la estatua de Cristóbal Colón, construída generosamente por el honorable miembro de la colonia señor Andrés Foscarini, quien posee en la actualidad un taller de espejos y cuadros lujosamente montado en la misma calle Tarapacá, esquina con Tacna. El velo de dicho estatua fue descorrido con gran ceremonia, pronunciando en tal acto el agente consular doctor don Eugenio Meriggio un hermoso discurso.
El edificio costó á la colonia la suma de 60.000 pesos. En el ancho vestíbulo que posee se ha colocado hacia la derecha una magnífica plancha de mármol, donde se halla escrito lo siguiente:
Transcurrido el cuarto de siglo de la divina empresa
Que abrió un nuevo mundo al humano progreso
Los connacionales de Cristóbal Colón
Participando con el corazón de las fiestas de la Patria
Este edificio levantado con diligente premura
Hicieron sede de sus instituciones de vida civil
Comprendiendo justamente
Cuántos deberes impone haber nacido italianos.
12 de Octubre de 1892.
Lo anterior fue escrito desde Génova por el ilustre escritor italiano señor Julio Antonio Barrilli, detalle que influye poderosamente en el prestigio del local.
El señor Barrilli, agregaremos de paso, es autor de numerosas obras que corren impresas en la actualidad.
Nació en Génova en 1836; figuró en las campañas guerreras de Garibaldi; y para resumir su notoria importancia, extractaremos un pensamiento sobre él, de uno de sus biógrafos.
“La vida política á que se consagró Barrilli desde un principio con ardor infatigable y sus trabajos periodísticos que consumían toda su actividad, no han sido parte á impedir que se dedique a cultivar la novela, en la que ha llegado á ser el escritor más fecundo y más popular de la Italia contemporánea”.
El 24 de Junio de 1874 se fundó la compañía Austro-Húngara Salvadora N° 5 que en el concierto de las bombas de Iquique ha desempeñado un hermoso papel, tanto por el entusiasmo y noble desprendimiento de sus dignos miembros, como por el progreso moderno que adquiere su material.
Posee su cuartel en la calle Serrano en las inmediaciones de la Germania.
Su primer capitán fue don Carlos L. Gallagher, bajo cuya próspera administración adquirió la Salvadora un terreno en la calle Junín, hoy denominada Eleuterio Ramírez, en el cual construyó su primer cuartel que devoraron las llamas del incendio de 10 de Marzo de 1883.
Por el entusiasmo de sus miembros, se llegó á recolectar una crecida suma de dinero que los determinó á reconstruir el cuartel en un sitio cedido por la Municipalidad, en cambio del que ella misma les expropió en la plazuela que ocupó el cuartel de policía peruana al poniente de la plaza Prat.
Este nuevo edificio fue también consumido por el incendio de 17 de Junio de 1884.
Edificado de nuevo su campamento en la calle Serrano, ya mencionada, no ha sufrido hasta el presente el martirio de la pérdida de su cuartel en el que habita actualmente honrada y respetada de la opinión general.
El 5 de octubre de 1879 los chilenos residentes en esta capital, cuyo número no era entonces muy crecido, celebraron solemne reunión en los salones de la Sociedad de Artesanos para echar las bases de una compañía de hachas, ganchos y escaleras que una vez fundada llevó el número 6.
Su primer cuartel lo tuvo en la calle Bolívar, entre Tacna y Ramírez y cuyo terreno fue cedido graciosamente por su capitán señor Braulio Sánchez Marín en 1887.
El primer director de la N° 6 fue el señor Antonio Solari Millas, cónsul de Chile en Iquique y como consejeros figuraron don Salvador Eyzaguirre, don Silvestre J. Hesse y el ex -propietario de la oficina Carolina, señor Fernando López Jofré.
Su labor estuvo interrumpida en 1879 á causa de la guerra, pues el gobierno del Perú en vista de sus atribuciones, desterró de Iquique á los chilenos residentes por medio de un decreto; con tal motivo la compañía quedó abandonada y su resurgimiento sobrevino poco después de las victorias del ejército chileno.
En 1881 fue dignamente agasajada por la Iberia quien la obsequió el material que poseyó años anteriores la extinguida compañía francesa.
Después de la guerra fue bautizada con el nombre de bomba “Sargento Aldea” en recuerdo del marino que acompañó a Prat en la gloriosa jornada del 21 de Mayo de 1879. Este nombre lo recibió la bomba, después de haber velado su oficialidad, en suntuosa capilla ardiente, los despojos mortales del heróico Aldea, que habían sido extraídos con especiales sacrificios de la fosa común á donde fueron conducidos desde el hospital, en el seno del cual expiró víctima de las heridas que recibió en el combate.
El 18 de mayo de 1883 se fundó la compañía Guardia de Propiedad N° 7, llamada en la actualidad “Bomba Tarapacá” y que posee un elegante cuartel en la calle O’Higgins, esquina con Patricio Lynch.
La primera asamblea que celebraron sus miembros que casi todos eran chilenos, para fundar la compañía, se verificó en los salones de la “Iberia” bajo la presidencia del respetable caballero señor Francisco Donoso Vergara, ex-ministro plenipotenciario
de Chile en Buenos Aires, y en dicha reunión se manifestó que el objeto que se tenía en vista al crearse la “Guardia de Propiedad” era para que esta bomba cuidase en los incendios de los muebles y objetos pertenecientes á personas afectadas por catástrofes de tal índole.
Muchos contratiempos sufrieron para la realización de tan noble proyecto, pues sólo el 13 de noviembre de 1885 se presentó en público.
Como la municipalidad les ofreciese un terreno y además cierta cantidad de dinero para que construyeran su cuartel, y se demorase en cumplir tan útiles ofertas, los miembros de la nueva bomba se apresuraron en adquirir la casa del señor Manuel Francisco Eguigúren, situada en la calle Tacna, esquina con San Martín, que desapareció bajo el fuego del incendio de 28 de setiembre de 1885.
Sin embargo de este grave contratiempo la bomba sentó sus reales por segunda vez en la plaza Prat, esquina Luís Uribe.
Uno de los miembros más entusiastas que ha tenido la expresada bomba ha sido el honorable caballero señor don Antonio Hameau, cuyo nombre es símbolo de respeto de esta sociedad, y á cuyos 35 años de residencia en esta rica metrópoli, debe el cuerpo de bomberos importantes servicios, y muy en especial la bomba Tarapacá, de la que diremos, para terminar, que en lucidos ejercicios de competencias ha ganado brillantes premios, consistente uno de ellos en una rica vocina de plata, que por tres veces consecutivas le disputaron las bombas hermanas, en solemnes matchs.
El 31 de diciembre de 1883 el público iquiqueño fue gratamente sorprendido con la aparición de la bomba Internacional Zapadores N° 8, creada abajo la iniciativa del bombero de la Ausonia señor Juan B. Frugone, quien convocó para este fin á los principales miembros del alto comercio, el 18 de marzo de 1883, á una reunión en los salones de su casa.
Fue decidido protector de esta idea el jefe político de Tarapacá señor Francisco Valdés Vergara, quien, mediante su respetable influencia le donó un terreno para que construyese un cuartel en la calle Tarapacá, esquina Juan Martínez, que es el que ocupa en la catualidad.
Figuraron como miembros de esta bomba personas tan caracterizadas como don Jacinto A. del Río, don Carlos Briceño, don Federico Butler y don Juan B. Frugone.
El 16 de Noviembre de 1895, hicieron su aparición en el escenario público dos entusiastas compañías signadas con los números 9 y 10; la primera llevaba el nombre de Guardia de Propiedad, el mismo que tuvo la llamada hoy Tarapacá, y la segunda es la bomba Peruana, fundada bajo los auspicios del respetable y acaudalado industrial señor Juan Vernal y Castro, fallecido hace algún tiempo, y también la protección del no menos opulento caballero son Alfredo Syers Jones, actual cónsul de Argentina en Iquique, nacido en Perú, muy respetado en esta capital por su espíritu ameno y su incomparable filantropía, mediante la cual ha rodeado al hospital de beneficencia de valiosos servicios, que le dan sobrado título á que tanto esta institución, como los pobres que sacuden su miseria en su fortuna, lo consideren como uno de los benefactores más distinguidos de Iquique.
La bomba peruana posee un hermoso cuartel en la calle Zegers, en las inmediaciones de la plaza Brasil, y la Guardia de Propiedad lo posee en la calle Gorostiaga. De paso añadiremos que este último es el más modesto de los campamentos de nuestras bombas , sea tal vez porque es una compañía de escaleras y ganchos, que no pueden deslumbrar como el material de las otras, ó porque sus sacrificios no le han dado todavía campo para adquirir una suntuosa morada, á la que tan sobrado título tiene por el interesante papel que desempeña.
Tranquilo ya el pueblo de Iquique y libre de las contrariedades y preocupaciones que le ocasionaban los terribles incendios, y confiado en las bombas que le legara la administración del señor Bulnes, se preocupó con entusiasmo de la prosperidad de la capital, reconstruyendo las partes destruídas, conforme á los planos modernos y reemplazando muchos de los edificios de madera que el fuego había dañado, por construcciones más sólidas, haciendo de este modo frente á la falta de elementos que existe para edificaciones fuertes.
A tan noble empresa se hallaba consagrada la progresista población, cuando fue visitada por los furiosos vendavales de la revolución de 1891, que apresuraban la carrera de un fuego tal vez mucho más temible que el de los incendios de que hasta entonces se veía libre.
La ciudad no sólo presenció la desaparición de sus edificios más centrales, sino encarnizados combates en las calles, librados entre las ropas del Presidente Balmaceda, que mandaba el coronel don José María Soto, y la marinería de los buques revolucionarios, parapetada con sus jefes, en las almenas de la aduana que causaron dolorosas pérdidas que trajeron el luto á los habitantes.
Iquique en 1891, como en 1879, fue centro de las operaciones revolucionarias. Este último año fue el trono de la Junta de Gobierno. La expresada Junta eligió á Iquique debido á que era puerto muy rico por su extraordinario comercio, que aportaba anualmente á la aduana la ingente cantidad de cuarenta millones de pesos, suma con la cual se podía mantener el imperio de la lucha fratricida.
La Junta de Gobierno tuvo por jefe al capitán de navío señor Jorge Montt, almirante de nuestra Armada y que después fue Presidente de la República, y por consejeros á los señores Waldo Silva y Ramón Barros Luco, presidentes del Senado y de la Cámara de Diputados sucesivamente.
Damos a continuación el parte pasado á las más altas autoridades revolucionarias en 1891 por el capitán de navío señor don Vicente Merino Jarpa, nombrado por los revolucionarios Comandante General de Armas de Iquique y una de las figuras más caracterizadas de la marina rebelde, ahorrándose de esta manera hacer la historia de la revolución en Iquique, pues el parte aludido es el testimonio más enérgico de los luctuosos acontecimientos de esa época:
Parte oficial del combate de la aduana de Iquique
COMANDANCIA GENERAL DE ARMAS
DE IQUIQUE
Iquique, 21 de febrero de 1891.
“El 17 del presente mes fuí honrado por V.S. con el nombramiento de Comandante General de Armas de Iquique.
“En los primeros momentos me concreté a recoger el armamento y municiones dejador por el enemigo. Supe por algunos vecinos que en el alto de Molle, las fuerzas dictatoriales habían dejado un entierro de municiones de rifle que tanto necesitábamos. Por lo que inmediatamente despaché una máquina con dos carros, levando veinte marineros y algunos trabajadores á las órdenes del guardia marina señor Baldomero Pacheco, y sirviendo de guía el vecino señor Alejandro Solari. Les recomendé no regresaran sin traer todas las municiones que encontrasen.
“A las 8 P.M. volvieron trayendo como doscientos mil tiros de rifle, los que en la misma noche remití á bordo en previsión de un ataque del enemigo.
“En los galpones de materias inflamables, y en los cuarteles encontré otros tantos, los que también fueron embarcados por la misma consideración.
“Durante la noche establecí patrullas y mandé avanzar dos á cargo de los tenientes señores Luís Gómez y Jorge Pacheco. A las 3 A.M. del día 8 recibí orden de reembarcarme con toda mi tropa. Puse este hecho en conocimiento del Comandante de la Guardia del Orden que se había organizado, para que velaran durante nuestra ausencia por la seguridad de la población.
“A las 6 A.M. del mismo día 18, se me ordenó tomar nuevamente posesión de la plaza, lo que efectué sin novedad.
“Al desembarcar encontré en el muelle al Cuerpo Consular, que me esperaba
solicitando una conferencia, que tuvo lugar en los salones de la Intendencia.
“Deseaban saber esos señores á qué obedecía la desocupación de la plaza para volver tres horas después á ocuparla.Me manifestaron también temores de que al quedar el pueblo sin tropas pudiera la gente cometer algunos desmanes, agregando que la Guardia del Orden no tenía armas con qué hacerse respetar del pueblo.
“Les contesté que eran movimientos estratégicos que exigía la guerra y que no nos era posible someter nuestros planes á sus conveniencias o temores, y que nos sería muy sensible llegase á suceder lo que temían; por lo que concluí ofreciéndoles rifles Mannlicher para la Guardia del Orden, pero sin municiones por carecer de ellas, con lo cual quedaron satisfechos.
“Tan pronto como terminó esta conferencia, me fui al telégrafo del ferrocarril á indagar si alguien había comunicado con el enemigo. Por el copiador de partes me impuse de que momentos antes había el ex -secretario de la Intendencia señor Clark, comunicado con el coronel Robles instándole viniese á atacar á Iquique de noche, hora en que dejábamos una pequeña guarnición, por lo que sería muy fácil recuperar la plaza. Agregaba también que las 3 A.M. nos habíamos reembarcado todos que creía sería para reforzar nuestras fuerzas de Pisagua, derrotadas en Huara dos días antes, ó una estratajema de nuestra parte.
“A las 8 A.M. despaché una máquina con dos carros y cuarenta marineros á cargo del guardia marina señor Baldomero Pacheco, para que fuese en reconocimiento del enemigo, hasta la estación de Santa Rosa.
“Regresó esta avanzada trayéndome noticia de no haber divisado al enemigo, y que por datos que le dieron en la estación de tránsito parecía que éste no había pasado aún por Pozo Almonte. Esto sucedía alas 3 h. De la tarde del día 18. Alas 11 P.M. anunciaban por telégrafo desde la estación de San Juan, que el enemigo venía trayendo un gran convoy. Lo que fue confirmado por telégrafo á los señores Samuel Zavala y David Mac -Iver.
“Comuniqué esta noticia á bordo del Blanco é hice instalar una máquina y mandé en reconocimiento al teniente primero señor Melitón Gajardo y teniente segundo señor Joege Pacheco á cargo de 50 marineros, con orden de alcanzar con toda clase de precauciones hasta el Molle y reconocer los faldeos de los cerros del trayecto. Al mismo tiempo despaché seis soldados de policía montados que tenía, á cargo de su jefe señor Guillermo Möller para que vigilase por el lado de Cavancha.
“A la 1 h. 30m. A.M. regresaron las avanzadas sin haber sido divisados por el enemigo.
“Sin embargo, los anuncios por el telégrafo y teléfono de que venían acercándose seguían con persistencia, pero sin poder fijar el número, porque á medida que llegaban á las estaciones cortaban las comunicaciones telegráficas.
“A las 2 h. A.M. del 19 recibí orden del comandante Goñi, del Blanco, de reembarcar toda la gente, dejando sólo un pequeño piquete en el muelle, con una lancha a vapor lista para que también se reembarcara cuando hubiera plena certeza de la presencia del enemigo.
“De los 250 marineros que tenía en tierra mandé á bordo a 221, quedándome con 40 y los tenientes señores Melitón Gajardo, Jorge Pacheco, guardia-marina señor Baldomero Pacheco y aspirante señor Felipe de la Fuente. A esta hora se embarcaron también los empleados civiles y partidarios de nuestra causa que se creían comprometidos.
“A las 6 h. 15 m. A.M. del 19 fui avisado por el piquete de policía que tenía apostado en las afueras de la población, que se divisaba un grupo como de treinta hombres de caballería y como trescientos infantes.
“Cerciorado de que no venía más tropa que la que me anunciaban resolví hacerme fuerte en el edificio de la aduana y mandé al teniente primero señor Melitón Gajardo tomar posiciones en las azoteas y balcones, distribuyendo la marinería convenientemente alrededor del edificio.
“Al teniente segundo señor Jorge Pacheco le ordené hacer trincheras en las puertas y balcones.
“Al teniente primero señor Luís Gómez, lo comisioné para ir al Blanco á poner en conocimiento del comandante Goñi de mi resolución. Al mismo tiempo despaché lancha á vapor, que tenía para reembarcarme, al Toltén por refuerzo.
“A las 6 h. A.M. se avistó al enemigo en la plaza Arturo Prat, é inmediatamente ordené romper fuegos sobre él, que fueron contestados en el acto, trabándose desde ese momento hasta las 4 P.M. un nutrido y no interrumpido fuego de fusilería.
“A las 7 h. Llegó el comandante Pairoa, trayéndome 40 Franco -Tiradores del Taltal. Esta tropa venía animada de muy buen espíritu para el combate, pero armada de rifles Beaumont, muchos de los cuales estaban descompuestos y con muy pocas municiones.
“Desde el primer momento el enemigo tomó posesión de las casas que circundaban la aduana y de las bocacalles en que la configuración les daba una posición ventajosa. En esta condición se siguió el combate hasta las 8 A.M., hora en que el Blanco y después la Esmeralda rompieron sus fuegos sobre los edificios situados á los costados de la aduana, en que se encontraba el enemigo. Los certeros disparos de los buques obligaron á abandonar esas posiciones, y colocarse entonces en la parte de atrás de la aduana, para no ser ofendidos por los proyectiles de á bordo, dejando siempre piquetes defendiendo los desembarcaderos.
“A las nueve horas las municiones principiaban á escasearme de una manera alarmante, se habían repartido ya las de los que estaban muertos ó heridos, y á pesar de esto no podía contestar los fuegos la mitad de mi gente.
“A esta hora había tenido ya el sentimiento de ver caer heridos sucesivamente y de bastante gravedad, al comandante señor Olegario Pairoa, teniente primero señor Melitón Gajardo y teniente segundo señor Jorge Pacheco, que eran los oficiales más caracterizados que tenía.
“Afortunadamente á bordo habían organizado una partida de desembarco, la que protegida por los fuegos de la escuadra, consiguieron lanzarla a tierra por la playa del Colorado, llegando á la aduana como á las 11,30 A.M. Esta fuerza se componía como de treinta marineros, al mando del guardia-marina señor Julio Sánchez , á quien acompañaba como práctico del camino el señor Timoleón Lorca. Llegaron también al mismo tiempo cuarenta reclutas del Chañaral, armados de Mannlicher, con municiones de carabina Winchester, con solo quince ó veinte tiros cada uno, los que consumieron en el trayecto a la Aduana. Al mando de ellos venía el capitán Fritis, quien luego que llegó fue herido, pero de poca gravedad.
“Tuve la satisfacción de ver que este resfuerzo avanzó resueltamente venciendo la resistencia que le puso el enemigo, parapetado en diferentes puntos del camino.
“Con este oportuno refuerzo, pudimos avivar nuevamente los fuegos; pues aunque llegaron rendidos de cansancio, entraron inmediatamente en pelea. A los soldados del Chañaral los destiné al servicio de los heridos y á atender las puertas del edificio.
“A las 12 M. se declaró incendio en la casa que está al costado oriente de la Aduana, principiando por unos galpones que estaban llenos de salitre. La vecindad del salitre amenazaba comunicar el fuego á nuestras posiciones. Además las municiones principiaban nuevamente á escasear y faltos de agua y alimentos, pedía por semáforo al Blanco me mandase, sin pérdida de tiempo, esos artículos. Pero las señales á causa del humo, no las distinguían desde á bordo y no tenía ya municiones sino para la tercera parte de mi tropa.
“En esta situación, resolví dejar apostados unos cuantos hombres para contener el avance del enemigo, el que en esos momentos, comprendiendo quizás nuestro estado, atacaba con más bríos. Dividí la gente que tenía disponible en pelotones y les designé sus jefes, á cada cual en el lugar por donde debían atacar, resuelto ya á salir a abatir al enemigo a las calles antes que se me concluyeran completamente las municiones ó que el incendio se propagase á la Aduana.
“La gente se manifestó resuelta y entusiasmada por llevar a cabo el plan de ataque que les había trazado, cuando se me presentó el guardia-marina señor Julio Sánchez, diciéndome que se ofrecían el marinero 2° Olegario Hidalgo y Manuel Venegas, para irse a nado á bordo del Blanco á pedir los auxilios que necesitábamos.
“Acepté la oferta y escribí al capitán Goñi, pidiéndole municiones y agua, asegurándoles el triunfo si conseguía hacerme llegar lo que le pedía. Entregué el papel á Hidalgo, quien, acompañado de Venegas, con toda rapidez se descolgaron de los balcones y se echaron al agua alcanzando un bote que estaba fondeado como a cuatrocientos metros de la playa. Estaba esa embarcación sin remos y ya habían sido vistos por el enemigo, que rompió un nutrido fuego sobre ellos, hiriendo á Venegas en una pierna, por lo que resolvieron dejar ese bote, echándose nuevamente á nado en dirección á donde estaban fondeadas las lanchas de carguío. Antes de llegar fueron recogidos por una chalupa que salió de la isla y los llevó a bordo.
“Impuesto el comandante Goñi de mi situación, me mandó municiones, agua y algunos víveres; que fueron desembarcados en el muelle de pasajeros. Una gran parte de estos pertrechos los dejaron el la cabeza del muelle, por lo que mandé al subteniente señor Aravena, del Chañaral, con algunos marineros y soldados que fueron por ellos.
“En el trayecto del muelle a la aduana cayeron tres ó cuatro, de los que fueron por los pertrechos, mortalmente heridos, entre éstos, el valiente subteniente Aravena que cayó en circunstancias que por animar á su gente traía el mismo al hombro un cajón con municiones. En estos momentos pude notar también el valiente comportamiento del guardiamarina señor Roberto Garretón, quien, después de haber tenido fuera de combate á dos marineros que servían el cañón que llevaban á proa de la lancha á remo, continuó el mismo haciendo un sostenido fuego con esa pieza. Y habría él también caído, sin el oportuno auxilio que, con calma digna de encomio le prestó el guardia-marina señor Carlos Palma sacándolo á remolque de la zona peligrosa en que se encontraba.
“El contramaestre Manzor se distinguió también por sus respectivos viajes al muelle en busca de municiones, al través de un nutrido fuego que hacía el enemigo.
“Con el refuerzo recibido quedamos en condiciones de poder aguantarnos hasta el día siguiente.
“El incendio del costado oriente se había extinguido. Pero con los auxilios que el enemigo presenció habíamos recibido, desesperó de hacer rendir nuestra posición t trató de hacerlo por el fuego. Incendió para esto los edificios de la parte sur de la Aduana, de los que los separaba sólo una estrecha calle.
“A eso de las 2 P.M. el peligro parecía inminente, las llamas lamían ya las cornisas de la Aduana y el calor que irradiaba el fuego hacía casi imposible el mantenerse á ese lado del edificio. Por fortuna en el techo de la Aduana hay un estanque para agua salada y ordené refrescar las paredes echándoles baldes de agua; pero luego se hizo esto imposible, porque el enemigo oculto en las casas vecinas, esperaba á nuestros marineros que se pusieran de pié sobre el techo, para hacerles un fuego certero, matándome cuatro ó cinco durante esta faena, por lo que desistí, ordenando entonces, dejar abiertas las llaves del estanque, con lo que se inundó el segundo piso y se consiguió con esto refrescar esa parte del edificio.
“Al cuerpo de bomberos, que intentó detener el incendio, se lo impidió el enemigo, haciendo fuego sobre él. A pesar de esto, algunos denodados bomberos quedaron prestando sus humanitarios servicios, á causa de lo cual se me dijo que habías salido tres ó cuatro heridos.
“A las 3 horas de la tarde estábamos ya fuera de peligro, el incendio había consumido ya los edificios vecinos y poco después cuatro manzanas habían desaparecido completamente.
“El enemigo hizo entonces otro esfuerzo, atacó con más vigor; pero ya eran pocos los que se atrevían á abandonar sus posiciones para ganar otras más cercanas.
“A las 3.30 recibí el último refuerzo de municiones, que lo trajo el teniente segundo señor Salustio Valdés y el guardia-marina señor Jorge Edwards.
“A las 4 P.M. divisé la canoa del comandante del H.M.S. Warspite, que con bandera de parlamento se dirigía al muelle; pero como le hiciese el enemigo varios disparos de rifle hacia ese punto, cambió de rumbo y se dirigió á una pequeña caleta que hay en la parte oriente de la Aduana. Aquí se acercó el jefe de las fuerzas enemigas, acompañado de una pequeña escolta. Ordené luego que se acercó la canoa parlamentaria, suspender los fuegos.
“Mandé también un oficial de parlamentario para que se impusiese de lo que se trataba. Luego regresó acompañado del comandante de la Warspite, del ingeniero primero del Blanco señor Trewela, que le servía de intérprete, y del coronel Soto, que era el jefe de las fuerzas que me atacaban.
“Me dijo el Comandante inglés, que con autorización de V.S. venía a arreglar un armisticio con el objeto de evitar á la población mayores daños, porque si el combate duraba durante la noche, se quemaría el resto de la población; y en cuanto al coronel Soto, no tenía inconveniente para una suspensión de armas, que duraría hasta el día siguiente 20, á las 12 A.M.
“Contesté que por mi parte aceptaba ese arreglo, siempre que el coronel Soto no avanzase sus posiciones durante el armisticio, á lo que accedió.
“Este arreglo estuvo en peligro de fracasar, pues, mientras el comandante de la Warspite me imponía de su misión, se sintió un disparo de rifle en la calle. El coronel Soto, al sentir la detonación, saca su revólver á toda prisa y me amenaza con él, gritando que los hemos traicionado. El Comandante inglés se interpuso y consiguió calmar y detener al nervioso coronel. Al mismo tiempo dos marineros que tenía apostados en las puertas del salón, alcanzaron á preparar sus armas para contestar al coronel, pero los detuve á tiempo; volviendo luego, después de que se cercioró el señor Soto que el disparo había sido en la calle, á continuar la interrumpida conferencia.
“Aceptado el armisticio, me dediqué á tomar medidas de precaución y de defensa. Formé trincheras en las azoteas con sacos de azúcar y de café que encontré en los almacenes de la Aduana, reforcé las puertas y establecí estricto servicio para la noche, pues temía una celada del enemigo.
“Al amanecer del día siguiente 30 supe que el coronel Soto había hecho venir durante la noche, del interior, dos cañones, una ametralladora y cien hombres por lo que pedí a bordo dos ametralladoras Hotchkiss que no me mandaron por estar muchas de ellas en Pisagua.
“Alas 9 P.M. del día 20, recibí una carta del teniente Pais León, ayudante del coronel Soto, que por intermedio del cónsul americano la hizo llegar á mi poder. En esa me proponía entrar en arreglos, para lo cual contaba con el consentimiento de casi todos los oficiales de las fuerzas de Soto. En esos momento llegaba á la Aduana el secretario de la Escuadra, señor Enrique Valdés Vergara, á quien pedí se entendiese con el señor Pais León.
“Pero no consiguió entrar en arreglos por haber desconfiado el señor Pais León de algunos de sus compañeros que creyó pudieran delatarlo. Conseguimos sí, que nos trajera al único prisionero de la batalla de Huara, que escapara de la matanza de cuantos tomaron parte en ese desgraciado día por la causa constitucional.
“A las 10.30 principió la fuerza enemiga á tomas las posiciones que ocupaban el día antes, y además colocaron un cañón y una ametralladora en la plaza Arturo Prat. Habiendo principiado a trabajar zanjas en las boca-calles que no ocuparon el día antes me apresté también al combate y mandé un oficial parlamentario á pedirles la suspensión inmediata de los trabajos, y en caso que así no lo hicieran, me vería en la necesidad de dar por roto el armisticio antes de la hora designada. El jefe más caracterizado que estaba allí, me contestó que Soto estaba abordo conferenciando con V.S. y que no sabía qué lo que habíamos pactado con él, por lo que continuaba siempre con su trabajo de defensa, sin temor á las consecuencias. Recibí esta contestación en momentos que llegaba un teniente de la Warspite, quien una vez impuesto del asunto, me pidió no rompiera los fuegos, que él iría á arreglar aquello, y lo consiguió.
“A las 12 recibí una nota de V.S. en que me anunciaba que el coronel Soto había pactado á bordo de la Warspite, la rendición de su tropa con todos lo honores de la guerra; quedando en libertad una vez que hiciera entrega del armamento y de las municiones. Acto este que tuvo lugar en Cavancha á las 6.15 P.M. del día 20.
“Tomamos, de acuerdo con el señor General Urrutia, que desembarcó con el batallón Constitución, toda clase de precauciones, para evitar un conflicto que pudiera hacer fracasar las ventajosas condiciones del tratado.
“Entregaron sus rifles como 210 hombres, con las cananas repletas de municiones, lo que fue remitido en la misma noche á bordo.
“Terminando con esto esta función de armas, en la cual tenemos que lamentar, por nuestra parte, la muerte de 27 hombres y la de 22 heridos.
“El valor y el entusiasmo desplegados por los oficiales y marinería, que he tenido el honor de comandar durante el combate, no decayó un momento, siendo también dignamente secundado por los Franco Tiradores de Taltal.
“Considero un deber de mi parte hacer á V.S. una especial recomendación del valiente comportamiento de los oficiales que salieron heridos: comandante señor Olegario Pairoa; teniente 1° señor Melitón Gajardo, y teniente 2° señor Jorge Pacheco, lo mismo que los guardia marinas de 1ª. Clase señores Baldomero Pacheco y Julio Sánchez y aspirante señor Felipe de la Fuente, y capitán Fritis, del Chañaral.
“Résteme ahora felicitar por este nuevo triunfo de la causa constitucional, que priva al enemigo de más de trescientos de sus mejores soldados de los que ochenta fueron muertos ó heridos en el combate. Además, nos deja elementos para armar otros tantos.
Dios guarde a V.S.
V. Merino Jarpa.
Señor Comandante en Jefe de la Escuadra.
LA CIUDAD DE IQUIQUE
Iquiqueovalle1
pág 132 en el original.
En muchas materias preocupado, pero menos en lo que respecta á Iquique literario.
Es una exigencia desmesurada, en verdad, la de querer que esta capital, meramente mercantil, tenga pasión por las letras; tal espíritu, es visiblemente absorbido por la vida de los “números”.
Sin embargo de la declaración anterior, existe en el seno de esta metrópoli un grupo de amantes de las letras, fuera de los cuatro ó cinco escritores de renombre que, por alguna causa pública o privada, residen aquí.
Entre los que forman la sociedad de mañana, no se puede negar que hay varios jóvenes que desarrollan con muchísimo éxito su inteligencia, y que en sus trabajos literarios cuidan del progreso de las ideas y del estilo con gusto y delicadeza que les acarrea gran honra.
¿No es esto un síntoma de progreso?
No obstante, la indiferencia con que la mayoría de las personas observan al que completa su existencia á la sombre del deslumbrador y vasto mundo de las letras, y del desprecio que muestra por lo que atañe á ese mundo, acción, que de paso diremos, envuelve un ataque grosero é injusto contra la inteligencia universal y una ridícula idolatría á la ignorancia, al vicio, etc., Iquique posee ricas librerías donde se encuentran las obras de los escritores más distinguidos de las escuelas antigua y contemporánea.
En 1886 se formó la institución literaria conocida por el Ateneo, que, desgraciadamente, tuvo la vida de las rosas.
Diéronse en ella sólo tres o cuatro conferencias, no obstante de tener miembros muy ilustrados y de alta posición, entre los cuales figuraba el señor Guillermo E. Billingshurst, don José Francisco Vergara Donoso, que á la sazón servía el cargo de Presidente de la Corte de Apelaciones de Iquique, el abogado señor Vital Martínez Ramos, el escritor nacional señor Augusto Orrego Cortés y el ex-rector del Liceo de Hombres y ex-director de EL TARAPACÁ señor Juan Vicente Silva.
Durante su breve existencia, EL Ateneo, fue honrado con la presidencia honoraria del distinguido abogado señor don Marcial Martínez; el estudio sobre la geografía de Tarapacá que escribió el señor Billinghurst y otro sobre la geología de esta rica región, que presentó el señor Orrego Cortés que le valió las felicitaciones del señor Martínez.
Posteriormente no se ha fundado nada igual á la extinta asociación, aunque no está demás decir que muchas veces el escaso círculo de los “admiradores de las letras” ha querido hacerlo revivir.
Sin embargo de este deseo que, los infinitos escollos que habrá encontrado para su triunfo, al calor de las ideas de esos jóvenes que han temido sin duda al advenimiento del crepúsculo sobre su vida, sin haber hecho nada por la gloria de su nombre, han surgido algunos centros intelectuales que también como el Ateneo han visto tronchadas sus existencias en hora temprana.
Actualmente en la calle Amunátegui, frente á la plaza Montt, existe un círculo, cuya fama no es muy vasta, quizás por ser muy nuevo ó porque no está servido conforme á la cultura moderna.
También existió pocos años después del Ateneo, una institución conocida como “Círculo Literario”.
Hablaremos enseguida de la prensa.
Los diarios que ha habido en Iquique desde los tiempos peruanos hasta la fecha, son los siguientes:
“El Mercurio de Iquique”, redactado por el escritor argentino señor Juan María Blanco; “El Comercio”, del distinguido poeta y literato peruano señor don Modesto Molina; “El Heraldo Americano”, del aventajado escritor boliviano señor don Ladislao Cabrera; “El Tiempo”, del periodista argentino señor don Federico Legrand; “La Estrella” redactada por el periodista chileno señor don Manuel Castro Ramos.
Después que Chile tomó posesión de Iquique, hubo los siguientes:
“El Veintiuno de Mayo” del señor Alberto Echeverría; “El Tarapacá”, de don Félix Muga, redactado por el periodista señor Abraham Zamora, que reside actualmente en Centroamérica; “La Industria”, del periodista colombiano señor Justiniano de Zubiría; “El Progreso”, redactado por el escritor peruano señor Luis Faustino Zegers; “La Voz de Chile”, redactada por el periodista boliviano señor Luis Salinas Vega, siendo su propietario don Enrique Solva Moreno, cuya imprenta fue destruída por los revolucionario en 1891; “El Boletín Oficial” de la Excma. Junta de Gobierno revolucionario de 1891; “El Jornal”, redactado por el periodista señor don Daniel Salcedo; “Las Noticias”, órgano municipal de 1892; “El Derecho”, de don Domingo Silva Narro, autor de la Guía de Taparacá que se publica todos los años; “El Nuevo Veintiuno de Mayo”; “El Heraldo del Norte”; “La Estrella de Chile”; “El Diario”; “Los Tiempos”; “La Tarde”; “El Orden”; “El Obrero”; “El Eco de Bolivia”, órgano de la colonia boliviana, redactado por el periodista de la misma nacionalidad señor Alcibíades Guzmán; “La Revista del Pacífico”; “El Defensor”, órgano de la Sociedad Pampina, que fue redactado por el señor Aníbal Mateluna; “El Trabajo”, órgano de la Combinación Mancomunal de Obreros; “El Pueblo”, redactado por don Osvaldo López; “El Norte”; diario peruano redactado por don Felipe Reboredo.
De todos los nombrados, ninguno existe en la actualidad: ese derecho de vida lo poseen en la fecha los importantes diarios qué se mencionan en seguida:
LA PATRIA
EL TARAPACÁ
EL NACIONAL
LA VOZ DEL PERÚ y
EL PUEBLO OBRERO,
Nos ocuparemos de cada uno de ellos en particular:
LA PATRIA: fue fundada el 20 de Marzo de 1901 por el ilustre orador y distinguido literato, que falleció en Petrópolis en el desempeño del cargo de Ministro Plenipotenciario de Chile ante el Gobierno de Brasil, señor Isidoro Errázuriz.
Después del Señor Errázuriz pasó á poder de los señores Enrique Romaní y Julio Beytía. Retirado este último, lo reemplazó don Ramón Vargas Clark. Fallecido el Señor Vargas, se hizo cargo de la parte que le correspondía a dicho señor, el actual propietario don Arturo del Río, primer alcalde de Iquique y conocido por su talento político.
Ha tenido como redactores á los señores Juan Vicente Silva, Florencio Bustillos, Misael Correa, Mariano Martínez, y varios otros.
LA PATRIA, además de los corresponsales de provincias, los tiene en París, Londres, Madrid, Nueva York, Panamá y Buenos Aires.
En París lo está Lemarchant; en Madrid Blasco Núñez; en Nueva York y Panamá don Pedro E. Sarmiento.
Actualmente el personal está compuesto de los Sres: Claudio Barros, distinguido poeta, escritor, abogado y ex-secretario de la Delegación Fiscal de Salitreras que ejerce las funciones de redactor principal, don Eduardo Gana que desempeña la administración por renuncia hecha á principios del año actual del prestigioso caballero don Manuel J. Fernández, digno administrador de la mina “Blanca Torre” de Collahuasi. El Sr. Gana muy conocido por su espíritu serio, ha marcado á la administración del diario un rumbo enteramente conforme con sus honrosos antecedentes; señor Luis A. Araya, cuya pluma fecunda se ha deslizado galantemente por sobre las columnas del diario, acrecentando una vez más su prestigio de valiente y esforzado periodista; señor Felipe Alarcón, iniciado desde la niñez en las faenas del periodismo, ha dejado atrás para siempre á su paso por LA PATRIA, huellas de su inteligencia y de su elevado espíritu, y con todo tino y entusiasmo ha procurado imprimir prestigio á su pseudónimo Fao, puesto siempre al pié de sus hermosas producciones: y el señor Aníbal Mateluna esforzado luchador del liberalismo democrático, cuya pluma inteligente ha contribuído siempre a mantener sobre las almenas de la fama la bandera de su partido.
También han servido las columnas de LA PATRIA, plumas tan amenas como la del periodista don Braulio Castro; del señor Evaristo Vallejo V. que más tardepasó a ser Administrador de EL TARAPACÁ; de don Luis Moreno, uno de los que con más ahínco se dedicó á escribir en este diario, siendo en la actualidad digno empleado de la Delegación Fiscal de Salitreras ; de don Oscar Sepúlveda, el poeta desengañado que con el seudónimo Volney honró en un tiempo las columnas de LA TARDE, diario de Santiago, de los señores Galo y Alfredo Irarrázabal Zañartu y la del joven escritor don Guillermo Gallardo Nieto, que por si corrección literaria sabrá siempre hacer honor á los diarios que le cuenten entre sus colaboradores.
EL TARAPACÁ se fundó el 1° de Marzo de 1904 por el extinto caballero y diputado nacional señor David Mac-Iver, que residía en Iquique desde la guerra con Perú
A la época de su fallecimiento ocurrido en 1895, el citado diario pasó á poder de su hermano, el actual senador de la república don Enrique Mac-Iver, quien como el anterior le ha impreso siempre un rumbo absolutamente radical.
Su primer director fue el respetable caballeroseñor Juan Vicente Silva, que posteriormente ha fijado su residencia en Santiago para descansar de las agitadas tareas de una vida laboriosa y honrada.
En 27 de abril último, el señor Silva fue reemplazado en la dirección del diario por el joven abogado señor don Gustavo Cousiño Talavera, que ha enriquecido su caudal de conocimientos, en un instructivo viaje por el viejo mundo. El señor Cousiño pertenece al partido radical y como entusiasta admirador de la literatura, ha tenido oportunidad de insertar en las columnas del diario que honra con su dirección, sus hermosas producciones, que lo confirman una vez más en su adhesión al movimiento literario contemporáneo.
El administrador del diario es el respetable y laborioso caballero señor Armando Hidalgo, cuyo espíritu contiene el refinamiento de las generaciones ilustradas. El señor Hidalgo sucedió en el cargo que ocupa, al señor Augusto Gana, quien antes de dejar la administración, dio á la publicidad un trabajo literario titulado Ensayos, un cofre de cuentecitos que el público saboreó con placer.
El redactor principal del diario lo es el correctísimo y ameno escritor señor Alberto Hansen, cuya preparación para las tareas del periodismo no necesitamos exhibirla con mayores pruebas, puesto que el público, día a día,, con sus palmas de aplauso, por las bellas producciones del talento del señor Hansen, confirma una vez más el mérito de su brillante pluma.
A cargo de otras secciones importantes del diario lo está el inteligente escritor señor Alberto Brandan, cuya ilustración y capacidad no son para nadie un misterio y mucho menos para los que lo conozcamos personalmente y leamos en las revistas y diarios sus amenas é interesantes producciones.
EL NACIONAL, fue fundado el 1° de Enero de 1890 por el señor Enrique Vergara y Vergara, que ocupó anteriormente el cargo de Notario Público. El señor Vergara, que actualmente reside en Lima, vendió á su hermano don Luis la imprenta del importante diario citado, siendo este caballero su actual propietario.
Su personal de hoy está compuesto de respetabilísimos miembros de esta ciudad.
Como administrador, lo está, el celoso caballero don Luis Rossi como redactor-cronista el señor Luis Felipe Fuentes, quien con su respeto y admiración por todo lo que brilla en el templo de la literatura saben hacer cumplido honor á las columnas de EL NACIONAL.
Fue también director de ese diario el difunto capitán de ejército señor Daniel Caldera, uno de los periodistas más notables y á cuya inteligencia se debe el célebre drama El Tribunal del Honor.
LA VOZ DEL PERÚ fue fundada el 12 de Abril de 1899 por el caballero peruano señor Santiago Méndez, dueño de la Imprenta Mercantil, situada en la calle Baquedano, esquina de Latorre.
Su redactor es el prestigioso escritor señor Modesto Molina. Como es lógico, LA VOZ DEL PERÚ, se preocupa de los acontecimientos que tiene relación directa con la prosperidad de la floreciente república vecina. Posee un servicio cablegráfico con Santiago, Lima, Buenos Aires y capitales europeas; su circulación en la pampa, donde existen tantos peruanos, como en Iquique, es bastante numerosa.
En él ha laborado largo tiempo el poeta señor Manuel Salvador Ulloa, quien dio a la publicidad antes de 1905, una revista ilustrada titulada Páginas Intelectuales, que espiró al poco tiempo de nacer.
Figuran también como miembros del personal de ese diario los señores Juan Luis Perasso y Roberto Baldwin, con cuya actividad noble y constancia para el trabajo contribuyen al prestigio de LA VOZ DEL PERÚ.
EL PUEBLO OBRERO, existe en Iquique desde hace año y medio; es de un formato semejante a LA VOZ DEL PERÚ. La mitad del formato de los tres diarios mencionados anteriormente y es órgano de los trabajadores de la pampa, cuyos intereses defiende con energía y constancia dignas de encomio.
Nos preocuparemos enseguida de los escritores residentes en esta capital, y cuyos nombres no han figurado al hacer la rápida historia de la prensa.
Señor don Modesto Molina: oriundo del Perú, es uno de los poetas más distinguidos de esta floreciente república. Sus hermosos escritos despojados de esas frases rebuscadas que enturbian la aurora de la literatura, sus poesías perfumadas en el amor y en la verdad le han dado derecho para que se inscribiese su honroso nombre en el Parnaso sud-americano. Los que le conocemos, íntimamente, no podemos excusarnos de decir: que en una entrevista con él, por sencilla que sea, tiene todo el delicado aroma que, para los hombres de alto vuelo en España, tenían las entrevistas con Hartzenbush y Mesonero Romanos. El señor Modesto Molina es un escritor inteligente y dueño de una vastísima ilustración. Sus poesías tan sentimentales y despojadas de la más mínima contradicción en sus bellas formas, han sido reproducidas en las revistas sud-americanas; en el “Correo de Ultramar”, revista de París; en “La Ilustración Española y Americana”, revista de Madrid; y en numerosísimas otras de gran renombre. Su bello poema Mercedes, escrito en honor de su primera esposa, le valió cartas de felicitaciones de personalidades tan encumbradas como don Gaspar Núñez de Arce, el gran poeta que dejó eternamente perfumado el corazón de la humanidad con su admirado Idilio; del inmortal Campoamor, y de la Academia Española, felicitaciones que no posee ninguno de los poetas sud-americanos. El señor Molina, vive en Chile desde hace varios años y en años pasados fijó su residencia en Quillota, Santiago y Valparaíso y en estas ciudades tuvo oportunidad de ser amigo de los hombres más destacados del Parnaso chileno. Así se honraron con su amistad el distinguido escritor don Manuel Blanco Cuartín; el insigne poeta don Guillermo Matta; el no menos ilustre don Guillermo Blest Gana, de quien el señor Molina aprendía de memoria sus poesías más hermosas para recitarlas en su estancia de Tacna; del célebre Isidoro Errázuriz que con su brillante palabra, eclipsó a todos los oradores de su época, y el que fué compadre del señor Molina.
Señor don Guillermo Billinghurst: este nombre hemos ya tenido la honra de repetirlo en estas páginas. Como escritor el señor Billinghurst ocupa un puesto culminante; su estilo es sencillo y sus pensamientos llenos de profundos raciocinios. En 1886 publicó para el Ateneo la Geografía de Tarapacá, que es una obra sumamente interesante, y cuya edición fue agotada, siendo muy difícil encontrarla en Iquique. En 1893 publicó un libro de seiscientas páginas sobre la Legislación del salitre y bórax en Tarapacá y en 1887 había publicado un interesante informe sobre la situación legal de los peruanos nacidos en Tarapacá. En aquella época el señor Billinghurst desempeñaba el cargo de cónsul general del Perú.
Sr. don Carlos Marín Vicuña: descendiente prestigioso de los grandes hombres, que en Chile han honrado la Presidencia de la República, las letras, la diplomacia, el foro, etc., el señor Marín Vicuña es un joven abogado que ama las letras, La prensa de Santiago, como de La Serena é Iquique, ha tenido el honor de contarlo entre sus colaboradores. Su estilo es sencillo, y sus pensamientos, buscando con afán tópicos elevados para desarrollarse, nos muestran al hombre inteligente é instruído. En el presente año compuso una parodia de Cyrano de Bergerac, que intituló Ciríaco de Pastorac, que se representó en el teatro municipal, con grandes ovaciones para su autor.
Señor don Víctor Manuel Montero: las funciones del sacerdocio, no han impedido al señor Montero consagrarse á las labores del periodismo; maneja la pluma con la misma inteligencia y destreza con que llena los deberes de su ministerio. De experiencia en el periodismo de batalla y de vasto conocimiento del corazón humano, el señor Montero es un inteligente adalid de su causa, y un sacerdote que, á más de poseer una palabra ilustrada, posee la rara virtud de rodearse de las simpatías generales con tan sólo el imán de su sagacidad poco común.
Señor don Guillermo E. Rodríguez: en la plenitud de la vida el señor Rodríguez, á llegado ha conquistarse un honroso puesto entre los escritores chilenos contemporáneos. Además de haber colaborado en la prensa de Santiago, ha escrito en EL INDUSTRIAL de Antofagasta y en todos los diarios de Iquique. Su pluma ha llamado la atención no tanto por su elegancia, como por su profundidad. Sus temas han versado siempre sobre asuntos de palpitante actualidad tanto de Europa como de América. Muy dado al estudio de las ciencias que preocupan la atención de los sabios, el señor Rodríguez ha dilucidado siempre sobre temas tan interesantes como la psicología de los movimientos obreros, la dejeneración de los pueblos, las luchas políticas, el decaimiento de las razas y la protección á los infortunados por el vicio. Creemos no estar en un error al declarar que el señor Rodríguez es uno de los jóvenes más intelijentes é ilustrados de su época.
Señor don Nicolás Palacios:
Quien haya saboreado las interesantes producciones del escritor señor Palacios, no podrá menos que discernir un galardón de honor á su dignísima pluma. El señor Palacios es autor de una voluminosa obra titulada “Razas Chilenas” donde su inteligencia se esplaya sobre un tema muy profundo y muy complejo. Posteriormente la citada obra ha sido criticado por el célebre y terrible rector de la Universidad de Salamanca señor Miguel de Unamuno, y aunque esta crítica ha sido hecha con la pasión que caracteriza al ilustre español, creemos que ella no contribuye en nada al prestigio del señor Palacios, como escritor o como autor de “Razas Chilenas”
Señor don Santiago Toro Lorca:
Ex-diputado al Congreso Nacional y miembro distinguido del partido radical, el señor Toro une á estos honrosos antecedentes el poseer una palabra fácil y elegante que se ha hecho sentir en diversas ocasiones, en manifestaciones de carácter político y privado dejando en el ánimo del auditorio la convicción de su clara inteligencia.
Dotado de facilidad para hablar lo está también de bellísimas disposiciones para la pluma, y con este motivo su seudónimo Petronio ha descollado en diversas ocasiones en los diarios del país. No le roban el tiempo para ello ni los afanes de la política ni los del foro, en cuya carrera tiene conquistado un hermoso lugar.
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También la prensa de Iquique cuenta con un descriptor de la vida de los salones del gran mundo de esta capital que lo es el honorable joven señor don Fernando López Loayza, quien prepara actualmente, una obra que contiene la recopilación de los artículos que ha publicado en los diarios de esta ciudad.
El señor López Loayza, conocido en el mundo de las letras por el seudónimo de Fray K. Brito, es un entusiasta admirador de la belleza y de la gracia de la mujer iquiqueña, cuyas dignas fiestas se preocupa de realzar. Todos estamos de acuerdo en que el señor Loayza, al rendir culto á la sociedad, no pierde su tiempo, pues nos consta á todos, que las damas y señoritas de Iquique forman un grupo encantador, que con las seducciones de su belleza perfuman todos los ámbitos de esta rica y gloriosa ciudad. En la calle Tarapacá es donde están los salones de la Filarmónica y en donde la sociedad se da con frecuencia cita en medio de espléndidos bailes, hemos podido admirar á las damas y señoritas que se han exhibido magestuosas y deslumbradoras como unas princesas, formando hermoso contraste los resplandores de la brillante iluminación eléctrica, con el oro y el diamante que ocultan coquetamente entre los pliegues de sus blondas cabelleras.
No sería un elogio sincero el que rendiríamos á la sociedad si omitiéramos engalanar estas páginas con los nombres de algunas damas y señoritas que han tenido oportunidad de grabar en nuestro recuerdo muchos rasgos culminantes de su fisonomía moral; y consecuentes con nuestros propósitos recordaremos á las Sras. Caldera de Eastman; Chocano de Vial Bello; Outram de Syers Jones; Aguirre de Hinojosa; García de Lecaros; Cisternas de Reyes; Undurraga de Möller; Renard de Salinas; Guzmán de Wolnisky; Echeverría de Gómez; Valdés de Bascuñán; de Goldsmith, Henderson de Devéscovi; Briceño de Gómez; Valdés de Bustamante; Morris de Pellé; Morales de Devéscovi; Reboredo de Loayza; de Lewin; Rivera de Almarza; de Ledesma; Lafrenz de Silva Renard; y señoritas como Laura Vial Chocano y Antonieta Giles; López Loayza; María Barahona Pérez; Elena Vallebona Pascal; Loasyza Reboredo; Chocano; Reyes Cisternas; Anita Moebis; Sofía Wolnitzky; Clara Teare; Mariana Lewin y Rebeca Videla.
No es posible que en este “concierto” de recuerdos nos olvidemos de los ciudadanos que en representación del Poder Ejecutivo han gobernado los destinos de Tarapacá, después de la dominación peruana, ya como jefes políticos ó como intendentes.
El primer jefe que tuvo la provincia desde la evacuación de esta plaza fue el almirante don Patricio Lynch, que tan importantes servicios prestó á su país durante la célebre campaña de 1879 y que tanta honra para Chile, reanudó los lazos de amistad entre nuestro país y la madre patria en el carácter de Enviado Extraordinario, vínculos despedazados por nuestros desacuerdos de 1866.
El señor Lynch que en el gobierno de la provincia reveló cualidades de un estadista de primera magnitud, desempeñó su cargo desde el 23 de noviembre de 1879, día siguiente de la rendición de la plaza, hasta 1880, sucediéndolo el señor José A. Alfonso, cuyo gobierno se señala honrosamente con la tarea que se impuso de estraer de la fosa común los despojos mortales del sarjento Juan de D. Aldea, que en el combate de la “Esmeralda”, le cupiera la gloria de seguir á Prat en el abordaje, y de rendir á la patria el sacrificio de su noble vida. El hermoso hallazgo fue celebrado con unas espléndidas exequias verificadas en la iglesia parroquial, que por su fastuosidad forman capítulo en los anales de nuestra historia militar.
El señor Alfonso gobernó hasta 1881, sucediéndole el señor Rafael Muñoz, á éste don José N. Hurtado, quien fue reemplazado el 16 de Junio de 1882 por el distinguido político, historiador y hacendista Sr. don Francisco Valdés Vergara.
El señor Valdés autor -entre muchos trabajos- de una Historia de Chile, ex-propietario de “El Heraldo” de Valparaíso, ex-superintendente de Aduanas y ex- ministro de Estado, fue reemplazado el 26 de febrero de 1884 por don Gonzalo Búlnes, á quien se le reconoció en el carácter de primer intendente, cesando desde entonces los jefes políticos.
El señor Búlnes, heredero de un nombre que legitima brillantemente nuestras glorias militares, conocido literato y autor de una obra sobre la guerra de la Confederación Perú -Boliviana, fue querido en esta capital.
Al señor Búlnes sucedió el coronel de ejército don Exequiel Fuentes, bastante reputado por sus servicios á la patria y á la causa del ex-presidente señor Balmaceda en 1891.
El señor Fuentes dejó la intendencia a don Anfión Muñoz, miembro caracterizado del partido radical, ex-diputado y ex-ministro de Estado, bajo cuya administración se fundó el 8 de abril de 1886 el Liceo de Niños de Iquique.
El señor Muñoz se alejó de tan delicado cargo el 18 de setiembre de 1887, sucediéndole don Ramón Yávar, cuyo nombre recuerdan siempre con orgullo los habitantes de Tarapacá, por los importantes servicios que prestó á la localidad, descollando: el mejoramiento de la plaza Prat; la prolongación de la calle Baquedano; la avenida Cavancha; el ensanche del hospital; la pavimentación de las calles; la instalación de cañerías contra incendios en puntos donde no existían; el contrato con la Compañía de Agua de Tarapacá para vender á publico el agua á un precio barato y al alcance de todas las fortunas, y otros notables servicios que contribuyeron poderosamente al bienestar de Iquique.
En febrero de 1890, el señor Yávar fue reemplazado por el respetable caballero señor don Guillermo Blest Gana, que con su inteligencia supo honrar dignamente la diplomacia, la política y las letras chilenas.
Miembro de una familia de renombre en el mundo social, lo fue mayormente en el intelectual.
Guillermo Blest fue uno de los poetas más distinguido de América. Europa conoció sus producciones y el Ateneo de Madrid, que sólo discierne honores á los bardos ilustres, lo acogió en su seno y lo aplaudió.
El señor Blest, que falleció hace apenas dos años, fue reemplazado en la intendencia de Tarapacá el 22 de octubre de 1890, por el señor don Manuel Salinas, bajo cuyo período ocurrió la revolución de 1891.
No habiendo podido impedir que la escuadra sublevada se apoderase de este puerto, el señor Salinas se dirigió al sur por el interior de la provincia.
De esta manera terminó la labor de tan distinguido mandatario, quien á servido honrosamente á su país, ya como miembro del parlamento, intendente de provincias, ministro de Estado, y jefe de Gabinete durante la administración del Presidente Riesco.
Con la ocupación de Tarapacá por los revolucionarios, la intendencia de esta provincia queda desde esa fecha al arbitrio de la Junta de Gobierno, presidida por el entonces capitán de Navío señor Jorge Montt, quien nombra intendente, el 16 de febrero del citado año, al capitán de navío señor Luis A. Goñi, á quien sucede a don Ramón A. Vega.
El 21 de febrero, después de una administración que duró sólo días, el señor Vega fué subrogado por el General don Gregorio Urrutia, cuyo mandato delegó el 6 de agosto en el héroe de Huamachuco, general don Eustaquio Gorostiaga, á quien sucedió el 31 de octubre el señor don Francisco Antonio Pinto, nieto del general del mismo nombre, é hijo del Presidente Pinto.
Don Francisco A. Pinto, que durante su permanencia en Iquique fue justamente respetado, dejó la intendencia el 27 de setiembre de 1892 sirviendo después á su país desde el ministerio de Guerra, la intendencia de Valparaíso y Concepción y la legación de Berlín, encontrando la muerte en el desempeño de este último cargo.
El sucesor de don Francisco Antonio Pinto fue el señor Belisario Prats Bello, auditor de Guerra durante muchos años, ex-intendente de Santiago, y actual Ministro de Guerra y Marina. El señor Prats fue reemplazado en 1894 por don Ruperto Alvarez, cuyas funciones duraron hasta 1896 fecha en la cual fue servida la intendencia por el señor Jorge Figueroa, fallecido en Santiago en 1902 desempeñando el cargo de jefe de instrucción Primaria.
Sucedió al señor Figueroa el abogado don Enrique Matta Vial, ex-subsecretario de Estado en el Departamento de Justicia é Instrucción Pública, quien dejó el cargo en 1898 al señor Francisco Freire, ex-intendente de Santiago, ex-miembro del Parlamento é hijo del ilustre prócer de la Independencia y vencedor de “Carampangue” en 1810, general don Ramón Freire.
Sucesor de este mandatario lo fue don Diego Sotomayor, á quien el gobierno del Presidente don Federico Errázuriz Echaurren invistió después con el cargo de ministro del “Tribunal de Cuentas”, que desempeña en la actualidad.
El 20 de junio de 1900, en reemplazo del anterior, asumió la Intendencia el señor Epifanio del Canto, á quien sucedió el 3 de octubre de 1901 don Enrique Fisher Rubio, presidente de la Asociación Salitrera y que actualmente se encuentra viajando por Europa.
Al señor Fisher sucedió el doctor don Agustín Gana Urzúa, miembro del partido balmacedista y cuyas cualidades de político batallador y leal á su consigna dan realce á su carrera pública.
En octubre de 1906, á raíz de la elevación al mando supremo de nuestro actual Presidente, el Excmo. señor don Pedro Montt, don Agustín Gana, que actualmente desempeña el cargo de Agente de inmigración en Europa, fue relevado de su cargo por el prestigioso ciudadano don Carlos Eastman, ex-diputado al Congreso Nacional, durante la administración Santa María, y ex-coronel de Guardias Nacionales.
El señor Eastman es un hombre correctísimo, sus maneras son irreprochables y revelan al hombre que de sus viajes por Europa ha deducido las más importantes lecciones.
Si á estas cualidades que tanto adornan su vida privada, se asocia el ilustrado criterio y el patriotismo de que hace lujo en la hora presente, sacrificando el bien estar que le brinda su posición, por el desempeño en la Intendencia de Tarapacá en horas difíciles para la provincia y para la patria, no hay dudas de que el señor Eastman es una personalidad en evidencia.
Nuestro actual Intendente se ausentó de Iquique el 26 de Octubre último, haciendo uso de feriado legal. Por tal motivo dejó al mando de la provincia á su secretario señor don Julio Guzmán García, cuyas bellas cualidades son una garantía para el pueblo cuyos destinos ha dirigido transitoriamente.
Sería injusto olvidar que durante su breve administración ha ocurrido la huelga de operarios de las Salitreras, que ha motivado dramas que han repercutido fuera de nuestro continente, y en el que el señor Guzmán García, en medio de tan difíciles circunstancias, observó un temperamento reflexivo y prudente.
Ya que hemos honrado estas páginas anotando nombres de personas que con sus virtudes han colaborado al prestigio de esta célebre ciudad, ¿por qué no hemos de traer á la memoria los nombres de los viajeros distinguidos que han visitado Iquique?
Las generaciones ilustradas de hoy, se asombrarán sin duda, cuando les refiramos que hacia 1835 estuvo en Iquique Carlos Roberto Darwin, el gran naturalista y fisiólogo inglés, de quien el vulgo con mucha ingenuidad dice: Darwin el que nos llama descendientes del mono. Este eminente naturalista vino á Chile cuando el Beagle, navío de la real Armada inglesa, exploró las costas de América. El ilustre fisiólogo, que después de la exploración mencionada casó en Londres con la hija del inventor del pirómetro Zarich Wegwood; el que escribió: “Origen de las especies por medio de la selección natural ó conservación de las razas en sus luchas por la existencia”; “La descendencia del hombre ó la selección en relación al sexo”, “El origen del hombre, la selección natural y la sexual”; “La expresión de las emociones en el hombre y en los animales”; el que duerme el sueño de la muerte en la Abadía de Westminster al lado de Newton, de Faraday y de Herschel, es el que visitó Iquique hace 72 años; es el Darwin que escribió aquellos estudios naturalistas que han servido para la gloria de su nombre y el progreso de la ciencia.
Honraron también a ésta capital con su visita los siguientes personajes:
Francisco Amadeo Frezier, distinguido ingeniero y navegante francés que obtuvo del rey de España la comisión para visitar á Chile y el Perú para estudiar estas colonias, bajo el punto de vista militar, á fin de preservarlas de una invasión de los enemigos de Francia y España, publicado en 1716 en Paría, el resultado de este viaje con el título de “Relación del viaje la Mar del Norte”, con catorce láminas y veintitrés mapas; el contraalmirante y astrónomo inglés Roberto Fitz Roy, el jefe de la expedición del “Beagle” en que viajó Darwin, quien publicó en Londres: “Narraciones de un viaje de descubrimientos”, obra sumamente interesante. Fitz Roy era un ilustre personaje, fue representante del condado de Durham, ante el Parlamento inglés y gobernador de Zelandia; había profundizado todos los misterios de la atmósfera -dice un biógrafo- y prestado importantes servicios á los marineros con los pronósticos del tiempo. W.J. Castle, capitán de la Armada inglesa, y comandante del “Saffo” visitó Iquique en 1886 y publicó en Plymouth un libro intitulado: “Ciudad de Iquique” donde hace una interesante descripción de la provincia de Tarapacá, acompañada de planos, dibujos y datos estadísticos; Su Alteza Real el Príncipe Luis Amadeo de Saboya, duque de los Abruzzos que visitó Iquique como cadete en 1889, haciendo una interesante excursión á la Pampa y oficinas salitreras. Deseosas las autoridades de honrar oficialmente la permanencia del Príncipe, éste se excusó de aceptar manifestaciones por su reciente duelo motivado por la muerte de su padre, el Príncipe Amadeo de Saboya, ex rey de España. En 1896 visitó nuevamente Iquique, en su segundo viaje de instrucción, que lo realizó á bordo del crucero “Cristóforo Colombo”, donde recibió la visita de los miembros de la bomba “Ausonia”. El duque de Abruzzos es el autor de “Viaje al Polo Norte”.
En 1536 estuvo también en Iquique, de paso para Arequipa, el capitán español y conquistador de Chile Diego de Almagro. Sus biógrafos dicen: “Almagro, después de reconocer y de explorar por sí mismo y por medio de sus capitanes, una gran porción del territorio chileno, sin hallar nada que le estimulase á establecerse en él. Almagro dio la vuelta al Perú en septiembre de 1536 por los áridos desiertos de Atacama y Tarapacá”.
En 1578 estuvo el célebre corsario Francisco Drake, á quien inmortalizaron sus famosas hazañas de pirata. Odiaba á los españoles hasta el extremo de haberles jurado un aborrecimiento eterno, y de tal odio era causa que los españoles le confiscaron en las costas de Guinea un cargamento, confiscación que le causó graves perjuicios. Para consumar su juramento, Drake salió de Plymouth en 1572 y durante su viaje que lo realizó en buque propio y acompañado de navíos ingleses, atacó todas las pertenencias españolas que encontró á su paso. Después de célebres piraterías, llegó a Chile donde capturó el Valparaíso un buque español en el que encontró 400 kilos de oro y 1770 botijas de vino, piedras preciosas y algunas mercancías; bajó a tierra y saqueó la iglesia de un pueblo vecino. En diciembre de ese año partió de Valparaíso y llegó a Coquimbo, donde fue rechazado. En el año siguiente llegó a Iquique donde robó un lingote de oro á los changos. Pasando pronto á Arica, se apoderó allí de los cargamentos de tres barcos consistentes en lingotes de plata y ricas mercancías. Pasó enseguida al Callao donde cortó los cables de doce navíos, y encontrándose en Paita supo que un barco español se dirigía a Panamá; persiguiólo sin descanso hasta que lo capturó y el monto de las riquezas que en él halló subía de 900 mil libras esterlinas. Drake que fue más tarde almirante de la marina real inglesa y colmado de elogios por todos los biógrafos ingleses, dio origen en la literatura española á la Dragontea, poema compuesto por el inmortal Lope de Vega, en la que el pirata aparece como un genio feroz y un verdadero aborto del infierno.
También han visitado Iquique dos de nuestros jefes de Estado:
En 1889, estuvo el Excmo. señor don José Manuel Balmaceda, cuya visita prometía a ésta capital una prosperidad extraordinaria, y la que desgraciadamente no tuvo realización por los acontecimientos de 1891; el 1902 estuvo el Excmo. señor don Jermán Riesco, a quien el pueblo hizo un recibimiento imponente y desde el muelle hasta la Intendencia le llevó casi en sus brazos. Iquique que atravesaba en esa fecha por una situación financiera bastante delicada, que comprometía seriamente el bienestar de las clases trabajadoras, creyó encontrar en el señor Riesco un regenerador. Del “universal” clamoreo de los iquiqueños en esos días angustiosos, nació la Caja de Ahorros que inmensos beneficios ha reportado á las clases populares.
En 1906 estuvo casi en las puertas de Iquique el actual Presidente Excmo. señor don Pedro Montt; pero el terremoto de ese año que arruinó á Valparaíso, le hizo desistir de su propósito; y abandonando apresuradamente la ciudad de Antofagasta donde se le tributaron manifestaciones regias, se marchó al sur para conjurar con su presencia y medidas gubernativas -aunque sólo era Presidente electo- la aflictiva condición de sus conciudadanos.
Posteriormente el espíritu del presidente ha estado animado del deseo de emprender su viaje á Iquique; pero las luchas políticas, la crisis financiera por que atraviesa el país, y las oscilaciones del gabinete no le han permitido la realización de tan bello proyecto.
Consecuentes hasta ahora con nuestro propósito de no traer á las páginas de este “libro”, descripciones de puntos extraños a la localidad, quebrantaremos levemente esta resolución para hacer rápidos bosquejos de la Pampa del Tamarugal, con sus caseríos y oficinas, reservándonos el derecho de tratar extensamente estos puntos en nuestro próximo “libro”, como así también el Puerto de Pisagua y de las huaneras de Punta Pichalo.
Iquique se encuentra unido con el interior por el ferrocarril denominado “Ferro-Carril Salitrero”, que en la actualidad llega hasta Pisagua. Fue construído en 1860, bajo el gobierno peruano, por una sociedad anónima intitulada “Montero Hnos.” con un capital de un millón trescientas mil libras esterlinas, de las que se suscribió un millón en Londres. Dicho ferro-carril es una de las obras más interesantes y más atrevidas por las dificultades que ofrecen las cumbres de la cordillera de la costa, con sus peligrosas pendientes y tortuosidades.
La “estación” principal, que es Iquique, se encuentra en la calle “Rafael Sotomayor” enfrentando á las calles “Ramírez” y “Vivar”. Ese local fue ocupado hace treinta años más ó menos por el cementerio y por ellos es que cualquier excavación se desentierran esqueletos humanos. Dicha estación es bastante espaciosa; sobre todo, es muy aseada y su construcción y comodidades, revelan el espíritu sencillo y elegante de los británicos. Posee un andén lujosamente pavimentado y una “confortable” sala de espera. Al costado oriente se encuentra la magnífica casa del Gerente del Ferrocarril, señor Nicholls, y al costado de este se halla el cuerpo de edificio consagrado á las oficinas, que es también elegante y cómodo. El resto de la estación, hasta el pié del Colorado, lo ocupan los “galpones” y depósitos de carros y máquinas del servicio.
El movimiento de trenes de pasajeros durante el día es muy breve. Solamente dos trenes llenan la atención del vulgo. El uno sale de Iquique á las diez tres cuartos, en viaje al vecino puerto de Pisagua, á cuyo punto llega á las siete de la tarde; y el otro sale de Pisagua á las siete de la mañana y llega á Iquique á las tres y media de la tarde.
El movimiento de trenes de carga es muy diverso, pues corren más de quince trenes diarios, destinados en su mayor parte al acarreo de salitre.
Después de Iquique, la primera estación se denomina “Alto del Molle” donde existen dos panteones de la guerra de 1879, y en cuyo punto se halla una caleta que sirvió para exportación de salitre. Dicha caleta es también histórica: en ella recaló la Covadonga el 21 de Mayo de 1879 en su lucha con la Independencia. Después del “Alto del Molle” viene “Huemul”, enseguida “Carpas” y después “Central” que es el punto donde el tren de pasajeros se divide: una parte vá hacia el sur, llegando hasta Lagunas, importante “cantón” que encierra valiosas “oficinas”, y la otra marcha hacia el norte, llegando hasta Pisagua.
Conocemos únicamente este último trayecto que es largo y pesado, tanto por sus tortuosidades como por la aridez de los campos y el polvo que levanta el viento de la Pampa que invade siniestramente los wagones del convoy.
Hasta Pozo Almonte el viajero no contempla una pampa definida, pues anteriormente no se ven sino cerros, promontorios, pequeños túneles y cuestas.
La pampa, para explicación más práctica, se asemeja á un gran potrero, sin fin ni límite; por supuesto que allí no hay vegetación. Está cruzada de caminillos que conducen á los pueblos del interior, los cuales son quebradas habitadas por tribus indias que aprovechando el agua que por ellas corre, cultivan hermosas chacras y también la quinua, un alimento muy sabroso para los indios. Estos pobladores viven sumidos en la ignorancia; no saben definidamente bajo qué gobierno viven y creen casi todos que todavía dependen del dignísimo gobierno del Rímac.
En algunos puntos la Pampa conserva algunos tamarugos, los cuales son árboles semejantes al espino del sur; pero no se desarrollan como éstos, tan erguidos y robustos; por el contrario, tiene el tallo doblado y sus ramas besan neciamente el suelo de esa árida región. En algunos parajes ha habido grandes reuniones de “tamarugos” denominados bosquecillos por los naturales de la comarca, los cuales van desapareciendo rápidamente bajo los golpes del leñador.
Con mucha frecuencia se ven cruzar los caminillos de la pampa á numerosas caravanas de mulas y carretas cubiertas por un “toldo” de lona, que se dirigen pausadamente hacia los pueblos del interior, después de haber vendido en Huara, Pozo Almonte ú otros puntos del trayecto entre Iquique y Pisagua, los frutos de las chacras que se cultivan en las quebradas.
En la pampa se han abierto en puntos cercanos á las oficinas salitreras grandes pozos para proveer de agua á estas. Por tal motivo se ven en ellas algunos oasis que alegran el espíritu del viagero esterilizado durante el viage por esa naturaleza muerta y ese polvo quemante que desfigura todas las fisonomías. Así que no es raro ver muy á lo lejos, un verde predio que ostenta orgulloso una sauce llorón, erguidos maitenes y gigantescos maizales.
Durante el trayecto se observan numerosos cementerios correspondientes á los caseríos. Estos se encuentran enteramente abiertos sin arte de ninguna especie. Las sepulturas son de madera y como no llueve jamás se conservan infinidad de años. Son estos realmente tristes, sobre ser ellos el recinto donde impera la muerte, no crece ninguna yerba, ni siquiera para que la naturaleza manifieste que acompaña en su eterno sueño a los que descansan bajo esa infinidad de lozas fúnebres que tienen por dosel los rayos del ardiente sol del Tamarugal.
Aproximadamente la pampa tiene desde la Cordillera de los Andes hasta el mar, veinticinco leguas de ancho: aunque parece que el largo de ella es indefinido por su gran extensión, podemos alumbrarnos sobre esta materia con los estudios publicados en 1906 por el distinguido ingeniero, miembro de la comisión demarcadora de los límites de Tarapacá, señor don Carlos Soza Bruna.
El viaje por el centro del Tamarugal ofrece serios peligros á los viajeros. Los curas de esta región, que son personas muy joviales y queridas por la liberalidad de su carácter, nos han referido que cuando ellos salen de su diócesis para tomar el tren, han solido extraviarse en el camino y que han tenido que apelar á las luminarias de las oficinas, y varias veces con mucho desacierto, porque en vez de arribar á las que se encuentran más próximas á los puntos donde deben tomar el ferrocarril, llegan á otros lugares muy lejanos de las estaciones.
Casi todos los pueblos de la pampa son muy parecidos entre sí, Sus calles, veredas, edificios, etc., revelan un gran atraso, pero en cambio hay mucho comercio, muchas tiendas, almacenes de chinos y sucursales de casas fuertes de Iquique. En su mayor parte estos lugares son históricos; latentes están en ellos los recuerdos inmortales de la célebre guerra de 1879 y de la revolución de 1891. Todavía el viajero puede leer en las faldas de los cerros grandes letreros trazados con toda corrección y escritos con carboncillo que dicen: Batallón Chillán 1891; Batallón Linares 1892; Viva Chile¡ El viajero chileno, contemplará en este histórico trayecto con admiración ó sin ella, según sean las emociones de su corazón patriota, el Cerro de San Francisco, donde el 19 de noviembre de 1879 los chilenos ganamos la brillante batalla de Dolores, que consolidó una vez más nuestra supremacía militar. También en Pozo Almonte se conservan los recuerdos de la gran batalla librada en 1891 entre los revolucionarios y las tropas del bravo comandante balmacedista señor don Eulogio Robles, que pereció en medio de la dolorosa lucha.
Casi todos los pueblos de la pampa llevan los nombres de los personajes más distinguidos de Chile. Así hemos podido ver en ellas, al paso del convoy, las calles: “Manuel Rodríguez”, “José Manuel Balmaceda” ; “Vicente Reyes”; “Aníbal Pinto”, etc., etc.
En la mayoría de estos pueblos residen muchos bolivianos, peruanos y chinos. Este último elemento está entronizado en la pampa. En cada estación donde se detiene el convoy somos ingratamente sorprendidos por las figuras escuálidas y aterradoras de los asiáticos, que en vano tratan de disimular nuestro desencanto, llamándonos compales. Ofrecen cuadros pintorescos las bolivianas, quienes, muy consecuentes con sus costumbres, no abandonan la repolluda pollera, el sombrerito de pita, las trenzas caídas sobre los hombros y divididas en dos partes, y su chal listado que parece comunicar cierta vida á sus rostros mofletudos y melancólicos.
Nada hemos dicho de las oficinas salitreras, esas oficinas que constituyen la vida y riqueza de Tarapacá.
En mayo último, después de una excursión á Pisagua y á las huaneras de Punta Pichalo, hemos tenido la oportunidad de visitar la oficina “Constancia” á fin de formarnos idea de las salitreras. Dicha oficina es de propiedad de la opulenta familia Devéscovi, que ocupa en la sociedad de Iquique una alta posición, y la que es originaria de Austria, teniendo también ramificaciones en el Perú. En “Constancia” fuimos recibidos atentamente por el administrador, el honorable caballero peruano señor Manuel J. Cerda y por todos los miembros que componen la administración de la oficina.
Esta rica salitrera se encuentra en Huara, á pocos pasos de la estación del mismo nombre. El trayecto desde este último punto hasta la oficina se hace por medio de ferro carril de sangre, de propiedad de la mencionada salitrera. Este camino, como ya lo sabemos, no ofrece nada pintoresco al viajero, á tal punto que el alma llora.
“Constancia” tiene casas espaciosas y confortables; en ellas reside el personal de la administración y se hospedan sus dueños y los viajeros. Haced de cuenta que “Constancia” es un “campo” de esos que hemos visto en el sur de Santiago; de esos campos antiguos con casas espaciosas, corredores anchos, salones inmensos y dormitorios aireados. Sólo falta la vejetación; pero hay lechería propia mantenida con los forrajes de Tiliviche., Tarapacá y Camiña; mantequilla fresca y olorosa, inmensos criaderos de aves; grandes corralones donde se deposita el ganado mular que se emplea en el servicios de las calicheras, y los caballos de los administradores y señores; una capilla donde oficia el honorable cura de Huara y una rica pulpería.
Los propietarios de “Constancia” son generosos con sus servidores; su casa es la casa de estos últimos; nada falta, todo abunda como en las demás oficinas; nunca brilla por su ausencia el wisky-sowa y siempre se almuerza y se come con Chateau Lafitte, La Rose y Margeaux.
Al frente de la casa están las grandes máquinas elaboradoras de salitre, que ocupan una extensión de media cuadra de largo.
El salitre se acarrea en grandes trozos, desde las calicheras que se encuentran á dos ó tres cuadras de las casas. Allí están las faenas en la actualidad, que son recorridas por un ferrocarril de miniatura. Servido por dos lujosas máquinas denominadas Adela y José, nombres de los propietarios de “Constancia”. El pequeño tren sube hacia lo alto de las maquinarias, y los carros, que son cajas de fierro, “bombachas” se dan vuelta en las bocas de los chanchos trituradores del caliche desde donde pasa esta sustancia á los cachuchos en los cuales se cuece. De estos hervideros pasa á las bateas donde se congela; congelado el nitrato se arroja á las canchas, donde se desgrana como sal blanca de cocina: en este punto se ensaca y prepara para la esportación. De las sustancias que quedan en las bateas se saca el yodo y también el agua vieja, que tiene la propiedad de apagar los incendios motivados por el salitre, siendo ella la única que puede hacerlo y la que se conserva en grandes depósitos, tanto en las oficinas como en las bodegas salitreras de Iquique.
En los hervideros los operarios trabajan desnudos y bajo el imperio de una ardiente temperatura que les hace transpirar enérgicamente y lo cual irrita y desgreña el carácter del obrero por mucho que se le asigna un salario subido. En nuestro modesto juicio, creemos que la naturaleza del oficio es lo que irrita al operario, más que el trato de los patrones y el bajo salario. En estos hervideros suceden frecuentes desgracias, pues á ellos caen los trabajadores esperimentando angustias indescriptibles, como así también las esperimentan aquellos infortunados que han caído en los chanchos y han sido horriblemente triturados, confundiéndose sus despojos con el caliche despedazado y los cuales han sido reconocidos como restos humanos al desunirse los elementos que no contribuyen después de la elaboración á la buena ley del salitre.
Las calicheras se rompen con dinamita. Es este otro peligro para los obreros; pues cuando no se toman la preocupación de alejarse, los tiros estallan levantando en el aire enormes trozos de caliche que destruye la vida y los objetos que encuentran á su paso.
Alrededor de las casas de la administración se hallan las de los obreros, ubicadas en callejuelas rectas y con denominaciones al capricho de sus propietarios; así pudimos ver en “Constancia”: calle Barcelona, calle Tarapacá, etc. Las casas son todas iguales, á manera de conventillos, y las murallas están forradas en zinc acanalado; estas habitaciones son amplias é higiénicas.
El número de habitantes que posee una oficina depende de su importancia; así hay algunas que tienen cerca de dos mil ciudadanos.
Además de tener éstas capillas, boticas, filarmónica, etc., etc., tienen también una gran tienda llamada la pulpería, donde se expenden los artículos de consumo, y prendas de vestuario, habiendo en muchas pulperías existencias por valor de doscientos mil pesos.

LAS PLAZAS DE IQUIQUE.

CAPITULO II
PLAZA “ARTURO PRAT”
Durante la dominación peruana, hacia 1877, se colocó en el centro de la mencionada plaza una torre de madera y de fierro bastante sólida y de una altura de 20 á 25 metros, que posee cuatro arcos góticos y una escalinata compuesta de muchos tramos de madera que la rodea por sus cuatro costados.
Como la indicada plaza ha sufrido algunas transformaciones á fin de ensancharla, dejándola en el estado en que se encuentra actualmente, la expresada torre no se encontraba antes en el sitio que hoy está colocada. Estaba muy próxima á la calle Tarapacá, en el punto donde se encuentran las dos vías del ferrocarril de sangre. Sólo en 1889, estando de paso una compañía del batallón “Pisagua”, con la ayuda de soldados del referido cuerpo, se procedió al cambio de la torre, llevándola al sitio donde se encuentra actualmente.
En la época en que se construyó la torre era Alcalde de Iquique el caballero español J. Benigno Posada, que fue también cónsul de España.
Los sobrevivientes de la época en que vivió el señor Posada, nos han referido que dicho caballero, deseoso de perpetuar su paso por el “Consejo Provincial” acordó la construcción de la torre encomendando esta obra al ingeniero francés Eduardo de Lapeyrouse, que en 1879 desempeñó el cargo de Vice-cónsul de Francia y el cual acababa de llegar á Iquique. De paso diremos que el señor Lapeyrouse pagó tributo á la muerte a principios del presente año, en la ciudad de Antofagasta.
La torre es sumanente artística; está construída con gran prolijidad, posee un reloj que no funcionó durante muchos años y que sólo fue reparado por decreto de la Alcaldía en 1904, ejecutando las reparaciones don Emmanuel Merani por la suma de dos mil pesos.
Dentro de los arcos de la torre se ha colocado un monumento de piedra con base de mármol, sobre el cual se apoya el busto del inmortal Arturo Prat. En sus caras se han colocado cuatro medallones que representan las figuras de los tenientes señores Ignacio Serrano y Ernesto Riquelme; del cirujado señor Pedro R. Videla y del sargento señor Juan de Dios Aldea, héroes inmortales del combate de la “Esmeralda”. En la parte principal se lee lo siguiente:
ARTURO PRAT
El pueblo de Iquique, á los héroes del 21
de Mayo de 1879.
Los nombres de los demás valientes que sucumbieron en tal valiente lucha, se encuentran grabados en dos planchas de mármol colocadas más arriba de los retratos de Riquelme y de Aldea.
La tradición nos ha hecho saber que, hallándose antes de 1879, de estación en este puerto un buque de guerra chileno con Arturo Prat, este ilustre marino, visitando un día el monumento, al que poco más tarde iluminarían los rayos de su gloria imperecedera, insinuó á las autoridades peruanas la conveniencia de colocar dentro de la torre el busto de alguno de los grandes hombres de la República del Perú. Cuán lejos estaba el heróico marino de pensar que tal honra se dispensaría en época no lejana a su hermoso busto.
¡ Misterios de la suerte!
Posteriormente la torre ha sido pintada de blanco, un blanco semejante al mármol, que le comunica un aspecto más severo, aunque no tan pintoresco como los colores anteriores, que nunca estuvieron demás en una ciudad desheredada por la naturaleza de todos los encantos que á otras regiones ha prodigado á manos llenas. Esta transformación tuvo lugar con motivo del último aniversario del combate, cuya conmemoración hemos tenido la honra de presenciar dominados por la más viva emoción y que describimos en seguida:
Al llamado de nuestras patrióticas autoridades locales, se reúne al pié del monumento, la “Sociedad Veteranos del 79”, llevando á la cabeza su hermoso estandarte; los buques enarbolando la insignia, saludan con el estampido de sus cañones; las fuerzas militares que cubren la guarnición desfilan pomposamente: un coro de niñas envueltas en blancas gasas entonan con timbrada voz el himno nacional que sube al cielo de los héroes como el más puro incienso; mientras que con magestad que emociona el corazón, las bandas militares contribuyen á la gloria del acto. Con imponente gravedad escala hasta el busto de Prat el jefe del apostadero naval, dr gran tenue y coloca sobre él la corona de laureles, tegida por un pueblo amante de sus héroes; en seguida suben los poetas, oradores y hombres de letras y cantan bajo el fuego de su inteligencia avivando á cada paso los destellos de la epopeya conmemorada, la gloria de los que llenan el “Templo de la Fama”.
Se tiene la idea de quitar de la plaza, la mencionada torre para colocarla en la Plaza “Carlos Condell” y dejar en ese punto que quedará vacío, la estatua de Prat, que trabaja actualmente el insigne escultor nacional señor Virginio Arias, por la suma de $ 34,000.
Pocas personas de esta capital están de acuerdo con el cambio, porque consideran que la estatua no tiene las proporciones gigantescas de la torre y se insinúa la idea de erigir una plaza especial al gran marino.
Describiento la Plaza Prat, que es el orgullo de Iquique, recordaremos que ella fue en un tiempo casi un arrabal. Ha tenido cuatro denominaciones que son: “del Reloj”, nombre que tuvo tal vez por existir el reloj de la torre; de “Armas”, nombre muy común en las plazas principales de nuestros pueblos; “Veintiuno de Mayo” y “Arturo Prat”, su nombre actual.
Los jardines que la rodean fueron trabajados en 1889, siendo alcalde de esta ciudad don Antonio Valdés Cuevas, más tarde Ministro de Estado y Senador de la República. La obra costó diez mil pesos y las plantaciones que en él se encuentran son finas y variadas; la inspección de servicios municipales á cargo del honorable caballero señor don Ramón Ramírez, no descuida jamás su prosperidad, y es por esto, sin duda, que los expresados jardines llaman la atención de los viajeros. Están rodeados por una reja de fierro bastante alta y sólida. El piso de la plaza es de cemento romano, y las avenidas de ésta son espaciosas y rodeadas de magníficos sofáes y de gigantescos pinos que por su antigüedad evocan el recuerdo de los pasados tiempos de Iquique.
Al poniente se halla erigido un kiosko de fierro, sólido y elegante, donde en días determinados por la Superioridad Militar, se dejan oír los suaves acordes de las bandas de los cuerpos de guarnición de esta ciudad.
Al costado sur se encuentra el Teatro Municipal, que tiene á su izquierda la Sociedad “Empleados de Tarapacá” y á su derecha el Club Alemán, el primero que se fundó en Iquique y que data del 13 de Mayo de 1873.
Nuestra impresión respecto del coliseo es favorable y nos ha traído a la memoria los teatros de Santiago y Valparaíso. Fue construído en 1889 y antes de esta época existió en el punto donde se encuentra actualmente la Casa de Correos y Telégrafos en la calle Bolívar, teniendo su entrada frente á la Iglesia Vicarial, entre la imprenta de EL NACIONAL y el edificio que hasta hace pocos meses ocupó la imprenta de LA PATRIA.
Su interior es muy elegante, tiene bellas y finas decoraciones; no menos diremos de la fachada que, aparte de muchos detalles que la prestigian, ostentan cuatro estatuas que representan: la Poesía, la Música, el Génio y el Arte.
En los días de funciones, la Compañía de Bomberos de turno, cuida de él con mucho celo y sus mangueras serpentean discretamente los pasillos de foyer.
Todos los años recibe en su seno reputados artistas. Con frecuencia se vé hacer alto en él, á Compañías, que de vuelta de Santiago se dirigen á Lima y otras ciudades de América. Ultimamente ha funcionado la dramática que dirige el actor don Miguel Muñoz, que tuvo la honra de ser elogiada por la prensa del Plata, antes de su venida á Iquique.
En épocas anteriores en el Coliseo ha recibido en su escenario a personajes de teatros tan renombrados como Sara Bernhardt, Antonio Vico, Clara Della Guardia y otros; y á transformistas é hipnotizadores tan populares como Onofrof y Frégoli.
Con motivo de las últimas Fiestas Patrias, el Municipio cedió expontáneamente el teatro para que se verificase en él el suntuoso baile que ofreció la sociedad, por cuyo motivo se hicieron grandes arreglos que dieron ocasión á que la fiesta resultase lucidísima.
Al costado Este se encuentran edificios particulares sin importancia; á excepción del de la imprenta de LA PATRIA y la casa que habitó el gerente de la Asociación Salitrera Alemana señor Eduardo Framm, quien abandonó esta ciudad á principios del año actual, después de haber reunido una fortuna respetable. En verdad que esta casa es construída en un estilo agradable que embellece á la plaza. Posteriormente ha sido ocupada por los señores Clarck y Bennet, de donde procede el cónsul de la Gran Bretaña, quienes han establecido en ella las oficinas de sus vastas negociaciones comerciales.
Al Oeste existe un pequeño comercio compuesto de joyerías, peluquerías y traperías, en medio de las cuales se encuentra el “Hotel América”, morada y punto de reunión de los artistas que trabajan en los teatros de esta ciudad.
Poco más allá y en la cuadra siguiente se encuentra en Club Español, fundado el 12 de febrero de 1892, cuyo estilo morisco y decoraciones interiores, nos hacen recordar á la casa de San Telmo de los Duques de Montpensier en Sevilla, á el Palacio de la Alhambra en Santiago, del malogrado estadista don Claudio Vicuña. Cuenta con una lujosa cantina, un hall con piso de mosaicos, una vasta sala de billar, un salón para las reuniones del Directorio ó ceremonias de otra especie, una sala de lectura, á la cual puede tener acceso todo que no sólo sea socio, sino que pague una cuota mensual de cinco pesos. Y quién que ame la ilustración, la única que dignifica y da importancia á los hombres no paga ese insignificante impuesto? En nuestra opinión esta biblioteca vive como un tesoro hallado en un desierto, porque en ella encontramos obras de eminentes escritores; una hermosa colección de la Ilustración Española y Americana, que con tanto éxito fundó en Madrid en 1859 Abelardo de Carlos Almanza; “L’Ilustration” de París escrita por amenos y distinguido miembros del Parnaso francés; las obras completas del inmortal Julio Verne y una infinidad de libros filosóficos, naturalistas y novelescos, diarios y revistas, nacionales y extranjeras. A la fecha el hermoso club se halla dirigido por el señor don Manuel Risueño, de nacionalidad española, que desempeña á la vez el honroso cargo de Cónsul de Colombia.
Pocos pasos más allá del citado Club se encuentra la Fotografía Italiana de don Giuseppe Termini que es la mejor y la más elegante de Iquique.
A inmediaciones de la anterior, se levanta el Club Peruano, todavía en construcción y el cual á pesar de esto, ha sido hermosamente estrenado el 28 de julio último, con motivo del aniversario de la Independencia de la República del Perú. El estreno fue dignamente honrado con la galantería del Cónsul señor Manuel María Forero, que es una personalidad distinguida, consagrado al foro y á vastas negociaciones comerciales. En este acto, que nos pareció sumamente agradable por la cordialidad que reinó entre chilenos y peruanos, el señor Forero hizo lujo de exquisita amabilidad, para con el centenar de personas, que á la sombra del pabellón peruano y bajo los himnos que con tanta maestría ejecutó la banda del “Regimiento Carampangue”, se bebió una copa de champagne en honor de su hermosa patria.
El secretario del club lo es el distinguido abogado é inteligente joven señor don Alejandro E. Vargas Maldonado, que cursó leyes en Chile.
El antiguo club que existía en el mismo sitio donde se levanta el nuevo, fue consumido en octubre último por un voraz incendio, que destruyó la casa comercial del señor Caffarena y envolvió en sus furias el descarnado cuerpo de un chino, que recostado en su lecho, dormía bajo un manto de opio, en un “café” que poseía casi á los pies del club y donde se encuentra instalada actualmente la sastrería del “parisiense” señor Juan B. Moulat, la preferida de la high life de Iquique.
Al costado N. se encuentra el Club Inglés, fundado el 20 de Febrero de 1886. Su fachada como su interior están en armonía con el carácter grave de los británicos. Posee dos salas de billar y una cantina que brillan por su orden y su aseo y un pequeño salón de lectura con un estante para libros en el cual no se encuentra abundancia de obras literarias, pero creemos que las pocas que existen son producciones de resaltantes génios del Parnaso inglés, lo suficiente parea entretener el pensamiento en esta capital de tantos afanes comerciales.
PLAZA “CARLOS CONDELL”
En el orden de magnitud sucede á la anterior la plaza “Condell” cuyo nombre pertenece de lleno á la historia.
Situada a tres cuadras de distancia de la anterior fue hasta hace dos años un sitio triste y abandonado que daba á Iquique el más lúgubre aspecto. Gracias á la labor del Municipio, secundada sagazmente por el Inspector de servicios Municipales, el distinguido caballero señor Ramón Ramírez, á quien es justo elogiar por el bien que anhela para esta gloriosa capital, la citada plaza se encuentra convertida en uno de los sitios más atrayentes de Iquique. En nuestra opinión es un paseo muy simpático, un punto donde se aspira un ambiente perfumado por las flores que adornan sus artísticos jardines y es además un paraje desde el cual se observa un panorama muy pintoresco, trazado por el respetable comercio que la rodea, las tres vías de ferrocarril de sangre que la atraviesan, el vasto Mercado Central y el tráfico inusitado de carruajes.
En el centro se ha colocado un kiosko de fierro que ha recibido importantes modificaciones, pues éste fue traído desde la plaza Prat, á la cuál fue llevado desde una plazuela que existió en el “Morro” ahora treinta ó más años; así que la expresada “glorieta” es sumamente antigua y ha prestado servicios en tres plazas. En ella toca comúnmente los días Martes y Sábado, la “banda” del Regimiento Granaderos, cuyas notas melodiosas renuevan la vida del espíritu de ese tranquilo vecindario.
Las plantaciones que se cultivan en los jardines de la espresada plaza, no son por cierto las finas y hermosas que con tanta facilidad prosperan en los campos del sur. La mayor parte son flores desdeñadas en otros puntos fértiles, pero que aquí, lejos de despreciarlas, las admiramos como á una maravilla.
El piso de la plaza es de cemento romano y los asientos que la rodean son de madera, redondos, con una abertura al centro, por donde asoman arbolillos de dudoso desarrollo.
También está rodeado de algunas pilas trabajadas artísticamente.
Al costado Oriente se encuentra el magnífico edificio del Mercado, que ocupa una “manzana” de terreno. Su aseo es admirable, los “puestos” cuyos “mesones” están dotados de cubiertas de mármoles, brillan por su higiene, así como el piso y los muros. Nada falta allí; y en los días de arribo de vapores el movimiento es extraordinario, de modo que se convierte en un sitio muy concurrido y pintoresco. La fachada del edificio es expléndida. Los altos se encuentran ocupados por la Escuela Profesional de mugeres, los cuales arrienda el Municipio al Gobierno; pero posteriormente ambos han entrado en litigio con motivo de no haber cubierto el segundo el pago del alquiler, y de esta querella se ha desprendido según auto judicial, que el Gobierno debe pagar los arriendo insolutos.
La Escuela Profesional á que nos hemos referido, es un plantel de educación que ha dado hermosos frutos. En ella se ha confeccionado últimamente una “banda” de magistrado que ha sido obsequiada al actual Intendente de la provincia señor Eastman.
El edificio del Mercado fue construído antes de 1879, pero los altos son de fecha posterior. Durante la guerra sirvió de cuartel a los Cuerpos peruanos 5° y 7° denominados “Cazadores de la Guardia” y “Cazadores del Cuzco” sucesivamente, y cuando Chile tomó posesión de Iquique, encontró en él equipo y vestuario en perfecto estado. La plaza Condell se llamaba entónces plaza del Mercado.
PLAZA “CRISTOBAL COLÓN.”
La expresada plaza se encuentra situada en la desembocadura de las calles “Baquedano”, “José Joaquín Pérez” y “Patricio Lynch”.
Su primera denominación fue Siete de Enero. Suponemos que se le añadiría el año 1891, fecha en la cual se declaró la revolución que derrocó de su alto puesto al Excmo. Presidente de la República señor Balmaceda.
La plaza Colón fue hasta mediados del presente año, un campo abierto, sin las plantaciones y adornos que hoy la embellecen. Era sencillamente un paradero de carruajes. El 12 de Octubre de 1892 se colocó por iniciativa de las colonias española é italiana, la primera piedra de un monumento al gran genovés descubridor de la América del Sur, Cristóbal Colón, siendo Intendente provisional de Tarapacá el señor Aníbal Rodríguez, diputado al Congreso Nacional, y ex-secretario del Consejo de Estado, monumento que nunca á llegado á erigirse por no haber reunido las colonias interesadas, los fondos necesarios. Se alcanzó solamente á colocar un arco en el punto que divide la calle “Baquedano” de la “Avenida Cavancha”, el cual, desapareció poco tiempo después cuando se vió que el monumento no se alzaba.
En el mismo punto donde descansaba solitaria é ignorada del vulgo esa piedra, que iba á recordar á las generaciones venideras la brillante hazaña de un hombre ilustre, se ha construído una hermosa estrella cubierta con tierra vegetal que ha sido embellecida con hermosas plantaciones.
En la noche del 18 de septiembre último, 97° aniversario de nuestra emancipación política, fue estrenada la plaza y se colocaron sobre el borde de la estrella numerosos focos eléctricos cuyos variados colores reflejan suavemente sobre el pabellón de Chile que se izó a un costado para realzar la magestad del estreno.
Los edificios que rodean la plaza son dignos de mención: el del Colegio Inglés, que por su elegancia y sencillez atrae las miradas del público, varias casas particulares de buen gusto arquitectónico y la fábrica de hielo y confites del acaudalado comerciante don Tomás S. Capella, propietario de tres renombrados bares situados en la plaza Prat, plaza Condell y calle Vivar, esquina Sargento Aldea.
Muy próxima á la fábrica de hielo, que posee un torreón que mira hacia el mar, por lo cual el vulgo la denomina “Castillo del Trabajo”, se encuentran los baños de la “Gaviota”, de propiedad particular. Dichos baños tienen construída la caseta sobre el mar, la que se comunica con tierra por un puente. El exterior de los baños no revelan las comodidades internas. Posee tres secciones espaciosas que corresponden á la guarda-ropía y á una sala donde los ingleses preparan su lunch en los días de ardiente estío.
No olvidaremos anotar un detalle que debe conocer la posteridad respecto á la manera cómo se fundó la plaza “Colón”. Uno de los respetables vecinos que habitan en ese radio poseía una palmera egipcia que el inspector de servicios municipales señor Ramírez, admiraba con gran entusiasmo. Le doy á Ud. -dijo el vecino a éste caballero- la palma, con tal que la coloque en el centro de ese espacio que hay frente á mi casa. El señor Ramírez no tardó mucho en aceptarla, la colocó en el punto en que el público la contempla en la actualidad tan erguida y hermosa y después de algunas consultas á la Municipalidad dio comienzo á la fundación de la plaza.
Consideramos oportuno describir á continuación el paseo “Cavancha” que tiene su nacimiento en la expresada plaza.
La avenida, que es también una de las maravillas de Iquique, fue construída en 1890 por el laborioso intendente señor Ramón Yávar, al cual esta ciudad debe grandes beneficios.
El paseo tiene tres kilómetros de largo y cuarenta metros de ancho. Está dividido en dos partes: una está recorrida por el ferrocarril de sangre y los carruajes, y la otra separada de la primera por una reja, sirve para los que trafican á pié. A la orilla de esta última se han colocado asientos y macetas con dos ó tres metros de profundidad, donde se han plantado árboles y enredaderas capaces de resistir los aires del mar.
En una plazoleta, formada dentro de ese radio, existe un kiosko, donde en otra época tocaba el extinguido Orfeón Policial. Próximo á este se encuentra un muelle que utilizan los bomberos con el fin de extraer agua para sus ejercicios y para apagar los incendios que ocurran por allí. También se encuentran en ese círculo la caseta del cable sub-marino y dos pequeños chalets para venta de refrescos.
El paseo es simpático sin duda alguna. Por la mañana hermosas caravanas de personas lo visitan, aspirando con deleite las brisas aromáticas de un mar tranquilo. Diséñanse paisajes muy pintorescos á la puesta del sol, que estamos seguros trastornarán á los espíritus enamorados…. de la Naturaleza cuando se contempla en lontananza á un bergantín que parte, el espectáculo parece más grandioso.
La avenida termina en curva, imitando la forma de la playa.
Muy próxima á la terminación se ha construído un ramal que sirve para acortar el camino á los que se dirigen al baño. Frente á él está constituído el balneario de los soldados de los Cuerpos militares que cubren la guarnición. En él perecieron ahogados algunos individuos de la dotación del Regimiento “Rancagua”, cuando este cuerpo se encontraba en Iquique, los cuales, escasos de experiencia, se alejaban de la playa mucho más de lo que la razón ó el temor aconsejaban.
A la izquierda de la otra sección del paseo, existen numerosos terrenos de propiedad municipal. Las construcciones de edificios en esta parte no son muy numerosas, debido á la triste experiencia que dejaron en los habitantes las catástrofes de 1868 y 1877. Sin embargo de esta precaución, que sin ella, la avenida que describimos sería soberbia, existen algunas casas particulares como la del señor Carlos Soublette, administrador de la oficina “Santiago”, y la que habita el Comandante del Regimiento Caballería señor Agustín Almarza.
En la desembocadura de las calles Vivar y Barros Arana se encuentran la “estación” del ferrocarril de sangre, cuyo edificio es perfectamente adecuado para el objeto á que se le destinó. Allí mismo están las oficinas, las caballerizas y la casa-habitación del Gerente. Frente á este edificio se encuentra la torna-mesa en cuyo punto se verifica el trasbordo de los pasajeros que van á Cavancha y vice-versa y también un punto de partida de los carros que cruzan las diversas vías de Iquique.
La administración del ferrocarril de sangre data de 1886; fue instituída por una sociedad anónima. Frente á sus destinos se encuentra el honorable caballero colombiano señor Julio Isaacs, hermano del inmortal autor de “María”, y que como éste, posee condiciones de carácter que lo hacen digno de la estimación general.
Después del edificio mencionado -aunque separado por un gran trecho- se encuentra el cuartel del Regimiento “General Búlnes” N° 1 de caballería, el cual consta de dos pabellones, habiéndose terminado la construcción del principal en los comienzos del año actual. El gobierno tiene el propósito de construir dos ó tres más, que servirán para habitaciones del primer y segundo jefes y para Casino de la oficialidad.
El estilo del cuartel no llama vivamente la atención del vulgo porque, en comparación con el edificio del cuartel de infantería, es muy sencillo.
El Regimiento “General Búlnes” fue traído á esta ciudad en 1904 para reemplazar al Húsares “General Carrera” que fue trasladado á Angol, el mismo punto de donde vino el primero, ocupaba hasta hace pocos meses varios edificios de propiedad fiscal entre los cuales figuran dos escuelas situadas en la calle “Zegers”, en las inmediaciones de “El Morro”. El casino de Oficiales se encontraba en un edificio particular situado en la calle “José Joaquín Pérez” esquina con “Tacna”.
Próximo al Cuartel de Caballería se encuentra el Hipódromo Municipal construído en 1903 al que nada tenemos que admirar.
En al misma línea está también el “Velódromo” inaugurado el 1° de Noviembre de 1903 y á algunos metros más allá se encuentra el “Polígono de Tiro” fundado el 1° de Noviembre de 1890, que está muy próximo al camino de circunvalación, construído recientemente. En dicho “Polígono” se realizan frecuentes certámenes de tiro. Es digno de recuerdo el que se realizó en mayo último, en el que tomaron participación numerosas personas instruídas por el teniente 1° del Regimiento “Carampangue” señor Pedro Bustamante, agraciado con una medalla de oro, y la oficialidad del crucero “Esmeralda”. En este certámen, que llamó la atención del público obtuvo el triunfo la nave de guerra, confirmando una vez más que es ella legítima heredera del nombre de la que sucumbió valerosamente en 1879, bajo los fuegos del Huáscar.
Del “Polígono de Tiro” pasamos al caserío de “Cavancha”. Es esta una pobre aldea, con tres ó cuatro calles, siendo las principales las situadas de oriente á poniente, que son recorridas por el ferrocarril de sangre. Las que corren en dirección contraria, son estrechas callejuelas, mal formadas, sin aceras y cubiertas de promontorios “roqueños” que interrumpen el paso. En la actualidad “Cavancha” no es más que un semi-arrabal, y lo que constituye su importancia es la existencia de dos restaurants que se hallan construídos sobre el mar. Ambos son muy parecidos entre sí; pero, a nuestro juicio, el primero de la entrada es el mejor. Posee un hall en el cual están la cantina y una especie de jardín zoológico, numerosas plantas artificiales y palmeras naturales. Pasado este hall se encuentra el recinto que descansa sobre el mar, sostenido por postes de fierro y donde se hallan instaladas numerosas mesas, que siempre rodean los estranjeros con febril entusiasmo, al cual ameniza un armonium, cuyas notas renuevan alegremente la vida del espíritu, agitada de continuo en las faenas del comercio. En otro costado del restaurant se encuentran departamentos especiales guardados por la sombra de frondosas enredaderas y en la medianía de este “callejón” existe una espaciosa sala donde se realizan grandes banquetes y tertulias. En otra sección se halla una cancha de palitroque.
En suma, el hotel es agradable mientras en Iquique no exista otro punto de recreo capaz de competir al ya citado, su popularidad será inmensa.
El restaurant que se encuentra próximo al ya descrito, á pesar de parecerse á él, tiene otro aspecto que en nuestro concepto no es más agradable que el del anterior, á pesar de que el follaje de las enredaderas, palmeras y otras plantas cubren el hall y puntos donde se distraen los paseantes, es mucho más frondoso que el anterior.
En Cavancha existen cuatro hoteles más, situados distantes de los anteriores; también se encuentran algunas tiendas y almacenes, una escuela del Municipio, un varadero de lanchas de Lockett Bros. y Ca. y algunas casas particulares.
En los días festivos esa playa es muy visitada y el camino de circunvalación de que hemos hablado ya lo visitan numerosas familias del pueblo, las que allí pescan, se bañan, almuerzan y bailan dejando transcurrir las horas del día en la más agradable familiaridad.
Al oriente del primer restaurant existe un juego de pelota, cuya cancha está sobre la arena de la misma playa.
En las orillas del mar se encuentran fragmentos de buques náufragos. También en ellas hubo en otras épocas algunos cañones con el objeto de defender la plaza, los que fueron desmontados por la revolución de 1891.
El ingeniero señor Luis Risopatrón tuvo á su cargo, en el citado año, el mejoramiento de Cavancha conjuntamente con el de Iquique, transformaciones que consistirían, entre otras, la de formar un gran parque al frente de la península, entre el cuartel de caballería y el polígono; pero encomendado de este trabajo en una época poco feliz para la patria, recibió un disparo de las naves de la escuadra revolucionaria, en circunstancias que recorría la orilla del mar, por cuyo motivo tuvo que desistir de su proyecto, tomando al mismo tiempo la prudente determinación de no frecuentar tan peligrosas costas.
PLAZUELA DE “LA PARROQUIA”
Con esta denominación se conocen en esta capital los jardines que rodean los costados de la Iglesia Vicarial, que comúnmente están cerrados al público, tal vez por su reducido espacio.
Aprovechemos la oportunidad de haber sido clasificados como plazuela por la Municipalidad, para describir el templo y cuanto tenga relación con él.
La iglesia, en los primeros años, se alzó en el punto donde se encuentra en la actualidad el Teatro Municipal; y debido á un gran incendio, se le trasladó al sitio que ocupa en la actualidad, donde también el 10 de Marzo de 1883 fue víctima de otro terrible incendio, que consumió, conjuntamente con el templo, quince manzanas.
En el mismo año citado, el primer vicario apostólico, después de la dominación peruana, señor Camilo Ortúzar, levantó el templo que tenemos actualmente, y desde entonces está inamovible y aislado de todo elemento comercial que pueda nuevamente ponerlo á prueba.
La iglesia, en unión de la casa del Vicario y de sus secretarios, que se encuentra por el costado de la calle “Bolívar”, comprende casi una manzana de terreno.
El interior del templo es hermoso y severo; tal vez si no despierte una gran admiración por la ausencia de charrerías, que es precisamente lo que caracteriza su importancia. Observado escrupulosamente, es uno de los mejores templos de provincias. Consta de tres naves espaciosas, hermosas estatuas, cuadros y un órgano que tiene el mérito de haber sido construído en el país. Una de las cosas que en él llama la atención es el celo con que se atiende su higiene. En un extremo de la nave derecho existe una bóveda donde reposaron en otra época los restos de Arturo Prat, y que actualmente sirve de sepultura al cadáver del obispo titular de Antédone señor Guillermo Juan Cárter, fallecido en el desempeño del vicariato de Tarapacá el dos de agosto del año último.
Posteriormente la iglesia ha recibido algunas reformas, tales como la hermosa mampara y la pintura de los muros, tanto internos como externos, y ha sido también honrada por una dama de la sociedad de Iquique, la señora de Vallines, quien llevó su piedad hasta dotarla de un magnífico altar, cuyo bautismo fue de gran alcance para los círculos católicos de esta ciudad.
A pesar del espíritu hondamente liberal de la sociedad, el templo vicarial es refugio de sensibles devotos que se consagran al culto católico; pero los días de fiestas, más que un templo es una exposición de bellezas, lujosamente ataviadas, que bajo el disfraz de ir a orar van á lucir los graciosos contornos de sus esbeltas figuras. Si Savonarola viviese ¿qué diría de esto?
La “tenue” con que las damas y señoritas se presentan al templo, es muy diversa de la de Santiago, pues ellas no saben reconocer las gracias seductoras del manto, puesto que la reemplazan por la mantilla de encajes; como así tampoco no saben admirar la magestuosa sencillez del vestido de cachemira, que cambian por el brillante y fastuoso paño de Lyon. Algunas usan trajes de resaltantes colores, otras llevan chaquetillas de mangas cortas cubriendo por tal motivo el resto del brazo con un guante de preville muy bien calzado, que comúnmente eclipsa su brillo, un rosario de cuentas de oro enroscado en la muñeca, y un devocionario de rica tapa de marfil, cuyas páginas leen “a vuelo de pájaro”. Pero lo más admirable no es esto, es el momento de la salida, en que á la luz de un sol radiante, y bajo la minuciosa observación de un público distinguido, desfilan esas bellezas dejando entrever las gracias y los encantos de su beldad y elegancia, que disimulaba la penumbra del templo.
Por fallecimiento de monseñor Cárter el Vicariato de Tarapacá está regido por monseñor Martín Rucker y Sotomayor, sobre quien brilla como un sol de mediodía, la fama de instruído, virtuoso é inteligente prelado, fama muchas veces confirmada por las honrosas acciones del señor Rucker.
El cura párroco lo es el señor Víctor Manuel Montero, que desempeña á la vez el cargo de capellán de la 1ª. División Militar. Nos es muy grato discernirle con franca imparcialidad los títulos de sacerdote moderno y de hombre sagaz que sabe conquistar los corazones.
No hay duda que el Vicariato está hábilmente regido, y que los que ocupan en él los primeros puestos, son dignos reemplazantes de monseñor Cárter, cuya personalidad no ha podido discutirse con menoscabo suyo por las condiciones de su firme carácter y de su clara inteligencia; pero aún así, creemos que Iquique es disidente avanzado del catolicismo, debido al elemento extranjero que predomina, que en su mayoría es inglés, y que como es público el protestantismo tiene hondas raíces en sus sentimientos. El actual vicario se preocupa mucho de todo esto, quiere arraigar en el corazón de los habitantes el amor hacia la religión nacional y en su tarea de fomentar estas virtudes ha formado asociaciones de señoras, pertenecientes á la alta sociedad y ha fundado el Centro Cristiano, que sin duda algunos frutos ha de dar en beneficio de sus deseos.
El 28 de noviembre último, en circunstancias en que la ciudad estaba entregada á los afanes del censo, así como las demás capitales de la República, el Vicariato tuvo la honra de recibir la visita del obispo de San Carlos de Ancud, monseñor Ramón Angel Jara, quien venía de vuelta del Perú en el vapor “Victoria” de la P:S.N.C. á cuya capital fue en misión amistosa á nombre del Gobierno de Chile.
Tanto el Vicariato como las autoridades, queriendo agasajar al obispo, que en Lima fue objeto de respetuosas manifestaciones, y reconocidos también á la patriótica labor de monseñor Jara que con su talento, diplomacia y oratoria, supo unir las dos banderas fraternalmente, nombraron una comisión de caballeros para que fuese á bordo á invitar al obispo para bajar á tierra.
Aceptó el prelado tan honrosa invitación, y á las dos de la tarde, en una embarcación que tenía izada la bandera nacional, llegó al muelle, donde le esperaban numerosos caballeros y una curiosa muchedumbre que le saludó y vivó respetuosamente.
Acompañado de un séquito numeroso y de las bandas de los cuerpos de la guarnición, se encaminó el obispo al Templo Vicarial por la calle “Bolívar”, en el cual se cantó un Te Deum á cuyos postres el señor Jara pronunció un hermoso discurso cuyo recuerdo durará, mientras Iquique se considere en el concierto de los pueblos que admiran el talento de los hombres y estimulan la necesidad de que las naciones vivan siempre unidas por los lazos de cariño y del progreso.
Terminado el Te Deum, el Obispo pasó a los salones de la Vicaría donde se sirvió una copa de champaña que dio ocasión al señor Rucker para pronunciar un hermoso discurso que la prensa acogió en sus columnas. Después de este acto la comitiva acompañó al señor Jara á recorrer la ciudad en carruaje, visitando con detenimiento las ruinas del incendio del 9 de noviembre último, ante cuyo desastre se manifestó asombrado. Visitó también Cavancha.
El mismo día á las cuatro y media, el Obispo se embarcó en el “Victoria” que se hizo á la mar á las seis de la tarde con rumbo á Valparaíso.
Volviendo de nuevo la mirada hacia el Vicariato, dejaremos establecido que éste se fundó en 1880 y que depende directamente del Papa.
El primer Vicario fue el presbítero señor Camilo Ortúzar, fallecido en Italia, y que desempeñó sus funciones desde 1880 hasta 1887. Desde este último año hasta 1890 lo fue monseñor Plácido Labarca, más tarde Obispo de Concepción. Sucedió al señor Labarca don Pedro M. Vivanco, que gobernó el Vicariato hasta 1892 con el carácter de interino sucediéndole el presbítero don Daniel Fuenzalida, que sirvió hasta 1895 fecha en la cual pasó á manos de don Guillermo Juan Cárter, Obispo titular de Antédone quien falleció en su desempeño el 2 de agosto de 1906, siendo reemplazado entonces, con carácter de interino; por el secretario del Vicariato señor Víctor Manuel Montero, quien lo entregó al vicario en propiedad señor Martín Rucker el 3 de enero último.
Para que la historia del curato de Tarapacá no sea puesta en duda y á fin de no entrar en detalles, copiamos una parte de un oficio dirijido por el Obispo señor Cárter á los miembros de su Curia en 10 de Abril de 1906, estracto que se refiere á la historia antigua y moderna de la referida curia.
“Consta de documentos antiguos que, desde hace más de doscientos años, en esta provincia de Tarapacá, dependiente del Obispado de Arequipa, bajo la dominación del Gobierno del Perú, existían las parroquias de Tarapacá, Camiña, Sibaya y Pica.
“Después del Iltmo. señor Obispo de Arequipa don Bartolomé Herrera, por auto de 23 de Junio de 1862, erigió la parroquia de la Inmaculada Concepción de Iquique, segregándola de la de Tarapacá, auto que no hemos podido obtener, á pesar de nuestras dilijencias.
“Parece que la parroquia de Pisagua fue erijida por el diocesano de Arequipa, pero no hay constancia alguna.
“Cuando Chile en 1880 tomó posesión de esta provincia fue creada la parroquia de la Noria por el Vicario don Camilo Ortúzar, pero no hubo auto alguno de erección; se le dió el nombre de parroquia sin trámite canónico y así ha continuado hasta ahora.
“El señor Vicario Apostólico, don Daniel Fuenzalida, erigió canónicamente la parroquia de San Guillermo de Negreiros, por auto de 18 de Setiembre de 1893.
“Hay, además, dos poblaciones muy importantes de este vicariato que imperiosamente exijen sean constituídas en parroquias y son las de Lagunas y de Mamiña.
“No existiendo los autos de erección, no se conocen exactamente las demarcaciones jurisdiccionales de las parroquias y hemos visto que hay una verdadera confusión en sus límites. Varias veces hemos sido consultados por los párrocos sobre la extensión y demarcaciones de sus parroquias, y ha habido necesidad de atenerse á ciertos límites probables que les asigna la tradición.
“Este estado de cosas exijía una pronta solución, y para obrar con acierto en tan delicado asunto, hemos consultado á las personas más competentes de la localidad y que tienen un cabal conocimiento de la provincia de Tarapacá. El proyecto lo hemos remitido á todos los señores curas de la provincia para que, examinándolo detenidamente, hagan las observaciones que crean convenientes antes de ser aprobado.
“Oído pues el examen de los párrocos y del Fiscal nombrado ad-hoc en uso de nuestra jurisdicción que nos ha sido delegada por la Santa Sede invocando el nombre de N.S.J. y el de la S.V.M. declaramos canónicamente erijidas las parroquias de Iquique, Pisagua, Negreiros, La Noria, Tarapacá, Pica, Sibaya, Camiña, Lagunas y Mamiña, con todos los derechos, atribuciones, privilejios, excenciones, prerrogativas y honores que como á tales parroquias les corresponden por las leyes canónicas y por los lejítimos usos y costumbres.”
El Obispo en su memorial a los curas de la Pampa deja establecido que cada una de las parroquias fundadas se crea bajo la advocación de un patrono, y asigna á cada una los límites correspondientes.
Por lo expuesto se manifiesta que la Curia de Tarapacá fue reconstruída y ordenada lójicamente por el señor Cárter, por cuyo motivo la expresada Curia no tiene que ver con el pasado, puesto que nada escrito había, y todo dato referente á ella se prestaba á dudas.
Dependientes de cada una de estas parroquias son los pueblos y oficinas salitreras, comprendidos en los límites que el señor Cárter les señaló geográficamente.
A pesar del espíritu liberal de Iquique no dejan de existir además del Templo Vicarial algunas Iglesias, Cofradías é instituciones relijiosas: tales como la Iglesia de los Salesianos en la calle Manuel Rodríguez, el modesto templo de San Francisco en la calle Latorre, la casa “María Auxiliadora” en la calle José Joaquín Pérez; el “Centro Cristiano” inaugurado con la asistencia de la alta sociedad el 20 de octubre último, en la calle Riquelme.
Las colonias extranjeras poseen también tres templos, situados, el uno: en la calle Orella que es serio y elegante y que se denomina “Church of Michael and all Angels” el cual está administrado por un comité especial formado por seis caballeros británicos, corriendo el servicio relijioso á cargo de un capellán, y los templos evangélicos ó metodistas situados en las calles Barros Arana y Esmeralda.
Los chinos también poseían un templo en la calle Tarapacá, que abrían al público cuando celebraban el año nuevo, que ocurre, según su calendario, en fecha muy diversa á la que celebramos el nuestro. A esta fiesta invitaban á la sociedad, que concurría con el objeto de conocer ese culto extraño, que tenía la particularidad de ofrecer un cerdo abierto, rodeado de confites y tortas. El incendio de 9 de noviembre último devoró este edificio.
Es propicia la ocasión para describir la fiesta de los chinos:
A principios del año actual, la colonia asiática, siguiendo la costumbre de todos los años, abrió su templo para celebrar el aniversario del natalicio de Confucio, con ceremonias dignas del recuerdo por la superstición de esa raza.
El templo es una habitación no muy vasta, y que se encuentra ocupada en su mayor parte por un severo altar, en cuyo fondo se venera la imajen de Confucio.
El altar tiene semejanza con los altares de nuestras iglesias, sólo con la diferencia que en los candelabros, en vez de velas, los chinos colocan una especie de plumas de pavo real, en forma de abanicos, y en el punto donde el sacerdote debe de oficiar, se colocan tortas y pasteles, granadas, piñas y otras frutas, y á lo largo dejan tres ó cuatro velas de cera con pintorescos dibujos.
En el sitio donde en donde en nuestros altares se coloca el copón de hostias, los chinos exhiben la figura de un animal semejante al león, cuya cola dorada es de resorte y en forma de abanico.
El altar se divide en dos partes: en la principal se coloca lo que ya hemos manifestado, y en la otra está el retrato del filósofo.
La postura de Confucio es algo extraña. Está revestido de un traje muy raro y muy pintoresco y por cierto muy parecido al de los mandarines chinos. Su cara es estremadamente redonda, sus bigotes son muy largos y tiene dos peras: la una nace del labio inferior y la otra debajo de la barba. En sus manos tiene unos documentos, Lo acompañan un hijo y un pariente, colocados á derecha é izquierda.
A los pies del cuadro, los chinos han colocado, un busto de yeso que representa á un hombre de ceño duro, con cuernos en la frente y envuelto en un manteo que aprieta sobre el pecho. Tiene, además, unos bigotes llevados de extraña manera en cuyas puntas posee algunos pelos que les da la forma de un plumero.
Casi al pié de este busto, habían colocadas tres tazas de té, lo que sin duda alguna constituía una ofrenda, del mismo modo como nosotros colocamos flores y otros objetos al pié de los santos de nuestra relijión.
Por todas partes había incensarios que despedían olores muy extraños que se confundían con el olor del cerdo asado que en el altar habían tenido depositado en el día, y el cual fue comido por los chinos durante el banquete de la colonia en medio del más delirante entusiasmo.
En la habitación contigua á la del altar, humeaba una lamparilla colocada al pié de un santo que se hallaba oculto en un torno semejante al de los comedores. La muralla de esta especie de sacristía, está rodeada de escrituras chinas, colocadas en tableritos, y las que están hechas sobre papel rosado simétricamente cortado.
De la sacristía pasamos a un gran pasadizo cuyos muros están rodeados de pinturas alusivas á la relijión y costumbres chinas. En el centro tiene un cuadro que representa las imájenes de unos animales semejantes al león que vienen descendiendo de una montaña, lo que se adivina por la colocación que tienen. En el mismo pasadizo y próximo á la puerta se encontraba una especie de doseles redondos y pintorescos, los cuales descansaban sobre una butaca. Al lado de éstos había un rico estandarte de seda, varios faroles y numerosas tablas rojas escritas en el idioma del Celeste Imperio. Parece que todos estos objetos mencionados son los que usan en las procesiones que celebran por el interior de su templo.
A continuación tienen los chinos una vasta sala donde recibían á las personas que ya habían visitado el altar, también rodeada de cuadros, de objetos y de escrituras chinescas.
En el piso bajo poseen además dos ó tres salones, en los cuales sirven á la concurrencia, sidra, pasteles y otros manjares. En este acto los asiáticos son exquisitamente cultos; hacen lujo de atenciones que lejos de inspirar mofa y desprecio por sus supersticiones, nos inspiran un respeto emanado de esa consideración que se hace el vulgo ilustrado de lo que es fruto de la conciencia humana, por estravagantes que nos parezcan sus ideas.
La música de los chinos es también algo extraña. Todo se reduce á golpes muy sonoros y melancólicos, dados en cajas que producen ruidos que sobresaltan. Siendo su música absolutamente despojada de aquello que despierta dulces emociones en nuestro corazón, cubre sin embargo nuestro espíritu de una melancolía siniestra, de un sentimentalismo que no tiene otra esplicación que los sobresaltos que nos causa la transición momentánea á sus creencias, que son tan diversas de las nuestras.
PLAZA DEL “CUARTEL DE INFANTERIA”
Los jardines que rodean este hermoso cuartel, habitado en la actualidad por el Regimiento de Infantería “Carampangue”, son dignos de atención.
Fundados en 1896, conjuntamente con el edificio, han sido separados de la acera por una sólida reja de madera, de modo que forman más que una plaza pública, un sitio privado y de absoluta dirección de la oficialidad que reside en el cuartel. En el centro poseen un elegante kiosko, donde la banda del Regimiento no sólo distrae galantemente la vida de los oficiales, realzando sus fiestas periódicas y sus viernes de moda, sino que también es un atractivo para los que habitan en el populoso barrio donde se encuentra el Cuerpo de Infantería.
En otra época la acera estuvo cubierta de escaños, que la Superioridad militar hizo retirar por creer que dañaban los intereses del Regimiento.
No nos limitaremos solamente á hacer este rápido bosquejo de la plaza; ella nos tiende un lazo para describir el cuartel y tratar de todo lo concerniente á la 1ª División, y en efecto nos pronunciamos en este sentido.
El cuartel á que hemos hecho referencia fue construído hace once años. Tiene un agradable aspecto y si no es mucho decir, añadiremos que tiene una fachada lujosa con todo el aire de magna fortaleza que hace honor al Ejército y á la ciudad de Iquique. Ocupa una manzana de terreno: su construcción es de madera, á excepción de la base que es de piedra: posee tres elegantes torreones donde se coloca el pabellón nacional. El sitio es de propiedad municipal y por este motivo la corporación de los ediles considera como públicos los jardines y los denomina : plaza del Cuartel de Infantería. Está avaluado en 800,000 pesos, y aunque esta cifra parece enorme, sin embargo de ello, es ese su valor y tal vez más, pues en Iquique la madera y demás elementos para construir son muy costosos.
No obstante de ser muy espacioso, se le considera insuficiente para la dotación de paz que posee actualmente, que son 620 hombres. Por esta causa se ha solicitado del Gobierno los fondos necesarios para cubrir con altos los costados norte, este y oeste, ya que el costado sur está dotado de ellos y los cuales sirven de habitaciones particulares á los oficiales.
El actual Comandante ha introducido modificaciones importantes, tales como: la renovación de las pinturas de los muros, de las habitaciones y de la fachada del cuartel; la instalación de escusados de patente, los cambios de lavatorios de tropa; las composturas de cañerías y de llaves de agua; la construcción de habitaciones nuevas en el segundo patio, y también de dos departamentos en el piso de los oficiales, habiendo hecho desaparecer al mismo tiempo dos peligrosas aberturas que fueron cerradas con la construcción de los departamentos ya mencionados.
Entre otra de las mejoras que ha efectuado, no es conveniente olvidar la transformación de una vieja sala de banderas en salón anexo al Casino de Oficiales.
El referido casino no es ni estenso ni elegante. Consta de cinco departamentos que son: la sala que habilitó últimamente el Comandante, el salón , la biblioteca, sala de billar y comedor.
El menaje de estas habitaciones es muy modesto; reina en todo una sencillez espartana. Sus muros están adornados con algunos cuadros que en su mayoría representan retratos de Comandantes y Oficiales que ha tenido el “Carampangue”; episodios de guerras estranjeras; fotografías de ejercicios de campaña de algunos cuerpos de nuestro Ejército. Entre estos recuerdos sobresalen dos que tienen vistas fotográficas de los Almirantes y Jenerales del Imperio del Sol Naciente, que fueron obsequiados por los jefes de un buque japonés que vino por primera vez á Iquique en Octubre del año último, en virtud de un tratado de amistad y comercio ajustado entre Chile y el Gobierno del Mikado. El buque se denominaba Kasato-Marú, habiendo pertenecido durante la guerra ruso-japonesa á la flota del Czar con el nombre de Kassan. En el combate naval de Tsu-Shima, el espresado buque fue hecho presa de guerra con dos mil hombres por los japoneses.
Estos últimos en su visita al cuartel, se mostraron admirados por el progreso militar de nuestro Ejército, encontrando que todo guardaba gran analogía con el de su país.
El “Carampangue” fué fundado en 1895 en Cauquenes por el Coronel señor Enrique Sinforoso Ledesma, actual jefe de la 1ª División de Infantería y Comandante provisional de la 1ª División, quien tuvo que vencer grandes dificultades para poder organizarlo, porque en esa época, y á causa de la desmoralización que existía por la contienda civil de 1891, todos los elementos para formar batallones estaban corrompidos.
Desde Cauquenes el señor Ledesma llevó a Concepción el Cuerpo que organizó con especiales sacrificios, en cuyo punto se hizo cargo del mando de él el actual Coronel don Pedro María Rivas Cruz, á quien sucedió en 1899 el actual Comandante del Rejimiento “Buin”, teniente coronel don Luis Felipe Brieba.
En 1900 el señor Brieba se trasladó con su batallón á la ciudad de Tacna. En cuyo punto le sucedió el Coronel don Roberto Souper, encontrándose bajo las órdenes de este jefe en 1903 al venirse el “Carampangue” á Iquique.
En 1905 el Coronel Souper fue destinado á otra repartición militar, dejando el batallón al teniente coronel don Arturo María Briones, á quien sucedió en Junio de 1906 el Mayor don Benjamín Villarreal, que desempeña en la actualidad el cargo de Comandante.
El señor Villarreal que figuró en la campaña de 1879 y en la revolución de 1891 al lado del Presidente Balmaceda, es un jefe prudente y reflexivo. Con un espíritu tranquilo y benévolo procura á sus oficiales una era de paz “octaviana” que en los tiempos de terror, hubiera sido el sueño dorado y la codicia de los jefes y oficiales que pertenecen á la vieja generación militar.
El oficial que desempeña las funciones de segundo jefe, los es el Capitán de 1ª clase señor J. Clímaco Araya, que también figuró en la campaña de 1879, pero que lleva al señor Villarreal la hermosa ventaja de haber invalidado gloriosamente con la fractura de una pierna, en la memorable jornada del 26 de Mayo de 1880, conocida en las pájinas de nuestra Historia Militar, con el nombre de batalla de Tacna ó del Alto de la Alianza.
El “Carampangue” se denominó en otra época: el 5° de línea. En 1895, fecha de su reorganización se le bautizó “Carampangue”, en recuerdo de la batalla que sobre las márgenes del río de este nombre ganó en 27 de Mayo de 1818 el General don Ramón Freire, en las luchas contra la madre patria.
No estamos muy seguros al escribir el hecho de que esta sea la primera vez que el Cuerpo que se denominó batallón Santiago, 5° de línea, se le denominase “Carampangue”, pues, en 1879, al despedir en Valparaíso el brillante escritor nacional don Benjamín Vicuña Mackenna, á los batallones que marchaban al Norte, para pelear en la guerra, entre los enaltecimientos de la guerra de los Cuerpos Militares de Chile, dijo: “¿Sabéis qué papel se reservaba al “Carampangue”, cuando nuestro ejército luchaba en el campo de la guerra? Se le dejaba para la reserva; para decidir con él los destinos de la guerra. Tal era, señores, la fama y la gloria que precedía al “Carampangue”.
La oficialidad del expresado Regimiento se compone en la actualidad de quince oficiales, inclusos el Contador, el Cirujano y el Preceptor; pero en años anteriores ha tenido un número mayor, llegando hasta el de veinte y más oficiales.
Durante el presente año ha tenido el sentimiento de ver alejarse de sus filas á algunos de sus miembros que han sido destinados á prestar sus servicios en otros cuerpos. Sin embargo de esta sensible separación, entre la que se cuenta al Teniente 2° Sr. Carlos Espinace, á quien recordaremos especialmente en obsequio á sus virtudes cívicas y militares, como también á los tenientes los señores Jorge Engelbach y Luis Garretón y el Capitán de 1ª clase don Federico García Gallardo, retirado á principios de año, estas bajas han sido llenadas por oficiales que con sus cualidades han sabido borrar el abismo de la separación, contándose entre éstos á los tenientes los señores Arturo Luna y Otto Nashold, muy estimados en el Ejército por sus relevantes prendas y al Teniente de igual categoría, señor Carlos E. Downey, cuya inteligencia y sólidos principios de honradez y de moral, son una fiel garantía para el Ejército y la Sociedad. Los dos últimos oficiales han ingresado al Regimiento casi al cerrar el presente año.
Damos á continuación el cuadro demostrativo de la oficialidad que posee actualmente:
Comandante.- Mayor don Benjamín Villarreal.
Teniente 1°.- Ayudante, señor Luis Opazo.
Contador 1°.-Señor Francisco J. Ovalle.
Cirujano 1°.- Doctor don Luis Campos.
Preceptor normalista.- Señor Eduardo Salinas.
2° Jefe.- Capitán de 1ª clase y Comandante de la 6ª Compañía, señor J. Clímaco Araya.
Capitán de 2ª clase y Comandante de la 1ª Compañía.- Señor Rogelio del Pozo Barceló.
Capitán de 2ª clase y Comandante de la 2ª Compañía,. Señor José Abraham Jara.
Teniente 1° y Comandante de la 5ª Compañía.- Señor Jenaro Muñoz.
Teniente 1°.- Señor Pedro Bustamante.
Teniente 1°.- Señor Ramiro Valenzuela.
Teniente 1°.- Señor Arturo Luna Martínez.
Teniente 1°.- Señor Cérsar Camaño.
Teniente 1°.- Señor Manuel Lémus.
Teniente 2°.- Señor José Manuel Barrios.
El Regimiento “Carampangue” como el Regimiento de Caballería “Jeneral Bulnes”, que guarnecen esta capital, se encuentran bajo las órdenes de la Comandancia de la 1ª División, cuyo jefe provisional es el Coronel don Enrique Sinforoso Ledesma. El jefe en propiedad de la División, es el Jeneral de Brigada don Roberto Silva Renard, que se encuentra en Europa, entregando la Comisión Militar á su sucesor General Ortúzar.
En Iquique han estado de guarnición, además de los cuerpos ya nombrados varios otros, entre los cuales se cuentan: el de Caballería “Húsares del general Carrera”, trasladado á Angol en 1904; el “Chacabuco”, que tuvo su cuartel en la calle Tacna, cercano á la casa que ocupa la División actualmente, en el punto que el vulgo denomina Conventillo de las Camaradas; el 3° de línea; el batallón “Pisagua”, la Compañía de Ingenieros Militares “Atacama” que se encuentra de guarnición en Tacna, y el Regimiento “Rancagua” también en la misma ciudad.
El 8° de línea tuvo su cuartel en el Instituto Comercial, en la calle Aníbal Pinto; el “Húsares” en el Morro; el “Rancagua”, en el edificio del “Carampangue”, después de 1896, y la “Compañía Ingenieros” en la escuela “Domingo Santa María”.
La División comprende desde Coquimbo hasta Tacna, de modo que, dependientes de ella son los siguientes cuerpos:
Regimiento de Artillería “Arica” de guarnición en La Serena.
Regimiento de Infantería “O’Higgins”, de guarnición en Copiapó.
Regimiento de Infantería “Esmeralda”, de guarnición en Antofagasta.
Regimiewnto de Infantería “Carampangue” de Guarnición en Iquique.
Regimiento de Caballería “Jeneral Búlnes” de guarnición en Iquique.
Regimiento de Infantería “Rancagua”, de guarnición en Tacna.
Compañía Zapadores Pontoneros “Atacama”, de guarnición en Tacna.
Las Zonas Militares, como llamaban antes, fueron credas el 19 de Julio de 1895, pero sólo habían tres zonas cuyos asientos eran Iquique, Talca y Concepción. Después fue creada la 4ª y también la 5ª . Esta última, cuyo asiento fue Valdivia, tuvo una existencia muy corta. En 1906, estas zonas fueron denominadas Divisiones; así que el país está dividido militarmente en cuatro partes.
Hasta 1903, el asiento de la zona fue la ciudad de Tacna. En el mencionado año, la Superioridad Militar la trasladó á esta capital conjuntamente con el “Carampangue”.
Desde 1900 hasta el presente ha tenido los siguientes jefes:
General de División y ex-Ministro de Guerra y Marina durante el Gabinete presidido por don Aníbal Zañartu, el último de la administración de don Federico Errázuriz, señor Wenceslao Búlnes;
General de División retirado actualmente del servicio y ex-Ministro de Guerra y Marina, durante el Gabinete presidido por don Manuel Salinas, el último de la administración de don Jermán Riesco, señor Salvador Vergara Alvarez;
General de División y autor de la Geografía Militar de Chile, señor Jorge Boonen Rivera;
General de Brigada, ex-Jefe de la Comisión Militar en Berlín, don Roberto Silva Renard;
General de Brigada y actual jefe del Departamento del Personal señor don Roberto A. Goñi;
Coronel de Ejército y antiguo Ministro de Estado durante la Administración Balmaceda, don Juan de D. Vial Guzmán, quien se encontraba de jefe de la zona en 1903 época del traslado á Iquique, el cual fué reemplazado nuevamente por el General señor Silva Renard, á quien sucedió el General don Roberto A. Goñi, el cual se trasladó á Santiago el 17 de Agosto del año último á raíz del terremoto de Valparaíso para desempeñar el puesto de Jefe del Departamento del Personal. Al expresado señor Goñi, sucedió el benemérito General don José Ignacio López Fuenzalida que tan bellos recuerdos dejó á su paso por Iquique. Sucesor del señor López, fue nombrado nuevamente el General señor Silva Renard, pero mientras él no llegase, el comando de la División recayó transitoriamente en el señor comandante don Alejandro Binimelis. Este digno y respetable jefe, permaneció en dicho cargo muy poco tiempo, sólo el necesario para que se trasladase a Antofagasta, asiento de la 2ª Brigada el Jefe de ésta, señor Ledesma, nombrado Jefe de la 1ª en razón de poseer un grado más alto que el señor Binimelis y poder reemplazar al General señor Silva ausente en Europa. El Comandante señor Binimelis que durante e tiempo que estuvo el General señor López desempeñó en propiedad el cargo de Jefe de la 1ª Brigada, fue nombrado Jefe de la 2ª que desempeñaba el Coronel señor Ledesma.
La oficialidad que compone la División es la siguiente:
Jefe de Estado Mayor, mayor señor Juan Mac-Lean, cuya vasta ilustración y brillante inteligencia son reconocidísimas por la superioridad militar. El señor Mac-Lean posee varios idiomas al mismo tiempo que un carácter generoso y benévolo que le conquistan las simpatías de la opinión pública. Actualmente está consagrado al estudio de las fortificaciones del Norte;
Capitán Ayudante del General en Jefe de la División señor Víctor Rivera, á quien han conquistado un espectable lugar en la ilustre corporación militar su inteligencia, ilustración y espansivos sentimientos:
Oficial de Estado Mayor, Capitán señor Orozimbo Barbosa, cuyo nombre nos evoca el recuerdo de una de las personalidades más notables y valientes del gran pasado militar de Chile. No sería justo que tratásemos de realzar solamente la figura moral del Capitán Sr. Barboza con los resplandores de la gloria del General, sin mencionar las condiciones particulares de su carácter cifradas en su austeridad y lealtad al cumplimiento des sus nobles obligaciones.
La Comandancia de la División funciona actualmente en la calle Latorre, casi esquina de Tacna. Ocupa un lugar espacioso que fue comprado al gremio de Jornaleros; allí mismo tiene su asiento la Intendencia Militar y se encuentran las habitaciones particulares de todos los funcionarios civiles y militares dependientes de la División; pero el Comandante en Jefe habita la casa de los altos.
En 1906, la Zona, cambió su título por el de División y conjuntamente con este acuerdo del Supremo Gobierno, se crearon las Intendencias de División, siendo Iquique asiento de la primera de ellas.
La expresada oficina tiene á su cargo la fiscalización de los cuerpos de toda la Zona, desde Coquimbo á Tacna, en lo que respecta á la administración económica, siendo ella la que celebra los contratos de forraje, de rancho, las construcciones de cuarteles y la que procura el calzado y demás prendas á los soldados de toda la División.
Por el detalle de los servicios que acabamos de hacer se ve que la misión de los funcionarios del Departamento Administración Militar, revestido con la toga de Intendentes de División, es sumamente compleja.
Antes de 1906, existieron en la Zonas, las Delegaciones, que por falta de un reglamento igual al que hay en vigencia actualmente, cesaron de funcionar, siendo la última que hubo en Iquique la que funcionó en 1902. Quedó vigente sólo la de Valparaíso, que todavía conserva su título de Delegación, ya que el asiento de la 2ª.División, de la cual es dependiente ella, se encuentra en Santiago.
La oficina que se halla instalada en Iquique, está bajo las órdenes inmediatas del Comandante en jefe de la División, y, es servida por funcionarios de Departamento Administrativo, tan competentes y dignos que creeríamos no tributar elogios á sus virtudes si omitiésemos escribir sus nombres al borde de estas páginas.
– Sub-Intendente Militar señor Julio Alberto Hinojosa, hijo del General del mismo nombre, el cual ha servido en el Departamento Administrativo, (antes Intendencia General del Ejército), más de catorce años, desempeñando la administración económica de varios cuerpos, entre éstas la del Regimiento de Caballería “General Baquedano” y la del Regimiento Lanceros “General Cruz”, en cuyo desempeño observó siempre una gentil conducta, que la Superioridad Militar ha recompensado, llevándole al alto puesto que desempeña en la actualidad. El señor Hinojosa reúne á su inteligencia y versación en el complejo mecanismo de la Intendencia, una carácter muy franco y generoso, que le hacen profundamente querido en la opinión pública.
– Contador 1° señor Guillermo E. Rodríguez, en quien ya nos hemos preocupado como escritor. El señor Rodríguez desempeñó en 1906 la administración de la caja del Regimiento “Esmeralda”. Posteriormente, con la rica ayuda de su inteligencia é ilustración, ha redactado un tratado de asimilación de contadores á las diferentes categorías del Ejército, lo que le valió las felicitaciones del jefe del Departamento Administrativo, Coronel señor Vicente del Solar; y
– Contador 3° señor Octavio Montalva, que aunque, recién ingresado en la carrera, no hay duda de que por el despliegue de laboriosidad de que hace lujo, ocupará en época no muy lejana los puestos de la vanguardia en la Administración Militar.
Todos estos funcionarios se encuentran bajo la dependencia de un antiguo empleado de la Intendencia General, que lleva el título de Intendente de División.
PLAZA “BRASIL”
Bajo este nombre se conocen los jardines que se encuentran al frente del Cuartel de Policía.
La mencionada plaza tiene una cuadra de extensión y está cubierta de hermosísimas plantaciones, habiendo numerosos magnolios, plátanos, pinos y varias otras que le dan un bellísimo aspecto. Si algo menoscaba su importancia, es la reja que la circunda, que es extremadamente baja y ordinaria.
En el centro de los jardines se alza gallardamente un kiosko de madera con arcadas, que recuerdan las construcciones moriscas. Actualmente este kiosko es un adorno casi inútil, porque desde hace bastante tiempo ninguna música le hace los honores. En años atrás tocaba en él la banda del extinguido Orfeón Policial, que tan amena hacía la vida de la localidad.
Una orden superior, dictada á instancias de un Jefe del Ejército que fue Comandante de la Zona, cortó el hilo de la vida al renombrado Orfeón, teniendo como fundamente el expresado jefe el hecho de que las bandas militares carecían de músicos, por que casi todos se enrolaban en la banda policial, lo cual era una verdad por cuanto que la policía les remuneraba bien. Dicha banda se componía de 45 individuos á quienes el público aplaudía con frenesí.
El edificio del Cuartel de Policía, á cuyo frente se fracciona el largo jardín que denominan plaza Brasil, dejando expedito un caminillo hacia la calle O’Higgins, punto donde se encuentra, ocupa una manzana de terreno y es de propiedad municipal. Fué uno de los primeros edificios que construyó el Gobierno de Chile, después de la toma de Iquique. El trabajo fué dirigido por el señor Eduardo Llanos. Como todo lo de Iquique, es de construcción lijera, pero correcta, y muy en armonía con los servicios que en él se desempeñan.
En el extremo oriente se encuentra la casa que habita el actual Prefecto de Policía señor don Oscar Gacitúa Carrasco y las oficinas de este funcionario; en el centro se encuentra el cuartel á cuyo lado se halla la casa del Alcaide señor Belarmino Arancibia, funcionario que desempeña este puesto desde hace dieciocho años. Anexo á la Alcaidía se encuentran los Juzgados del Crimen, cuyo turno semanal sirven los dos Jueces de Letras de la localidad, señores Roberto Alonso é Ismael Poblete.
Al frente de la mencionada plaza existen varias casas particulares de elegante apariencia.
La plaza Brasil podría ocupar uno de los primeros puestos entre las plazas de Iquique; pero, creemos que su prestigio es duramente monopolizado por la tétrica presencia de la Cárcel, ese desventurado asilo de seres desgraciados, á quienes, sus extravíos y engaños, engendrados en la fuente de su misma naturaleza, sacrificaron á la libertad individual.
PLAZUELA DE LA ADUANA
El gran espacio que existe frente al muelle, y donde se encuentra el edificio de la Aduana, es conocido con el nombre de plazuela de la Aduana. Dicho espacio está cubierto en la actualidad por las mercaderías importadas y que no han tenido colocación en las bodegas y corrales destinados á la recepción de la gran carga que nos llega del exterior.
Se ha querido introducir en ella modificaciones de importancia, tales como: las plantaciones de árboles y flores y la colocación de la estatua de Arturo Prat, que trabaja el reputado artista nacional Virginio Arias; pero, parece que posteriormente la Municipalidad ha desistido de ese propósito, en vista de la falta notable que haría á la Aduana ese espacio que se ha proyectado convertir en un rincón de hadas, falta que sería cada vez mayor si se toma en consideración el gran desarrollo comercial de Iquique.
El edificio de la Aduana, donde se encuentran también las oficinas de la Gobernación Marítima y de la Tesorería Fiscal, es de construcción antiquísima, pues fue edificado hace cerca de 50 años, aunque en el frontis se lee: 28 de Noviembre de 1879 , que es el día en que los chilenos tomaron posesión de la plaza. Si hemos de hacer honor á la tradición, debemos dejar establecido, que el terreno donde se alza la Aduana, fue adquirido en 1789 en la suma de $ 2.900 valor que debía pagarse con los derechos de almacenaje; pero en aquellos años era sencillamente una bodega estrecha, como que estaba construída en armonía con la poca actividad que entonces tenía Iquique. Años después, y en el mismo punto, construyó el Gobierno Peruano la Aduana actual que tanto honor hace á esta histórica ciudad.
El mencionado edificio es fuerte y de severa apariencia. Tiene mucha semejanza á los edificios que tanto en Lima como en Santiago llevaban á cabo los colonizadores de la madre patria. Sus cimientos son de piedra; pero, el cuerpo del edificio está hecho con cañas de Guayaquil, reforzadas con cemento romano; es de una solidez admirable, de la cual da elocuente testimonio la fuerte resistencia que á puesto á las violentas embestidas del mar, pues, aparte de haber desafiado las bravas tormentas de 1868 y 1877, las olas, antes de las disecaciones del mar, le hacían con gran frecuencia objeto de sus embates, los cuales desdeñaban gravemente los fuertes muros del edificio.
La Aduana es bastante espaciosa; posee en el piso bajo grandes bodegas que corresponden á las diversas secciones en que ella está dividida, así, por ejemplo; existe una gran bodega enteramente oscura, donde se encuentran depositados numerosos cajones de licores importados, por los que los Vistas cuando la enseñan á los viajeros dicen con mucha naturalidad: aquí tiene Ud. señor, el depósito de la borrachera de Iquique. Otras secciones están destinadas á los trapos, á las joyas, y así sucesivamente tiene su clasificación las grandes bodegas. No son únicamente los puntos señalados que contienen las mercaderías, pues, a un costado, la Aduana tiene anexo un gran corral donde se depositan millones de bultos. Este corral se encontraba hace cuatro ó cinco años atrás, muy cercano al muelle, es decir en el mismo punto que el ex-Administrador de la Aduana señor Carrión, rodeó con una reja, y fue trasladado más al interior, á fin de que los viajeros no se impresionasen desfavorablemente de Iquique con su menguada presencia.; pero á medida que el desarrollo comercial ha ido creciendo, ese punto que quedó vacío se ha cubierto lentamente con las mercaderías que entran al puerto.
En los tiempos peruanos, el edificio de la Aduana era conocido por el palacio y para que este nombre lo llevase con toda propiedad, se le dotó de una escalera de mármol, obsequio del difunto Presidente del Perú, General señor Castilla. En ese palacio funcionaron los Prefectos del Gobierno del Rímac. Por allí pasaron el Prefecto Coronel señor Ibarra que trajo como secretario al reputado literato señor don Modesto Molina; el General López Lavelle y los Coroneles señores Justo P. Gallardo y Manuel J. De los Ríos, éstos tres últimos, íntimamente vinculados á los acontecimientos de 1879. Allí estuvieron prisioneros los 49 sobrevivientes de la “Esmeralda” y en él han tenido su despacho todos nuestros jefes políticos é Intendentes, hasta que se determinó por el Supremo Gobierno que estos últimos funcionarios llenasen su cometido en el edificio de los Tribunales de Justicia, situado en la calle Baquedano.
Frente á la Aduana se encuentra el resguardo, cuyo comandante lo es el señor Francisco J., Vicuña Prado. Dicha sección está servida por un personal numeroso, dependiente de la Administración de Aduana. La oficina tiene anexa una sala donde se depositan y pesan los bultos menores.
La plazuela está rodeada de algunos edificios vulgares en su mayoría como: la casa comercial y de habitación del acaudalado caballero señor Pablo Mitrovich; las Bombas contra incendios, varias cantinas, agencias y bodegas comerciales.
El muelle de pasajeros se encontraba en otra época frente al edificio de Aduana. Las disecaciones del mar han hecho que se le construya donde hoy se encuentra y tal vez se hubiera encontrado en la Isla Serrano en la actualidad si se hubiese llevado á cabo el grandioso proyecto de disecación, concebido por el Presidente señor Balmaceda en 1889, cuando visitó esta capital en su carácter de Jefe de Estado.
En la bahía de Iquique existen comúnmente fondeados de cuarenta á cincuenta buques mercantes, y el tráfico de vapores de la Compañía Inglesa y Sud-Americana que hacen la carrera entre Valparaíso y Panamá y viceversa, es ahora muy frecuente, mediando sólo tres á cuatro días entre la llegada y salida de un vapor.
El Administrador de la Aduana de este puerto es el honorable caballero señor don Manuel Urrutia, cuya competencia é integridad son ampliamente reconocidas por el Supremo Gobierno y la opinión pública. Sucedió en este importante cargo al laborioso é inteligente caballero don Benjamín Carrión, recientemente trasladado á la Aduana de Antofagasta en reemplazo del señor Urrutia ya mencionado.
El personal que compone la Aduana de Iquique es numeroso y competente. Con toda propiedad se puede decir que al frente de esta oficina, que aporta al erario nacional todos los años cerca de cincuenta millones de pesos, existe una legión de inteligentes y laboriosos funcionarios que conocen especialmente el resorte de esa complicada máquina que trasmite la vida á la riqueza pública. Después del señor Urrutia, el más alto funcionario es el señor Norberto Cárter, de cuyas honrosas condiciones no necesitamos exhibir pruebas, porque basta y sobra para que seamos comprendidos, su reciente elevación al honroso cargo que desempeña.
El Gobernador Marítimo, es el Capitán de Navío señor Miguel Aguirre. Al citar su nombre nos vemos incontrovertiblemente obligados á dedicar frases elojiosas en honor del señor Aguirre; pero ¿ qué más de elogioso podemos decir que, es el Gobernador Marítimo, cuando sabemos que nuestros austeros gobiernos no traen á estos importantes cargos sino á los marinos que reúnan las condiciones que el señor Aguirre reúne? Con esta declaración creemos escusado todo elogio.
Volvamos enseguida la vista hacia la Isla Serrano.
En nuestro afán de conocer todo lo que rodea á Iquique hemos visitado la célebre isla que por el guano fue durante el período incaico la reyna de los salvajes.
Nada pintoresco nos ofrece, porque es, como la mayor parte de los puntos de esta región hondamente árida. Su importancia se cifra en el guano que encierra y en el nombre glorioso que lleva, el cual recibió de nuestras patrióticas autoridades como un galardón de honor al firmarse la capitulación de Tarapacá.
Conocida en los tiempos primitivos con el nombre de isleta Iquique, no tardó mucho en denominarse Blanca y posteriormente, á la espiración del poder peruano, se denominaba Cuadros, apellido de los señores que en una época explotaron el guano.
Unida por un molo con el puerto de Iquique en 1899, el cual empalmaba con el muelle particular del señor Pablo Mitrovich, cónsul de Imperio Austro-Húngaro, en esta capital, quedó al cabo de muy poco tiempo sin comunicación, debido á que las fuertes olas de la parte sur lo destruyeron completamente, no obstante haberse invertido en él la enorme suma de tres millones de pesos.
Opiniones técnicas de respetables personalidades, aseguran que este trabajo fue hecho sin el menor interés; sin ninguno de los requisitos que lo pusiesen á cubierto de la braveza del mar, que de Junio á Septiembre es temible; y que las enormes piedras que debían servirle de base se arrojaban sin cálculo matemático de ninguna especie, llegándose á formar una pira bastante recargada, pero movediza. Actualmente se cree que está firme; que ha asentado á causa del tiempo que ha mediado desde su construcción. En la mitad de dicho molo se trabajó un puente á fin de que su claro sirviese de paso á las lanchas, las cuales, en el período citado de Junio á Septiembre, están expuestas á un recio naufragio.
El molo fué, mientras no se derribó, una arteria que llevaba á las familias de Iquique á la Isla Serrano, donde sacudían la monotonía de su vida, quizás con la misma aridez que ella encierra.
Al iniciarse la construcción del expresado molo se tuvo en vista hacer importantes modificaciones en la Isla en provecho del Fisco, pues en ella se construiría una gran bodega para guardar el salitre, un muelle para llevarlo á los buques mercantes, ahorrándose de esta manera el gasto de los trabajadores y se verificarían también otras mercaderías de gran importancia.
El ingeniero que estuvo á cargo de los trabajos fue don Arturo Undurraga.
El muelle de la isla está bastante deteriorado. Su piso es imperfecto; los tablones se encuentran colocados á alguna distancia unos de otros y si á esto se agrega la carcoma que los roe, resulta que el muelle es una gran calamidad. Allí se encuentran numerosas herramientas, fragmentos de botes despedazados y una boya que se colocara en el punto en que se encuentra sepultado el Melpómene, buque incendiado con salitre hace algunos años, á fin de que sirva de aviso á los buques que fondean los mares de Iquique, no obstante de hallarse sumergido en sus profundidades. Al extremo de este muelle, de que hacemos mención, existen los útiles que se emplean en los trabajos del derrocamiento de la bahía, cuya obra está á cargo del ingeniero señor Juan Rigolette, quien ha cumplido hasta ahora su labor en forma satisfactoria para la autoridad naval. Encuéntrase también en el mismo extremo la puerta de una gran bodega que está atravesada por una línea férrea que se halla en comunicación con la del muelle, y en la cual se guardan las herramientas que se utilizan en el derrocamiento. Próximo á esta bodega, existe otra igualmente extensa, atravesada también por una línea férrea, sobre la cual descansa una máquina bastante arruinada que sirvió para arrastrar los carros conductores de las piedras y materiales que se emplearon en el trabajo del molo. La expresada vía férrea, está en comunicación, con otras líneas que se hallan cortadas mucho antes de llegar al centro de la isla, quedando solamente el diseño de la parte destruída.
A un costado de la Isla, existe un varadero de lanchas, en el cual se fabrican y reparan botes. Este punto se encuentra sumamente desaseado, como así lo está el rincón, donde se instalan los pescadores, el cual está también rodeado de esqueletos de buques náufragos.
Actualmente han establecido en la Isla los marinos del crucero de guerra nacional “Esmeralda”, de estación en Iquique, un polígono de tiro improvisado, para instruír á la tripulación.
El terreno de la Isla es accidentado y cubierto de promontorios. En un punto que está señalado por una cruz blanca, duerme el sueño eterno un marinero de una barca francesa. Sepultado en una caja de raulí sin adornos y sin pintura, pero bastante sólida, sin embargo sus despojos se hallan á la exhibición del público. Los ventarrones marítimos, las gaviotas y alcatraces que invaden la Isla, han puesto en descubierto ese cadáver, al cual acompañan como trofeos de alta mar, un salvavidas y unos restos de cables. Los cuidadores de la Isla también han colocado -sin duda para que el viento no lo descubra mayormente- algunas piedras y varios tarros vacíos.
La casa para el jefe de la estación meteorológica establecida en la Isla y que cuida del faro, está ubicada casi al extremo de ésta, rodeada por una muralla forrada en zinc.
En el patio que posee esta casa, se encuentra el faro que tiene treinta metros de altura, que es de construcción francesa y data de 1878.
El faro es de tercer orden; nos aproximamos hacia él con el objeto de visitarlo. Una pequeña puerta en forma de barriga se abre súbitamente y nos muestra la estrecha y caracoleada escalera que conduce a él, la cual posee noventa y cuatro peldaños. Terminado el ascenso de los peldaños, que es bastante incómodo, nos encontramos con el descanso en que se halla instalada la máquina que hace girar la “cúpula” de cristal de roca, que guía á los navegantes. Dicha “cúpula” se encuentra todavía, mucho más arriba. En este punto, las ventanas del faro, no tienen rejas, sino lisa y llanamente un vidrio que durante el día se cubre con cortinas de lienzo. No pueden tener rejas estas ventanas, porque los navegantes no podrían dominar la luz del faro con perfección. El cuerpo se estremece de terror al mirar hacia abajo y ver la inseguridad que nos ofrecen las ventanas sin balcón. El guardián del faro es don Benedicto Ortiz, muy competente en esta ciencia y que ha tenido igual puesto en otras islas de nuestro territorio. La oficina meteorológica que corre á su cargo está muy bien servida. De paso agregaremos que esta oficina ha sido consultada por el observatorio de Strasburgo, por conducto del Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania, sobre las oscilaciones terráqueas, anotadas en el marcador de la Isla á raíz de un fuerte temblor que hubo en Noviembre de 1905.
A un extremo de la Isla, se hallan tres fuertes del tiempo de los peruanos que están muy deteriorados, y en los cuales se asilaban las familias que durante la revolución de 1891 huyeron á la Isla.
PLAZA “MANUEL MONTT”
La expresada plaza se encuentra en un estado de abandono semejante al en que estuvo hace dos años la plaza “Condell”. Es un sitio abierto, espacioso, sin árboles y sin jardines donde existió hasta 1906 un carroussel.
Generalmente en ella levantan los circos sus tiendas de campaña, habiéndolo hecho, no ha mucho, una compañía que exhibió notable fieras que llamaron vivamente la atención del vulgo, como así también causó sorpresa la audacia de sus domadores. Entre los animales descollaron: un león africano, una pantera, una hiena, un tigre y un gigantesco elefante. Este último en su viaje del Callao á Iquique, causó la muerte á un empleado del vapor “Quilpué”, á cuyo bordo viajaba la compañía. Por haberse querido mofar de él, el elefante le cogió por la trompa arrojándole á una bodega, de la cual salió la víctima tan maltrecha que sucumbió al día siguiente en el Hospital de Beneficencia. Por su parte, el elefante, debido tal vez á su antigüedad, pagó también su tributo á la muerte sobre las playas de Taltal, poco tiempo después de su visita á Iquique, estando la compañía de temporada en dicho puerto.
Los edificios que rodean la plaza “Montt” son muy modestos. Por lo común le rodean pobres viviendas y dos ó tres casas de digna apariencia.
Encuéntrase en ella, la escuela pública “Domingo Santa María” cuyo edificio ocupa una manzana de terreno. Posee dos pisos y un jardín que se halla muy abandonado. En ella estuvo hospedada hace tres años la Compañía de Zapadores Pontoneros “Atacama”, hoy de guarnición en Tacna y en 1891, la Junta revolucionaria tuvo establecido un hospital que sirvió para los que caían en la lucha fraticida. Todavía existe en ella un dispensario. Este edificio fue inaugurado muy poco tiempo después de la guerra de 1879 y la obra fue dirigida por don Eduardo Llanos.
La plaza “Manuel Montt” y la escuela “Santa María” han adquirido desde el 21 de Diciembre último una triste é imperecedera celebridad, por haber servido de asilo á catorce mil operarios de las oficinas salitreras declarados en huelga, en nombre de nuestra deplorable situación financiera.
El día 9 de Diciembre se demostraron los síntomas fatales de la huelga en la Oficina San Lorenzo, situada en el “cantón” de Lagunas. Los obreros exigieron enérgicamente que el pago de sus jornales se hiciese al tipo de 12d.; que les fuese concedida la libertad de comercio en las oficinas por encontrarse absolutamente restringida, viéndose por tal motivo en la necesidad de verificar sus compras en la pulpería de la oficina donde prestaban sus servicios, aunque en otra parte la mercadería fuese mejor, más barata y más de su agrado; que fuesen cerrados con rejas de fierro todos los cachuchos y chulladores de las oficinas; que en cada oficina se colocase al lado afuera de la pulpería una balanza para comprobar los pesos y medidas, y muchas otras cosas que, examinadas con toda conciencia y justicia, se hacían muy razonables las peticiones y muy dignas de estudio por parte de las autoridades.
El día 15 del mes citado, los obreros de la Pampa, en número que pasaba de dos mil, llegaron á Iquique trayendo estandartes con lemas socialistas y banderolas donde se encontraban escritas sus justas peticiones. El descenso fue penoso; la árida y estensa pampa del Tamarugal, coronada por un sol ardiente y fuertes vendavales que levantan un polvo quemante, no ofrece á los viajeros sino imodificaciones. Compréndase cuánto sufriría esa poblada guiada por una convicción sincera; la defensa de su derecho; esa poblada, que venía á pié, con hambre y con sed, ¡imposibles de satisfacer en un desierto! Y si á esto se agregan las mujeres, que venían también inspiradas en la defensa del derecho natural, y en el amor que las unía á los obreros, ese amor de las selvas, inspirado en esa ciega encarnación de los dos sexos opuestos, y que acompaña al hombre hasta el fin del mundo, destruyendo barreras, pisando volcanes y desdeñando los rugidos del Averno, -como lo probaremos más tarde, en el caso de una boliviana- la jornada de los obreros, es una odisea admirable.
Cuando se tuvo conocimiento que la romería se encontraba en las inmediaciones de los estanques del agua potable, tropas de infantería y caballería se dirigieron á ese punto con el objeto de rodear á los obreros, para que no se dispersaran por la ciudad, y escoltarlos al Club Sport, en cuyo recinto quedaron hospedados hasta las cinco de la tarde de ese mismo día, hora en que fueron trasladados á la escuela “Santa María”.
Allí recibieron la visita del Intendente Interino de la provincia señor Julio Guzmán García, á quien acompañaban el jefe accidental de la División y Comandante del Regimiento de Caballería señor Agustín Almarza y los abogados señores Santiago Toro Lorca y Antonio Viera Gallo. Todos estos personajes dirigieron á los viajeros frases amables que dejaron entrever una bella esperanza, que en esta ocasión no encontró en ellos el eco que hallaban cuando la inteligencia del obrero estaba en pañales y no se ofrecía todavía á sus ojos ese magnífico horizonte que ahora les permite vislumbrar el reinado de la República Universal.
El señor Guzmán García impartió las órdenes necesarias para que los viajeros tuviesen un almuerzo abundante y nutritivo, el cual no sólo se les dió ese día, sino todos los demás que permanecieron en esta capital, habiéndose habilitado una sala de la escuela “Santa María” para depositar las provisiones que fueron de la mejor clase y muy copiosas.
El señor Guzmán García, mantuvo una activa comunicación telegráfica con la Moneda, ya pidiendo instrucción, ya tropas para resguardar el orden, y celebró con los salitreros numerosas conferencias á fin de poder solucionar tan crítica situación.
Desde el 15 hasta el 21 de Diciembre la afluencia de ciudadanos pampinos fue enorme, llegando á reunirse en Iquique alrededor de catorce mil almas.
El vecindario iquiqueño, ante tal afluencia de personas venidas de lejanas tierras, en nombre de su derecho, se alarmó profundamente y cerró las puertas de sus hogares. Otro tanto hizo el comercio. Todo esto se verificaba no obstante ser los huelguistas hombres tranquilos y respetuosos; pero si hemos de ser imparciales para dar al César lo que es suyo y á Dios lo que también le pertenece, debemos decir que de esa tranquilidad, el vecindario y el comercio hicieron muy bien de dudar, dado el hecho de que la poblada venía hastiada. Perseguidos de contínuo los obreros por las inclemencias de la suerte, llegaban á las puertas de Iquique profundamente descepcionados; así que, era muy posible que en un momento de ira, engendrada en su largo y profundo dolor, se lanzaran sobre los hogares del vecindario.
Los huelguistas encontraron aquí numerosos adeptos. Hicieron causa común con ellos casi todos los gremios de este puerto, habiéndose interrumpido absolutamente el tráfico de tranvías del ferrocarril de sangre, el de los carruajes del servicio público y el de los particulares. Solamente quedaron en funciones los operarios de la compañía de alumbrado.
Por disposición suprema vino á Iquique el buque de guerra “Blanco Encalada” cuya marinería debía velar por el orden de la ciudad. Después de una brevísima estadía en este puerto, el “Blanco” partió para Arica con el fin de traer 250 hombres del Regimiento de Infantería “Rancagua” que vinieron á las órdenes del 2° Jefe del espresado cuerpo, Mayor don Arturo Moreira y 50 hombres de la Compañía “Atacama” que traía el Teniente 1° señor Heriberto Behenke. Esta tropa se hospedó en el cuartel del “Carampangue”, el cual sólo albergaba una parte de este Regimiento y que se hallaba bajo las órdenes del Capitán señor Rogelio del Pozo Barceló, pues el resto de él había subido á la Pampa con el Comandante señor Villarreal, quien se quedó en Central desde donde distribuyó sus tropas en las oficinas salitreras de norte y sur.
También vino á Iquique el “Esmeralda” trayendo á su bordo tropa del Regimiento de Artillería de Costa.
En la oficina “Buenaventura”, los huelguistas sufrieron la dolorosa pérdida de uno de sus compañeros; pero en honor de la verdad, debemos declarar de que ésta baja se produjo á causa de que el obrero trató de desarmar á un soldado de la sección de tropa que mandaba el Teniente 1° señor Valenzuela, y el soldado, cumpliendo con uno de los más elementales deberes de su cargo, se defendió, traspasando con el yatagán la espalda del huelguista, cuyo cadáver llevaron en un tren de carga más de mil ciudadanos que se dirijían á Iquique para unirse á sus hermanos de la escuela “Santa María”, y el cual les fue quitado por la policía al llegar á este puerto, con el fin de evitar desórdenes y acallar la ira encendida nuevamente por la demora de los salitreros en acceder á sus peticiones.
El gobierno nombró una comisión á fin de que viniese á poner término á esta terrible situación, la cual fue compuesta del Intendente de la provincia señor Carlos Eastman, que se encontraba en Santiago haciendo uso de su feriado legal, al mismo tiempo que gestionaba su retiro de la Intendencia; del General de Brigada don Roberto Silva Renard, que acababa de llegar de Europa y que hacía año y medio había sido nombrado Jefe de la División, y del Coronel don Enrique Sinforoso Ledesma, que se encontraba también en Santiago. Todos estos caballeros se embarcaron en el “Zenteno”, el cual había recientemente llegado de su hermoso viaje á Hampton Roads.
La expresada nave de nuestra Armada fondeó en Iquique el 19 de Diciembre, á las 3 1/2 de la tarde, en un día espléndido, pero con un mar sumamente agitado.
El muelle fue rodeado con tropas á fin de evitar aglomeraciones.
Una romería compuesta por más de 10 mil ciudadanos esperaba la entrada del señor Eastman, quien antes de venir á tierra celebró una conferencia á bordo, con el Intendente Interino señor Guzmán García y el Presidente del Partido Radical señor Toro Lorca.
Los balcones de todos los hogares cercanos al muelle estaban cubiertos de personas. En la torre de la Aduana se habían dado cita numerosos particulares, así como también en las ventanas del Club de la Unión.
La muchedumbre estaba inquieta con la demora de la comisión en venir á tierra. La conferencia duró media hora, al cabo de la cual las baterías del “Zenteno” dispararon tres cañonazos, con los cuales daban el adiós, al primer mandatario de Tarapacá.
En una lancha que traía izado el pabellón nacional, llegó la comitiva al muelle.
Descendió el señor Eastman con su pecho henchido de emociones; saludó con la hidalguía de viejo aristócrata á los que lo esperaban en el muelle, y con aire marcial y seguido de miles de ciudadanos, que creían encontrar en él á un regenerador, tomó la ruta trazada por las tropas que le presentaron armas, en dirección á la Intendencia, bajo los rayos de un sol sofocante y las salutaciones destempladas pero respetuosas de la ávida muchedumbre.
Una vez llegado á la Casa Consistorial y repuesto de las fatigas del viaje, el señor Eastman apareció en uno de los balcones del lado izquierdo y dirigió á la muchedumbre un lacónico y consciente discurso. Se conocía claramente que sus palabras brotaban de un pecho honrado. El no trató jamás de engañar á su pueblo. El señor Eastman de nada es responsable; cuando él llegó a Iquique la hoguera estaba encendida; además, la tormenta se desencadenó para él en forma opuesta á las tormentas de su vida doméstica, las cuales no supieron inspirarle en su tarea de Estado.
El discurso del señor Eastman fue interrumpido á cada paso por los vivas destemplados que nacían de los pechos comprimidos de los obreros, de esos pechos que con tanta valentía, se ofrecen de blanco á las balas del enemigo en los campos de batalla.
Pocos momentos más tarde la muchedumbre se dispersó por las calles, celebrando un meeting en la plaza Prat, análogo á los que ya habían celebrado los días anteriores. En esos momentos hizo su desembarco la tropa del Regimiento “O’Higgins”, que vino en el “Zenteno” al mando del Comandante del mismo cuerpo, señor José Agustín Rodríguez, la cual se hospedó en el Liceo de Hombres, situado en la calle Baquedano, donde había estado alojada la oficialidad y la marinería del “Blanco Encalada”. Parte de este nuevo refuerzo subió á la Pampa.
El señor Eastman trabajó con noble afán por la conjuración del conflicto: celebró interesantes conferencias con el señor Guillermo Hardie, Presidente de la Asociación Salitrera, y con los dirigentes del Comité huelguista, sin llegar á ningún arreglo satisfactorio, no obstante haber ofrecido los salitreros un aumento en el pago de los jornales, y el Gobierno otro, hasta dejar tranquilos á los obreros, mientras se terminaba en la Moneda el estudio del problema financiero.
Parece que el Comité huelguista, por un error, desvió el rumbo de las negociaciones. Sin duda alguna que este proceder se inspiró en la desconfianza que al obrero causa el patrón de las salitreras. No hubo avenimiento entre el señor Eastman y el Comité. Esto engendró el decreto que declaró la ciudad en estado de sitio, ordenando la evacuación de la escuela “Santa María”. Se ha dicho también que la evacuación se decretó, en vista de que, con la aglomeración de gentes en un lugar no muy vasto, como la escuela, la salubridad pública estaba en peligro.
El día 21 de Diciembre el Intendente envió al General señor Silva Renard, que se encontraba en la plaza revistando las tropas, una orden para que hiciese desalojar la plaza “Montt” y la escuela “Santa María”.
El General se marchó á cumplirla, seguido de su Estado Mayor y de los cuerpos de guarnición en Iquique. También lo acompañaban el Gobernador Marítimo y los Comandantes del “Blanco Encalada” y del “Zenteno” señores Jorge Mery y Arturo Wilson.
Una vez en la plaza “Montt”, el General, dirigió á los huelguistas palabras de consejo para que abandonasen la escuela, procediendo de igual manera las personas caracterizadas del séquito del General, pero no obtuvieron nada de los huelguistas, los cuales creyeron que se trataba de hostilizarlos. Ante tan tenaz negativa, emanada sin duda alguna de la defensa de sus derechos, reventaron las balas de las ametralladoras del “Blanco Encalada”, manejadas por un guardia marina del “Zenteno” y las de las tropas que rodeaban la plaza “Montt”.
El campo quedó cubierto de sangre humana; la entrada principal quedó interrumpida por una gran barrera de muertos y de agonizantes. El espectáculo era siniestro. Las almas más frías habrían temblado.
No pudimos contar el número de los caídos; los rugidos de la muerte escapados de esos pechos destruídos turbaban nuestra cuenta. En todas partes se veían lagunas de sangre en cuyo seno los moribundos se restregaban en la espantosa convulsión del dolor. Levantamos la carpa de un circo que funcionaba en la plaza “Montt”, para ver si debajo había alguien. Con cuanto terror la encontramos sembrada de cadáveres, que olfateaban piadosamente algunos sacerdotes para ver si entre ellos se encontraba algún hombre vivo y poder prestarle los auxilios de la religión. Mientras se buscaba á los heridos, algunas personas, tal vez de la policía – bolsiqueaban á los muertos; quitaban de sus chalecos, relojes y cadenas de plata, de sus bolsillos sacaban el dinero é inmediatamente hacían anotaciones en pliegos que súbitamente se habían manchado con la sangre de los muertos. Del interior de la escuela se sacaban los cuerpos de los que habían caído en la refriega y los depositaban en los carretones traídos para este servicio; se registraban todas las salas del establecimiento para ver los cadáveres que habían en ellas. Y era rara la vez que, bajo montones de tablas de las puertas despedazadas por las balas, no se encontrase un individuo arrojando por la boca los intestinos y ofreciéndonos el cuadro más repugnante y espantoso.
Entre los heridos había una brava boliviana con un muslo roto, que penetró á la escuela en los momentos de mayor agitación. Impedida de entrar por la tropa, resistió esta imposición con una actitud heroica, pronunciando estas palabras: Donde está mi marido allí entro yo; donde él muere, allí muero yo. La boliviana, tendida entre los muertos, respiraba dolorosamente; se conocía que su herida la atormentaba, pero que no estaba arrepentida de haber ascendido hasta el altar de su sacrificio: ella estaba satisfecha de haber derramado su sangre al pié del altar de sus convicciones.
Otro huelguista, con un arrojo sin igual, al sentir las balas y al ver que sus compañeros caían, ofreció valientemente su pecho, diciendo: Apuntad, aquí tenéis mi corazón. Las balas penetraron en ese pecho viril, y de lo alto de la torrecilla de la escuela rodó ese hombre fuerte, que, con un valor indómito, nos probó, de una manera elocuente, que nuestra raza no está degenerada y que es siempre la raza de titanes que ha dado glorias á la patria.
Ya que hemos tratado de la gran huelga del 21 de Diciembre último, consideramos oportuna la ocasión para hacer algunas referencias á las huelgas ocurridas anteriormente en Iquique.
El 4 de Junio de 1890, se declaró la primera huelga, que fue promovida por los lancheros. Este movimiento fué de terribles consecuencias por cuanto, en Iquique hubo saqueos, y fueron atacadas las oficinas salitreras, “Peña Chica”, “Mercedes”, “Constancia”, y “Tres Marías”, y la de “San Donato”, sufrió el incendio de la casa de la administración y el saqueo de la pulpería.
Las familias de Iquique, tal como lo hicieron el 21 de Diciembre, huyeron hacia Arica, y las que no pudieron efectuar esta jornada acordaron refugiarse en los buques mercantes, fondeados en este puerto.
Para sofocar la rebelión se mandó de Valparaíso al blindado “Cochrane” conduciendo tropas. Por otra parte, el “Itata” trajo á su bordo al batallón “Esmeralda” de guarnición en Antofagasta.
Esta huelga, que duró hasta el día 10 del citado mes de Junio, coincidió con la llegada á Iquique del crucero peruano “Lima”, que venía en busca de los despojos mortales de los combatientes que murieron en la guerra de 1879 por el honor del pabellón peruano.
Conjuntamente con el “Lima” hizo su entrada también en la bahía el crucero nacional “Esmeralda” que por disposición suprema se dirigió el mismo día á buscar refuerzos á Arica.
La tranquilidad de Iquique durante estos días no se restableció, sino el 6, fecha en la cual el crucero “Lima”, levó anclas y se marchó hacia el Callao, llevando las cenizas de los peruanos muertos en la guerra. Los huelguistas, con su prescindencia de las hostilidades que demostraron los días anteriores, quisieron tributar un homenaje de respeto al Perú. Este hecho infundió gran confianza al comercio y á los bancos, los cuales reabrieron sus puertas; pero, muy pronto las cerraron, porque del mineral de Huantajaya se dejó caer una poblada, compuesta de más de 500 ciudadanos, que celebró un gran meeting frente á la imprenta de EL NACIONAL, al que pedían se hiciese eco de sus pretensiones en sus columnas. En este meeting se lanzaron estruendosos mueras á LA INDUSTRIA y á LA VOZ DE CHILE, diarios que no prestaban apoyo á los huelguistas.
Esta huelga terminó el día 10 del mismo mes; y después de la del 21 de Diciembre último ha sido la más notable de todas las que han ocurrido.
El 20 de Febrero de 1903 se produjo otro movimiento originado por los jornaleros de la ribera; el 15 de Marzo del mismo año, los lancheros promovieron otra, pidiendo reformas en las tarifas; el 18 de Octubre del mismo, los operarios del ferrocarril salitrero, se declararon en huelga, pidiendo aumento de sueldos. Se les concedió el 20%; el 19 de Diciembre de 1901 se inició otra promovida por los palanqueros del ferrocarril salitrero, por los lancheros y por los jornaleros de la ribera, huelga que fue patrocinada por la Combinación Mancomunal de Obreros, que nació á la vida el 1° de Enero del año anterior. No pudiendo apaciguar las autoridades á los rebeldes, les hizo saber que si no reanudaban sus tareas tranquilamente, se les reemplazaría por ciudadanos llamados de otras regiones del país. Entonces vino de Valparaíso el “Cachapoal” trayendo más de quinientos trabajadores que fueron hospedados en el Morro, en las bodegas de los señores Zanelli. Esta huelga terminó el 19 de Febrero del año siguiente; el 26 de Mayo de 1903 hubo una general, con motivo de la aparición de la peste bubónica; el 19 de Abril de 1904 se declararon en huelga los lancheros de la casa Lockett Bros, en virtud de haber sido suspendido de su empleo un compañero suyo. Pidieron la separación del capataz de la cuadrilla y la inmediata restauración de su empleo al jornalero suspendido; el 24 de Abril de 1905, se promovió un movimiento originado por los lancheros y los jornaleros de abordo, los cuales, los cuales pedían aumento de salarios; el 31 de Mayo de 1906, se declaró una huelga colosal, promovida por el gremio de carretoneros, la que duró hasta el 13 de Junio del mismo año; el 15 de Abril de 1907, se declararon en huelga los cocheros de los tranvías del ferrocarril de sangre, quedando paralizado este servicio por varios días.
Como ya lo hemos visto, Iquique ha batido el record en materia de huelgas.
Hemos dejado anotados los movimientos de más notoriedad que se han producido, desentendiéndonos absolutamente de las muchas huelgas pequeñas que han ocurrido.
PLAZA “ARICA”
La plaza de este nombre, llamada en años anteriores plaza “Gibraltar”, es un local tristísimo, pero no tan desaseado como la plaza “Montt”, en atención á que es más pequeña, y no funcionan en ella circos, ni se ordeñan vacas, como en la otra.
Tiene un pequeño declive, debido á que todas las calles y sitios de esos alrededores, nacen al pié de los cerros que encierran á Iquique por el oriente. No posee flores, ni árboles; pero en cambio está dotada de algunos sofáes, que, generalmente aprovecha el fatigado viajero que trepa las prominencias del “Colorado”, último barrio de Iquique por su lejanía y miseria.
Durante el gobierno peruano existió en esta plaza un cuartel que desapareció á causa de un incendio.
PLAZUELA DE LA CRUZ
La mencionada plazuela se encuentra al comienzo de la calle Amunátegui; es un punto en que existió antes de 1891, un hospital que fue convertido en cuartel de una sección de Artillería. Como esta sección sostuvo la causa del Presidente Balmaceda, el populacho, en un momento de efervescencia y seducido por los halagos de los revolución triunfante en este territorio, despedazó el cuartel, lo que dió origen á la plazuela de la Cruz, cuyo nombre se debe á que en un promontorio existe una cruz de madera, bastante elevada, bajo cuyo falso pedestal se encuentra sepultado el pié de un ánimaEl fanatismo del Colorado la venera con gran respeto, y continuamente lleva á la sepultura de esa pata huacha, flores secas y hojas de palma como símbolo de amor.
Por suscripción hecha entre los habitantes del barrio, se mantiene al cuidado de la cruz á una señora de los alrededores, la cual, movida de santo fervor, escala el promontorio, dos ó tres veces al año, coloca allí las flores secas que recoje de los vecinos y enciende algunas velas, que por lo general apagan los fuertes vientos del Terral, del Huantaca y de los demás cerros.
La veneración que se tuvo por esta cruz en otra época, fue notable debido á que, durante la revolución de 1891, no sufrió ningún desperfecto con el tiroteo de los buques revolucionarios, siendo que las balas pasaban muy próximas á ella y a que su altura la hacía más susceptible todavía de experimentar las consecuencias del cañoneo.
Al frente de la plazuela de la Cruz se encuentra el Matadero Municipal, que últimamente ha sido tema de grandes comentarios por parte de la prensa y del vulgo, con motivo de haberlo ofrecido en arriendo el Municipio á dos particulares, que deseaban establecer un matadero modelo. Una reclamación formulada por numerosos abasteros, afianzada por la opinión pública y llevada hasta la Iltma. Corte de Tacna, impidió el arriendo.
El edificio del matadero fué construído en la medianía del siglo pasado, y ha recibido, de lustro en lustro, importantes modificaciones, siendo las mejores las efectuadas durante el presente año por el administrador don Juan Luis Ariztía, consistentes en la pintura interior y exterior, en una reja de madera que separa el cuerpo del edificio de los galpones de carneo, y en las reparaciones y construcciones efectuadas en la casa del administrador.
El recinto donde se verifica la matanza ó sea los galpones, ha sido ensanchado, colocándose á los costados espaciosas veredas de cemento romano, y anexo á el se ha construído un local adecuado para el beneficio de los cerdos y el lavado de tripas. Estas secciones cuentan con alumbrado eléctrico, de manera que, si es necesario llevar á cabo trabajos nocturnos en el Matadero, se pueden verificar sin tropiezo.
En 1903 se construyó por la oficina de veterinaria un horno crematorio, destinado á la incineración de los animales enfermos, sirviendo también también para quemar los perniciosos agentes de la bubónica que durante este año visitó por primera vez la ciudad de Iquique.
PLAZUELA DEL HOSPITAL DE BENEFICENCIA.
Al final de la calle Serrano existe una plazuela donde se encuentra el hospital de Beneficencia. Nada tenemos que admirar en ella; todo lo que se ofrece á nuestros ojos es triste. Desde allí se domina el Colorado, último barrio de Iquique y la rodean algunos promontorios “roqueños” convertidos en grandes basurales, y viviendas pobrísimas que llenan de congoja el alma; y como si esto no fuera suficiente para llorar, la vista, después de pasearse por ese cortejo de calamidades, descubre las cruces, los cipreses y los ángeles de la mansión eterna.
El hospital fue fundado en 1887 y es un edificio elegante y cómodo.
Consta de cuatro patios, de catorce salas para hombres, cuatro para mujeres y dos para niños, posee un estanque de agua dulce y otro de agua salada para los incendios; un departamento para los insanos; otro para la autopsia de los cadáveres; dos magníficas salas para “operaciones”, con todos los requisitos que poseen las salas de los hospitales de Europa; una cocina monstruo, donde la higiene y el orden brillan como un sol á mediodía, y en la que se condimenta para los enfermos lo más costoso y delicado: tres pensionados, de 1ª, 2ª y 3ª categoría, donde los asilados son atendidos con extraordinario esmero, pagándose en el de 1a clase la insignificante suma de $ 2.
El hospital debe grandes servicios á su administrador, el distinguido filántropo don Alfredo Syers Jones, representante de la gran compañía salitrera “Agua Santa”. Ha invertido en beneficio del hospital más de cien mil pesos; ha construído pabellones montados á la europea y esas salas de cirujía, que nada tiene que envidiar á las de los países más adelantados se lo deben todo á el.
El hospital está atendido por casi todos los doctores en medicina de Iquique; pero los médicos internos del establecimiento son dos, únicamente los señores Villalón y Rivera Tapia, cuya consagración y caritativos sentimientos son proverbiales en el Hospital. No menos cristiana y brillante es la actuación de los doctores Evaristo Marín, Ricardo Puelma, Eugenio Meriggio, González Muñoz y Aliaga, como lo es también el señor Virginio Gómez González, cirujano en Jefe de la 1ª División Militar, á quien la opinión pública discierne honores especiales por su vasto saber y clara inteligencia
Han sido también médicos del hospital los distinguido facultativos señores Montenegro y Guldemont, y también lo fué el doctor señor Juan B. Bidart, quien es un hombre de vasta ilustración y de clara inteligencia, que ha residido muchos años en el extranjero, pues vivió dos años en Berlín y catorce en Buenos Aires, y ha dado á la publicidad varios trabajos relacionados con su profesión, de los cuales uno ha sido citado como modelo, en la obra de un reputado miembro del cuerpo médico de París.
Durante el presente año se ha desarrollado en el hospital, un drama que ha costado la vida á una distinguida relijiosa y á un practicante. El hecho ha preocupado vivamente á la opinión pública, la que, siendo siempre inflexible y temeraria, ha sido en esta ocasión justa y honrada. Ha discernido un galardón de honor sobre la memoria de la desdichada relijiosa que prefirió la muerte antes que profanar la fama que en su mística devoción le aseguraba la entrada franca á los cielos serenos de la gloria divina.
PLAZUELA “FÖLSCH Y MARTIN”
Esta plazuela se encuentra situada en el “Morro”, el más antiguo de los cinco barrios en que está dividido Iquique.
Debe su nombre á los industriales señores Fölsch y Martin, porque á sus alrededores poseían dichos señores, las bodegas donde depositaban los frutos de sus industrias. Actualmente los propietarios de las bodegas, son los señores Clarke y Bennet, por consiguiente el nombre de los antiguos propietarios ya no tiene razón de ser.
No habríamos hecho mención de esta plazuela, si no fuese porque ella nos tiende un lazo para hacer lijeras referencias del Morro.
Como ya lo hemos manifestado, el barrio nombrado es el más antiguo de Iquique. En su corazón se alzó la morada de los primeros habitantes de esta ciudad, de los iniciadores y propulsores de la riqueza de este puerto; de los beneméritos fundadores del cuerpo de bomberos y de las legendarias instituciones de beneficencia, y de los que han dado origen á las poderosas fortunas de Chile y Perú. El Morro es un testigo mudo de grandes acontecimientos. Se le conserva casi sin modificaciones, pues se ven en él todavía calles angostas y mal pavimentadas, y los edificios bajos y desplomados, al estilo colonial. Todos sus fundadores han muerto ya; casi nadie existe de esas épocas de tanta actividad. El único sobreviviente es el mar, que, aunque en 1868 derribó la mansión de don Guillermo Billinghurst, situada en ese barrio, al frente de Mitrovich Hnos. donde hoy se alza la bodega de don Roberto Main, ha sido más respetuoso con él que con los otros barrios.
En el Morro se encuentran: la Compañía de Alumbrado; las casas de la sucesión Pascal; de la familia López Loayza; de don Pablo Mitrovich la cual, diremos de paso, que es una mansión sobresaliente; pues tiene mucha semejanza con las quintas antiguas de Viña del Mar y de San Bernardo; la magnífica casa de don Arturo Hidalgo, rico propietario de la oficina “Sebastopol”, la cual tiene gran parecido con muchas construcciones modernas de Santiago; la casa correccional de mujeres, que es un edificio vastísimo, con escaleras de mármol y rodeada de grandes comodidades; la casa del Jerente del Banco Español de Chile, honorable caballero señor don Luis Felipe Videla; los cuarteles de las bombas alemana y austriaca; la gran fábrica de don Francisco Sparenberg, donde se construyen casi todos los útiles que se emplean en la gran industria del salitre. Al final de la calle Wilson, se encuentra el cuartel que ocupó en años atrás el Regimiento de Caballería “Húsares del General Carrera”, que es un edificio sumamente arruinado, y si es poco lo que hemos dicho, añadiremos que es un arrabal. Casi todo en él se clasifica por corrales: las murallas son de tablas agujereadas y carcomidas, la entrada principal se señala por un portalón desplazado.
En el Morro no se introducen innovaciones; nada se ensancha; las calles tienen el declive y la angostura coloniales, y el pavimento es una calamidad.. Era tal el afecto que le profesaban los que lo fundaron, que cuando se trataba de extender Iquique hácia los arenales donde hoy se alza gallardamente la población nueva, todos decían con gran desdén: quién tiene ánimos de irse á vivir á esos arenales tan abandonados y lejanos.
Quien pudiera decir á los muertos eminentes de Iquique, que desdeñaron esos terrenos, que, en esos malditos arenales se alzan hoy los barrios más importantes y que en ellos pelean el honor de su residencia, los grandes señores del salitre.
PLAZUELA DEL PANTEON.
Al extremo de la calle Serrano se halla una plazuela reducida y de triste aspecto, donde se sitúan los carruajes de los cortejos fúnebres., No hay en ella flores, ni cipreses, ni símbolo alguno que la caracterice como antecámara de la morada del eterno descanso. A uno de sus costados se alza un promontorio tapizado de verdura, en cuyo centro se halla una casa que habita el guardia de la mansión eterna.
Frente á la plazuela, se encuentra la puerta del cementerio que es de fierro con dorado; ella está adherida á una muralla de cal y ladrillo, que rodea el cementerio.
El panteón de Iquique, es sin duda alguna, sobresaliente. La higiene que en él reina, la elegancia de varios mausoleos, el estilo romano de la capilla, el desarrollo de los cipreses, la fragancia de los jazmines, cardenales y enredaderas que cubren los jardines y los mosaicos de la callejuela central, lo constituyen uno de los más hermosos cementerios de las provincias chilenas.
Los mausoleos de mármol no son escasos; los hay bastantes y tienen algunos mucha semejanza con los cementerios de Santiago y del Valparaíso. También hay muchas sepulturas de madera.
Es digna de admiración la tumba de los chinos, construída con rico mármol; tiene además una fachada artística y muy extensa. En ella descansan los despojos mortales de todos los asiáticos que han encontrado la muerte bajo el sol de Tarapacá, y lejos, inmensamente distantes del Imperio Celeste que animó sus descarnadas figuras. Cuando se terminó la construcción de este mausoleo, los chinos más caracterizados de la colonia buscaron los huesos de sus compatriotas, para sepultarlos en esta nueva sepultura, pero no obstante de ello, siempre el panteón quedó cubierto de tumbas chinas, cuyos secretos adivina el caminante, por los signos de su lengua escritos sobre la fría tapa.
En el frontis de la tumba de los chinos se lee: Sociedad Asiática.
Son también notables los mausoleos de las colonias extranjeras; muchos de éstos están repletos, por cuyo motivo algunas sociedades proyectan su ensanche ó la construcción de otra bóveda. En estos sepulcros duermen el sueño eterno honorables extranjeros, testigos eminentes de nuestras glorias militares, propulsores abnegados de la riqueza de Tarapacá, cónsules y agentes consulares, desinteresados fundadores del heroico Cuerpo de Bomberos, representantes de líneas de navegación, etc., etc.
El sepulcro de los Veteranos de 1879, es también digno de admiración. Su cúpula la constituye la figura de un soldado, apuesto brillantemente, es uno de los tipos gallardos, que conmovieron con su heroísmo al mundo en Dolores, Pisagua, Tacna, Chorrillos, etc. En él descansan, bajo el sol de la gratitud nacional y las sombras del laurel, el denodado marino Carlos Krug, el Comandante don Eulogio Robles, muerto en Pozo Almonte; don Anacleto Valenzuela; el Coronel don Carlos Villagrán; el ex-Ayudante del Estado Mayor General durante la guerra de 1879, don Daniel Caldera, que fue redactor de EL NACIONAL, y uno de los periodistas más hábiles y autor del drama El Tribunal del Honor, y los señores Riquelme, Meric, Ruminot y Méndez.
La “Gran Unión Marítima”, la sociedad de los hombres del mar, donde figuran todos los lancheros, posee también un hermoso mausoleo. Como en la tumba de los Veteranos, su cúpula la corona un marinero, una copia brillante de esos genios del valor que ilustraron las más bellas páginas de nuestra historia naval.
Como es natural, en el panteón de Iquique existen numerosos sepulcros peruanos, en los cuales descansan de las ingratas tareas de la vida, los fundadores de esta sociedad; los troncos de las familias legendarias de Iquique y miembros caracterizados de la sociedad limeña, que consagrados á las labores del salitre han hallado la muerte bajo el sol de Tarapacá.
Existen también numerosas tumbas, donde reposan austriacos, ingleses, españoles, franceses y alemanes sobre las cuales no se deposita otra ofrenda que el polvo que levanta el sombrío caminante; el alma se siente tristemente impresionada al contemplar esas frías lápidas de los extranjeros sin patria ni hogar, muertos en estos extremos del mundo sudamericano.
En el Cementario existen numerosos nichos á derecha é izquierda; pero parece que dentro de poco tiempo no habrá donde construir más, si es que la beneficencia no traspasa los límites comprando otro terreno ó extendiéndose sobre el Cementerio N° 2, que es el osario común, donde por lo general se entierra á los variolosos y bubónicos.
Todos los años, en el día de difuntos, el pueblo visita con gran preferencia dos nichos, obsequiados á los que lo ocupan, por el generoso propietario de lanchas don Leoncio Acevedo, que tantas pruebas de desprendimiento ha dado á sus connacionales siempre que el látigo de la miseria les ha azotado fuertemente. Estos nichos, que ostentan sobre la cubierta el retrato de las personas que en ellos están sepultados, son: el de un soldado del Regimiento “Rancagua”, que asesinó á un clase por venganza, y el de un zapatero, también, matador de uno de sus prójimos. Ambos fueron ajusticiados cuatro años atrás, conservándose fresco en la memoria del pueblo el recuerdo de la ejecución. Como hemos manifestado ya, las clases populares visitan con admiración esos sepulcros y hacen variados comentarios respecto de la fiereza, que el soldado tiene impresa en su fisonomía; no menos elogios tributan á la memoria del zapatero, compañero de patíbulo del soldado.
Recorriendo el cementerio en un día de difuntos del año último, encontramos el siguiente epitafio sobre la tumba de un niño, el cual nos pareció impropio de estos tiempos en que la “máquina para volar” es ya un hecho:
Aquí se encuetra la envoltura personal de. Dado á luz en este planeta el 20 de Octubre de 1894 y descarnado el 8 de Octubre de 1895. Sus desconsolados padres, le dedican este recuerdo en la seguridad de encontrarlo un día en el planeta Venus.
Hemos buscado con gran empeño en el panteón el punto donde Arturo Prat, Ignacio Serrano y el Sarjento Aldea, estuvieron enterrados antes de la traslación de sus queridos despojos á Valparaíso. Es inútil buscar esto; las autoridades de entonces, cometieron la falta de no señalar recintos tan sagrados con alguna cruz ó laurel. Casi nadie supo darnos razón. Las reformas que ha experimentado el cementerio han hecho desaparecer las huellas. Alguien nos ha dicho que el punto donde estuvieron Prat y Serrano se encuentra frente á la bóveda asiática.
Respecto al sitio donde estuvo enterrado el Sarjento Aldea, nada podemos saber. Su cuerpo, cuando fué sacado del hospital, se enterró en el osario común; es difícil encontrar esas huellas á través de los veintiocho años que van transcurridos.
Hemos tenído el gusto de conversar sobre la sepultación de los héroes con el señor don Adolfo Gariazzo, hijo de la bella Italia y que tuvo la honra de cuidar al sargento Aldea en su dolorosa agonía.
El señor Gariazzo es, por tal causa, una reliquia de esos tiempos de bravura y de gloria chilena. Los años le han llevado gran parte de la memoria de esos días en que le cupo la suerte de curar al heróico Aldea. Sin embargo, ha podido hacernos algunas referencias que quizás no sean conocidas del público y tal vez de la historia misma; pero para nosotros tiene, no obstante, un atractivo mayor, por haberlo oído de los labios de un sobreviviente. Agregaremos de paso, que el señor Gariazzo vive consagrado á la farmacia, por cuyo motivo tuvo gran ingerencia en los últimos días de la vida de Aldea.
Encontrábase este caballero en el muelle, el día 21 de Mayo de 1879, cuando atracaron las lanchas que traían los cadáveres de Prat y de Serrano y á los heridos del combate, entre los cuales se encontraba Aldea. Los vió depositar el señor Gariazzo en un carro frente á la Aduana, por cuyo motivo se acercó á Aldea, á quién dirigió la palabra. El sarjento estaba de espaldas con el uniforme de su grado, con paletó plomo y una gorra caída sobre los ojos. Aldea, dice el señor Gariazzo, era alto, fornido, de rostro moreno, tenía bigotes y una pera muy poblada y como de treinta y cinco años.–Hágame el favor de un poquito de agua- dijo el sarjento, petición que el señor Gariazzo atendió en al acto, buscando al mismo tiempo una botella de cognac, que después de muchos trámites, adquirió. El sarjento hizo un esfuerzo para beberla, no sin mostrar horribles gestos por las dolorosas heridas que tenía, pues había recibido una bala en el cuello, al lado izquierdo y otra en el brazo y pierna derecha. Se le preguntó quiénes eran los muertos que estaban á sus piés, y expuso que el uno era el Comandante de la Esmeralda. No se le siguió haciendo más preguntas, en vista de los agudos dolores que experimentaba. Desde el carro se le colocó una camilla, y fue conducido al Hospital donde un doctor le amputó un brazo, con la asistencia del señor Gariazzo y de un caballero también extranjero apellidado Mayno. Se le quiso amputar enseguida la pierna; pero viéndose que la herida era más peligrosa que la del brazo y que el paciente estaba sumamente debilitado debido á causa la gran cantidad de sangre que había perdido, se desistió de ello. El sarjento pagó su tributo á la Naturaleza de un modo glorioso el 24 de Mayo á las 9 3/4 de la mañana. Su cadáver fue llevado á la fosa común, rodeado por las vendas que cubrían las heridas, con camisa de dormir y una sábana. Cuando fue desenterrado para darle una honrosa sepultación provisional, mientras se trasladaba á Valparaíso, conjuntamente con Prat y Serrano, el señor Gariazzo arrancó los botones de la camisa y mandó hacer con ellos tres prendedores de los cuales uno se conservaba para sí, desapareció en uno de los grandes incendios de Iquique, conjuntamente con las estrellas de la levita del capitán Prat, que conservaba como un recuerdo de esos tiempos gloriosos.
Damos á continuación la partida de defunción de Aldea, tomada del libro del Hospital el cual se intitulaba así: Libro de partidas de defunciones arreglado conforme á la ley de 22 de Agosto de 1874.
He aquí la inscripción:
“A los 22 días del mes de Mayo de 1879, ingresaron á éste establecimiento los cadáveres chilenos de la corbeta “Esmeralda”.
“Juan de Dios Aldea.- A los 24 días del mes de Mayo de 1879. Estando reunidos en junta particular los miembros que suscriben para dar cumplimiento á la ley del caso sobre defunción del que fue, Juan de Dios Aldea, chileno, católico, sarjento 2° del “Esmeralda”, hijo lejítimo de Manuel Aldea y de Ursula Fonseca, casado de 27 años de edad, que murió de heridas graves. Con lo que concluyó el acto y lo firmaron.- José Manuel Eyzaguirre- Ecónomo.
Cuando fue desenterrado Aldea después de la rendición de Iquique, siendo Jefe político de Tarapacá el señor José A. Alfonso, hijo del digno magistrado del mismo nombre y apellido, el señor Gariazzo fue buscado para que formase parte de la comisión que se intituló: Comisión de desenterradores del Sarjento Aldea. Con gran dificultad llenaron esta tarea las personas encomendadas por el Gobierno, pues el cuerpo de Aldea se había confundido con otros cadáveres.
Desenterrado el Sarjento, Iquique entero le tributó grandioso homenaje de respeto y admiración. Fue velado en los salones de la bomba N° 6 que llevó más tarde su nombre y que lo conserva en la actualidad, y en la Vicarial se le tributaron también honores fúnebres que causaron gran admiración por su esplendor.
Cuando el Supremo Gobierno dispuso que los héroes fuesen llevados á Valparaíso, del cajón que ocupó Aldea desde ese día, se trabajó un velador que se venera en el Museo Militar de Santiago , el que tuvimos la honra de admirar en 1905, en una visita hecha á dicho establecimiento. El velador, está barnizado de oscuro, es bajito, tiene tres cajoncillos, y en uno de éstos, en la parte donde se coloca el tirador, se halla incrustado un hueso de Aldea, que parece de marfil rodeado por una corona de plata que tiene la siguiente inscripción: “Sarjento Aldea”. Sobre la cubierta de dicho mueble, se encuentra una corona de siemprevivas que tiene una cinta mitad blanca y mitad celeste en la que se lee: “Siempre-viva como éstas flores será tu hazaña”.
Para probar la autenticidad del cajón mortuorio de Aldea se levantó la siguiente acta:
“Los que suscriben, exhumadores de los restos del Sarjento Juan de D. Aldea, á petición del señor Juan N. Pantoja, certifican que el velador que el patriotismo de este caballero hizo construir como un recuerdo sagrado del heróico Sarjento Juan de D. Aldea, uno de los héroes de la corbeta “Esmeralda”, fue con la madera del primer cajón que contuvo sus restos al extraerse de la fosa. A fin de constatar cuanto sea posible la autenticidad de este mueble, declaramos de que dicho velador es de madera de roble, de cuatro caras y barnizado negro. Contiene tres cajones, teniendo los dos de abajo un tirador cada uno, y un hueso de la espina dorsal perteneciente al héroe, incrustado en medio de los dos tiradores y rodeado con una corona de plata con esta inscripción: Sarjento Aldea. La cubierta es doble y la de encima está envisagrada de modo que pueda levantarse y ver este documento. Para constancia, damos el presente en Iquique, á 24 de Agosto de 1884.”
Respecto de los cadáveres de Prat y de Serrano, ellos fueron piadosamente enterrados por el digno caballero español é Inspector del Cementerio de Iquique y Vice-presidente de la Beneficencia española en el período de la guerra, señor don Eduardo Llanos, en cuyo favor el Congreso Nacional, en sesión solemne, votó una medalla de oro en esa época, en recompensa de su brillante y desinteresado servicio.
Los dos cadáveres fueron encajonados por orden del señor Llanos en el hospital, siendo el carpintero don Carlos Lines, quien hizo los ataúdes. Este trabajo y el entierro importaron al señor Llanos la suma de 83 soles. Por singular coincidencia, la sepultación de estos despojos, se efectuó en el mismo día en que se verificaron los funerales del teniente del “Huáscar”, de 24 años de edad, muerto en el mismo combate de la “Esmeralda” señor don Juan Velarde, funerales que tuvieron importantes solemnidades á igual de la que se tributó á la memoria de su connacional el marino señor don Guillermo García y García, muerto en el combate de la “Covadonga” con la “Independencia”.
Hubo gran contraste entre los funerales de unos y de otros. Los de los héroes chilenos tuvieron todas las modestia que las circunstancias imponían. El acompañamiento fue compuesto por las siguientes personas: Señor don Juan Nairn, ex-cónsul inglés; señor don Eduardo Wallis, natural de Gibraltar; señor Latour de nacionalidad francesa; señor don Benigno C. Posada, ex-cónsul de España y presidente de la Beneficencia Española; señor don Antonio Díaz empleado del señor Llanos y el señor Lines.
El dueño del carretón que los condujo al cementerio era arjentino y el conductor portugués.
Los cadáveres de los héroes fueron cubiertos de tierra, por las propias manos de los acompañantes, porque no tenían palas con qué hacerlo. Se colocaron cruces y rejas que más tarde fueron trasladadas al Museo Militar, donde tuvimos oportunidad de admirarlas en nuestra visita ya mencionada. Dichos recuerdo estaban junto con las coronas y cuadros que contenían hermosos pensamientos, escritos en honor de los héroes. Entre los objetos que pertenecieron á la sepultura de Prat, se hallaba una “pirámide” de madera blanca, cubierta de letreros, escritos con lápiz, borrados muchos de ellos por la acción del tiempo. Cada uno de estos pensamientos es una tierna y cariñosa alusión á la noble hazaña de Prat y Serrano. Junto á esta pirámide se encuentra una cruz, también pintada de blanco, que perteneció al sepulcro de Serrano. Los cuadros donde se obstentan los pensamientos escritos por los admiradores de Prat, si mal mno recuerdo, están suscritos por las siguientes personas: Carlos A. Navarrete; Emilio Cádiz; Germán de la Fuente y Ventura Cádiz. Estos señores, por las sentidas dedicatorias, se vé que no sólo son admiradores de Prat, sino que demuestran haber sido cariñosos y haber cultivado leales relaciones de amistad con este gran hombre.
Hemos tomado copia fiel de los libros de la Dataría Civil, como se llamaba entonces, al Registro Civil, de las partidas de defunciones de Prat Serrano, que reproducimos enseguida:
“En Iquique, á los 22 días del mes de Mayo de 1879, el suscrito, José E. Butrón, Inspector de los registros del estado civil del Concejo Provincial, fue informado y cerciorado haber muerto a bordo de la “Esmeralda”, en la bahía de Iquique, don Arturo Prat Chacón, de treinta y un años de edad, natural y vecino de Santiago de Chile, de profesión marino, Comandante del buque chileno “Esmeralda”, que falleció en el combate con el “Huáscar”, de raza blanca, de estado casado con Carmen Carvajal, natural de Chile, vecina de Valparaíso. Son testigos de este acto don Benigno C. Posada y don Guillermo Arredondo, que firman la presenta acta conmigo, el Inspector del ramo y el informante.- Testado.- Santiago.- No vale.- Entre líneas.- Guillermo.- Vale.-_Eduardo Llanos.- Benigno C. Posada.- G. Arredondo
“En Iquique, á,los 22 días del mes de Mayo de 1879, el suscrito José E. Butrón Inspector de los rejistros del estado civil del Concejo Provincial, fue informado y cerciorado haber muerto en este puerto, en la bahía de Iquique, a bordo del buque de guerra chileno “Esmeralda”, don Ignacio Serrano Montaner, de treinta años de edad, natural de Santiago de Chile, de profesión marino; Teniente 2°, que falleció de herida á bala, de relijión católica y de raza blanca, en estado casado con doña Emilia Goicolea, natural de Chile y vecina de Chiloé.- Son testigos de este acto don Benigno C. Posada y don Guillermo Arredondo, que firman la presente acta”.
Hemos acosado á preguntas al señor Gariazzo, aprovechando el altísimo honor que hemos tenido de encontrarnos de una persona de esos tiempos y que prestó á Aldea magníficos servicios. Quizás por un exceso de patriotismo hemos considerado, algo así como un sueño, la entrevista con un sobreviviente de una época gloriosa, y debido á esto, hemos sido minuciosos en nuestra conversación con el señor Gariazzo. Le preguntamos si había visto á Prat y nos expuso que, aunque dos policiales custodiaban el carro, colocado frente á la Aduana, sobre la línea férrea, impidiendo el acceso á los curiosos, lo había visto. Dice que tenía la cara tapada con un trapo blanco; le pareció que la barba era rubia, que vestía muy buena ropa de marino y encima tenía un paletó también del uniforme, que era flamante; que el cuerpo estaba enteramente ríjido y que le parece haber visto la frente y la cabeza enteramente despedazados. De Serrano sólo recuerda que era más chico y más gordo, y que en su vestuario de marino no gastaba tanta corrección como Prat, porque le parecía que vestía á la negligé.
En el Museo Militar se conserva el traje de gala de Arturo Prat, y en un globo de cristal se halla el libro de órdenes, abierto en la parte en que se escribieron sus últimas órdenes de Comandante de la “”Esmeralda”. Conjuntamente con estos recuerdos se conservan en el mismo establecimiento un retrato del héroe, pintado al óleo, y los siguientes objetos del buque que mandaba, extraído por los buzos del fondo del mar: tapa de la brújula de la corbeta; nivel de la misma; una tetera de plaqué; un cucharón; una cuchara; un hueso de muslo y una mandíbula de un tripulante. Hállase también el cabrestante de la Corbeta, el cual tiene un marco de oro y plata, obsequiado á la República por el Coronel inglés Juan T. North en el tercer aniversario del glorioso combate de 1879.
LAS CALLES DE IQUIQUE
CAPITULO III
Iquique ha recibido importantes modificaciones y si los grandes incendios han sido para él una calamidad, por otra parte, no debe de lamentarse mucho de haber experimentado estas catástrofes, porque á ellas debe en mucha parte su floreciente estado actual, pues cada incendio ha significado para Iquique el ensanchamiento de sus calles, y las construcciones más sólidas y elegantes. En años anteriores era muy reducido, y lo que hoy forman las calles perpendiculares á la Baquedano, eran grandes arenales.
Los habitantes residían entonces en el Morro y la Puntilla, únicos barrios de los tiempos antiguos, aunque también existía algo de lo que hoy conocemos con el nombre de Centro. El número de sus pobladores era muy inferior al número que tiene actualmente, pues hoy día podemos afirmar que todos los chilenos pasan de veintisiete mil, los peruanos de cinco mil, y los bolivianos, ingleses, españoles, alemanes, asiáticos y austriacos de tres mil, y poco antes de la guerra sólo había de nueve á diez mil almas.
El comercio ha aumentado considerablemente, y de esto dan elocuente testimonio el extraordinario movimiento que existe en la Aduana, las numerosas tiendas, almacenes, mueblerías, joyerías, hoteles, cantinas, librerías, etc., que se encuentran en Iquique, y la entrada tan frecuente de buques procedentes de lejanos mares, trayendo rico cargamento que se distribuye en los grandes centros comerciales de esta capital y de la pampa.
Con motivo de haber remontado nuestro vuelo hacia los tiempos pasados, consideramos propicia la ocasión para insertar los párrafos que van más abajo, que, demostrándonos la infancia de Iquique, fueron escritos por el intelijente periodista señor don Alberto Hansen, en una época en que sólo era un principiante en el diarismo:
“Iquique en 1868, era algo así como una niña recostada á la orilla de la playa, como una hormiga en las facuces de un león, el que muy pronto se la tragó.
“Si queréis formaros una idea de esta ciudad, quitad no más, quitad sin desanimaros.
“En primer lugar borrad mentalmente todas las casas edificadas más allá de la calle Tacna por el este; Gorostiaga por el oeste; poned un panteón donde existe hoy la estación del ferrocarril salitrero y por todos lados no os figuréis sino pedazos de pampa.
“Tenía la ciudad la forma de un triángulo, cuya base era la hoy calle de Gorostiaga, y la cúspide ó punta del extremo del barrio de la Puntilla, que probablemente por esto tomó ese nombre.
“Seguid eliminando. Quitad el edificio de la Aduana; todo adorno de la plaza Prat, que no era sino un arenal; en el sitio que ocupa el Teatro más ó menos, se veía aislada una iglesia de calamina parecida al actual cuartel de la bomba Sarjento Aldea; quitad todo edificio de doble piso; no os imaginéis sino casas bajas, de madera, ladrillo ó calamina, sin gracia ninguna en las puertas y ventanas y con techo de moginete; ranchos y muchos corrales por todas partes.
“Calles estrechas y enredadas, hechas sin simetría ni cálculo alguno; parecía que los constructores habían tenido miedo de separar mucho una acera de la otra.
“Distribuid ahora entre todos esos edificios un par de miles de almas, y tendréis una idea aproximada de aquel Iquique que se llevó el Pacífico, ese mar que fué y sigue siendo constante amenaza de este puerto, al mismo tiempo que le ha dado, y sigue dándole, días de esplendor”.
Iquique está dividido en cinco barrios que se denominan: Morro, Puntilla, Centro, Colorado, Hospital y Población Nueva.
Respecto del primero, ya hemos tenido ocasión de pronunciarnos. La Puntilla es también, como el Morro, uno de los más antiguos, y se encuentra ocupado por bodegas, depósitos de salitre y muelles de embarque y desembarque; el Centro es la parte comercial que se halla ocupada por los bancos, las ajencias de seguros, la aduana y casi todo el alto comercio; el Colorado es el barrio más apartado y pobre; en años anteriores fue refugio de pescadores como Cavancha, y se encuentra próximo á la línea férrea. En él se hallan dos fuertes del tiempo de los peruanos; el Hospital y Población Nueva, representan el último movimiento progresista de esta ciudad.
Las calles de Iquique, antes de la guerra de 1879, tenían nombres de ciudades y de personajes del Perú.
Después, estas denominaciones han sido reemplazadas por los nombres de muchos héroes chilenos. La municipalidad chilena ha respetado algunos nombres, sobre todo el de los padres de la independencia sudamericana.
Al presentar la lista de las calles, lo hacemos con sus nombres antiguos y modernos, declarando al mismo tiempo que los lugares que quedan vacíos en la casilla de la denominación antigua, es en razón de ser esas calles nuevas, habilitadas al tráfico mucho después de la guerra.
Existen algunas calles que, siendo posteriores al Gobierno del Perú, han recibido dos nombres, como por ejemplo: la calle Placilla, llamada así en recuerdo de la victoria de los revolucionarios de 1891, se denomina hoy Libertad, la Ocho de Octubre que conmemora la toma del “Huáscar”, se denomina O’Higgins; la llamada Enrique Valdés Vergara, en recuerdo del secretario de la revolución que pereció en el “Blanco Encalada” en 1891, se denomina Manuel Rodríguez; la calle conocida con el nombre de Unión, se llamó antes Concón, en memoria de otra batalla ganada por los revolucionarios de 1891; la Carrera, se llamó Pozo Almonte, nombre de un pueblo de la Pampa, donde los revolucionarios de 1891 derrotaron á las tropas del Presidente Balmaceda; la calle Thompson denominada así en recuerdo de un héroe chileno, se llamaba Ernesto Riquelme. Sin menoscabo de la veneración nacional por la memoria de este último marino, cuyo cuerpo se perdió para siempre en el mar, después de haber disparado el último cañonazo el día del combate de la “Esmeralda”, la calle fué bautizada Thompson, pero á una de las nuevas, bastante recta y ancha, se le puso Ernesto Riquelme.
Quedaron con nombres peruanos las calles Cajamarca, Bolívar, Moquegua, San Martín, Loreto, Tacna y Tarapacá. Estas dos últimas siguieron llamándose así por razones que el vulgo ignora.
La calle Tarapacá estaba antes cortada en la plaza. Desde la casa que ocupa la imprenta de LA PATRIA hasta el mar, se llamaba Patillos, nombre de un puerto de estas costas; después el municipio chileno la denominó Francisco Sánchez en honor del Contra-almirante que falleció el año último. Con las reformas experimentadas por Iquique la calle Sánchez, fue anexada á la Tarapacá, recibiendo por tal motivo el nombre de ésta.
La calle Santa Rosa llamada hoy Esmeralda, fue conocida también con el nombre González Vijil, apellidos de un distinguido personaje peruano; la de Arequipa, hoy Patricio Lynch se llamó también Dos de Mayo en recuerdo del combate del Callao contra los españoles; la hoy llamada Aníbal Pinto se denominó además de calle Misti, calle Tumbes. La expresada calle Pinto, estaba antes dividida en la plaza Prat, llamándose la otra parte Manuel Orella; la Serrano se llamó además de calle Lima, Tarata y la llamada hoy San Martín -nombre que le dio el Gobierno del Perú- se llamó en los tiempos primitivos Almendral.
Nómina de las calles.
DENOMINACIÓN MODERNADENOMINACIÓN ANTIGUA
Avenida Cavancha
AmunáteguiHospital
Barros AranaPuno
BaquedanoHuancavélica
Bulnes
BolívarBolívar
Blanco Encalada
J.M. Balmaceda
Carrera
CajamarcaCajamarca
CovadongaLibertad
2 de NoviembreCuzco
18 de Setiembre
12 de Febrero
EsmeraldaSanta Rosa
F. Errázuriz Z.
Estación
Arturo Fernández
GorostiagaUcayali
Hospital
Miguel IzazaGuaviña
Patricio LynchArequipa
LoretoLoreto
Pedro LagosCamiña
LibertadPlacilla
LatorreAncachs
MoqueguaMoquegua
Juan Martínez
O’HigginsOcho de Octubre
Joaquín Orella
Primera Sur
Primera Norte
Aníbal PintoMisti
Manuel RodríguezEnrique Valdés Vergara
E. Riquelme
E. RamírezJunín
Segunda Norte
SouperPichincha
R. SotomayorCajamarca
San MartínAlmendral
Sexta Oriente
Séptima Oriente
Segunda Sur
I. SerranoLima
Sarjento Aldea
TacnaTacna
TarapacáPatillos
ThompsonErnesto Riquelme
L. UribeZela
UniónConcón
21 de Mayo
B. VivarAyacucho
Pedro R.Videla
WilsonMamiña
V. ZegersOrtiz
Las calles principales de Iquique, por hallarse rodeadas de edificios modernos, por su pintoresco aspecto, por la doble vía para carros urbanos y por otros detalles, son las siguientes: Baquedano, Luis Uribe, Tarapacá, Aníbal Pinto, Serrano, San Martín, Bolívar, Esmeralda, Vivar, Patricio Lynch, y la avenida Cavancha; pero hemos de hacer presente que con excepción de las calles Baquedano, Patricio Lynch, Luis Uribe Vivar y Tarapacá, las demás tiene su importancia sólo hasta cierto punto.
Las calles no comprendidas en la lista que acabamos de presentar y que pertenecen al Iquique de veinte años después de la guerra, están llamadas á desempeñar un brillante papel en lo porvenir, por cuanto que son calles muy anchas, muy rectas, muy aseadas y muy largas.
Haremos en seguida una breve descripción de las calles más importantes.
CALLE “BAQUEDANO”
Es ésta una de las principales de Iquique; tiene su nacimiento en la plaza Prat y termina en la avenida Cavancha. Es recta, ancha y aseada, su piso es al natural, está cruzada por una doble vía para carros urbanos y se halla constantemente recorrida por carruajes particulares y por los del servicio público por ser ella el tráfico obligado de los que se dirijen al paseo de Cavancha.
Sus edificios son como la generalidad de los de Iquique: casas de madera con corredor á la calle, tiene tres pisos y son de estilo elegante. Las mejores son: la del señor Astoreca, opulento industrial, la cual es conocida con el nombre de palacete. Es bastante espaciosa y tiene el aspecto de los edificios monumentales aunque es toda de madera. En ella habita el actual Intendente don Carlos Eastman; la de don Juan de Dios Reyes, Ajente del Banco Chile; la que ocupó el acaudalado minero don Jorje B. Chase recientemente fallecido en Londres: la de don Anjel Carcasson, en la cual estuvo instalado en años anteriores el Club de la Unión, las casas signadas con los números 78, 80 y 82 que, aunque no son una construcción elegante, son, sin embargo, sobresalientes por haber residido en ellas la Junta revolucionaria de 1891. Desde los balcones de la primera de estas casas, habitada en la actualidad por el abogado señor Agustín Arrieta, caballero que en varias ocasiones ha servido el cargo de Intendente de esta provincia, pasó revista á las tropas el Jefe de la Junta señor Jorje Montt.
Son también dignas de mención: la casa del Ajente consular de Francia, el salitrero señor Gil Galté; de la familia Valdés Pascal; de don Santiago Devéscovi; de don Carlos Vial Bello y la que habita el Cónsul de Béljica señor Luis F. Rojas.
Si la memoria nuestra no fuera frájil, habríamos mencionado muchas otras casas, pues, casi todas las de la calle Baquedano, son dignas de atención.
Encuéntranse también en esta calle el Liceo para hombres y la Intendencia. El primero fue construído en 1886 y tiene mucha semejanza con el segundo. El Liceo está servido en la actualidad por el distinguido maestro, natural de Polonia, señor don Baldomero Wolnizky, cuya ilustración é intelijencia nuestro Gobierno ha sabido siempre reconocer, demostrándolo la confianza que ha dispensado al señor Wolnizky, pues, en repetidas ocasiones, ha puesto bajo su dirección sus mejores establecimientos de enseñanza.
La Intendencia fue construída en 1892. Antes de la fecha citada era solamente un gran corral, donde daban los circos sus funciones. En este edificio residió la Corte de Apelaciones que en la actualidad se halla en Tacna; es por este motivo que se le destinó para despacho de los Gobernantes de Tarapacá. Es la Intendencia una gran casa, su estilo es sencillo y con el aspecto de los grandes edificios modernos. No obstante de ser el despacho de los Intendentes, se encuentra también ocupada por los Juzgados de Letras que sirven los señores Alonso y Poblete; por la Junta de beneficencia, cuyo Tesorero es el señor Manuel Borgoño; por el Registro Civil desempeñado por el señor Manuel Hueisler Borgoño; por la Notaría de don Francisco Martínez Gálvez y por la oficina del Promotor Fiscal señor don Carlos Vial Bello.
CALLE “LUIS URIBE”
Se compone solamente de cuatro cuadras que no tienen el largo reglamentario. En ella se encuentran los Bancos “Alemán Transatlántico” y “Tarapacá y Argentina”, en uno de los cuales estuvo establecido el Banco “Valparaíso” antes de fusionarse con el Banco “Chile”, y los hoteles Inglés y Continental. Este último posee un gran bar que es el punto de reunión de los notables industriales.
En el sitio donde se encuentra el Cable West Coast estuvo instalada la pastelería de don Tomás Capella que se halla en la actualidad en la plaza Prat.
Encuéntranse, además, en la mencionada calle, las importantes casas de comercio de los señores MacDonald; Evans y James; Hernández y Bumiller; H. Wobe y Ca., y Caffarena; las sastrerías de Henry Wobbe y Moulat y algunos escritorios de ajentes de Aduana.
CALLE “TARAPACÁ”
Es una de las más antiguas; en tiempos pasados llegaba solamente hasta la calle Juan Martínez y en vez de los buenos edificios que hoy posee, estaba rodeada de numerosos corrales, cafées y pequeños despachos. Poco á poco ha ido desapareciendo la angostura colonial, teniendo ya aceras anchas y más separadas unas de otras, sobre todo en la parte incendiada el 9 de Noviembre último.
Se encuentran en esta calle muy buenos edificios, sobresaliendo la casa que posee la Sociedad Filarmónica y que fue en otro tiempo propiedad del opulento caballero peruano don Juan Vernal y Castro; el edificio del Club Italiano, donde se encuentra la bomba “Ausonia” y que fue estrenado en 1892 con ocasión del 400° aniversario del descubrimiento de América. El terreno donde se halla este club fué obsequiado á la colonia italiana por el señor Carmelo Perretta, que reside actualmente en San Francisco de California, después de haber hecho su fortuna en Iquique; el edificio que ocupa la tienda “La Dalia Azul”; el del “Club Chino”; el de la nueva fábrica de calzado; la sucursal del Gran Hotel “Génova”; la tienda “La Paloma”; el gran taller de don Andrés de Foscarini; y el almacén “Capella”.
Está cruzada por una doble vía para carros urbanos, y hay constantemente en ella un gran movimiento comercial que la hace una de las calles más pintorescas de Iquique.
CALLE “ANÍBAL PINTO”
Esta calle es paralela y vecina á la Baquedano, pero sólo tres cuadras son importantes, pues desde la plaza Prat hasta Cavancha carece de interés.
Encuéntrase en la parte comercial, la Caja de Ahorros creada por el Gobierno en 1903 y que tantos beneficios ha reportado á las clases obreras de Tarapacá, debiéndose gran parte de ellos al inteligente y celoso caballero don Alberto Bustos que desempeña en la actualidad el cargo de administrador; el Hotel “Phoenix” que es uno de los importantes; el Consulado Argentino y numerosos escritorios de ajentes salitreros y de aduana.
CALLE “SERRANO”
Sin tener el gran movimiento comercial que prestigia á otras calles, la expresada no carece, sin embargo, de cierta importancia.
Aparte de poseer algunos buenos edificios, tales como el de don Francisco Sparenberg; el de la bomba austriaca y otros, cuenta con dos grandes casas comerciales llamadas “El Sol” y la “Casa Francesa”.
Encuéntrase también el consulado del Perú y la segunda entrada al Club Peruano; el escritorio de los señores Moro y Lukinovic; una fábrica de licores; la segunda entrada al Gran Hotel “Génova” y los almacenes del comercio amarillo.
La calle “Serrano”, en el límite de la calle Patricio Lynch, está cerrada por un café chino, conocido con el nombre de “Hotel Talcahuano”.
CALLE “SAN MARTÍN”
Solamente tres cuadras de esta calle son dignas de atención: las comprendidas en el centro. En esta parte se encuentran: la gran Droguería “Valparaíso”, del reputado farmacéutico don Manuel Antonio Godoy; la gran librería Española de don Higinio Marín, gran admirador del arte tauramático; las oficinas de Gibbs y Ca, grandes industriales; el almacén de John Morris; la gran tienda de Murray; la casa japonesa; varios escritotrios y sociedades de seguros; la Compañía de Agua de Tarapacá; la Notaría del señor Carlos Marín Vicuña; las oficinas del Cable Sub-marino y la empresa de Teléfonos.
El resto de la calle se compone de algunas casas particulares, de despachos, tiendas y picanterías.
CALLE “BOLÍVAR”
Es también una calle de mucho movimiento.
En ella se encuentran tres joyerías de gran lujo, que son sucursales de grandes casas instaladas en Europa; la importante casa comercial de los señores Gómez: cuatro notables librerías; los consulados de Alemania y Estados Unidos, servidos por los señores Groothoff y Müecke, sucesivamente; la casa de Correos y Telégrafos, y los Bancos Chile, Italiano y Español de Chile. El edificio del primero fue construído en 1887 por el ingeniero francés don Eduardo Lapeyrouse,. El Banco Italiano, que se encuentra instalado al frente del Español, tiene en comienzo un edificio frente al Correo desde el año último, al cual se trasladará tan pronto como se termine.
Además de las instituciones y casas comerciales ya nombradas, se encuentran también en la calle Bolívar la Notaría del señor Francisco J. Hurtado y varios escritorios de ajentes de aduana.
CALLE “ESMERALDA”
Tiene su nacimiento en la aduana, en cuyo punto hay un activo movimiento comercial, pues en él se encuentran la ajencia de vapores de Lockett, Bros y Ca, la casa comercial de Chinchilla, el escritorio de don Noel Campbell, proveedor de los buques de la bahía y el del señor don Alfonso Vallebona; las bodegas de Zanelli Hermanos; la Compañía de Seguros Italiana; la Ajencia Consular de Italia, servida por el señor don Alberto Morfino y las casas de propiedad de éste caballero; el liceo para señoritas instalado en un elegante edificio; la casa de los acaudalados señores Gildemeister; la iglesia Metodista y la casa de don Guillermo Billinghurst.
Al tratar de esta calle hemos hecho mención sólo de lo que puede ser de interés y dejamos constancia de que esta calle es, como las que corren paralelas á ella: muy ancha y bastante larga, pues, como las otras, declina al pié de los cerros de la Pampa.
CALLE “VIVAR”
Nace al pié de la Estación del Ferrocarril Salitrero y es también una de las calles más pintorescas desde el comienzo al final, pues en ella se encuentra todo el comercio al por menor. Está atravesada por una doble vía de carros.
Se encuentra asimismo en ella el Teatro Nacional, cuyo exterior es bastante deplorable; esto no quiere decir que el interior le aventaje en mucho, pues también deja bastante que desear. Si su proscenio por algo vale, es por que en él lució su talento la insigne actriz francesa Sara Bernhartd, estando en esta capital de paso para el extranjero.
En una de las varias casas de pensión que se encuentran en esta calle, tiene su residencia el jeneral boliviano don José Manuel Rondón que se encuentra desterrado de su patria por acontecimientos políticos.
Hállanse también la Sociedad Industrial de Tabacos; una sucursal de los grandes almacenes de Capella; la Fotografía Elegante y el Colegio “Don Bosco”.
CALLE “PATRICIO LYNCH”
Aunque en su totalidad no está rodeada de grandes edificios, posee, sin embargo, varias casas de admirable construcción, sobresaliendo la del señor Fisher Rubio, la de la señora viuda Sartori, la del señor Goldsmith, de Zanelli Hermanos y varias otras.
Encuéntranse también la bomba “Iberia”; la imprenta de “El Tarapacá”; el almacén de Gómez Hermanos: el de los señores Schiavetti y Ca y el Consulado de Dinamarca.
FIN

Comentario de Carlos Pérez

Comentario de Carlos Pérez sobre conmemoración en Iquique del Centenario de la matanza

Cien Años, Primera Parte

Carlos Pérez Soto
Profesor de Estado en Física

“Hasta Iquique nos hemos venido, pero Iquique nos ve como extraños”
Cantata Santa María, Luis Advis
El 20 de Diciembre de 2007, en la mañana, en la ex oficina salitrera de Humberstone, fue el acto de cierre del 2º Encuentro de Historiadores titulado “A 100 años de la Matanza de la Escuela Santa María de Iquique”. El antiguo teatro, no muy grande, estaba lleno de estudiantes y académicos venidos de todo Chile. En el discurso de despedida, la historiadora María Angélica Illanes desarrolló largamente, en un complejo discurso, quizás hermoso, unas cuarenta ideas distintas, todas eventualmente interesantes, sin decidirse por ninguno de los quizás cuatro o cinco discursos que probablemente había preparado, resolviéndose, de manera poco feliz, a leerlos simplemente uno tras otro, bajo el hilo general del tema de fondo. Al parecer lo más interesante de todo fue cuando trató de “dictadura de la burguesía desmilitarizada” al gobierno de la Concertación, en lo que llamó “una inversión de la lógica marxista”, sin que se entendiera muy bien “inversión” respecto de qué. Los asistentes, ampliamente entusiasmados, aplaudieron sin pasarle la cuenta.
Y entonces empezó lo interesante. Entró la Ministra de Educación, acompañada de varios personeros de gobierno algo oscuros que, para su fortuna, pasaron desapercibidos (como el Director de Organizaciones Sociales, de la Secretaría General de Gobierno, organismo de oscuros méritos). Pero ella no. Se cometió la seria imprudencia de anunciarla, incluso con un cierto orgullo… se sintió una rechifla estudiantil aguda y sostenida. Sin inmutarse avanzó y se sentó. Los gritos seguían, “¡que se vaya!”, una y otra vez. Habló la Directora de DIBAM, que acortó visiblemente sus palabras. Los gritos seguían. Se dice que la Ministra tenía preparado un discurso, incluso con anuncios (como que se destinarán fondos para reconstruir la Escuela Santa María). Prudentemente no lo leyó. Se pasó rápidamente a la Cantata, interpretada correctamente por un grupo local. Aprovechando alguna pausa de la música, la Ministra se paró y salió. Los estudiantes salieron tras ella, los académicos, algo pálidos, salieron tras los estudiantes. “¡Que se vaya!”, algunos epítetos gruesos, incluso de índole machista, voló algún vaso con agua, algunos osados le remecieron el auto. Carabineros acudió (de pronto aparecieron botas y escudos). Pero no podían hacer mucho sin exponerse a repetir “vergonzosos sucesos” justo en el lugar y fecha menos apropiados. El auto partió rápido. Al interior del teatro la Cantata triunfaba por sobre las conmociones.
Los asistentes se retiraron en paz. Satisfechos por un buen Congreso. Satisfechos abiertamente los estudiantes. Satisfechos disimuladamente la mayoría de los académicos, aunque “no compartieran este tipo de excesos, sin embargo comprensibles…”. Cosa notable, poco antes del profuso abucheo, la historiadora boliviana, Ministra de Cultura de Evo Morales, había sido aplaudida fervorosamente por todos.
A eso de las tres de la tarde, en buses, regresaron a Iquique. Yo me hice el valiente y me fui caminando hasta Pozo Almonte (7 Km), a perseguir mis delirios. Durante meses se rumoreó sobre una marcha que bajaría “desde las salitreras” hasta el puerto. Rumores vagos, organización indefinida. Pero el 18 y 19 de Diciembre había muchos panfletos que llamaban a marchar. Incluso señalaban un itinerario: partir el día 20, a las 17.00, desde la ex oficina Buen Retiro, en Pozo Almonte (47 Km), para llegar al día siguiente, a eso de las 10.30, a Alto Hospicio (6 Km), y desde allí hasta Iquique. Se trataba de llegar a la Escuela Santa María a las 15.30, justo antes de la hora en que fue la matanza, cien años atrás.
Siete kilómetros de desierto a las tres de la tarde es bastante, pero con agua y mística llegué a la plaza de Pozo Almonte, miré a las personas comunes que me miraban con algo de sorpresa, completamente ajenos a todo extravío ideológico, y esperé. La realidad cayó sobre mí, sin embargo, como suele decirse, “como la noche”, con un detalle no menor: eran las cinco de la tarde, a pleno sol.
A las 15.45 de la tarde del día 21 de Diciembre de 2007, en el místico momento de los cien años, había más gente en la Zofri que frente a la Escuela Santa María, había más gente en la playa de Cavancha que en la “marcha del movimiento sindical”. Marcha, por cierto, en la que había más estudiantes que movimiento sindical. Al punto de partida, el día 20, sólo llegaron unos veinte estudiantes valientes, que efectivamente marcharon, y un viejo ridículo. Al día siguiente, en Alto Hospicio, dos horas después de lo planeado, se juntaron algunos cientos de personas, y marcharon desde allí.
Las marchas, que nunca se encontraron, llegaron a la Escuela Santa María a eso de las 15.30. Empezó un acto con jóvenes entusiastas y artistas locales. El joven que presentaba repetía “artistas populares que no cobran… como Quilapayún”. Un conjunto tocó algo así como un cuarto de Cantata, hablaron algunos dirigentes sociales, pocos. Hubo un minuto de silencio. A la altura de la aparición de dos jóvenes hiphoperos, de los que habían marchado, quizás unos 1000, sólo quedaban unos 200.
El resto de la tarde transcurrió plácida, sin incidentes de ningún tipo: playa, puerto, Zofri, cerveza. La Escuela histórica, tomada desde varias semanas atrás, pasó nuevamente a la lucha diaria de los dos sindicatos que se instalaron allí contra la atroz indiferencia de las autoridades, de los patrones, de los medios de comunicación, de las miles de personas que circulan cada día por el mercado vecino.
A las 20.00, frente a la playa, con “un marco impresionante de arena, mar y puesta de sol”, empezó el acto oficial. A unas veinte cuadras de la Escuela misma, a unas diez cuadras de la plaza central, con su teatro y su reloj históricos, en una plaza que recuerda la invasión chilena de 1879. Un escenario enorme, lleno de focos, de una altura impresionante, con amplificación a todo lujo, pantallas, proyectoras, espacio de baile y sillitas de plástico. Un espacio cercado con vallas de contención instaladas en un entorno de unas dos cuadras, al que sólo se podía entrar con invitación. Con carabineros de uniforme no muy agresivo, y muchos civiles que “discretamente rodean la Escuela”. Hacia una avenida que bordea la playa el público “exterior”, a no menos de ochenta metros del escenario. Quizás, en el momento de máxima asistencia, unas 1000 personas.
Se veían en este público banderas del Partido Socialista, unas veinte, agrupadas, banderas del Partido Comunista, unas quince, en otro grupo, una que otra bandera de grupos anarcos o extraparlamentarios. Algunos, que portaban enormes pancartas con frases alusivas decidieron, pudorosamente, no extenderlas… el público era tan escaso que habrían tapado el escenario.
En el público “interior” autoridades, nacionales y regionales, muchos colados, dirigentes sindicales. En un momento clave, que a pesar del enorme simbolismo pasó casi desapercibido, el grupo portador de las banderas comunistas fue admitido en el espacio interno, pasando las rejas, proceso en el que, quizás por razones puramente funcionales, bajaron sus banderas, las que no volvieron a alzarse en todo el acto. Con esto en el espacio “interno”, muy amplio, llegaron a haber unas 500 personas. Curiosamente las banderas socialistas, siempre alzadas, permanecieron fuera.
El espectáculo empezó, tras varios llamados del narrador para que se mantuviera “el debido respeto”, con una puesta en escena muy simple, acompañada por un relato a dos voces. Dos actores vestidos de mineros estilizados enarbolaban banderas inmaculadamente blancas. El texto, lleno de todas las frases correctas esperables, reiteraba con un énfasis algo nervioso tópicos sobre la masacre llevada a cabo por militares “de otra época”, bajo la responsabilidad de un gobierno “de otra época”… Sin detenerse sino muy brevemente en los empresarios (“de otra época”), y sin mencionar en absoluto al capital inglés… “de esa época”. Abundaba en cambio en la actitud pacífica de los mineros, e insistía en las lamentables divisiones, y en la presencia negativa de los que, “hasta el día de hoy”, ponen el énfasis en los extremos y “sectarismos” que “tanto daño han hecho…”.
El público, ambos públicos, sin hacerse cargo en absoluto del mensaje, sólo aplaudió de manera cortés. Irrumpió de pronto una cofradía, muy Tirana – Sernatur, con una música de carnaval, bailando con sus trajes lustrosos. El público, algo perplejo ante la música festiva, empezó a seguir el ritmo, también de manera cortés, sin mucho fervor.
Después del episodio festivo los discursos. En nombre de la Comisión Organizadora el Secretario General de la CUT, con un encendido discurso, golpeado de voz y actitud, que arrancó más aplausos en el círculo interno que en el público exterior. Se oyeron ocasionalmente algunos gritos de “¡obrero, entiende, la CUT no te defiende!”, pero no pasó a mayores. Tampoco la obviedad del populismo sindicalista entusiasmó mucho. Después de sus proclamas fervorosas, el dirigente bajó de la tribuna y estrechó calurosamente la mano a las autoridades presentes. Aparentemente muy pocos lo notaron.
El entusiasmo llegó sólo cuando el Ministro del Interior, Belisario Velasco, tuvo la valentía de explicar durante casi cuarenta minutos, porqué el gobierno de la Concertación debe ser considerado mejor que el de Pedro Montt, y porqué “los excesos que a nada conducen” le han costado tan caro al movimiento popular. Valiente. Fue abucheado de manera continua durante los cuarenta minutos. Le gritaron “corrupto”, “¡que se vaya!”, “traidor”, e incluso, vivamente, “asesino”. Ante lo cual, sin embargo, con inalterable fortaleza de rostro, siguió sin respiro, casi sin apuro, hasta terminar.
Fin de los discursos, ahora sí el plato de fondo, Quilapayún. Impecables. Arreglos musicales complejos para canciones conocidas y simples. Una curiosa y engolada canción que mistificaba y elevaba a Allende hasta el parnaso del mal gusto. Luego “La muralla”. “No saben las ganas que tengo de cantar esta canción” dijo uno de ellos, en una presentación que daba para meditar. La gente cantó igual, e incluso, por momentos, se sintieron voces particularmente intensas, sobre todo en partes como “el gusano y el ciempiés”.
Y, por fin, la Cantata. El presentador insistió, como al principio, en el “debido respeto”. Pidió que se escuchara la obra en silencio y que… “nos tomemos de las manos”. Afortunadamente el público lo ignoró por completo. (Tengo que decir que en realidad no vi, en ese momento, qué ocurría en las primeras filas de asientos: yo estaba en el “exterior”).
Una hermosa, excelente, versión, en un contexto monstruoso. El relato brillante de Silvia Santelices. La amplificación sin mácula, las diapositivas apropiadas. Un lunar de belleza y emoción en la fealdad insuperable de lo establecido. Por un momento todos se emocionaron. (La verdad es que no me atrevo a extender esta estimación a todas las autoridades presentes). Aunque sea amparado en la libertad de culto, tengo que decirlo: por un momento la Cantata lo llenó todo. Lo absorbió todo. Dignificó lo indigno. Borró el rostro de los canallas. Dejó en la trastienda de la pequeñez a los oportunistas, a los traidores, a los “servidores públicos”. Acalló a los que enarbolaron verdades históricas para mentir. Silenció la estridencia de los focos, la sordidez del escenario pensado para mantener la seguridad, la vergüenza del marco turístico.
Por un momento, ay!, un breve momento. Apenas terminada la magia, en medio aún de los aplausos, en contra de los pronósticos de los simples, el Quila francés arremetió ni más ni menos que con “El pueblo unido jamás será vencido”. Por cierto cayeron hasta los más exaltados. Quizás con la esperanza de que la fuerza del texto atemorizara a los canallas. Los canallas, por supuesto, cantaron también a todo pulmón, varios de ellos incluso con el puño en alto.
El acto terminó pacíficamente. El público se fue separando con calma. Me tocó ver el ágil movimiento de los muchos guardias hacia las vallas, con una cierta ansiedad de que fuesen traspasadas de manera “anormal”. No fue necesario en absoluto. El animal posible ya estaba domesticado. Los más integristas con cara de depresión. La mayoría con visible satisfacción. Todos se retiraron en paz.
Un buen amigo me cuenta que, en las horas siguientes, en un hotel turístico inmediatamente contiguo, se llevó a cabo una gran comida, casi masiva, fin de fiesta de un encuentro organizado por… Fonasa. Un evento carísimo, en que autoridades nacionales y locales hicieron sendos discursos, ya sin vergüenza ni peligro alguno, en que se congratularon y alabaron a sí mismos extensamente. Imagino, por otro lado, los “salud” inversos, con chela y desencanto, de los anarcos, o de los muchos estudiantes que viajaron al encuentro de historiadores, quizás lo más digno de todos los “sucesos acaecidos” en tan luctuosa semana.
Estuve cinco días en Iquique. Recorrí estos eventos y muchas calles. Fui a caminar junto al mar y al mercado. Me abstuve, santamente, de ir a la Zofri. Y vi el Iquique de 2007 desde todos estos ángulos. Vi gente comprando antes de la pascua, los camiones con pascueros que recorrían las calles con música de Merry Christmas a todo volumen. Escuché unas veinte veces la Cantata, completa o parcialmente. Y en medio de todo vi a los muchos estudiantes y profesores que asistieron a este encuentro de historiadores. Paseando por el “boulevard” Baquedano, tomando traguitos y sándwich baratos en múltiples locales, saludándose una y otra vez en un centro de ciudad pequeño y empequeñecido. Teníamos algo de desconcertados, una especie de cara de pregunta inconclusa. Iquique, inconmovible, parecía seguir igual. La playa, la pascua, la sobreexplotación, las compras. En ninguna de las muchas representaciones alusivas a los cien años, salvo en las tres que he descrito, vi más de cien personas. Perdidos entre el universo de los iquiqueños reales no pude evitar pensar en este verso de la Cantata: “hasta Iquique nos hemos venido, pero Iquique nos ve como extraños, nos comprenden algunos amigos, y los otros nos quitan la mano”. Y me acordé, digámoslo así, entonces me acordé, que estamos en Chile. En el Chile que hemos dejado que la Concertación construya.
Iquique, 22 de Diciembre de 2007.-

Para Consuelo

Cien Años, Segunda Parte

Carlos Pérez Soto
Profesor de Estado en Física

“Unámonos como hermanos que nadie nos vencerá” Cantata Santa María, Luis Advis
Escribí la primera parte de este texto como simple relato de experiencias. Datos positivos, inspirado por los historiadores que escuché en el 2º Encuentro, impresiones, siguiendo de un modo más prudente el estilo de la Profesora Illanes, y de las emociones estudiantiles, que ya no tengo. Me pareció preferible distinguir ese plano de otro, más explícitamente político, analítico y de tesis. Es lo que quiero hacer ahora.
Una experiencia más, sin embargo, como punto de partida. En la noche del miércoles 19 de Diciembre pude ingresar a la Escuela Santa María, tomada desde hacía varias semanas por dos sindicatos, apoyados por estudiantes. Asistí a un foro: “Pensando formas de organización”. Exponían varios dirigentes sociales de base, representantes de organizaciones de muy diversa envergadura. Unas treinta personas casi llenaban una de las salas de clase. Un número difícil de establecer en realidad, porque la gran mayoría curiosamente salía y entraba continuamente, sin llegar a escuchar completa ninguna de las ponencias.
El estilo de los expositores, enfático, golpeado, abrumadoramente repetitivo, quizás justificaba esta circulación. En realidad en cualquier momento en que uno ingresara a la sala, con leves variaciones locales, se podían escuchar casi las mismas ideas. Las dos palabras que más se repetían eran “unidad” y “traidores”. “Debemos unirnos”, “dirigentes traidores”. Una paradójica mezcla de esperanza contenida y profundo desencanto recorría las exposiciones. Desde luego una enorme ira.
Un recuento, difícil, de lo expuesto podría resumirse en lo siguiente. Una preocupación mucho más urgente por las formas de organización que por los contenidos. Muy por sobre el título del foro, y a pesar de las reivindicaciones puntuales planteadas con vehemencia. Y un contrapunto dramático entre los reiterados “debemos unirnos” y los enfáticos “no podemos permitir que…” Dramático porque mientras los primeros eran genéricos, moralizantes y algo vagos, los segundos eran precisos y terminantes, impidiendo de manera visible toda esperanza de unión.
En algún momento los panelistas mismos empezaron a entrar y salir, y luego se agregaron tres o cuatro a los seis que ya habían hablado. Se obtuvo una conclusión sumaria, que muy pocos escucharon, y se levantó la sesión, sin más perspectiva que la decisión de mantener y apoyar la toma de la Escuela, y algunos aplausos. Me quedé con la aguda impresión de que lo que había visto era el vivo retrato de una de las izquierdas chilenas. La izquierda pobre, precaria, dividida, dramáticamente ineficaz. Ya he relatado en la primera parte de este texto algo del contrapunto, de la izquierda que conmemoró junto a la playa. La izquierda oscura, innoble, corrupta.
Como este es un texto de tesis, puedo avanzar una: no habrá izquierda real en este país mientras gobierne la Concertación.
Dos veces ya la izquierda ha puesto su 5% objetivo para sacar a Lagos y a Bachelet. Lo que se ha obtenido es que el movimiento social organizado, que lo hay, en la CUT, la ANEF, el Colegio de Profesores, los sindicatos mineros y madereros, ha permanecido congelado, entre las bravatas y las prebendas, con conquistas miserables, muchos eventos caros para dirigentes, y absoluta falta de voluntad para producir movilizaciones mayores. Algunos han obtenidos fondos para memoriales y conmemoraciones, locales de partidos, reales o en plata, fondos para las escasas ONG que no han pasado directamente al aparato del Estado, eventuales pactos de omisión. Otros, sobre todo los movimientos de pobres y de jóvenes, sólo han recibido manipulación, engaño y desencanto a manos llenas.
Esto no puede repetirse. Hoy el principal enemigo de la izquierda en Chile es el enorme poder de cooptación por parte del aparato del Estado. Un requisito mínimo para la rearticulación es quedarse de una buena vez sin los Fondart, los fondos de “desarrollo social”, las prebendas en los municipios que se comparten con la derecha, las “donaciones” desde la Presidencia de la República, los proyectos para reanimar ONG, las peguitas en las Secretarías Regionales e Intendencias, los eventos a todo trapo para que los dirigentes sociales “estudien” o “reflexionen”, los cinco diputados cagones que podrían darnos simplemente para que la ley electoral se mantenga sin cambios de fondo.
Propongo una segunda tesis: sólo elaborando un pliego breve, claro y contundente se pueden ordenar las innumerables reivindicaciones sectoriales que, por muy justas que sean, hoy dificultan la unidad real de los múltiples actores de la presión social. No hay que buscar mucho, la lista es más o menos obvia:

– re nacionalización del cobre,

– fin a la Constitución del 80,

– nacionalización de la deuda externa estatal, y fin al aval estatal de la deuda externa privada,

– re nacionalización de los servicios estratégicos de energía eléctrica, gas, agua y comunicaciones,

– drástica reducción del costo del crédito y fuerte royalties a toda exportación de capitales y ganancias.
Por supuesto que de esto deriva un enorme número de reivindicaciones económicas, políticas y sociales. Y cada sector hará las suyas. Pero he puesto énfasis en estas:

– porque son la condición de posibilidad de todas las otras,

– porque apuntan directamente a la esencia del modelo económico imperante,

– porque es en torno a ellas que se puede hacer política estratégica, más allá de las urgencias inmediatas, ciertamente atroces cada una de ellas.
La izquierda, al menos la izquierda, debe hacer política estratégica radical, debe ordenar sus diferencias en torno a un horizonte global, debe apuntar hacia más allá de la política inmediata.
Pero esto conlleva una tercera tesis, algo más teórica: se debe ir más allá de las falsas dicotomías entre lo global y lo local, entre la unidad y la diversidad, entre las formas de lucha o de organización.
No sólo hay de hecho sino que debe haber muchas izquierdas. La gran izquierda no puede ser sino un conglomerado en red de muchas organizaciones, que tengan diversas formas y alcance, que tengan intereses diversos, e incluso parcialmente contradictorios entre sí. Lo que necesitamos no es un partido único sino una red. No necesitamos una línea correcta sino un espíritu común. Un espíritu común ordenado en torno a esas demandas globales que he señalado. Una amplia voluntad de conectar las demandas sectoriales a esos objetivos globales que, como se habrá notado, son bastante definidos y concretos. Una amplia voluntad de aceptar como parte de las muchas izquierdas, de la gran izquierda, toda clase de formas de organización y de expresión que quiera reconocerse en esos objetivos.
Pero es necesario para esto una cuarta tesis: la rearticulación de la gran izquierda sólo es posible si se abandona la estéril y fraticida polémica entre “revolucionarios” y “reformistas”. La más profunda y dañina dicotomía que hemos heredado de la racionalidad mecanicista del enemigo.
Reforma y revolución no deben ser pensadas como alternativas sino como inclusivas. Todo revolucionario debe ser como mínimo reformista. El asunto real es qué más, qué horizonte radical buscamos desde las iniciativas reformistas que emprendemos. Todas las peleas hay que darlas. Lo local, lo cotidiano, lo pequeño, no es menos significativo para el que lo sufre que lo grande y lo global. El asunto es más bien el espíritu, el horizonte desde el que damos cada una de esas peleas locales. Alejarse de lo local aleja tanto de la revolución como quedarse en ello. Toda lucha local que quiera inscribirse en el horizonte de la gran izquierda y su espíritu debe ser respetada y, eventualmente, apoyada. El camino de nuestra revolución pasa por los objetivos estratégicos que he señalado, y ese es, y debe ser, un camino que contenga toda clase de tamaños, formas, ritmos y colores.
Cuando se habla de “revolución”, sin embargo, debemos ser claros en que estamos hablando finalmente de la abolición de las clases dominantes. Estamos hablando, en buenas cuentas, del fin de la lucha de clases.
Al respecto me permito una quinta y última tesis: hoy la gran lucha de la gran izquierda no es sólo contra la burguesía, es también contra el poder burocrático. Es la lucha histórica de los productores directos, que producen todas las riquezas reales, contra el reparto de la plusvalía apropiada entre capitalistas y funcionarios. Los burócratas, como clase social, organizados en torno al aparato del Estado, pero también insertos plenamente en las tecno estructuras del gran capital y de los poderes globales, los burócratas, amparados en sus presuntas experticias, fundadas de manera ideológica, son hoy tan enemigos del ciudadano común, del que recibe un salario sólo de acuerdo al costo de reproducción de su fuerza de trabajo, como los grandes burgueses.
El dato contingente es éste: la mayor parte de la plata que el Estado asigna para el “gasto social” se gasta en el puro proceso de repartir el “gasto social”. La mayor parte de los recursos del Estado, supuestamente de todos los chilenos, se ocupan en pagar a los propios funcionarios del Estado, o van a engrosar los bolsillos de la empresa privada. El Estado opera como una enorme red de cooptación social, que da empleo precario, a través del boleteo o de los sistemas de fondos concursables, manteniendo con eso un enorme sistema de neo clientelismo que favorece de manera asistencial a algunos sectores claves, amortiguando su potencial disruptivo, y favoreciendo de manera progresivamente millonaria a la escala de operadores sociales que administran la contención.
No se trata de analizar, en estos miles y miles de casos, la moralidad implicada. No se trata tanto de denunciar la corrupción en términos morales. El asunto es directamente político. Se trata de una corrupción de contenido y finalidad específicamente política. El asunto es el efecto por un lado sobre el conjunto de la sociedad y por otro lado sobre las perspectivas de cambio social. Por un lado el Estado disimula el desempleo estructural, debida a la enorme productividad de los medios altamente tecnológicos a través de una progresiva estupidización del empleo (empleo que sólo existe para que haya capacidad de compra, capacidad que sólo se busca para mantener el sistema de mercado), por otro lado se establece un sistema de dependencias clientelísticas en el empleo, que obligan a los “beneficiados” a mantenerlo políticamente.
Los afectados directos son las enormes masas de pobres absolutos, a los que los recursos del Estado simplemente no llegan, o llegan sólo a través del condicionamiento político. Los “beneficiados”, junto al gran capital, son la enorme masa de funcionarios que desde todas las estructuras del Estado, desde las Universidades y consultoras, desde las ONG y los equipos formados para concursar eternamente proyectos y más proyectos, renuncian a la política radical para dedicarse a administrar, a representar al Estado ante el pueblo segmentado en enclaves de necesidades puntuales, para dedicarse a repartir lo que es escaso justamente porque ellos mismos lo consumen, dedicarse a contener para que no desaparezca justamente su función de contener.
O, si se quiere un dato más cuantitativo: en este país, que es uno de los campeones mundiales en el intento de reducir el gasto del Estado, y después de treinta años de reducciones exitosas, el 35% del PIB lo gasta el Estado. La tercera parte de todo los que se produce. El Estado sigue siendo el principal empleador, el principal banquero, el principal poder comprador. El Estado se mantiene como guardián poderoso para pagar las ineficacias, aventuras y torpezas del gran capital, y para hacerse pagar a sí mismo, masivamente, política y económicamente, por esa función.
Reorientar drásticamente el gasto del Estado hacia los usuarios directos, reduciendo drásticamente el empleo clientelístico de sus administradores, y reconvirtiéndolo en empleo productivo directo. No se trata de si tener un Estado más o menos grande. La discusión concreta es el contenido: grande en qué, reducido en qué. Menos funcionarios, más empleo productivo. Manejo central de los recursos naturales y servicios estratégicos. Manejo absolutamente descentralizado de los servicios directos, de los que los ciudadanos pueden manejar por sí mismos, sin expertos que los administren. Lo que está en juego en esto no es sólo el problema de fondo de una redistribución más justa de la riqueza producida por todos. Está en juego también la propia viabilidad de la izquierda, convertida hoy, en muchas de sus expresiones, en parte de la maquinaria de administración y contención que perpetúa al régimen dominante.
Tengo que decir que una buena parte de estas tesis, que he trabajado desde hace bastante tiempo, y que resumen de manera simple lo que muchos otros intelectuales han pensado y trabajado también desde hace mucho tiempo, me resultaron urgentes en medio de la siguiente escena, que se dio en el marco de la conmemoración oficial de los 100 años de la matanza de la Escuela Santa María de Iquique: el Quilapayún francés cantándonos y haciéndonos cantar “El pueblo unido jamás será vencido” desde la misma tribuna en la cual el Ministro del Interior, Belisario Velasco, había mentido sin pudor mientras era abucheado sin pausa. La mayor parte de los que lo abuchearon cantaron con entusiasmo y profunda esperanza esta canción. Cuando terminaron el Ministro Velasco felicitó calurosamente a Quilapayún.
Iquique, 22 de Diciembre de 2007.-
Para Consuelo

Comentario de Felipe Portales

Comentario de Felipe Portales al cumplirse 100 años de la matanza en Santa María de Iquique.

Estimados colegas y amigos:
Hoy se cumplen 100 años de la matanza de Santa María de Iquique. Este referente de la lucha obrera permanece en la memoria de nuestro pueblo y en el imaginario nacional gracias al aporte de organizaciones sindicales, intelectuales y artistas que han aportado a su recuperación, sobre todo a partir de los años sesenta.
Queremos compartir con Uds. un artículo alusivo de Felipe Portales que nos hizo llegar la colega Adriana Goñi.

LA PEOR MASACRE
La matanza de Santa María de Iquique –cuyo centenario se conmemora el próximo sábado 21- constituye muy probablemente la peor masacre de la historia de la humanidad en tiempo de paz. Esto, por el número de víctimas fatales (que las estimaciones más confiables sitúan en cerca de 2.000); por la brevedad del tiempo en que se efectuó (alrededor de tres minutos); y por la extrema barbarie y cobardía en ametrallar hombres, mujeres y niños pacíficos e inermes.
De este modo, el democrático Malaquías Concha –quien estuvo en Iquique muy poco después de la masacre- denunció en la Cámara de Diputados que “sobre diez mil obreros inermes se disparó con ametralladoras, no por el espacio de treinta segundos, como dice el parte (del general Roberto Silva Renard), sino que esta espantosa carnicería ¡duró por lo menos tres minutos! ¡Se formaron montañas de cadáveres que llegaban hasta el techo de la Escuela Santa María! ¡Horrorícese la Cámara!”; y señaló que los sucesos de Iquique “son un estigma de vergüenza y oprobio para nuestra patria; acontecimientos que pasarán a la historia, señor vice-presidente, en condiciones más ominosas que las legendarias matanzas que nos refiere la historia de los primeros cristianos, que el legendario incendio de Roma atribuido a Nerón, que la matanza de San Bartolomé atribuida a los católicos contra los protestantes…que las matanzas que hoy mismo se llevan a cabo, en Turquía, contra los cristianos, en Rusia, contra los judíos” (Boletín de Sesiones de la Cámara; 30-12-1907).
Sin embargo, lejos de horrorizarse, la Cámara aprobó la barbarie, con sólo cuatro excepciones (además de Concha, el democrático Bonifacio Veas, el radical Daniel Espejo y el liberal Arturo Alessandri Palma). El liberal Luis Izquierdo llegó al extremo de admirar la frialdad y premeditación con que se efectuó; al decir que los oficiales que la habían ordenado “han cumplido su deber, el más amargo, el más cruel de los deberes que pueden corresponder a hombres de corazón y de honor. Y mientras no se nos pruebe –lo que no se nos probará- que ha habido de su parte imprudencia, impremeditación, arranques de cólera, algo que revele el abandono de la calma y de la serenidad, propias de la hora, debemos inclinarnos con respeto delante de ellos” (Boletín de la Cámara; 4-1-1908).
Más tarde, frente a las insistentes solicitudes de interpelación al ministro del Interior por parte de Alessandri, Concha y Veas; Izquierdo añadió la obscenidad, al plantear que “concluyamos una vez, con este asunto (de Iquique) que está demasiado fiambre” (Boletín; 6-2-1908).
A su vez, el ministro del Interior, el nacional Rafael Sotomayor, no solo justificó la matanza como “inevitable para cumplir el deber de mantener el orden y de dar garantías a las vidas y a las personas”, sino que además hizo un encendido elogio de sus autores: “¿A qué conducen, pues, las expresiones ofensivas contra las autoridades que libertaron al pueblo de Iquique de los desmanes de turbas inconscientes contra la propiedad y la vida de los ciudadanos?…Ellos, impidiendo ese movimiento subversivo, han salvadp al país de una vergüenza y de futuras complicaciones internacionales…el instinto de conservación social (de los diputados críticos) debería inducirlos a elogiar y aplaudir su conducta, como un estímulo y un ejemplo digno de imitarse por parte de aquellos a quienes la sociedad ha confiado la defensa de su vida e intereses” (Boletín; 2-1-1908).
Por su parte, “El Mercurio” señaló que “es muy sensible que haya sido preciso recurrir a la fuerza para evitar la perturbación del orden público y restablecer la normalidad, y mucho más todavía que el empleo de esa fuerza haya costado la vida a numerosos individuos…el Ejecutivo no ha podido hacer otra cosa, dentro de sus obligaciones más elementales, que dar instrucciones para que el orden público fuera mantenido a cualquiera costa, a fin de que las vidas y propiedades de los habitantes de Iquique, nacionales y extranjeros, estuvieran perfectamente garantidas. Esto es tan elemental que apenas se comprende que haya gentes que discutan el punto” (“El Mercurio”; 28-12-1907).
Poco después, el mismo diario, frente a una amenaza de huelga general destinada –entre otras cosas- a “obtener del poder público la separación y castigo del general Silva Renard y del Intendente de Tarapacá (Carlos Eastman)” se preguntaba: “¿Cómo podría el Gobierno acceder a un castigo de funcionarios que han cumplido su deber?” (“El Mercurio”; 4-1-1908).
Al constatar esta mentalidad se hace plenamente comprensible la promoción y el apoyo de la derecha chilena a una dictadura que -en aras de la conservación de sus privilegios sociales- desarrolló una política sistemática de terrorismo de Estado que se tradujo en decenas de miles de desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y torturas.

Felipe Portales, sociólogo

Directorio

Colegio de Antropólogos de Chile A.G.

Historia y Ficción

Historia y Ficción
Literaria sobre el Ciclo del Salitre en Chile

PRESENTACIÓN II
Este libro, si se puede decir de alguna manera, fue escrito en forma paralela entre Pedro y yo. Es más, Pedro Bravo lo empezó a escribir antes que yo me metiera en los temas de la literatura nortina. La complicidad por los temas del norte grande y de su capital: Iquique, nos ha llevado a tejer la amistad que hemos cultivado por el correo ordinario, el electrónico y por sus visitas a esta ciudad. Ex-alumnos de la Escuela Centenario Nº 6 y vecinos de barrios populares, nos hemos ido colaborando en sueños y en proyecto. Este libro es la concreción de un sueño y de un proyecto.
El norte grande -independientemente de su historia económica, social y política, produjo una ficción literaria de gran valor que no ha sido del todo valorada. Hombres y mujeres aparte de extraer el “oro blanco” tuvieron la capacidad de mezclar el deseo con la realidad para crear una literatura con fuertes contenidos reinvindicativos, ya sea de corte comuinista o anarquista.
En este libro encontará el lector las señas de una identidad literaria nortina. Toda ella girando en torno a esa gran epopeya que fue el ciclo salitrero.
HISTORIA Y FICCIÓN LITERARIA SOBRE EL CICLO DEL SALITRE EN CHILE
Pedro Bravo Elizondo y Bernardo Guerrero Jiménez

PRÓLOGO 1
Este libro obedece a varias razones, pero tal vez la principal sea que para Bernardo y yo representa un viaje hacia el pasado, no porque suframos del síndrome de la edad de oro, sino porque en mi caso mis abuelos pertenecieron, por un lado al grupo de los «enganchados:» provenían de la región del Maule; y el otro, a un coquimbano que decidió buscar fortuna también en la región del salitre. El primero, José Nazario Bravo, jornalero, falleció víctima de una de las plagas comunes en el Iquique de comienzos de siglo, la viruela; el segundo, José Santos Elizondo trabajó como «guachimán» para Gibbs y Cía. cuidando de las lanchas fondeadas en la bahía. Desempeño este trabajo desde 1918 a 1933. Allí en una de esas casas construídas sobre una lancha maulina, las «chatas,» vivió mi madre con el resto de la familia, hasta contraer matrimonio. Al fallecer ella yo tenía tres años, y su hermana mayor, María, y su esposo Antonio Guzmán, patrón de remolcador de la Compañía Salitrera de Tarapacá y Antofagasta, me tomaron a su cargo, y me fui a vivir a bordo, pues la compañía ofrecía sus chatas para que los motoristas estuviesen a mano veinticuatro horas al día en las labores de embarque y desembarque de salitre y mercaderías. Fue así como experimenté el último período del Ciclo del Salitre, con sus fechas relativas, pues desde y hasta el término de la Segunda Guerra Mundial los embarques ocuparon la mayor mano de obra del puerto y se laboraba la semana corrida y a veces por veinticuatro horas consecutivas, con pagos de jornales al doble y triple, este último después de las doce de la noche hasta la mañana siguiente. Trabajé como ayudante en el remolcador Alcatraz.
La vida abordo permitía conocer la inmensa gama de quienes laboraban en la bahía: fleteros en el muelle de pasajeros, cargadores, estibadores, guachimanes, vaporinos, pacotilleros (los que traían mercaderías, en especial de La Serena y Coquimbo) que viajaban en los vapores de la carrera como el Huasco, Aysén, Palena, Teno, Lebu, Imperial, Cachapoal, Maule, Mapocho
A la salida del muelle, pasando por la Aduana, aparecía otro mundo, el de tierra con las oficinas de la C.S.T.A. como también las maestranzas. En la plazoleta a la salida de la Aduana, el ferrocarril salitrero con una actividad febril; frente a él, una casa de cambio, hoteles, las oficinas de las empresas navieras, los consabidos bares, los coches tirados por caballos esperando por clientes de los recién llegados barcos de otras latitudes, quienes buscaban un sitio para «relajarse y divertirse» mientras sus naves cargaban el codiciado fertilizante. Los cocheros no sabrían lo suficiente inglés, pero sí entendían la palabra clave para el destino de sus pasajeros.
Esta vida diaria en la bahía y en el área del puerto permite apreciar este período que ahora es un recuerdo con caracteres míticos. No hemos tratado de escribir aquí una biografía, sino una reminiscencia de lo que fue la época del salitre, a través de obras que pertenecen al canon de la literatura de y sobre el salitre. Pensamos que hay que haber conocido vivencialmente el Iquique de la última etapa del salitre, para reconocer lo que algunos pioneros o empresarios del oro blanco, hicieron por la provincia al promover su propia riqueza. Uno de ellos fue John Thomas North, el Rey del Salitre. Hemos compilado el presente volumen, como una forma de rescatar la historia y hacerla accesible a las nuevas generaciones. Creemos con Milan Kundera que el olvido organizado destruye las naciones. Ese ha sido nuestro propósito; el lector decidirá si lo hemos logrado.

Pedro Bravo Elizondo

De barrio de La Puntilla

INTRODUCCIÓN A LA LITERARTURA SOBRE EL CICLO DEL SALITRE

El salitre como cualquier otra riqueza, atrajo a miles de trabajadores no sólo de Chile, sino de países vecinos y exóticos.(1) Iquique, el puerto principal de embarque, fue una colonia más extranjera que nacional durante cierto período de su historia. Interesante es recorrer los cementerios iquiqueños para darse cuenta de tal aserción. A comienzos de siglo, treinta por ciento de la población del puerto estaba conformada por ingleses, alemanes, peruanos y bolivianos, y un gran número de chinos empleados en la industria y comercio. Por años el inglés fue el idioma preponderante e Inglaterra y su capitalismo arrollador, y la emergencia de una elite con una preparación profesional en minas y metalurgia que abarca de 1851 a 1914, permitió que el 60% de la industria salitrera fuese controlada por firmas británicas establecidas en Valparaíso y el Norte Grande. La internacionalidad comercial que produjo el salitre, puede observarse con la siguiente estadística de 1912, con respecto a la entrada de barcos y veleros a la bahía de Iquique:
Nacionalidad
Barcos
Ingleses
301
Chilenos
520
Alemanes
178
Franceses
65
Noruegos
41
Japoneses
12
Italianos
9
Norteamericanos
12
Peruanos
5
Rusos
4
Total
1.147

Mario Bahamonde, nuestro notable antofagastino, tal vez describió mejor que ningún otro el fenómeno antes aludido,
Los hombres llegaron a estos lugares atraídos por una llamarada fascinante: la plata de Chañarcillo, la plata de Caracoles, la plata de Huantajaya, el cobre de Chuquicamata, el esplendor del salitre y sus posibilidades de vida fácil, el auge de los puertos, el cosmopolitismo de sus bahías. Avalanchas humanas acudieron a estas tierras. Y la otra impresión que produce la zona es la aventura. Todos llegaron aquí movidos por el incentivo aventurero; el negocio fácil, el trabajo rendidor, el contrabando, el golpe de suerte, etc. Sin embargo, mirado el problema del poblamiento nortino con más calma, resulta distinto. Se trata de un lento proceso de integración; integración del hombre a esta tierra y, además, integración de la tierra a la economía nacional (Bahamonde, 1978: 13).
La concentración proletaria en una región semi-urbana produjo un individuo cuyo modo y sistema de vida difirió de la del inquilino o trabajador de la zona central y sur chilenas. Sigo a Bahamonde, cuando expresa que «después que éstos (los trajabadores) se ubicaron en sus estratos y se quedaron, lo único que los unió y unificó fue el habla: el pililo y el jaibón» (13). Como lo han ratificado los investigadores, aunque el salitre favoreció a compañías, individuos y el erario nacional, una mínima parte quedó en la región. Para el Gobierno «los problemas de este sector son asimilables a aquellos que ocurren en territorio extranjero»(2). Por lo tanto no hubo preocupación por los aspectos sociales ni se realizaron inversiones a nivel de los recursos humanos. Consecuentemente el Norte se convirtió en foco de actividades políticas y sociales. El pampino fue la síntesis de esa fuerza colectiva que modificó parte de la historia social de Chile, y en el proceso dio origen a la organización de la clase obrera a través de una entidad política, el Partido Obrero Socialista (1912).
Presentaremos una visión general de ciertos textos literarios escritos a partir de la incorporación de las provincias de Tarapacá y Antofagasta al territorio y economía nacionales, luego de la conquista militar que otorgara la Guerra del Pacífico (1879-1884) (3). A continuación, una breve antología adentrará al lector en el conocimiento de algunos textos no asequibles al interesado en el tema, además de recolección de datos sobre el personaje que define el período en cuestión, y que aún antagoniza a ciertos historiadores: John Thomas North, el «Rey del Salitre,» figura que al entender historiográfico sintetiza la historia de la explotación del nitrato, después de la conquista del desierto por esas grandes figuras precursoras que fueron Diego de Almeida, José Antonio Moreno (el «manco Moreno») y José Santos Ossa el fundador de Antofagasta. El por qué del uso de literatura para entender el pasado, es el convencimiento de que ésta tiene la facultad de otorgarle a los seres históricos o fantasmas del pasado, carne, hueso y sangre que los hace visibles y cercanos a nuestra existencia. En algunos casos, la Historia es sólo una árida repetición de textos.
Al revisar el historial del salitre, sus períodos de auge y crisis, los movimientos huelguísticos, las masacres, el movimiento cultural que engendró (contracultura la llaman algunos), se observa un continuum vital que luego se reproducirá en la producción literaria relativa a este período histórico. Destacaré algunas obras literarias cuyo corpus específicamente incide en el tema del caliche y las luchas obreras, y no aquéllas que indirecta o tangencialmente abordan tales asuntos (4 ).
Tal es el caso con la novela de Nicomedes Guzmán La luz viene del mar (1951), que aunque ambientada en el puerto, es «la novela de la pampa a través del arrabal de Iquique» como lo expresara un crítico. La literatura nortina sintetiza la vida de los obreros del salitre; algunos de ellos como lo sostiene un investigador, fueron pequeños libros, ajenos al verdadero mérito literario, pero «afianzados por una sinceridad de la vida en sus relatos» (5) En 1895 Mariano
Martínez escribe La Vida en la Pampa o Historia de un Esclavo, fábula de un joven campesino quien seducido por el paraíso que ha retratado un enganchador, abandona mujer e hijos y se dirige al Norte Grande. En 1898, José S. Bascuñán edita en Taltal un «folleto histórico, crítico y de actualidad,» son sus palabras, VIDA Y PERCANCES del Operario Pampino Salitrero, cuya dedicatoria es un ejemplo típico del discurso anarquista en boga. Observe el lector:
«A vosotros pampinos y mineros, los eternamente esplotados por el Ogro monopolio; a vosotros que en el numeroso gremio de los humildes zapadores de abajo sois fuerza viva, el principio germen de la riqueza nacional, las graníticas columnas del augusto templo de la Industria, los infatigables propagandistas del Evanjelio sublime del Progreso, ora en medio de los desiertos escuetos y sombríos, ora en el vientre pavoroso de las abruptas montañas solitarias; a vosotros los que jemís en el desamparo de la fortuna, bajo el látigo del inicuo cezarismo burgués, los que ofrendais la existencia en aras de las brutales cargas impuestas a título de cuotidiana tarea, por unos cuantos capitalistas en su mayor parte extranjeros, complotados para enriquecerse a espensas de vuestro sudor; a vosotros os dedico esta publicación escrita sin otro objeto que el de dar a conocer vuestra miserable suerte y los vejámenes de que sois víctimas, ante el tribunal de la civilización del país» (pág. 3).
En 1907 Augusto Rojas Núñez, iquiqueño, publica el libro de cuentos Leyendas Pampinas bajo el seudónimo de T.D. Monio. Patrocina su obra el Centro Editorial Obrero. En el caso de Martínez, lo hace la Biblioteca del Trabajador Popular. Hasta allí el mérito de estos primeros esbozos de literatura pampina. Obsérvese el interés temprano de los trabajadores por apropiarse del discurso escrito, al favorecer estas publicaciones con un título editorial.
Los modos de producción distintos al trabajo minero tradicional, gentes y costumbres en que se mezclaban razas y hábitos de otras latitudes, incluso un habla peculiar pampina, generaron el interés de escritores nacionales como Baldomero Lillo, Carlos Pezoa Véliz, Eduardo Barrios, Manuel Rojas, Pedro Prado, Nicomedes Guzmán. En qué otro lugar se escucharían nombres de oficios como cachorrero, herramientero, costrero, derripiador, boletera, particular, pasatiempo, pulpero, canario, fichero, vigilante, etc. Lillo viajó a Iquique y la pampa para indagar el modo de vida del pampino, sacudido por la masacre de la Escuela Santa María de Iquique, a fin de escribir una novela que titularía «La Huelga». No lo logró. Víctor Domingo Silva (1882-1960) destacará en el plano literario y político en el Norte Grande. A pesar de que llegó a la zona por vez primera en 1907, en su libro Hacia allá… (1905) incluirá un poema sobre el caliche, «Bajo el sol de la pampa». Con Pampa trágica (1921), incorporará definitivamente el tema a través de veinticinco narraciones ambientadas en la pampa salitrera. El poeta Carlos Pezoa Véliz (1879-1908) trazará unos cuadros costumbristas de la zona que reflejará en «El Taita de la oficina» y que cronológicamente se corresponde con la visión que Clodomiro Castro hará patente en su poema. Eduardo Barrios (1884-1963) nos dejará el retrato de una oficina en Tamarugal (1944), novela en la que incluye dos cuentos que tienen como núcleo el escenario de la pampa. Volveré más adelante sobre este autor. El área de Antofagasta vive en novelas de Salvador Reyes (1899-1870), como Atacama en la obra de Dinka Illic (1903-1969). Pero es Mario Bahamonde, profesor e investigador quien sobresale en la cuentística. Publica en 1945 su libro de cuentos Pampa volcada. En 1952 De cuán lejos viene el tiempo. Bahamonde reproduce en sus relatos, tipos, costumbres e historias que enmarcan el período de la Era o Ciclo del Salitre
Utilizaremos un marco de referencia histórico-político para encuadrar las obras pertinentes. He periodizado mi estudio en los siguientes acápites: I. La expansión salitrera. II. Despertar y combatividad del proletariado pampino. III. Santa María de Iquique. IV. Recabarren. V. La gran crisis. VI. La epopeya social del salitre (6). Algunas obras pertenecen a más de un período, pero las he incluido en uno determinado, por la preponderancia del tema y el asunto que tratan.

I. LA EXPANSIÓN SALITRERA
Cinco años después de la guerra civil (1891), aparece el texto fundacional de la literatura del salitre, el poema Las Pampas Salitreras (1896) de Clodomiro Castro, rescatado precisamente por Andrés Sabella, en su colección HACIA. Publicado por Castro en Iquique en la Imprenta Tipográfica de Rafael Bini, traía consigo un vocabulario de los términos pampinos utilizados en la elaboración del salitre. La gestación ocurre en 1893, pues como lo asevera el autor, su «permanencia por más de tres años (…) en la pampa (le) ha sugerido la idea (…) de zurcir (…) un poema descriptivo de su topografía, riqueza, costumbres y elaboración del salitre» (7) Luego agrega que no ha escrito una obra perfecta, «ni en los detalles del asunto, ni en la práctica, es apenas un bosquejo de lo que allí sucede, escrito en versos rasos». Tal humildad es un darse cuenta de la magna empresa que significa siquiera retratar lo que el autor percibe al mirar en derredor suyo. Clodomiro Castro divide su poema narrativo en cinco partes:
I. Las Pampas, con una descripción geológica y geográfica, en que «parece que no hay vida (…)/ las galas de la aurora/ desaparecen sin canción canora.» Al referirse a la actividad fabril, indica que «el inglés y el chileno allí se hermanan/bajo la sabia ley del trabajar».
II. La Máquina. El hablante describe las grandes chimeneas como «especie de obelisco en el desierto.» Todo el proceso de la elaboración del salitre es descrito con lujo de detalles y con la jerga que el pampino tuviese que crear, acopio, chancho, cachuchos, caldo, etc. (8).
III. El Campamento. «Semejando casillas- palomares/series de cuartos paralelos van.» La vida en la pampa, inicio y suceder de la industria le permitió apreciar el hacinamiento y malvivir en una zona en que las temperaturas durante el día y la noche marcaban el contraste típico del desierto. Por eso no puede dejar de editorializar el hablante que los cuartos, «traslucen de una vez la indiferencia/ con que se mira a aquellos que allí están».
IV. Las Faenas. Ahora entra en escena el obrero y el hablante se explaya en especificar sus deberes, el carretero, el calichero, el corrector, y la monótona repetición del trabajo contínuo en que las faenas se suceden «por meses sin ninguna variación/ hasta que llegue alguna fiesta o daño/ que la máquina pare su función».
V. El Pago. En 1893 cuando Clodomiro Castro visita la pampa salitrera, no existen normas o leyes que regulen la vida obrera. Se trabaja duramente, por lo tanto la diversión se corresponde con el esfuerzo empleado. El hablante insiste en comentar «Así malgastan la vida/ derrochando su dinero/ trabajan de Enero a Enero/ y el ahorro jamás ve…»
El período histórico corresponde a los grandes negociados que darán origen a la adquisición legal e ilegal de terrenos salitrales, y ganancias que superarán las expectativas de los accionistas extranjeros, especialmente ingleses. John Thomas North será el personaje que caracterice este período, con el boato y extravagancia de sus fiestas, mansiones, títulos, (Coronel North, «Rey del Salitre») y control que ejerce tanto en la pampa, con sus pertenencias calicheras, y diferentes sociedades comerciales en Iquique y otros lugares.9 Interesante destacar que no exista una novela en inglés o español de este notable empresario de la clase media inglesa quien supo aprovechar las circunstancias históricas y manipular intereses económicos en Londres y Chile que le permiten llegar a ser reconocido como Rey del Salitre, aunque más propio sería llamarlo Rey de Tarapacá, como lo probaré más adelante.

II. DESPERTAR Y COMBATIVIDAD DEL PROLETARIADO SALITRERO.
En 1903 se publica en Iquique -Imprenta de El Pueblo, Serrano 83- la novela Tarapacá, según reza el epígrafe «novela local, debida a la pluma del escritor don Juanito Zola». En la dedicatoria «A los obreros de Tarapacá», Juanito Zola advertía, que su estada en la pampa, «compartiendo con vosotros las vicisitudes de una existencia triste y afrentosa», le había hecho escribir esta novela, «que fuera algo así como una historia de lo que ocurre en (…) Tarapacá.»
Se observa en los escritores -pues fueron Osvaldo López y Nicanor Polo- el vehemente deseo testimonial y documental que destaco en la cita, el hacer permanente mediante la escritura un recuento social, el rescate de un período que ya se ve como hecho histórico. Osvaldo López, periodista obrero, residió en Iquique desde comienzos de siglo. Fundó El Trabajo en Iquique, órgano de la Combinación Mancomunal Obrera. En 1910 edita el Diccionario Biográfico Obrero que entrega los haceres y quehaceres de los principales dirigentes proletarios de la época.
Tarapacá sigue las huellas del naturalismo francés, la novela como indagación social y presenta el cuadro completo de la situación creada por la riqueza salitrera en el Norte, en los diversos estratos sociales en pugna.
El narrador es portavoz de la realidad político-social, y su registro del milieu corresponde a la transposición literaria que caracteriza el naturalismo y su concepción utilitaria de la literatura. Los autores de Tarapacá son los primeros escritores en desarrollar el tema de Germinal «a la Zola» en tierras americanas. Las razones son obvias: el proceso industrial en la zona Norte con una alta concentración de trabajadores, y los enfrentamientos periódicos entre Capital y Trabajo (así con mayúscula lo destaca la prensa obrera de la época). Recuérdense las huelgas generales de julio de 1890 y la de diciembre/enero de 1902, dirigida esta última por la Combinación Mancomunal de Obreros,(109 ambas en Iquique. La primera terminó en el inevitable choque con las fuerzas armadas.
Consciente de su modelo literario francés, la oficina salitrera foco de interés de la narración se llama Germinal. En el plano metafórico, apunta al despertar de la conciencia pampina a través de la acción del protagonista, y a la idea implícita ya en Zola del alzamiento revolucionario en el mes de «germinal» (1 de abril de 1795 durante la Convención). El autor no necesita literaturizar las condiciones de vida de los obreros pampinos para igualarlos a la explotación de los mineros carboníferos del Germinal de Zola (1885).
Tarapacá prefigura los motivos de la huelga de 1907, incluso el pliego de peticiones y la sólida unión de obreros peruanos, chilenos y bolivianos. Como novela de tendencia política, busca la identificación del lector con la historia y el trasfondo de los hechos.
Es una novela en clave, pues lugares y personajes eran fácilmente identificables para el lector iquiqueño del período. Por tal motivo, la alta burguesía del puerto adquirió la edición, sepultando la novela en el olvido. En la prensa obrera de la época, no hay comentario ni mención alguna de la novela. Se la tragó el caliche. El cronista iquiqueño Fernando López Loayza, conocido por su seudónimo Fray K. Brito, comenta en su libro Letras de Molde (1907), las «Producciones Iquiqueñas» que se han publicado en la provincia. Este es su comentario:
Los editores Osvaldo López y Nicanor Polo publican, bajo el seudónimo de Juanito Zola, una novela local cuyo argumento está tomado en parte de escenas ciertas, mucho de invención o imajinación otras, denigrantes las primeras para determinados elementos conocidos de la sociedad iquiqueña que aparecen siendo actores en los lugares de corrupción donde olvidándose los principios del recato y de la decencia suelen algunos hombres, que por su posición social se merecen respetos a sí mismos y a sus familiares, olvidar los principios elementales de la moral y de la educación. La novela mencionada, escrita en lenguaje soez y libre, lleva el nombre de Tarapacá y fue impresa en la imprenta de El Pueblo en 1903 (245-246).
La aserción de «lenguaje soez y libre» debe tomarse con un grano de sal, pues no corresponde a una acertada descripción del discurso en la novela. La mogijatería o el buen uso provinciano tal vez obnubilan la escritura de K. Brito. El lector podrá juzgar por sí mismo tan disparatado juicio. Lo interesante de su crítica, es la explicación del comportamiento de los elementos de la alta sociedad, en una ciudad tan restringida física como socialmente, dejando de lado el asunto básico de la obra, el trabajo y comportamiento de obreros y patrones en la pampa salitrera y en el puerto. Por supuesto que no hay que olvidar a la «Gran Aldea» que era Santiago en aquellos tiempos, cuando la novela Casa Grande (1908) de Luis Orrego Luco creó un sismo de mayor magnitud.
En 1906 el dirigente obrero Alejandro Escobar Carvallo (1877-1966) escribe el poema «La Pampa de Chile», que es la contrapartida del texto de Clodomiro Castro. Se publica en el periódico El Pueblo Obrero de Iquique, el 21 de diciembre de 1909, segundo aniversario de la masacre de la escuela Santa María de Iquique. Resaltan en él las imágenes y metáforas que conjuntamente con el vocabulario pampino, entregan el retrato de la pampa desde sus inicios geológicos, al momento en que el hombre empieza la explotación del salitre. El trabajo y la vida pampinos son los motivos estructurantes del poema. La diferencia básica con el texto de Clodomiro Castro es el alto contenido político subyacente en el verso: Trabajo versus Capital; Obrero y Autoridad; Libras esterlinas y Pobreza.
Sus primeras líneas apuntan al efecto y asombro que causa la naturaleza en el hablante. Describe en seguida el trabajo en el desierto, que se compara a «grandes colmenas laboriosas». La chatura de la pampa hace que las Oficinas semejen «prisiones misteriosas/ de un vasto imperio convertido en ruinas». Esta pampa salvaje «es un monstruo devorador de carne obrera», que la pluma del escritor metaforiza como «Viuda del Mar», «senil entraña», «una serpiente al pie de un tronco», «se parece la Pampa a una ramera/ vencida por ocultos sufrimientos».
En este desierto el único triunfador es «el extranjero de mirada altiva/(quien) es el tirano de la Pampa hollada». La acusación no se hace esperar, » El es la causa que el chileno viva/esclavo mísero en su tierra amada». Finalmente el llamado a la rebelión, » Alzate, Pueblo, a tu sin par destino». El motivo de la pampa ha sufrido un cambio en su significación. Alejandro Escobar lo describe ahora como «infierno», «presidio». En relación al poema de Castro, ¿qué provoca tan distinto juicio de valor? El salitre ha revolucionado la producción de alimentos a nivel mundial. En el país, transforma la estructura económica, por los altos ingresos. De 48 Oficinas laborando salitre cuando Clodomiro Castro escribe su poema, hay ahora 102 al escribir Escobar el suyo. El Norte Grande, Tarapacá y Antofagasta, que contaba con menos del 1% de la población en 1885, tenía un 7.2% en 1907. En la misma fecha Antofagasta aumentó sus habitantes en un 250% y Tarapacá, 150%. Los poseedores de los vastos depósitos salitrales han asentado sus reales en la pampa nortina. Los obreros se han organizado. La «cuestión social» ignorada por los gobernantes ha tenido sangrientos brotes en Valparaíso (1903), Santiago (1905), Antofagasta (1905). Líderes anarquistas y socialistas recorren la pampa, dirigen movimientos, editan periódicos (11). La pampa ya no es ni será el lugar donde se hermanen obreros y patrones, como lo señalara Clodomiro Castro.
Cuando Escobar y un grupo de anarquistas de Valparaíso y Santiago deciden en 1906 planear la extensión del movimiento obrero de resistencia, hacia las provincias nortinas, el adelantado es Luis Olea, quien se interna en la pampa y luego se dirige a Iquique donde forma el Centro de Estudios Sociales Redención que propicia conferencias y publica una revista literaria socialista. Olea tendrá un papel preponderante en la conducción de la huelga de 1907. Será el vicepresidente del movimiento. A ese grupo anarquista de Magno Espinoza, Olea, Escobar, Eduardo Gentoso, perteneció Francisco Luis Pezoa, quien desde muy joven tomó parte activa en el movimiento social. Traducía del francés, inglés e italiano. Sus composiciones poéticas fueron adaptadas a la música de canciones populares. Es él quien nos deja su poema «Canto de venganza» más conocido como «Canto a la Pampa,» escrito a raíz de los sucesos de la Escuela Santa María de Iquique en 1907. Por tal razón la he incluído, pues nos permite comparar las visiones y emociones de los hombres de tal tiempo, ante los hechos que se suceden en el norte salitrero.

III SANTA MARÍA DE IQUIQUE
De los movimientos huelguísticos encabezados por los obreros del salitre, hay uno que destaca tanto por lo sangriento de la represión como por su fuerza, sincronicidad, y solidaridad de clase. Me refiero a la huelga de 1907 cuyo desenlace el 21 de diciembre en Iquique, marcara un hito en la historia de las luchas sociales no sólo de Chile, sino de toda América Latina. Volodia Teitelboim, escritor de la generación del 38, la cual comentaremos más adelante, publica en 1952 Hijo del Salitre.12 Lo notable de la aparición de la obra es el período histórico en que se publica. Bajo la presidencia de Gabriel González Videla (1946-1952) quien es elegido con el apoyo del Partido Comunista, se dicta la Ley de Defensa Permanente de la Democracia (1948) que desplaza cívicamente a este partido y cuyos miembros y simpatizantes son relegados a distintos puntos del territorio nacional, siendo el más notorio el del puerto de Pisagua en el norte de Chile. La novela conlleva una triple motivación: trae al campo de la literatura nacional, la vida del dirigente obrero comunista Elías Lafertte, formado en la pampa salitrera, de allí el título, cuyas memorias se publicarán en 1957; relata morosamente la masacre de la Escuela Santa María de Iquique, y se escribe y publica «en el tiempo de la ilegalidad». (13).
El desarrollo narrativo corresponde, el título ya lo anuncia, a la novela de aprendizaje o Bildungsroman. El espacio definido por las fronteras geográficas del puerto y la pampa, conforma el mundo novelístico interior y exterior. Volodia Teitelboim divide su libro en cuatro capítulos. I. La áspera mañana. II. Vamos al puerto. III. Sábado negro y IV. El canto de la pampa (14).
El primero de ellos relata la infancia del protagonista y su ingreso al mundo del trabajo a los nueve años, en la Oficina La Perla, como «machucador»o «matasapos» (el que tritura bolones de salitre). Tres veces retorna a su terruño, pero como lo manifiesta su abuela, «La pampa es la sal de la tierra. El suelo humea; pero allí el dinero corre como la sangre por las venas.» Lafertte a los veinte años se ha transformado ya en «pampino de alma». Los capítulos restantes tendrán como motivo la gran huelga de 1907.
La masacre del 21 de diciembre, «sábado negro», marcará el destino del protagonista. A los veintiún años desaparecerá su inocencia social para dejar paso a la duda, el compromiso y la identificación con la lucha que ha iniciado «el hombre de la huella», Recabarren. Elías es parte de la pampa. Comenta el narrador, «Era un terrón viviente del desierto, hijo del salitre, parte de su pueblo, arena de sus dolores.»
En el mundo ficticio de la novela, Elías simboliza el despertar del proletariado pampino, que repuesto del sopor causado por la masacre, emprenderá la lucha en el plano político. Las ideas socialistas lograrán movilizar un proletariado que aún no adquiere conciencia de su potencialidad de lucha. De aquí a la formación de un partido obrero, el POS, hay sólo un paso. El crítico Ricardo Latcham diría que Hijo del Salitre va más allá de «las consignas o los límites del arte comprometido y vierte su turbio y revuelto caudal realista en las aguas, cada día más recias, del relato nacional», tales como Ranquil de Reinaldo Lomboy; Cabo de Hornos de Francisco Coloane; La sangre y la esperanza de Nicomedes Guzmán; Hijo de ladrón de Manuel Rojas (15).
La mayoría de los componentes de la llamada Nueva Canción Chilena, coinciden en destacar que «lo más importante producido, grabado y difundido en Chile a nivel de canción política fue la Cantata Popular Santa María de Iquique, de Luis Advis.» Así lo reconoce Osvaldo «Gitano» Rodríguez en Cantores que Reflexionan (1984: 135). En la selección correspondiente, agregaré comentarios de otras fuentes. Lo pertinente es destacar que dicha cantata, renovó el interés por lo ocurrido en Iquique aquel diciembre de 1907, convirtiéndose, sin proponérselo el autor en un canto de batalla durante el período de la Unidad Popular 1970-1973, y cuya divulgación por efecto del exilio permitió al grupo Quilapayún difundirla a nivel mundial.
En el plano teatral dos autores han abordado lo ocurrido en la escuela Santa María de Iquique. De la obra de Elizaldo Rojas sólo tengo noticias bibliográficas. Por ello me referiré a su debido tiempo a Santa María del Salitre del dramaturgo, director y actor chileno radicado en Perú, Sergio Arrau (16).

IV. LUIS EMILIO RECABARREN
En 1938, año del triunfo del Frente Popular en Chile, un joven adolescente entrega a las prensas un libro «con portada roja y puños en alto». Su título Recabarren. Fernando Alegría recuerda que con una beca de la Universidad de Chile se dio a la tarea, a los dieciocho años, de recorrer el Norte Grande en pos de la huella del líder obrero. Buscó a los viejos amigos, camaradas y adversarios de Recabarren en Iquique, Coquimbo, Tocopilla, Mejillones, Antofagasta, Valparaíso. Treinta años más tarde, decide re-contar «su saga y que otros deberán repetirla después a su manera y a la luz de nuevas circunstancias.»(17).
En 1949 el crítico Francisco Santana al referirse a la nueva generación de escritores, dejó estampada la siguiente afirmación sobre Alegría y la pieza comentada,
Fernando Alegría a los 20 años publicó la biografía novelada Recabarren. Esta obra tiene el mérito de estar bien escrita y de haber tratado con acierto al personaje que estaba huérfano de estudios críticos o biográficos. Tuvo el autor la tarea de enfrentarse con una documentación dispersa, de conversar con obreros que conocieron al líder proletario, consultar diarios, Boletines del Congreso Nacional, etc. La figura del personaje aparece desde los quince años. La vida juvenil, amorosa y política está relatada en forma agradable. La prosa es brillante por el enriquecimiento de formas poéticas, en que la imagen y las metáforas resaltan finalmente decorando el ambiente y las ideas. En esta biografía novelada se pueden apreciar las grandes cualidades del joven narrador, y al mismo tiempo, su gusto e intención social. Traza en forma acertada la vida del revolucionario que mantuvo una esforzada lucha para lograr la organización de las masas proletarias. Vemos la tenacidad del divulgador social, la lucha contra las persecusiones. Y su único afán de conseguir la organización obrera y obtener, apoyándose en su propia fuerza, el mejoramiento de la vida económica (64).
Incluyo Recabarren en este recuento literario pues la trayectoria política y social del líder se iniciará verdaderamente en el Norte salitrero, cuando en 1903 acepta el ofrecimiento de Gregorio Trincado – dirigente obrero- para hacerse cargo en Tocopilla del periódico El Trabajo perteneciente a la Combinación Mancomunal de ese puerto y fundada el 1 de mayo de 1902. Hablar de Recabarren es referirse a la pampa salitrera, al nacimiento del proletariado moderno en Chil. El Norte y la pampa, y Recabarren son inseparables. Cuando Pablo Neruda inicia su campaña senatorial por las provincias nortinas en 1945, en un folleto de dieciséis páginas, editado en Iquique en esa fecha, titulado Saludo al Norte y Stalingrado, recuerda,

Quiero que esté mi canto donde antaño
con su mirada gris y su pelo de estaño,
Recabarren, el Padre comenzó su jornada
de orilla a orilla del desierto
con la misma bandera que llevo levantada
Porque Recabarren no ha muerto.

Fernando Alegría en su acercamiento literario, seguirá la pauta de la narrativa del salitre. Un plano histórico, documental y otro creativo, ficticio.»Metaficción historiográfica» es el término acuñado en las investigaciones literarias modernas. Como lo reconoce en Como un árbol rojo «en 1938 mi Recabarren era un remolino de metáforas». Alegría el escritor, se adelantará décadas a los investigadores sociales como Julio C. Jobet, quien en 1955 publicará Recabarren. Los orígenes del movimiento obrero y socialismo chilenos. Pablo Neruda, en su Canto General (1950) dedicará al líder su canto XXXVI «Hacia Recabarren» y XXXVII, «Recabarren».
La convulsión política y social que creó el Frente Popular en 1938 con la elección del radical Pedro Aguirre Cerda como presidente de Chile (1938-1941), va acompañada en el plano literario por un grupo de escritores que será conocido como «la generación del 38,» y de la cual Fernando Alegría será implícitamente su líder. Los miembros de esta generación esencialmente, serán los que reinterpretarán la historia social de Chile en su producción literaria y a la vez renovarán la escritura en el ámbito nacional. Las narraciones presentarán historias que se identifican con las inquietudes sociales reinantes, lo que Latcham definiría como la «áspera efigie del pueblo y sus tragedias colectivas.» (18).
En 1956 Luis González Zenteno (1910-1961), iquiqueño y treintaiochista, entrega al público su segunda novela Los Pampinos (19), la que representa su mayor aporte a la narrativa del salitre.
El proletariado pampino está en primer plano, con Garrido y Luis E. Recabarren, Salvador Barra Woll, Ladislao Córdova, todos ellos personajes históricos, gravitan con los héroes literarios en la visión de la pampa que transcurre desde la elección de Arturo Alessandri (1920) a la masacre de La Coruña (1925). El autor sostuvo en una entrevista que para escribir sobre un tema determinado, «hay que haber convivido y tenido un reflejo directo con los personajes y las costumbres que se quieren rescatar». Conocedor de la pampa y del puerto, la novela recoge episodios ya olvidados de la Era del Salitre.
En Los Pampinos dos motivos se hacen presentes. La labor política de Recabarren en la pampa salitrera e Iquique, y la transformación de un campesino o huaso de Aconcagua Carlos Garrido, en «hombre del salitre.» Un personaje femenino, La Timona, enlaza la gesta de 1907 -en que perdió esposo e hijo – con la masacre de La Coruña en la cual Garrido, ahora su marido, se ve obligado a intervenir. El autor consciente de la realidad nortina, liga las vidas de una peruana y un chileno de la zona central para simbolizar la unión de las fuerzas que comparten un destino común en la pampa. Ambos no pueden ser ellos mismos y aislarse del entorno, sino deben asumir la responsabilidad de la dirección de un movimiento, aun cuando esté destinado al fracaso. La reiteración del motivo del Bildungsroman o novela de aprendizaje, no es accidental ni un mero recurso literario en la ficción del salitre. Las ideas anarquistas antes que las socialistas, se incorporaron al «torrente pampino a través de los marineros alemanes, muchos de los cuales desertaban de sus veleros y debían ser amparados por la Unión Marítima Internacional (fundada en 1892).»20 Este indoctrinamiento político con las entonces nuevas ideas, dejó huellas imperdurables en los puertos nortinos.
Al mencionar a Recabarren, no puede dejarse de lado el hecho que ningún cineasta, haya decidido plasmar en el celuloide la vida de un hombre y una era que marca indeliblemente el Chile contemporáneo, con los aires de Cielito Lindo, la trayectoria de Alessandri y el trasfondo del Norte salitrero que le diera al León de Tarapacá no sólo el apelativo, sino la silla senatorial (1915-1921) que lo llevaría a la presidencia de la república, y cuyo populismo desembocaría en el triunfo del Frente Popular en 1938, con Pedro Aguirre Cerda. Miguel Littin rescatará en una hermosa escena, algunas de las palabras del líder obrero, en su film Actas de Marusia (1985), filmada en México y seleccionada para representar a ese país en el XXIX Festival de Cannes.
El dramaturgo, actor y director Alejandro Sieveking, en 1970 creó la teleserie La sal del desierto con Domingo Tessier en el papel protagónico de presidente Balmaceda. Este proyecto más el film de Helvio Soto Caliche sangriento (1969), abordan parte de la historia del salitre de Chile, con los inicios de la chilenización de las zonas de Tarapacá y Antofagasta mediante la Guerra del Pacífico. Quien logra popularizar el hecho guerrero, en el sentido de hacerlo llegar a todas las capas de la población, fue Jorge Inostrosa, con sus emisiones radiales, y ediciones tipo «comics,» de su novela histórica Adios al Séptimo de Línea. En 1966 aparece el álbum ¡Al «7o de Línea»!, ( RCA Víctor) de Los Cuatro Cuartos, letra de Jorge Inostroza, música de Luis Enrique Urquidi y Guillermo Bascuñán, con arreglo de Urquidi y una gloriosa y patriótica cubierta de R. Campodónico, tipo mural mexicano que recuerda el caballo de los conquistadores.

V. LA GRAN CRISIS ECONÓMICA DE 1930
La llamada Great Depression de 1929 en Estados Unidos, repercutiría en Chile en los años 30, agravada por el aumento de la deuda externa. En el plano económico se trató de salvar la situación mediante la creación de la Compañía de Salitres de Chile, en que participaron como socios el Estado y las compañías salitreras. El fisco no cobraría derechos de exportación y la COSACH estaría obligada a pagar en cuatro años una cantidad determinada que permitiría al gobierno paliar sus problemas financieros. Pero la crisis se agudizó en 1931. Aquí viene al caso anotar una novela que yo comentara en la revista Araucaria de Chile en su «último número en el exilio» 47/48 (1990). Ella es Revolt on the Pampas de Theodor Plivier (1892-1955), que podría traducirse como Rebelión en la Pampa y publicada en Londres en 1937. No ha sido publicada en español. Plivier fue miembro de la Liga Berlinesa de Escritores Proletarios Revolucionarios y ferviente enemigo del nazismo, por lo que abandonó Alemania en 1933 y se radicó en la Unión Soviética, la cual dejó al término de la guerra. Laboró en la zona de Antofagasta, especialmente en Caleta Coloso. Publicó sus experiencias en El último rincón del mundo (1961) versión en español. La en inglés fue publicada en 1951.

Revolt on the Pampas puede adscribirse fácilmente a la escritura de los treinta y ochistas, por su tema, asunto y tratamiento narrativo. Plivier esboza un cuadro de la época en el Chile de los años treinta. La novela se desglosa en tres grandes acápites: Libro Uno que consta de siete capítulos y narra el viaje del velero Cap Finisterre desde Hamburgo a Iquique; Libro Dos, con diez capítulos que cubren el desembarco del protagonista, Achazo, hasta el alzamiento o insurrección de los obreros, y Libro Tres también con diez capítulos. Este es en parte un racconto o flashback de las historias acontecidas en el Libro Dos. Lo notable en el protagonista es la composición del héroe: un araucano quien aprendió alemán trabajando en los buques mercantes y su estada en los muelles de Hamburgo. Allí adquiere su formación política y madurez social. Cumple con el rito asignado al mito del héroe: separación de su raza y pueblo, iniciación y regreso. Plivier denomina a la región del salitre como provincia de Atahualpa. Los datos históricos abarcan lo ocurrido en la Escuela Santa María, la llegada de Carlos Ibáñez al poder y la creación de la Compañía de Salitre de Chile, COSACH en 1931; la sublevación de la Armada que invernaba en Coquimbo, en el mismo año; la Pascua Trágica en Copiapó; la llamada República Socialista y sus doce días y el rol de Elías Lafertte y las organizaciones obreras en aquel momento histórico.

En 1954 Luis González Zenteno recrea con Caliche (21) la crisis económica de los años treinta, y la lucha social en Iquique, en especial la emprendida por los anarquistas. El abandono y desarme de las oficinas y el éxodo de familias cesantes, marca la tónica de la novela. Se inicia ya la declinación del Ciclo del Salitre, el cual experimentará un resugirmiento a raíz de la Segunda Guerra Mundial. No olvide el lector que la construccción de la Planta de Almacenamiento y mecanización del embarque del nitrato en el malecón, se incia en marzo de 1945. Pero volvamos a la novela. La crítica coincidió en que el uso excesivo del lenguaje metafórico había malogrado el intento narrativo. González Zenteno corregiría tal desliz en su segunda novela Los Pampinos. Aún así, los diálogos, incidentes políticos, estampas de personajes populares, la celebración de las fiestas patrias, dejan en Caliche una vívida impresión del período histórico novelado. Uno de los capítulos más interesantes, por lo menos para el que redacta estas líneas, de su primera obra, es la descripción de «Un primero de Mayo en la Pampa Salitrera.» Allí están en carne y hueso los dirigentes obreros Ladislao Córdova, Salvador Barra Woll, Florencio Carmona, y otros. La celebración es en el Alto de San Antonio; los estandartes de veintitantas oficinas y campamentos se disponen a conmemorar la fiesta proletaria, organizada por la FOCH (Federación Obrera de Chile): Gloria, Santa Luisa, Marousia, Pontevedra, Vigo, Adriático, Valparaíso, Coruña, San Pablo, Tres Marías, San Lorenzo, Santa Lucía, San Enrique, Felisa, Resurrección, los Campamentos San Donato, Verdugo y Barrenechea. Hasta los «matasapos» se presentan con su estandarte. El narrador lo describe de esta manera, «(Senén Borja y Garrido ) no pudieron contener la risa ante la arrogancia conque el Cara de Ave sostenía la insignia.»
En la revista Vistazo (1954), González Zenteno comentaba,
Mi novela muestra un pedazo del Norte; no todo el norte, porque el escenario es muy vasto. Su trascendencia social radica en que demuestra la inestabilidad de las salitreras como toda riqueza, cuyo aprovechamiento beneficia más a los capitales extranjeros que a los chilenos. Además, los grandes empresarios de la industria del salitre han succionado la riqueza salitrera en extensos territorios de los cantones norte y sur de la provincia de Tarapacá, sin dejar a la postre en esas regiones ninguna obra positiva del progreso. Para Iquique, por ejemplo, la influencia del salitre ha sido más negativa que positiva.
Más adelante agrega nuestro coterráneo: «El escritor tiene en la actualidad una importancia trascendental en el mundo, porque debe ser el intérprete de su tiempo, de los dolores y de las angustias de los seres humanos.» En la misma ocasión mencionó que tenía otras novelas inéditas, «Mar de arena,» «El lienzo de Penélope,» y «Retablo de muñecos», estas dos últimas son «una pintura algo descarnada de la burocracia santiaguina.» Su gran proyecto era escribir una novela histórica del salitre, empezando con los incas, seguir con la colonización española y finalizar con «los ingleses y norteamericanos, usufructuadores del salitre entre el siglo pasado y éste.» Su muerte en 1961 nos privó del conocimiento de tales proyectos, pero lo que dejó el joven actor del grupo teatral del Ateneo Obrero de Iquique, es más que suficiente para entender y comprender un período histórico de enorme trascendencia no sólo regional, sino nacional.
En Los Pampinos (1956), Luis González Zenteno nos deja un retrato de Iquique y la pampa salitrera. La novela, trescientas once páginas, está matemáticamente estructurada. La acción ocurre en el puerto hasta la página ciento cincuenta y una; las restantes, corresponden al viaje del protagonista hacia su destino, La Coruña y el levantamiento obrero en 1925, con la consecuente represalia militar. En la primera parte, la denomino así, porque el autor no quiso hacer tan obvia su creación, conocemos Iquique a través de todos sus vericuetos: los consabidos prostíbulos; el Palacio de Cristal regentado por integrantes de la colonia china y destruído por un incendio en 1938; las labores del puerto; fundación del local de la FOCH, Recabarren, y su obra en el puerto (1911-1914); las ligas patrióticas y su fanatismo antiperuano; Lafertte, Barra Woll y el periódico de los trabajadores, El Despertar; término de la Primera Guerra mundial. Los protagonistas, Carlos Garrido y Leonor Túmbez, La Timona, nos son presentados a través de la relación con los dirigentes obreros y la vida en el puerto. La segunda parte, la vida de los pampinos, su lenguaje tan propio, y las características de las oficinas que pueblan el desierto, se entremezclan con el aprendizaje y despertar social del protagonista, en especial tras la ida de Recabarren del puerto y suicidio en Santiago en 1924. González Zenteno combina acertadamente ficción e historia, cuando cita noticias de los periódicos regionales con respecto a los hechos que acontecen en la novela, y hace referencia a escritos de Recabarren. De esta manera otorga verosimilitud y encuadra la acción en un espacio definido en la narración.

VI. LA EPOPEYA SOCIAL DEL SALITRE
En 1944 Andrés Sabella también de la generación del 38, edita la novela Norte Grande (22) la cual según la crítica, es «el intento más ambicioso» para novelar la pampa salitrera. Sabella experimenta con una conjunción de formas narrativas, ensayo, novela, cuento, historia, poesía. Revoluciona la escritura novelística de su período, con un libro que empezara a adquirir forma en 1934, y escribiera en 1942. En carta a Lautaro Yankas, nuestro escritor y crítico, le informaba que al escribir su obra,
«Pensaba en la novela, como la concluí: la pampa puesta entera a disposición del tiempo. La pampa, como espacio. Sobre ella pasarían las cosas de su vida; su nacer, su crecimiento, sus sangramientos. El personaje no podría ser otro que la tierra pampina. Encima de su dramatismo iría el dramatismo humano. Por lo demás la pampa no retenía demasiado a los hombres; éstos siempre fueron de un lado para otro. De ahí las dos partes del libro: la primera para contar y cantar la vieja pampa; la segunda, para centralizar la nueva acción, porque la pampa nueva concentró a los hombres con violencia. Por tal razón surge Rosendo Aguilera, el héroe más visible» (16-17).
Si he citado in extenso, es para reafirmar lo que Andrés me conversara en el Club de Yates de Antofagasta: él tenía la impresión de que la crítica, en su mayoría, no había entendido su novela como tal. No pudo ver el hilo conductor, ni el personaje nuclear, ni la estructura «concéntrica en que las infinitas porciones, los hirvientes sucesos que sobremontan el drama, giran, desfilan, disparan, encabritan sus ansias, sus impulsos, y tornan su acento de vida y muerte,» como lo señalara Yankas en su crítica al texto, publicada en Atenea.
La novela cuenta con 64 capítulos, en los cuales el ambiente predomina sobre el tema y desarrollo novelesco, tal como lo diseñara el autor. Contiene una visión totalizadora de la vida pampina (1866-1936) y la recreación de los grandes hechos históricos inherentes a la época salitrera: la ocupación de Antofagasta por las tropas chilenas, el dominio ejercido por John T. North, las mancomunales, la prensa obrera, la fundación del Partido Obrero Socialista (POS), la gesta de Luis Emilio Recabarren, las masacres obreras de Iquique (1907), San Gregorio (1921), La Coruña (1925), el papel de «las niñas alegres» de la Era del Salitre quienes protagonizaran más de un episodio digno de contarse, etc.
Si la Pampa dio origen a un fuerte movimiento obrero y a la formación de una conciencia social, es obvio que la novela en cuestión cierre su ciclo con el capítulo «Se ganan las calles». Norte Grande por su relato histórico-documental, reviste las características de una epopeya que a partir del trabajo en la pampa y las condiciones de los obreros, desemboca en las luchas y gestas heroicas de los pampinos, quienes se agigantan en sus derrotas más que en sus triunfos y las cuales el narrador testimonia para las futuras generaciones. En la novela, pese al héroe fundamental, en su totalidad el sujeto intermedio entre el autor y la historia, es la pampa misma. Ella, gracias al artificismo del autor, se ha convertido en narradora.
Si tuviéramos que salvar un libro para que nos recontase la historia de los hombres y mujeres de la pampa, de las grandezas y miserias de sus vidas, de lo que fue el Ciclo del Salitre en la historia de la región y del país, sin lugar a dudas éste será Norte Grande.

A MANERA DE CONCLUSIÓN

En la narrativa, drama y poesía del Ciclo del salitre, domina el ambiente histórico de la pampa salitrera. Se explica mejor esta afirmación con un ejemplo reciente. La novela de Hernán Rivera Letelier, un nortino por crianza y adopción, La Reina Isabel cantaba rancheras (1994) , es un universo y espacio histórico en que una actitud carnavalesca finca sus reales. Separar en esta novela realidad y ficción destruiría el artefacto literario. El goce de la lectura está en lo paródico, en el lenguaje intrínseco de la narración. Me atrevo a decir que esta novela cierra el ciclo de la ficción del salitre como la conocemos hasta la fecha. Manteniendo distancia y categoría, ella es lo que Don Quijote significó en relación a las novelas de caballería. La reciente obra El Invasor de Sergio Missana (1997), la comento en su oportunidad.
La ficción del salitre en sus inicios, es representativa de la historia, más que del discurso narrativo. Se observa también en su desarrollo el molde típico de la novela de formación o Bildungsroman. El aprendizaje del héroe o protagonista tiene como correlato los inicios del movimiento obrero y la labor desplegada por Recabarren y otros en la pampa salitrera razón por la cual las etapas y jornadas de la época del salitre desfilan por las páginas de Tarapacá, Norte Grande, Revolt on the Pampas, Hijo del Salitre,Los Pampinos, Caliche, Santa María del Salitre. Protagonista novelesco y movimiento social, buscan entender la naturaleza del mundo que los rodea, descubrir su significado y adquirir una filosofía que les permita dominar el medio y sobrevivir en él.
El discurso narrativo de la literatura del salitre en sus comienzos, se adapta a los principios de la representación naturalista, cuyo énfasis es la observación minuciosa de los estratos bajos de la sociedad, situación que coincidía con el problema social que presentaba la zona del caliche. El naturalismo centraba la atención en el medio ambiente, la realidad geográfica y los principios ideológicos del positivismo. Hemos olvidado que el naturalismo es contemporáneo de los grandes movimientos sociales europeos. Esta relación no se desmiente en la literatura del salitre, por el contrario se afianza y justifica. Si los primeros artefactos literarios pretenden dejar un registro de la pampa y el obrero (Castro, López, Escobar), los escritores posteriores que no por coincidencia pertenecen a la Generación del 38, entienden el texto literario «como un nuevo instrumento al servicio de la lucha por un mundo nuevo y por la fundación de una nueva sociedad».(23) Su escritura refleja tal postura, pues ellos son parte de una sociedad que ofrece un futuro con el Frente Popular. Los escritores fundacionales de la literatura del salitre luchan por una nueva sociedad, por una utopía.
La generación del 38 acentuará el realismo social y los integrantes de ella que hemos estudiado, Fernando Alegría, Volodia Teitelboim, González Zenteno, Andrés Sabella, harán que la ficción del salitre siga la norma de la tradición literaria latinoamericana, es decir el rasgo social, «la actitud criticista, la denuncia y la protesta». 24 Los relatos del salitre se asimilan a la vertiente histórica, a la épica social, a la exaltación de la realidad colectiva, en oposición a lo meramente imaginativo, retórico, individual. Son obviamente voces del pasado que nos recuerdan no olvidar lo que fue nuestra tierra, pues en el olvido está la verdadera muerte.
Todas las obras tendrán como trasfondo la pampa y la lucha esencial del emergente proletariado moderno en Chile. El escritor al identificarse con las experiencias narradas, se transforma en vocero de aquellos seres comunes. El narrador conforma y aprehende las experiencias de los sujetos de su historia. La literatura del salitre no se entiende ni se explica, desligada de ese contexto.

Notas
(1) El novelista Luis González Zenteno, comenta que en el escenario salitrero «no converge únicamente el cholo del Altiplano o del Perú o el indio neto de los contrafuertes andinos, sino también el eslavo, el chino, el japonés, el español, el italiano, el inglés, el norteamericano y uno que otro ruso blanco.» En «Nicomedes Guzmán, figura representativa de la generación del 38» Atenea 392 (1961): 116-127.

( 2) Luis Barros Lezaeta y Ximena Vergara. El modo aristocrático. El caso de la oligarguía chilena hacia 1900. (Santiago: Editorial Aconcagua, 1978): 176.

(3). Entre los estudios contemporáneos de la Era del Salitre, destaca en Chile el investigador Oscar Bermúdez Miral (1904- 1983) con Historia del Salitre. Desde sus orígenes hasta la Guerra del Pacífico. (Santiago: Universitaria, 1963). Póstumamente se publicó la segunda parte, Historia del Salitre. Desde la Guerra del Pacífico hasta la Revolución de 1891.(Santiago: Ediciones Pampa Desnuda, 1984). En Inglaterra, sobresale el profesor Harold Blakemore (1925- 1991) con Gobierno Chileno y Salitre Inglés.1886-1896: Balmaceda y North. (Santiago: Editorial Andrés Bello, 1977). La edición original es de 1974. En Iquique, el sociólogo Sergio González Miranda ha publicado Hombres y mujeres de la Pampa. Tarapacá en el Ciclo del Salitre. (Primera Parte). (Iquique: Taller de Estudios Regionales, Ediciones Camanchaca No. 2, 1991). Es el mejor trabajo actual en su campo. Para una detallada exposición historiográfica, véase el trabajo del profesor Julio Pinto Vallejos «Historia y Minería en Chile: Estudios, Fuentes, Proyecciones.» Camanchaca 14 Iquique: Taller de Estudios Regionales (1993): 32-46. Según nota al final del estudio, éste continuará en el próximo volumen de la citada revista.

(4) Véase el estudio señero de Yerko Moretic. El relato de la pampa salitrera. (Santiago: Ediciones del Litorial, 1962) y de Mario Bahamonde et al. Guía de la producción intelectual nortina. (Antofagasta: Universidad de Chile, 1971) mimeografiado. Indispensable para conocer la dialectología nortina es Diccionario de Voces del Norte de Chile, Santiago: Nascimento, 1978. Un artículo digno de mencionar es «Breve bosquejo de la Pampa y del hombre nortino en la literatura chilena.» Anales de literatura hispanoamericana, No. 12 , Madrid (1983): 81-97, del profesor José Antonio González. Nos presenta tal bosquejo desde el punto de vista de un antofagastino.

(5) Mario Bahamonde. Antología del cuento nortino. (Antofagasta:Universidad de Chile, 1966): 27.

(6) Utilizo el término literario epopeya en su implicación histórica, pues toda epopeya es una mirada hacia un pasado ya no existente. Lo de social se explica por sí mismo.

(7) Andrés Sabella, editor. Las Pampas Salitreras. (Antofagasta: Colecciones Hacia. Trigésimo Cuadernillo, 1960).

(8) Sergio González Miranda y un equipo de colaboradores, dieron vida a un excelente Glosario de Voces de la Pampa. Tarapacá en el Ciclo del Salitre. (Iquique: Ediciones Camanchaca, 1993).

(9) Véase especialmente Blakemore, Capítulos II y III.

(10) La Combinación fue fundada en Iquique por los lancheros, el 1 de enero de 1900. Sus dirigentes Abdón Díaz y Maximiliano Varela lograron convertirla en una fuerte arma de lucha en favor de los derechos de los trabajadores del salitre. Hacia 1907 ya ha declinado su poderío sindical.

(11) Osvaldo Arias Escobedo. La prensa obrera en Chile. (Santiago: Editorial Universitaria, 1970).

(12) Volodia Teitelboim. Hijo del Salitre 3a. ed. (Santiago: Orbe, 1968).

(13) «Conversación con Volodia Teitelboim». Araucaria de Chile. 12 (1980):143.

(14) Francisco Pezoa, obrero anarquista, tipógrafo, bohemio y poeta, como lo recordaba Escobar y Carvallo, escribió un poema que tituló «Canto de venganza» al producirse la masacre de la Escuela Santa María de Iquique. Se cantaba con música del vals «La Ausencia», muy popular a comienzos de siglo. En su film Actas de Maroussia, Miguel Littin utilizó la canción a lo largo de la narración cinemática. Tal poema será conocido más tarde como «Canto a la Pampa,» y no sólo se entonó en las salitreras, sino a lo largo de Chile. Será el antecedente literario de la Cantata Popular Santa María de Iquique de Luis Advis.

(15) Ricardo Latcham. «Crónica literaria». La Nación. (Marzo 30, 1952).

(16) Sergio Arrau, chileno (1928), es dramaturgo, director y actor. Reside en Perú. En uno de mis viajes, 1982, le entregué el manuscrito de mi investigación sobre el tema de la masacre (publicado como Santa María de Iquique 1907: Documentos para su Historia. (Santiago: Ediciones del Litoral, 1993), con el compromiso de escribir una obra teatral, «en homenaje a los viejos del salitre.» La terminó en Agosto de 1984, con el título de Santa María del Salitre. Con ella obtuvo el primer premio en el concurso de teatro » Eugenio Dittborn,» propiciado por la Universidad Católica de Santiago. El premio le fue otorgado el 17 de octubre de 1985. La obra fue publicada por el Taller de Estudios Regionales de Iquique, gracias al interés del editor Sergio González Miranda, en Agosto de 1989, y estrenada el 23 de Octubre de 1991 en el Teatro Municipal de Iquique por la Compañía de Teatro Iquique bajo la dirección de Cecilia Millar, asistida por Yaniree Torres y música del profesor Bernardo Ilaja. Las citas corresponden a dicha edición.

(17) Fernando Alegría. Recabarren. (Santiago: Editorial Antares, 1938).Como un árbol rojo. (Santiago: Editorial Santiago, 1969). La generación del 38 mereció el estudio del crítico Francisco Santana, «La nueva generación de novelistas chilenos,» publicada en Atenea, (abril 1949): 62-92. De allí extracté el comentario sobre Recabarren. El escritor e historiador antofagastino Augusto Iglesias, publicó en 1951 su novela El Oasis , cuyo protagonista es Luis E. Recabarren. La acción transcurre en Calama y según Mario Bahamonde, en Guía de la producción intelectual nortina,» no pretende contener una visión histórica y humana del personaje real,» lo que se confirma palmariamente al leer tal obra.

(18) Ver nota 15.

(19) Luis González Zenteno. Los Pampinos. (Santiago: Prensa Latinoamericana, 1956). Nuestro novelista fue actor del grupo teatral «José Domingo Gómez Rojas» del Ateneo Obrero de Iquique, dirigido por el lanchero Exequiel Miranda. Era el galán joven de alguna de sus obras. En 1938 se dirigió a Santiago en busca de mejores horizontes.

(20) Mario Bahamonde. Pampinos y Salitreros. (Santiago: Editorial Quimantú, 1973): 62.

(21) Luis González Zenteno. Caliche. (Santiago: Editorial Nascimento, 1954).

(22) Cito de Norte Grande 3a. ed. (Santiago: Editorial Orbe, 1966). Fue impreso en Argentina y contiene numerosas erratas.

(23) José Promis. La novela chilena actual. (Buenos Aires: F. García Cambeiro, 1977):106. Véase especialmente «El grupo de 1938», pp. 105-113.

(24) José Antonio Portuondo. «El rasgo dominante en la novela hispanoamericana». En Juan Loveluck, editor La novela hispanoamericana. (Santiago: Editorial Universitaria, (1963):121-129.

LAS PAMPAS SALITRERAS
(1896) Clodomiro Castro

I. LAS PAMPAS

En esta excepcional zona terrestre
– desierto americano-
en este polvo arcano
que en guerra fraticida
supo el brazo chileno conquistar,
parece que no hay vida:
ni una planta
en su abonado suelo se levanta;
las galas de la aurora
desaparecen sin canción canora;
y la brisa que sopla alborotada
bebe en el polvo porque no hay cascada.

Si fatigado el pensamiento tiende
raudo su vuelo en pos de inspiración,
se dilata en el éter azulado
sólo un instante desconcertado
otra vez a la tierra, a la inacción…

Pero no! Si allí están sobre su suelo
mullido a trechos por sus sueltas capas
que libre el viento mueve en espiral,
desnudos cerros cuyas formas guardan
envidiable venero capital.

Allí pululan de diversos pueblos
masas y masas de la vida humana:
el inglés y el chileno allí se hermanan
bajo la sabia ley del trabajar.

Mirad por su extensión que se desprende,
cual hija segregada del peruano,
en línea paralela
al vivo rizo del tranquilo océano

Chile forma el norte;
y luego desnivela
por la cima del Ande boliviano.

En su amplitud que a veces
en plano se dilata
o en agrias lomas que describen eses,
uniformes pueblitos se recatan
en monótona y pobre construcción.

Se llaman oficinas salitreras,
sus riquezas están en calicheras
que dan al propietario
sana fortuna, múltiple interés;
a millares de brazos, buen salario,
a la industria y las artes, movimiento,
caudales al erario;
colman a Ceres de abundante mies.

II LA MAQUINA

Allá a lo lejos, álzase gigante
(especie de obelisco en el desierto)
robusto tubo de columna humeante
que invita del trabajo al gran concierto.

La mecánica allí su asiento tiene,
y con ella rudísimas faenas;
agua, fuego, vapor, todo va y viene
por el férreo tejido de sus venas.

Mientras tanto el vehículo rodante
por círculo vicioso gira y gira
cargado de caliche lo bastante
a llenar la labor del día que expira.

Y va en acopio la materia prima
por las fauces del chanco es demolida,
y vaciada en cachuchos de honda sima
por agua hirviendo en caldo convertida.

Por varias cañerías de allí dimanan
de ese salobre líquido corriente.
Y contenidas en bateas expuestas
al aire libre y al calor del día,
se condensan en capas superpuestas,
que en blancura a la nieve porfiarían.

He allí el salitre que en la cancha oreado
y repletos sacos rendirá por miles,
y que en estériles tierras transportado,
a los campos dará bellos abriles.

Al mismo tiempo de la hirviente espuma
de ese caldo salobre se deriva
el alivio del ser a quien abruma
algún dolor que de salud le priva.

Es el yodo que en punto rebatido
y a favor de la prensa decantado
sale en queso que al fuego sometido
láminas da de hermoso sublimado.

¡Oh sabia Providencia, que doquiera
por mano oculta tu poder se siente;
ya en los giros de la tierra espera,
ya en la flor, en la costra, en el ambiente!

III. EL CAMPAMENTO

De la máquina al pie en estrecho plano
limitado por ripios y salares,
semejando casillas, palomares,
series de cuartos paralelos van.

Mal forrados con tabla o calamina
sin abrigo, sin luz, sin apariencia,
traslucen de una vez la indiferencia
conque se mira a aquellos que allí están

¡Pobres obreros! en confusa mezcla
con la esposa, los chicos y los monos
apenas hay a sus cansados lomos
lugar estrecho donde reposar.

Al lado posterior de la vivienda,
de cañamazo se alza carpa ahumada,
bajo la cual se mueve descuidada,
la que en la casa ayuda a trabajar.

De este conjunto al centro sobresalen
la casa del patrón y pulpería
donde concurren con gran algarabía
mujeres y granujas a comprar.

Más allá se distinguen otras casas
por desahogo o rango lisonjero;
es la del corrector, del ingeniero
o de algún destinado al bienestar.

Y más lejos, en sitio conveniente.
determinado sólo por muralla,
punto importante, si terrible, se halla,
el parque del trabajo, el polvorín.

Esto forma el llamado campamento
en esta dura más feliz campaña,
cualquier trabajador tiene su hazaña,
pero el roto chileno es paladín.

IV. LAS FAENAS

Es el alba, mas ni un reflejo asoma
del luminar del día;
se anuncia a la porfía
del arrogante alado en su cantar;
pues el espeso manto
de griseas capas de húmeda neblina
la escena matutina
– cual la Envidia- pretende interceptar.

Al mismo tiempo el esquilón se agita
prolongado y tenaz contra Morfeo;
y con razón, si es hora en que la máquina
de su alimento pide el acarreo.

Fatal instante llega al carretero,
también al calichero,
pues uno y otro tienen que acudir;
si aquel fatal seguro tiene gallo;
y si es éste, no hay fichas que pedir.

Vamos (se dicen) el trabajo obliga,
y con él de la vida se mitiga
en cuanto el pago llegue nuestro afán.

Y cada cual se apresta resignado,
de la herramienta armado,
a dejar su camada por el pan.

Entonces a falta del rumor que ofrece
la mañana en los sitios que enriquece
con tintes de esmeralda y oropel,
el pesado rodar de las barretas
sólo se escucha en su veloz tropel.

En su obligado giro poco a poco
la tierra se vuelve hcia el cénit del día,
desvanece su helada vestidura,
la vida impulsa, infunde la energía.

La luz meridional en la desnuda
superficie terrestre reverbera,
y a su influjo benéfico, doquiera
la faena de ayer, hoy se reanuda.

Cual modesta legión de zapadores
que nada impide en su ánimo el obrar
contra el ocio se agitan vencedores
brazos de cien y más trabajadores
que los collados hacen retemblar

Aquí uno excava con ansioso empeño
la calichera de hondo yacimiento;
otro allá carga con genial desdeño
lo que nada en resumen le ha de dar.

La guía incendiaria listo el otro tiende
al fondo del barreno;
a la punta exterior fuego le prende,
deja el sitio y arranca con pavor.

Si el tiempo tuvo a trasponerse mira
con avidez hacia el lugar minado…
pero tru… rún! la tierra ha retemblado,
su entraña y costra por el aire vuela
entre nube de polvo nacarada
que de árbol toma caprichosa forma
y sin horror distrae su mirada.

Pasó el peligro y le llegó la hora
de regresar a su feliz morada;
allí caricias de la pobre amada
su frente enjugan y valor le dan.

Mientras tanto la Juana preparada
tiene ya la comida en el instante:
tras del buen chupe viene la atorante
repleta fuente de porotos bayos
que todos a mandíbula batiente
con cuánto gusto engullen hasta el fin.

De unos cuantos minutos de reposo
allí disfruta el fatigado obrero
para entregarse con entero gozo
a pitar su cigarro de papel.

Con vibración sonora la campana
anuncia el mediodía;
entonces sí con mucha buena gana
de todo el campamento a la venta
(a paso de indevota romería)
concurren en tropel por sus libretas
los obreros, no en busca de pesetas,
a pedir fichas que el haber varía,
si alcance tiene o boletas dan.

Y del corral con disonante ruido
y de función taurina la algazara,
arranca la mielada
de a tres en fondo a la carreta uncida
una, la izquierda es cabalgada
por un brutazo que a perder la vida
la bestia y él expone por su mal.

Así dispuestas las carretas ruedan
por bien gastadas, diferentes huellas
hacia el caliche que ha de ser pasado
según está ordenado
por el jefe de pampa, el corrector.

Y las mismas faenas se repiten
por meses sin ninguna variación
hasta que llegue alguna fiesta o daño
que la máquina pare en su función.

V. EL PAGO

Es el quince del mes, llegó el soñado,
risueño día al satisfecho obrero;
un aviso fijado en la ventana
confina su esperanza, dice «Hoy pago.»

Sus libretas presentan al cajero
quien las paga dejando algún sobrante
que garantice la herramienta dada
a cada cual, mientras devuelta sea.

Provistos los bolsillos de dinero
pocos son los que saben bien gastarlos;
«como caballo, tengo plata» (dicen),
y empiezan a chupar con sed ardiente.

Los bolivianos, menos gastadores,
también remuelen hasta cierto grado,
la damajuana de corriente vino
y una jarra con agua lista tienen.

Sentados hombres, guaguas y mujeres
en el suelo y en torno a la bebida,
es de verse aquel cuadro de polleras
que apenas caben en el estrecho cuarto.

Sendas copas de vino entre las manos
«con usté compadrito» dice ella,
y es condición por éstos observadas
secar del vaso cuanto se ha servido.

No falta alguno que al charrango arranque
algunas notas de cansado estilo
o que a mejor tocar en la vihuela
entone de su tierra las canciones.

Mientras tanto las coplas no han cesado
y en producir efecto no demoran
es aquélla un chau chau de quichua quichua
en curado, que el estómago nos daña

¡Qué espectáculo aquél! Una aquí llora
a vivo llanto en su dialecto propio;
otro allá canta sin saber que aúlla,
y todos charlan, gritan y pelean.

Al fin curada la familia y todos
tendidos quedan en su mismo sitio,
y allí revueltos de cualquier manera
el cuarto tiembla, al infernal ronquido.

Al otro día con el cuerpo malo
es de no ver los trasnochados tipos,
que chascones y ajadas las polleras
soñaron tal vez tomar sémola.

El guachucho al instante se recetan,
un picante de chuño y chicha encima;
después el vino y lo que venga a mano
resucitan la escena ya narrada,
los rotitos y los cholos
que no se andan con leseras,
se ponen luego en carreras,
camino de la estación.

Las tiendas y los despachos,
que entonces hacen su agosto
recorren a mucho costo,
y alegres, suaz,! al salón.

Allí viven las Auroras,
las Rositas… la vacada,
que compuesta y repintada
un altar de corpus es.

El piano con la vihuela
y el tañer para la cueca
que de salerosa peca
y de animada después.

A los sonoros acentos
él y ella, el salón dominan;
y se apartan y se animan
con un aire tentador.

Los negros, ardientes ojos
de ella sobre él se reflejan,
y los pañuelos no dejan
de agitar con gran primor.

Un momento de parada,
da campo al ponche caliente,
que algún niño muy corriente
pasa primero a los dos.

Y en seguida arde la cueca,
y lleno el potrillo rueda,
que hacer todo aquí se puede
menos ofender a Dios.

Y ardiendo la zamacueca
de intencionados ensayes
«anda negra, no desmayes»
cantan con animación.

Ella mueve la cadera
y la pierna contornea:
el otro le zapatea
y entra en gran excitación.

Y el niño diablo picado,
sigue y sigue remoliendo,
gasta cuanto anda trayendoi
y satisfecho se va.
Si le apuran un poquito
empeña hasta las colleras
y gasta con las rameras
el último cobre ya.

Por conclusión viene luego
la borrascosa bolina
en que a chopazos se atina
y los ojos se ennegrecen.

«Te saco la mugre,»dicen,
«parate pu’ ñó,» repiten
hasta caer o vencer.

Después muy amigos quedan
los dos buenos hermanitos
y se van todos juntitos
a las copas si hay con qué.

Así malgastan la vida
derrochando su dinero;
trabajan de Enero a Enero
y el ahorro jamás ven.

LA PAMPA ESCLAVA

(1906) Alejandro Escobar y Carvallo

I

Extraña como un bárbaro paisaje
descubierto en un muro arqueológico…
duerme la Pampa su sopor salvaje
soñando un cataclismo geológico!
Viuda del mar que la arrojara un día
como hembra infecunda e histérica…
ella ha sido una sierva muda y fría
abandonada en el confín de América!
De sus viejos amores submarinos
le quedan las arrugas en el vientre.
Atesora depósitos salinos
en donde quiera el «cateador»se encuentre!

II

Como grandes colmenas laboriosas
se yerguen las enormes Oficinas…
semejando prisiones misteriosas
de un vasto Imperio convertido en ruinas.
Sólo una tropa de dispersos montes
que las sequías convirtieron sierras,
levantan los rastreros horizontes
de aquellas áridas salobres tierras!
Nunca el aroma de una planta verde
embalsamó los aires del Desierto.
Ni una avecilla que al cantar recuerde
los ecos mudos de un pasado muerto.
Sólo el viejo huracán su melena azota
sobre los flancos de las sierras mudas…
Como un velero con la quilla rota
sobre las playas de la mar, desnudas!

III

Allí trabaja la inhumana gente
luchando a brazo con la costra dura…
El sudor baña la tostada frente
y tiembla la viril musculatura!
El sol desgrana su millón de flechas
sobre la inmensidad de la llanura
Y en las espaldas, al caer, derechas,
producen escozor de quemaduras!
Ataca el barretero con empuje
la mancha salinosa que adivina…
A cada golpe su espinazo cruje…
y la barreta en el costrón rechina!
Hecho el barreno circular y hondo
se carga de traidora dinamita…
que al explotar arranca de su fondo
hasta la roca riva que dormita!
A una cuadra de altura del suelo
parece la gigante bocanada…
un estornudo que lanzara al cielo
la fauce de la Pampa acatarrada!
El torbellino de guijarros crece
cayendo al páramo recién abierto…
Así el lugar de la labor parece
erupción de un volcán en el desierto.
Queda rota la ansiada calichera …
desfloramiento de senil entraña.
Monstruo devorador de carne obrera,
llaga de la llanura y la montaña!
Ahí el pampino agotará sus bríos…
Ahí su frente se pondrá ceñuda,
mientras el sol de cálidos estíos
le quemará entera su piel desnuda!
Ahí los siervos de la edad moderna,
blandiendo el combo más de quince horas
sufrirán reumatismo en cada pierna
trabajando en las noches sin auroras!

IV

Las dos de la mañana apenas son
y bajo el viento del invierno helado…
a su faena se encamina el peón
baja la frente, la Esperanza al lado!
Silba el «pampero» por la noche negra
Cada paso retumba en los salares…
La idea de ser libre sólo alegra
esas almas preñadas de pesares!
Y en medio de la noche infame y larga
parecen los obreros trabajando…
tristes forzados cuya vida amarga
llena de angustias están soportando.

V

Las pálidas mujeres de la pampa
envejecen de anemia y de clorosis…
Y la que el vicio en su avidez no zampa
se la engulle la cruel tuberculosis!
El Campamento que al obrero asila
– nueva prisión de «criminales natos»-
produce la impresión en la pupila
de un cementerio trajinado a ratos…
El Alba, cuando el frío resquebraja
la dura costra del caliche infame,
no siente el jornalero que trabaja
de sus chicuelos una voz que llame.
El hielo que a los hombres aletarga,
traspasando la vieja calamina,
cala toda la noche, negra y larga,
los huesos de la prole que germina .

VI

Así es el campamento en el verano
cuando el sol evapora el aire seco…
un enervante cocimiento humano
que hace de cada niño un gran muñeco
Allí la raza su vigor agosta…
en la Deportación del campamento.
Las piernas flacas y la espalda angosta,
arrastran un deforme Pensamiento!
En cada rostro de mujer u hombre
la darwiniana adaptación refleja,
de los desiertos la expresión sin nombre,
sin alegría, sin amor, ni queja!
Todo es ahí momificante y gris…
Nada produce novedad alguna
Aquello es un exótico país,
imperio de la Fiebre y de la puna!

VII

Cerca del campamento presidiario…
elévase la grande Instalación
que amasa del pulmón proletario
el hígado grasiento del «patrón.»
La maquinaria poderosa y fuerte,
Y los cachuchos de insaciable boca…
donde hace hervir hasta el vapor la Muerte
al desgraciado que su turno toca!
La sal preciosa está ahí en acopio…
La ha visto el jornalero cada año
dejando estéril el terruño propio
ir a dar vida al continente extraño!
El enorme caballo de Vapor
arrastra jadeando con su carga
y queda como fin de la labor
una columna de humo negro y larga.
Así concluye la faena ruda
con el pito del tren que silba ronco
Mientras la pampa bajo el sol desnuda
parece una serpiente al pie de un tronco!

VII

Tal es la vida del Desierto cálido;
tal es la noche del Desierto frío!
Como es la cara del obrero, pálido,
como es el alma del patrón impío!
Así los años por su frente bajan
sin que su noble corazón se aflija.
Cuando los huesos, de crujir se rajan,
en un «cartucho,»su ilusión se fija.
Mientras el rico salitrero llena
los grandes barcos de salino grano…
y ve juntarse, sin afán ni pena,
un ciento de millón en cada mano!

IX

El Sol en el Desierto reverbera
y bajo el soplo de sus mil alientos,
se parece la Pampa a una ramera
entregada a impuros pensamientos!
El Capital de sus entrañas goza
con imprudente refinada calma
Mientras al frente de la pobre choza
la autoridad le prostituye el alma!

X

Fue agotada la dura «calichera»
El pobre diablo a su presidio torna
Y halla en el hogar la prole entera
que la miseria contra él soborna!
No crece en el erial una callampa
El agua no humedece las arenas
Y el rojo Sol de fuego de la Pampa
evapora la sangre de las venas.
A lo lejos parece la Oficina
un hormiguero de labor constante.
Y el campamento gris de calaminas
un «bocado»en el vientre de un gigante!
Queda en pie la infernal explotación
donde pena el obrero noche y día,
donde el parásito voraz «patrón»
sus tentáculos ve en la Pulpería.
Y el calichero que la sangre suda,
la realidad de Prometeo encarna
sobre la pampa bajo el sol desnuda
como una piel comida por la sarna!

X

¡Oh, Servidumbre del Salario libre!
¡Puñal de oro que la vida arranca!
¡Haz que tu víctima algún día vibre
la Marsellesa de la Raza Blanca!

Tocopilla, 1906

Hay diferencias notables, como ya lo expresara, entre «La Pampa Esclava» y «La Pampa de Chile,» aunque básicamente es el mismo poema. Este último fue publicado en El Pueblo Obrero de Iquique, el martes 21 de diciembre de 1909. Unicamente puedo presumir una razón valedera para los cambios, y pienso que ella es la masacre en la Escuela Santa María. El poema que el lector tiene a mano, fue escrito en 1906. Un año más tarde, Escobar y Carballo (1877-1966) uno de los más dedicados dirigentes de la clase obrera, compañero de Recabarren en sus luchas (hay una foto con él, cuando lo visita en la cárcel de Tocopilla), no puede menos que cambiar el tono de sus versos y elevar su protesta. Obsérvense los cambios en la versión de 1909, cuando agrega la estrofa XII,

El Extranjero de mirada altiva
es el tirano de la Pampa hollada!
¡El es la causa que el chileno viva
esclavo mísero en su tierra amada!
¡Oh, servidumbre del Salario libre.
puñal de plata que la vida arranca!
¡Haz que tu víctima algún día vibre
la Marsellesa de la Raza Blanca!
¡Deja que el Pueblo su poder recobre
y rompa las cadenas que le oprimen!
¡No habrá en la Pampa un calichero pobre
ni aventureros que enriquezca el crimen!
¡Alzate, Pueblo, a tu sin par destino,
como Cristo a la cumbre del Calvario!
¡La Redención del varonil pampino
hará mañana a Chile igualitario!

El uso enfático de las exclamaciones denota la ira de la voz hablante, la impotencia del líder obrero. La acusación directa al extranjero, tiene su base entonces en lo sucedido en el Iquique del 21 de diciembre, cuando los intereses salitreros, en su mayoría ingleses y alemanes, conjuntamente con los nacionales, logran que el ejército ponga fin a la huelga.

CANTO A LA PAMPA
(1908?) Francisco Luis Pezoa

Canto a la Pampa, la tierra triste,
réproba tierra de maldición,
que de verdores jamás se viste,
ni en lo más bello de la estación.

En donde el ave nunca gorjea,
en donde nunca la flor creció,
ni del arroyo que serpentea
su cristalino bullir se oyó.

Año tras años por lo salares
del desolado Tamarugal,
lentos cruzando van por millares
los tristes parias del capital.

Sudor amargo su sien brotando,
llanto a sus ojos, sangre a sus pies,
los infelices van acopiando
montones de oro para el burgués.

Hasta que un día, como un lamento
de lo más hondo del corazón,
por las callejas del campamento
vibró un acento de rebelión.

Eran los ayes de muchos pechos,
de muchas iras era el clamor,
la clarinada de los derechos
del pobre pueblo trabajador.

Vamos al puerto – dijeron-, vamos,
con un resuelto y noble ademán,
para pedirles a nuestros amos
otro pedazo, no más de pan.

Y en la misérrima caravana,
al par que el hombre, marchar se ven
la amante esposa, la madre anciana,
y el inocente niño también.
Benditas víctimas que bajaron,
desde la Pampa, llenas de fe,
y a su llegada lo que escucharon
voz de metralla tan sólo fue.

Baldón eterno para las fieras
masacradoras sin compasión,
queden manchadas con sangre obrera
como un estigma de maldición.

Pido venganza por el valiente
que la metralla pulverizó;
pido venganza por el doliente
huérfano y triste que allí quedó.

Pido venganza por la que vino
de los obreros el pecho a abrir;
pido venganza por el pampino
que allá en Iquique supo morir.

El lector podrá comparar las tres versiones sobre la pampa salitrera. Aunque cada una de ellas en su creación, obedezca a motivaciones diferentes, tienen en común la descripción del áspero paisaje y la ausencia de vegetación, de aves y de agua. Los períodos históricos están presentes a través de la perspectiva o punto de vista del hablante lírico. En el poema de Castro, la pampa es esa «excepcional zona terrestre» en la que paradójicamente «ni una planta/en su abonado suelo se levanta,» hermoso oximoron que entrega un cuadro perfecto del ambiente. Su preocupación es presentar todos los aspectos que ha estudiado en la producción del caliche en la pampa. Constancia y prueba de ello, son los subtítulos que encabezan las estrofas pertinentes. Como ya lo hemos dicho, Clodomiro Castro está atento al nacimiento de la industria que ahora florece en manos de obreros chilenos, peruanos y bolivianos, unidos en la retórica frase que involucra el capital extranjero, «el inglés y el chileno allí se hermanan,/ bajo la sabia ley del trabajar.»
Alejandro Escobar está comprometido ideológica y políticamente con lo que acontece en la pampa. Además ya se han producido hechos y situaciones entre el capital y el trabajo que transforman al obrero en esclavo de la pampa. Por eso las «Oficinas/semejan(do) prisiones misteriosas/de un vasto imperio convertido en ruinas.» Es una imagen surrealista en la que el trabajador es atacado inmiseriocordiosamente por «el sol (que) desgrana su millón de flechas/ sobre la inmensidad de la llanura.» No menos dantesca es la imagen de «los obreros trabajando/ condenados que Dios, por suerte amarga,/ tuviera en el infierno, castigando!»
Francisco Luis Pezoa en cambio, utiliza un hablante lírico cuya angustia permanece dentro de su alma, no sale fuera, no explota en imágenes multicolores ni altisonantes como Escobar y Carvallo. Es más una letanía, una oración por las «Benditas víctimas que bajaron./ desde la Pampa, llenas de fe,/ y a su llegada lo que escucharon/ voz de metralla tan sólo fue.»

EL PAMPINO
(1981) Guillermo «Willy» Zegarra

Allá por el ochocientos
nació en la tierra salada
y fue muriendo con el tiempo
una gloriosa peonada.

Pampa candente y bravía
con su espejismo embrujador
en sus entrañas escondía
riquezas muy ignoradas.

Bajo el sol de ardiente estío
de noche azul estrellada
vio nacer con muchos bríos
una flor ya deshojada.

Arañando aquel desierto
con su afán aventurero
salitre encontró, por cierto
Santos Ossa, gran minero.

Fue una bomba la noticia
el salitre era fortuna
la gente gritaba, «¡albricias,
el Norte está como tuna.»

Llegaban del Sur los rotos
dejando pueblos y aldea,
los Jiménez, Rodríguez, los Soto
de Traiguén, Cabrero, Gorbea.

La tierra verde y florida
le hechona, yunta, el arado,
el huaso dejó un día
y vino al Norte soleado.

La gente iba llegando
en busca de su quimera
y así fueron poblando
una y otra salitrera.
La pampa fue así creciendo
con rapidez sin igual
oficinas floreciendo
de Pisagua a Taltal.

Alló se formó el pampino
un buen roto que hizo historia;
bueno p’al trabajo y p’al vino
hoy muerto en majestad y gloria.

Obrero de las calicheras
con el sol sobre los hombros
luchó con destreza fiera
con macho, barreta y combo.

Perforando en las entrañas
de la costra endurecida
el roto se daba mñas
barrenando todo el día.

Aquella profunda herida
de dinamita cargaba
luego la mecha encendía
y a too pulmón gritaba:

«¡Tiro grande… Tiro grande!
salían sus compañeros
vecinos de calicheras
remeciendo hasta los Andes
la terrible tronadera.

Particular pa’ encachao
fue el roto calichero
pantalón encallapao
cotón de saco harinero.

Roto firme pa’ la pala
yo te vi cargar carreta
en la Oficina Cala Cala
hasta las mismas aletas.

De ser güenos pa’ la pala
en todas las salitreras
los rotos hacían gala:
«¡Yo me pongo con cualquiera!»

Cuenta mi viejo que un día
en la Oficina Jazpampa
competían su osadía
con la Oficina Agua Santa.

El local, Rufino Donoso
de titánica estructura;
el visitante, un coloso,
don Gumersindo Ventura.

Frente a la Pulpería
dos carretadas de ripio
en montones dividía
lista para dar principio.

Torso al aire, pala en mano
los dos fornidos pampinos
un saludo a lo hermano
y listo a ponerle el pino.

Un juez la partida dio
a la contienda de atletas
cada cual las emprendió
paletiando su carreta.

Las apuestas se cruzaban
de una chaucha a veinte pesos
la pionada animaba
gritando a todo pescuezo

Gumersindo y don Rufino
la contienda la empataron
como dos buenos vecinos
los güainas se abrazaron

Son muchas las estampas
imposibles de olvidar
pioneros de aquellas pampas
que dieron tanto que hablar

Famoso fue el derripiador
metido en los cachuchos
en un infierno de calor
derripiando su hijo ducho

Pelao hasta la güata
así trabajaba este roto
y pa’ no quemarse las patas
encallapó los bototos

Otro famoso pampino,
el botarripio, el chanchero,
el tiznao maestrancino,
carrunchos y carreteros

Yo los vi muy entallaos
en la Filarmónica bailar
de terno negro encacaho,
guantes y flor en el ojal.

No le faltaba al güainita
zapatos acharolados
corbata de palomita
puños duros bien planchaos

Waltham, cadena de oro,
colleras, libra esterlina,
ése era su tesoro
pa’ lucirlo en la Oficina

Se bailaba la cuadrilla,
polca, mazurca y valse
muy re’linda la chiquilla
como flor primaveral

Filarmónicas famosas
las de Alianza y Agua Santa,
Paposo, Chacabuco, Santos Ossa,
pa’ qué hablar si fueron tantas!

Alfombras de una pieza
autopiano importado
de refinada belleza
óleos de marcos dorados

En cada fiesta social
con fragante agua florida
el pampino a bailar
con su impecable tenida

Y no hay que olvidarse
de los futres empleados,
aquéllos que pa’la cena
iban bien acicalados

Se sentaban a la mesa
junto al Administrador,
de costumbres muy inglesas
¡cosas de Míster North!

Este gringo vivaracho
llegó de tierra inglesa
aquí nos dejó el cacho
y el partió con la riqueza

Hay también que recordar
y lo digo con sentimiento,
insalubre fue su su hogar
que tenía el campamento

Casas de lata, sin piso,
y sin más comodidad
nadie preocuparse quiso
en otrora autoridad

El salario por ahí nomás
y le pagaban con ficha,
a nadie le importó ná
de este roto su desdicha

Los gringos que administraban
en todas estas faenas,
los bigotes se arreglaban
sin importarles sus penas

Pero el huaso sufrío
llegado de tierras sureñas
siempre se mostró aguerrío
en esta región norteña

Luchando por mejor suerte
estos hijos de caciques,
en Coruña pagó con muerte
y con muerte pagó en Iquique

Esta página odiosa
que con pena hay que decirla
pero hubo gente valerosa
que luchó por redimirla

Muchos son los que quedaron
con sus huesos bajo tierra
en esas pampas que ganaron
con sangre, sudor y guerra

Queda sólo del pampino
su imagen en la memoria
su suerte segó el destino
pa’ recordarlo en la historia

El tiempo en su carrera
dejó atrás en el olvido
la aventura salitrera
y el glorioso pampino

Adios pampino calichero
botarripio, tiznao, carretero,
adios costrero, carruncho, barretero,
en el carro del tiempo partieron

Fue como un sueño la vida
que en esa pampa existió.
Tanta esperanza que un día
el soplo del tiempo borró

Los ripios son mausoleos
de la pampa calichera
en sus lápidas yo leo:
«Aquí murió un salitrero.»
Que su tumba fue el destino
de aquellos ripios inertes
los veréis junto al camino
en esas pampa agrestes.

A «Willy» Zegarra, hombre de teatro desde su infancia, tuve ocasión de entrevistarlo en 1981 cuando buscaba información para mi libro Cultura y Teatros Obreros en Chile. Allí hay unas páginas autobiográficas. Nació en 1906, bautizado como Marcelo Guillermo Zegarra. Este poema me lo entregó en aquella ocasión, pero no lo publiqué por la situación política imperante en el país, en especial en Iquique, donde incluso el libro citado le creó algunos problemas a mi tía-madre, con el servicio de Correos de Chile. El poeta popular y obrero que es Willy Zegarra centra su atención en sus iguales, en el recuerdo, en la memoria, más fuerte y avasalladora por los años, la distancia y la nostalgia de una era ya casi olvidada. A diferencia de Clodomiro Castro, Alejandro Escobar y Francisco Pezoa, nuestro autor rememora, historia, rescata el pasado, rindiendo homenaje «a una gloriosa peonada.» Obsérvese cómo utiliza genéricamente la frase «¡Cosas de Mr. North!» para indicar las típicas costumbres inglesas en pleno desierto nortino. Willy hizo famosas sus parodias en los tablados obreros iquiqueños. Su poema cierra nuestro rescate de los poetas que vivieron, conocieron y entendieron lo que era y fue el Ciclo del Salitre en el Norte Grande.

TARAPACA
(Primera novela del salitre)

(1903) Juanito Zola

No sin cierta reticencia subtitulo este acápite, pues los estudiosos están de acuerdo en que es difícil y peligroso aseverar tal hecho. Pero el rescate de las obras de tal período, y mis investigaciones me permiten afirmar que Tarapacá es nuestra primera novela del salitre. Comparta el lector la introducción que el ficticio Juanito Zola otorga a su texto. Obsérvese que continuando con la tradición literaria de los tiempos, fecha su obra en Santiago, distanciándose ficticiamente del lugar de marras que es Iquique.

A los obreros de Tarapacá
Cuando viví en esa árida y desolada Pampa del Tamarugal, compartiendo con vosotros las viscisitudes de una experiencia triste y afrentosa, germinó en mi cerebro la idea de escribir una novela, que fuera algo así como una historia de lo que ocurre en la rica provincia de Tarapacá, teatro de muchas proezas y de grandes crímenes.
Libre ya de esa férula odiosa, que soportais con tanto estoicismo, y disfrutanto de la tranquilidad de mi hogar, del cual me apartaron las ilusiones de una juventud inexperta, he tratado de anotar en esta novela los apuntes de mi libro de memorias.
«Tarapacá» no es un monumento literario, ni siquiera una obra de mediano valor intelectual; pero posee el mérito de tener su fuente en la verdad, y de ser escrita por un hijo del pueblo, honrado y sincero como todos los hombres de su clase.
Recibid, pues, la novela que os dedico, como una muestra de compañerismo y estimación.
Juanito Zola

Santiago 1 de septiembre de 1903.

Los escritores siguen la pauta ya delineada en la novela picaresca, en el sentido de que el autor al final de sus días , «disfrutando de la tranquilidad de mi hogar,» deja a sus hijos, en este caso a sus iguales, a los obreros, «algo así como una historia de lo que ocurre en la rica provincia de Tarapacá.» La lección está en ese recuento; la enseñanza que pueda derivarse de tal lectura será la recompensa para Juanito Zola. La novela está dividida en tres libros. El Libro I comprende desde las páginas 5 a 137; el II, desde 138 a 239, y el III desde 241 a 479. El gran aliento del texto se explica por los múltiples comentarios editoriales del autor, es decir, el narrador se entromete y da su opinión sobre hechos, personas, lugares, etc. Sigue la pauta de la novela decimonónica simplemente. Lo que caracteriza a Tarapacá y seguramente antagonizó a K. Brito, es la abierta posición politica del texto: el socialismo, sus características y diferencias fundamentales con el anarquismo, que fueron las dos fuerzas ideológicas imperantes en la pampa salitrera y que corresponden al período histórico en cuestión. Lo otro, es su anticlericalismo.
Tarapacá se adscribe más a la técnica documental e historicista, que a la estrictamente literaria. Y no otra cosa persiguen los autores. Denuncian la corrupción administrativa en la provincia, los abusos patronales, que llegan hasta el asesinato en la novela, el manejo de las salitreras por los ingleses, la vida en los prostíbulos frecuentados por la burguesía iquiqueña, y como un gran trasfondo, la preparación de un movimiento huelguístico que termine de una vez para siempre con el poder omnímodo de los salitreros. En este sentido utilizo el término documental, en cuanto relata la trayectoria de personajes reales con un trasfondo sincrónico de sucesos ocurridos en la pampa salitrera. Con estos elementos, los autores representan el espacio salitrero.
Como novela de tendencia política, el autor busca la identificación del lector con la historia y el trasfondo de los hechos. Para verificarlos, basta conocer el Iquique y la pampa salitrera del 900, donde imperan las grandes compañías y su secuela de corrupción, politiquería y el caciquismo, fiel reflejo de la actividad política chilena. Agréguense las primeras huelgas en las salitreras y se observará que más que en ninguna otra región, la «cuestión social» es un problema latente en la vida
laboral nortina. La trama se desarrolla en dos planos paralelos que se confundirán al final en uno solo: el aniquilamiento de la base de sustentación del capitalismo salitrero. Uno de los planos es la vida del obrero Juan Pérez y el otro, la del empleado Luis García, un arribista que merced a favores logra convertirse en administrador de Germinal. Aunque sus vidas no se entrecruzan, sus acciones afectan sus destinos. García es atrapado por la vida fácil y el ambiente en que se mueve; Pérez, con una clara visión político-ideológica de su mundo, no sólo vence y supera su entorno, sino que lo modifica y transforma con su indoctrinación. Con el planteamiento de tales temas y motivos, resulta fácil comprender el distanciamiento que los autores buscan mediante la dedicatoria fechada en Santiago.
La síntesis de la novela la haré en base a los motivos principales que desarrollan los autores.
REBAJA DE SALARIOS.
Cuando Juanito Zola entrega su novela, según el narrador hay 15.000 obreros trabajando en la Pampa salitrera de Tarapacál. La junta de la Asociación Salitrera de Propaganda ha recibido la noticia de que «en el desierto del Sahara, existían inmensos depósitos de nitrato.»
La impresión que produjo en los salitreros las alarmantes noticias de Europa, se debía a que ellos tenían sus cálculos trazados de treinta años más de explotación, y se venían de la noche a la mañana, caídos de la nube en que encabalgaban orgullosos por los espacios siderales. Nada habían aprovechado en veinticuatro años de pingües negocios, de usura y de explotación de los operarios, arrojándolo todo por la ventana, confiados en que les quedaban mucho tiempo para pensar en el porvenir. Los millones que habían derrochado, costaban muchas vidas y miles de sufrimientos y privaciones de obreros; pero, a ellos nada les importaba las miserias de los proletarios, porque los consideraban como seres nacidos para purgar crímenes no cometidos, para vivir en la indigencia y morir en el abandono.
Media hora después de la junta de la Asociación, los capitalistas, habían olvidado los dolorosos datos, y alrededor de las mesas del Club Inglés, ahogaban los últimos recuerdos entre copas de whisky y rebanadas de queso suizo (6-7).
El plan de la junta fue «rebajar los jornales en un veinticinco por ciento (…) Al día siguiente el clamoreo de las mujeres, en las ventanas de las pulperías, era inmenso.» El párrafo siguiente, explica el mecanismo tan al uso en aquellos tiempos,
Antes de notificar a los operarios la resolución de rebajarles los jornales, los capitalistas se habían abocado al Intendente de Tarapacá, comunicándole sus temores, y consiguiendo de él, el pedido al Gobierno de dos batallones de tropa, a cuya llegada a Iquique (en el crucero Zenteno) se declararía en la Pampa una de las pestes más temidas: la bubónica, por ejemplo. El Gobierno de Santiago, fiel a su cumpromiso de tener el ejército a la disposición de los intereses extranjeros, no había trepidado en acceder a lo pedido por los ingleses y alemanes de Tarapacá. Mandaba a la rica provincia del Norte, un puñado de soldados, para que maltrataran y fusilaran a sus hermanos de infortunio (9).
Es aquí donde aparecen los comentarios editoriales, a que nos referimos anteriomente, y en que la voz del autor se hace tan patente que la del narrador desaparece,
¡Qué farsa tan grande, son las constituciones de los países! Todas reconocen los mismos derechos, a los pobres y a los ricos; pero cuando llega la ocasión de que el Capital y el Trabajo son beligerantes, la constitución no existe para los pobres, y las balas de los rifles o los yataganes, se encargan de acorralar al rebaño obrero en las propiedades del «señor» (9).
PRESENTACIÓN DEL HEROE
El narrador nos introduce rápidamente al principal protagonista o héroe de la novela. Su nombre, Juan Pérez, chileno, «un obrero valiente e ilustrado.
Juan Pérez era un fornido hijo del pueblo, alto y bien formado como todos los que han pasado su juventud en el trabajo, ejercitando los m[usculos y ganando el pan con muchas fatigas y privaciones. Nacido en Caldera, amaba el mar como a su familia, y cada año, cuando las festividades del 18 de Septiembre le permitían bajar a Iquique, su primer paseo era a Cavancha, sobre cuyas orillas rocallosas se sentaba a contemplar la tenacidad de su viejo amigo, al estrellarse contra las piedras.
El 79, cuando el clarín de la guerra llamaba a todos los chilenos a pelear por la Patria, corrió a enrrolarse a un batallón y en él hizo la campaña, desde Dolores hasta Miraflores, peleando como un león, y saliendo más de una vez con la piel agujereada. Cuando terminó la guerra, no volvió a su hogar porque supo que los ancianos que le habían dado el ser, dormían bajo la tierra fría. Se quedó en Tarapacá, en el suelo que tanta sangre chilena costaba, pensando que tenía derecho a disfrutar del bienestar que había conseguido para Chile, exponiendo su vida en varias batallas.
Pérez estaba equivocado. El bienestar lo habían monopolizado los aristócratas, los que no pusieron su pecho al frente, los que se quedaron en la capital, aglomerando los rebaños que mandaban a los mataderos de Tacna, Chorrillos y Miraflores (…). Cuando Pérez supo que los que no habían peleado, estaban despilfarrando las riquezas de Tarapacá, se mordió los labios de ira, y de su boca salieron terribles maldiciones (…) (12-13).
Una vez incorporado el protagonista, el narrador nos relata la vida disuelta de los «miembros de la burguesía. Capitalistas, jefes de casas salitreras, tenedores de libros, cajeros y demás empleados, iban noche a noche a dejar en las casas de tolerancia sus ganancias y sus sueldos (22).» Los abusos en la Oficina Germinal y la pampa, lleva a los obreros a organizarse, «pues para los pobres, no hay patria, no hay leyes, no hay justicia.»
ORGANIZACION DE LOS OBREROS
La reunión acordada por Pérez y Mendoza, se realizó en el cuarto del primero. Acudieron, aparte de los iniciadores, Manuel Retamales, Francisco Urbina y Fernando Juárez. Pérez y Retamales, eran chilenos; Urbina, boliviano; Mendoza, peruano y Juárez, argentino. Podía decirse que el elemento obrero de Chile, Bolivia , Perú y Argentina, estaban representado en esa minúscula junta (29).
Pérez fue el primero que habló (…) Los capitalistas, no contentos con habernos explotados a su antojo durante veinticuatro años, han querido sacarse con nosotros el clavo del Sahara, rebajándonos los jornales e inventando la bubónica (…). El primer paso que debemos dar, es atraernos a todos los obreros de «Germinal», para fundar una asociación de resistencia, cuyo nombre se acordará después (…) La nueva sociedad, no necesita de estatutos, de ni cuotas de incorporación y mensuales, ni de directorio, ni de ninguna de esas patrañas que constituyen hoy día la formación de las sociedades obreras. Baste que un operario dé su palabra de honor de servir a sus hermanos, para que se le considere socio (30-31).
No olvide el lector que esta filosofía es la anarquista en esencia, aunque el narrador afirme que es socialista. Ellos fueron los adelantados en la pampa salitrera en la diseminación de su ideología. Ya formada la asociación en «Germinal,» Pérez abandona la oficina «para seguir por otras partes la propaganda empezada (…) predicando la nueva era e invitando a todos los desheredados de la fortuna a prepararse para la conquista del bienestar, a que tienen derecho todos los seres que viven sobre la tierra» (44).
IQUIQUE
En el capítulo XV se nos da a conocer otro personaje, no de la clase obrera precisamente, quien arriba al puerto en el Loa uno de los tantos barcos de cabotaje que recorrían el litoral nortino, El joven imberbe, «de frente vasta, nariz aguileña y ojos azules, contemplaba (desde la cubierta) la metrópoli del Norte, ese Iquique tan ponderado en el Sur, considerado como el país de las fortunas colosales y de la prostitución más descarada» (45). Esta última frase es uno de los motivos persistentes en la literatura naturalista, y no podía dejarla de lado nuestro Juanito Zola. Veamos la descripción del puerto, desde la bahía misma,
Desde abordo miraba los grandes caracteres que se destacaban sobre las bodegas vecinas a la playa. Leía Lockett Bros. y Ca., Inglis Lomax y Ca., Gildemeister y Ca., Gibbs y Ca., y pensaba que los ingleses y alemanes, con ese espíritu absorbente que los caracteriza, habían monopolizado la industria salitrera, convirtiendo la región del nitrato en un feudo sajón. Recordaba que el Presidente Balmaceda, aquel espíritu grande y netamente chileno, a cuya muerte se suicidó la política recta, quiso nacionalizar la industria del salitre, previendo con su clarovidencia los atropellos que cometerían esos albioneses y teutones que habían venido a Chile en busca de esclavos a quien explotar. Esos Lockett, Gibbs, Lomax e Inglis, encabezados por aquel plebeyo y soberbio que, en Inglaterra, se hizo noble debido a sus millones de libras, y que se llamó míster North, o por otro nombre el «Rey del Salitre,»fueron los que azuzaron al pueblo, el 91, a que desconociese el gobierno de Balmaceda, y facilitaron armas y dinero, para conseguir la caída del último Presidente honrado de Chile.
¡Qué fea encontraba a la ciudad, encajada en una llanura árida, sin asomos de de vegetación! Los edificios, casi todos de un solo piso, se achataban sobre la improductiva tierra, dejando paso a dos únicas eminencias, dos aristas que simbolizaban cosas distintas, pero que tenían su origen en el fanatismo: la torre de la Iglesia Parroquial y la de la Plaza Prat (45-46.
Aquí una aclaración para el lector de nuestra época. En el período en cuestión, la ideología obrera veía como «polillas que destruyen el organismo de la actual sociedad (a los) abogados, políticos, militares y curas» (42). De aquí el comentario del narrador sobre los dos prominentes edificios. Pero no se juzgue apresuradamente. Obsérvese la anotación que entrego en seguida. Refiriéndose a la fibra moral de Juan Pérez, añade, «El apostol debe ser virtuoso, para que su palabra encuentre eco entre la multitud. Cristo, halló muchos prosélitos, porque practicaba las mismas doctrinas que enseñaba.» Y luego agrega, «Hubo necesidad de que el Nazareno, naciera en un pesebre para que le escucharan aquellos a quienes redimía, enseñando una moral desconocida» (95). Continúo con la cita,
Cuando el bote que conducía a nuestro huésped, pasó frente a los muelles particulares de las empresas salitreras, presenció un espectáculo sorprendente: el drama del trabajo, representado por cientos de obreros, de constitución hercúlea y rostros atezados por las faenas marinas, que corrían sobre los muelles con sacos de tres quintales de nitrato, los hacían levantar por las grúas y los arrojaban al fondo de las lanchas, para ser conducidos a los buques que debían llevarlos a Europa, a rejuvenecer las gastadas tierras del viejo mundo (47).
Vale la pena anotar que a comienzos de siglo había más de una docena de muelles salitreros, entre los cuales se contaban los de la Grace, Granja, Gildemeister, San Jorge, Locket Brothers, Buchanan Jones, Lagunas, Fierro, Lucía, Primitiva y Gibbs Williamson.
Mencioné que entre los escritores nacionales que escribieron sobre la pampa y el puerto se encuentra Eduardo Barrios, Premio Nacional de Literatura (1946) y Ministro de Educación. A comienzos de siglo fue oficinista en Iquique, en servicios eléctricos; contador en la Oficina Santiago y administrador en la Tarapacá. En su novela Un perdido (1918), hay un párrafo sobre la visión del puerto, cuya estructura tiene varios puntos de contacto con el ya mencionado. Compare el lector,
Al observar a Iquique desde la cubierta del barco, experimentó Luis la impresión de que traía su tristeza y su desamparo a un lugar desamparado y triste. Aquel caserío de madera, chato, color de barro, desparramado sobre la lonja de arena que se estrecha entre el mar, las dunas y los montes yermos de la meseta salitrera; aquella isla Serrano, tendida a la manera de un cetáceo vigilante al extremo del molo de piedras negras; todo aquel conglomerado ingrato a los sentidos y hosco al espíritu, que parecía entumecerse arropado en una bruma sucia como harapo del cielo invernal, le deprimió en aguda melancolía de destierro. Alzábanse, verdad, columnas de humo, abundantes y presurosas; oíase un pitear contínuo, articulando la trepidación febril de pescantes y locomotoras, que vadeaban las aguas y rasgaban la atsmófera del buque; pero, no obstante estos latidos elocuentes de la actividad del trabajo, la masa plana y descolorida de los edificios, todos bajos y sin tejados, esparciéndose tras la fila de bodegones de zinc con grandes cifras y firmas de comercio inglés, alemán, eslavo, hacían pensar en un hacinamiento de cajones pringosos que los cien navíos surtos en el puerto hubiesen vomitado, a prisa y sin orden, de sus bodegas húmedas a la playa amarilla (56).
LA PAMPA
Volvamos a Juan Pérez. Ha transcurrido un año de contínua propaganda y la nostalgia del mar lo impulsa a ir al puerto,
Aprovechó el Carnaval para bajar. Asomado a una ventanilla del vagón de segunda en que venía, miraba la enorme pampa gris, dilatarse y perderse en el horizonte, como muerta, sin rastros de vitalidad. Solo al pasar por delante de alguna oficina, o al llegar a las estaciones, el paisaje perdía su monotonía y denotaba que ahí había vida. Muchas veces, de entre las grietas del suelo, se elevaban grupos de obreros que se quitaban los sombreros y saludaban a los viajeros del tren. Pérez les contestaba con agrado su saludo, adivinando en ellos a los futuros soldados del porvenir que aún ignoraban la redención por la que él trabajaba.
La pampa, sin el menor asomo de vegetación, sin ningún ejemplar de la flora animal, sin nada que se agitara, inmóvil y muda, parecía un cementerio enorme, donde las tumbas era las oficinas. Como en los sepulcros, los gusanos representados por los obreros, se movían devorando la carroña del cadáver de la burguesía. Pensaba Pérez que esa pampa, había sido testigo de infinitas escenas sangrientas, desde la batalla de Dolores y el combate de Agua Santa, en los que se derramó tanta sangre peruana y chilena, hasta los encuentros del 91, donde los chilenos, al pelear entre hermanos, mostraron un ensañamiento digno de mejor causa. Ese suelo, árido e inhospitalario, no podía convertirse aún en terreno fértil, con los cadávere conque había sido abonado, ni con el sudor y lágrimas de los veinte mil obreros que regaban diariamente sobre él. Era una tierra maldita, que se complacía en asesinar paulatinamente a los obreros.
Mientras meditaba Pérez, dirigía su vista hacia adelante, donde divisaba una enorme curva, por la que tenía que pasar el convoy. Cerca de ella, un objeto negro, pequeñito como el punto de una «i» se destacaba junto a los rieles. A medida que el tren se iba acercando, el punto crecía y tomaba formas de cuerpo humano. Pérez reconoció en él a un obrero, que iba de una oficina a otra, en busca de trabajo, y que viajaba de esa manera, porque no tenía el pasaje. Llevaba la ropa destrozada, el sombrero llenó de barro, y sobre su espalda un saco con todo su patrimonio, compuesto de una camisa, un pantalón, cigarrillos, fósforos, una marraqueta de pan, la libreta del último arreglo y una botella de agua. (…) Pérez sacó el busto por la ventanilla, y comprendiendo que ese hombre sufría horriblemente, al vagar por la Pampa, bajo un sol que achicharraba, le gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
– ¡Valor y esperanza! (95-96)
Tal vez importe informar que en Iquique, Juan encuentra a su hija Genoveva, resultado de sus amores con una joven, «cuando volvía de la campaña del Perú.» El narrador, acertadamente no nos proporciona la edad de sus personajes, pero podemos deducir la del protagonista, ya en sus cuarenta años de vida. Así se explica su madurez política y social.
BARRIOS DE IQUIQUE
En su peregrinaje por la ciudad, Juan Pérez recorre Cavancha para sus «excursiones.»
Ahí, en un banco, contemplando las olas que chocaban contra las rocas, o las blancas velas de los buques que entraban a la bahía, se abandonaba en sus ensueños de dicha y felicidad, para las dos porciones de la humanidad que ocupaban su pensamiento: los obreros y su hija. Permanecía en ese paseo, hasta que el crepúsculo recogía el último pliegue de su túnica. La luz eléctrica, corriendo por el interior de los alambres, e inflamando los focos que hay en la avenida, lo despertaba de sus meditaciones, indicándole que era la hora de que volviera a la ciudad. Tomaba el camino de la calle Baquedano, con paso mesurado, para apreciar el lujo y la opulencia en que vivían los burgueses, mientras en el Colorado, un barrio infecto, levantado en medio de muladares, se refugiaban los pobres, respirando el aire envenenado de las basuras y de los desperdicios (107).
Más adelante, nuevamente se nos describe Cavancha y esta vez con un personaje histórico de carne y hueso.
En ese tiempo Cavancha estaba en decadencia, porque habían desaparecido muchos de los negocios de lenocinio que ahí estaban establecidos. Sölo quedaba la casa de canto de Filomena Valenzuela, ex-cantinera del 79, adonde acudían los que querían divertirse, echando al coleto algunos tragos, o bailando una cueca de esas de la santa tierra (154).
El Iquique de comienzos de siglo gozaba de reputación en el área de «las niñas alegres.» Los viejos iquiqueños recordarán algunos nombres como «La Gioconda,» «La Alemana,» «La Erika,» «La Coña,» «La Jaiba,» «El Santiaguino Chico» y «El Santiaguino Grande.» Según un boletín de la Oficina del Trabajo, en ese período existían alrededor de cuarenta «casas»en Iquique, treinta y seis en Antofagasta, veintitrés en la Pampa del Tamarugal y en Huara, diez.
En otro capítulo, el narrador nos describe uno de los lugares típicos del Iquique antiguos, el conventillo de «Las Camaradas» de la calle Tacna, famoso en su época por la bravura de sus ocupantes.
DESCRIPCION DE LA OFICINA GERMINAL
En el Libro Tercero, el narrador nos introduce, mediante la llegada de un nuevo administrador, el funcionamiento de una oficina.
Luis García, llegó a la oficina Germinal, a hacerse cargo de la administración, completamente ciego en materia de salitre, al igual que muchos otros de sus colegas, que debían sus puestos a influencias de familia. Aquello fue para él como un cuento de hadas. Se vio con un poder inmenso sobre esa gran faena salitrera, y pensó que era un pequeño rey de ese territorio. Por donde quiera que extendía su vista, encontraba obreros que trabajaban afanosamente, animales que corrían llevando el caliche, locomotoras que resoplaban, poleas que chirreaban, chancadoras que desmenuzaban.
Nunca se había él figurado, que podía ser jefe de un establecimiento de esa naturaleza (…) La máquina elaboradora de salitre, fue para García una cosa nueva. Transportado del Banco a la oficina Germinal, se encontró con que, no sólo era su misión hacer anotaciones en los libros, sino también velar porque el cocimiento del salitre se hiciera en debida forma y por que en la Pampa se llevaran en buen estado los trabajos de extracción. El mayordomo de esa sección, lo recibió con mucha amabilidad; le hizo dar un paseo por el laberinto de escaleras, cañones y fierro que constituía la máquina, y le habló de las economías con que hacía el trabajo, empleando la menor cantidad posible de operarios.
Los pulperos se mostraron muy atentos con el nuevo administrador. Le hicieron presente que vendían ls mercaderías a muy alto precio, que robaban tres y cuatro onzas a cada libra, y que las ganancias de esa sección de la oficina podía competir con las mismas que producía la elaboración del salitre. Lo único que callaron, fue que gran parte de esas utilidades pasaba a sus bolsillos (…).
Al día siguiente, Luis montado en un soberbio caballo, se dirigió a la Pampa, acompañado del corrector, quien cabalgaba en una mula. Recorrió las calicheras, donde vio a los particulares hundidos en esas enormes cavernas, despedazándose las manos con los trozos de caliche y comparó su situación con la de esos infelices que se asaban vivos en la pampa, mientras él ganaba un buen sueldo, sin más trabajo que el de decir unas cuantas palabras y firmar algunos papeles (241-42-43-44).
UNA REMOLIENDA EN LA PAMPA
En la tradición de los costumbristas chilenos, el hablante nos ofrece el cuadro de una fiesta en la oficina salitrera, lo cual otorga a la narración un descanso y un punto de vista diferente. El lector podrá apreciar claramente, el rito de la cueca y sus decires, llegados al Norte Grande con los enganchados sureños.
Mientras se hacían las presentaciones del caso, llegó doña Anastasia con los convidados. Estos eran don Hermógenes y don Emeterio, las mujeres de ellos, y dos muchachas más, cuyos padres les habían dado permiso para que fueran con doña Anastasia a divertirse un momento.
Don Hermógenes y don Emeterio, eran dos entusiastas aficionados al trago y al baile. Jamá faltaban en ninguna fiesta del campamento, donde hacían divertir a los festejantes con su entusiasmo para animar la cueca y su afición a hacer uso de la palabra. Don Emeterio era el más amigo de pronunciar discursos, en los que sacaba a relucir que había hecho la campaña del 79, cosa que le desmentía don Hermógenes, armándose discusiones a las que seguían mojicones y una reconciliación de los dos amigos.
(…) Con la salida a escena del pulpero don Panchito y de doña Anastasia, que iba a bailar una cueca, terminó la porfía de los dos discutidores, y todo el mundo se echó saliva en las manos para palmotear con más fuerza.
– ¡Vamos a ver cómo se porta la veterana!
– ¿Cómo me he de portar? Como siempre. Así viejecita como soy, desafío a cualquier joven.
La concurrencia sonrió ante las palabras de doña Anastasia, quien con la mano izquierda se había levantado el traje bien alto, y con la otra, hacía jugar en el aire a un pañuelo de seda bordado. Con las exclamaciones de don Hermógenes y de don
Emeterio, la cueca fue bailada con tal animación, que el zapateo hacía temblar las débiles paredes de calamina.

– Ahora birlocho, bizcocho, maravilla, frutilla, tomate, petate, velita, velón, aroooh…
– Con uno que se pare basta.
– Echele, cumpa Meterio, un güen trago de ponche, que es mejor que ese whisky de los gringos.
– La obligo, señorita Juanita.
– Le cumplo, y obligo aquí a don Benito.
– Y la cantora tendrá la boca de caballo vigilante…?
– ¡Ay! Ispense, ña Bartolita ‘ei va el brindis de ño Hirmogio, que lo hizo pusté.
– Le pago con mucho gusto y me repito.
– Salú, ño Hirmogio, aquí ña Bartolita le güelve a comprometer.
Chiqui chiquichín, chiqui chiquichán

En el hospital de Cádiz
hay un ratón con terciana

– Ahora sobaco, macaco, trina, trena, los ojos del paco, chispa, fuego, brasero, candela, pachito de vela, hacha, fuego, a la casa de alto, a la casa de bajo, pónete la leva, quítate el paltó (253-54-55).
ESTALLIDO DE LA HUELGA
En el Capítulo XVIII la narración se centra en la huelga preparada por Juan Pérez durante más de un año. El malestar general entre los obreros había llegado a su punto culminante,
Juan Pérez, fijó el gran día, tanto tiempo acariciado en su mente, como un ideal supremo, para las fiestas patrias del 18 de Septiembre. Quiso dejar estampada esa fecha en los anales del proletariado chileno, como la de un gran movimiento, que sacudiera hasta en sus cimientos a la carcomida fortaleza de la burguesía.
Los obreros de todas las oficinas, estaban enterados de lo que se debía hacer; pero sólo uno en cada establecimiento conocía bien el plan de Pérez (…) Todos sin excepción, estaban acordes en dar el golpe, que debía decidir su suerte. Nadie preguntaba por las consecuencis. La multitud, es siempre sugestiva. Entusiasmándose por alguna cosa, va a ella, de la misma manera que la mariposa a la llama.
– ¿Para cuándo la «reclamación»?
– Para el 18.
En las explosiones populares, es fácil trazar la pauta y dar las primeras órdenes, pero después, nadie puede responder del éxito, ni fijar con exactitud lo que va a suceder. La muchedumbre en esos críticos momentos, no reflexiona. Es la ola formidable, que no respeta nada, que bate con la misma fuerza las rocas como la arena (461-62).
Si leemos con cuidado, y no con el apresuramiento conque lo hizo Fray K. Brito, nos daremos cuenta de la honesta actitud narrativa que adoptan los editores López y Polo. Conocedores a fondo del ambiente obrero, de la psicología de las masas en las incontables huelgas en el Norte Grande y en el país, cuando se presenta la «cuestión social,» no trepidan en afirmar y dejar constancia de un hecho que no admite argumentos: «en las explosiones populares, nadie puede fijar con exactitud lo que va a suceder.» Prosigamos con la historia. La petición de los obreros para el día de la reclamación consistía en solicitar la abolición de fichas, aumento de salario, libre comercio, indemnización por desgracias y enfermedades y disminución de las horas de trabajo. Quien conozca el historial obrero de la pampa, reconocerá el petitorio tantas veces esgrimido por los trabajadores, que se repite al pie de la letra en la gran huelga de 1907, y que finaliza en la Escuela Santa María de Iquique.
El capítulo XX da término a la novela y comienza con estas palabras,
En años anteriores, el 18 de Septiembre, era recibido con grandes preparativos, tanto por los operarios chilenos, como por los peruanos y bolivianos. Todos, contribuían con su bolsillo y con su persona, para hacer de ese aniversario americano una gran fiesta.
Se confeccionaban programas, en los que figuraban el himno nacional, los cohetes, globos, carpas y demás diversiones populares. Las oficinas instigaban por debajo de cuerda a los trabajadores, para que se divirtieran, con el objeto de que le compraran licores, conservas y géneros, en la pulpería.
(…) Amaneció el 18 de Septiembre, día en que debía efectuarse la gran «reclamación,» y esa vez, las banderas chilenas no flamearon sobre las bohardillas; permanecieron guardadas en los baúles, para que no presenciaran las escenas que se iban a desarrollar.
Como de costumbre, todas las faenas habían quedado en descanso. Los calderos dejaron de ver, una vez al año, sus entrañas abrasadas por el fuego; los chachuchos se enfriaron; las ruedas y poleas quedaron inmóviles, y la paz más grande reinó sobre lo que veinticuatro horas atrás, eran centros de actividad.
Los operarios despertaron bien tarde en sus lechos. Quisieron darse el lujo de dormir un poco más, vengándose del tintineo desesperante de otras veces, en que el sereno los obligaba, con el toque de la campana, a dejar la cama, en medio de un frío de cordillera.
(…) A las ocho de la mañana, los operarios de todas las oficinas, con gran alarma de los empleados, empezaron a reunirse en las plazoletas, frente a las administraciones, observando la mayor compostura. Todos guardaban silencio, revistiendo los comicios de solemnidad. algunos conversaban en voz baja, transmitiéndose las órdenes de los representantes de Juan Pérez.
Los burgueses, movidos por un mismo impulso, se dirigieron a los aparatos telefónicos, para poner sobre aviso a las guarniciones de Policía, y solicitar su presencia; pero por más que dieron vuelta a las manubrios, nadie les contestaba. Los operarios habían tenido la buena idea de destruir los alambres telegráficos y telefónicos de toda la pampa. De esa manera, las oficinas estaban incomunicadas con Iquique. Cuando las oficinas de los telégrafos del Estado, la del Ferrocarril Salitrero, y la Central de Teléfonos, notaron los cortes simultáneos de todas las líneas, dieron parte a la autoridad de lo que ocurría.
Inmediatamente salió de Iquique un convoy, compuesto de dos máquinas y muchos carros, en los que iban trescientos soldados, sacados de los cuerpos de guarniciones, inclusive de la Policía. El tren llegó hasta la estación de Carpas, y ahí se detuvo, porque la línea aparecía destruída, en una longitud de tres cuadras. Durante la noche, los futuros «reclamantes»habían quitado y despedazado los rieles, teniendo en cuenta que de Iquique subiría tropa a la Pampa.
(…) A las nueve, más o menos, los grandes grupos de trabajadores se pusieron en movimiento, guardando uniformidad, hacia los escritorios. Avisados los administradores de que la gente pedía hablar con ellos, tuvieron que presentarse, pálido y temblorosos, ante las muchedumbres de esclavos, a quienes tanto mal habían hecho.
Los delegados de los obreros expusieron en breves palabras que los operarios pampinos cansados de ser por tanto tiempo víctimas de las inícuas explotaciones e inhumanidades de los capitalistas, exigían las siguientes reformas en las oficinas:
Supresión de vales y fichas, y pago semanal.
Libre comercio.
Indemnización por muerte, heridas o enfermedad, contraídas en las faenas.
Asistencia médica gratuíta
Aumento de salario en un cincuenta por ciento.
Pago proporcional de las carretadas de caliche, rechazados por «malo.»
Habitaciones higiénicas y aseo en los campamentos.
(…) Como todos los administradores contestaron que nada podían prometer a los operarios, éstos los hicieron prisioneros, y después de ponerlos en buen recaudo, para que sus vidas estuvieran a salvo, se lanzaron sobre las casas de los empleados y las pulperías, sacando lo que había de comestibles y bebidas, y entregando lo demás a las llamas del incendio.
Grupos compactos, se abalanzaron sobre los ingenios, maquinarias y maestranzas, destrozando cuanto encontraban a su paso. La parafina, era sacada de las bodegas, y esparcida por todas partes para provocar el fuego.
En una hora, todas las oficinas quedaron convertidas en escombros, en ruinas lamentables. Las guarniciones de Policía, habían tenido el buen tacto de no acudir a intervenir, para que no peligraran la vida de sus soldados. La tropa que saliera de Iquique, y que de Carpas se dirigiera a pie hacia las oficinas, llegó cuando todo había terminado.
Pero no hubo una vida que lamentar. La sangre no corrió. Los trabajadores se vengaron en las propiedades de sus verdugos, respetando sus existencias. El plan de Pérez fue cumplido en todas sus partes. La consigna era arruinar a los oficineros, y lo consiguieron sin recurrir a asesinatos, que habría sido un borrón para los iniciadores del gran reclamo.
Cuando Pérez vio que el proletariado estaba vengado, y que nada quedaba por hacer, dio por terminada su labor, y dando un adios a la tierra donde tanto sufriera, se encaminó dirección a las sierras.
Después, hombres, mujeres y niños, cubrieron la inmensa pampa, formando una gigantesca romería que dirigía sus pasos hacia el Oriente, a Bolivia.
Iban allá, a ese país del frío, a buscar entre los habitantes de la altiplanicie, un pedazo de suelo y un pan dulce, que les negaba su propia patria (475-76-77-78-79).
Con la purificación lograda mediante el fuego, la clase trabajadora pampina se ha redimido de sus humillaciones y sufrimientos. La justicia poética se sobreimpone a la dura realidad. (Dato ilustrativo sobre la infame «ficha:» en 1907 la manufactura de éstas alcanzó a 316.000 unidades).
Así pone fin el narrador «a los apuntes de mi libro de memorias.» Las cuatro últimas líneas son un anticlímax melodramático, al presentar a Luis García y su amante, arruinados, «vegetando por las calles de Valparaíso.» Fernando Ortiz Letelier, en su libro póstumo, resultado de su tesis para profesor de historia, indagó principalmente en los periódicos obreros de la época y tiene una observación que no he podido corroborar, pero de cuya autenticidad no dudo. Al referirse al acápite «Las tácticas de lucha del proletariado,» afirma,
En este período es posible observar una clara evolución en las tácticas utilizadas por el proletariado. No siempre se usaron los métodos más adecuados.

A fines del siglo pasado por ejemplo, según informa El Imparcial de Huara, hubo un intento entre los obreros del salitre para uniformar un movimiento encaminado a destruir las oficinas; con este objeto delegados obreros se habrían reunido en Iquique para ponerse de acuerdo, a fin de que en una hora determinada en todo el salitre se destruyesen los medios de comunicación (telégrafo, teléfono, ferrocarriles, etc.) y se facilitaran sus propósitos. El movimiento, sin embargo, no prosperó (182).
La base histórica residiría en tal hecho; la literaria en la gran preocupación de los autores por sus compañeros de clase. Esto no quita ni pone un ápice a la novela. Osvaldo López conocía al dedillo la pampa salitrera. Cuando la Comisión Consultiva del Norte en 1904 viaja a la región del salitre a investigar en el terreno las quejas obreras, López redacta el memorial que el Comité de la Pampa, entre otros, entrega a dicha Comisión. Pero López va más allá. Encomendado por dicho Comité, redacta un folleto – mil ejemplares- en el cual los pampinos plantean al resto del proletariado chileno sus puntos de vista sobre el sistema laboral vigente. Obsérvese el lenguaje del autor, «Hermanos de opresión y de esclavitud: Mirad nuestras miserias y que ellas sean trompeta vocinglera que despierte las multitudes para hacer justicia por nosotros mismos, ya que ella se nos niega cuando la pedimos con sumisión, por los encargados de administrárnosla.» Es el predicamento básico de Tarapacá a lo largo de los diferentes capítulos.
JOHN THOMAS NORTH, REY DEL SALITRE O ¿REY DE TARAPACA?
La vida de North tiene características muy especiales, y su trayectoria en la región del salitre ha merecido la atención de muchos estudiosos. Como lo señaló el profesor Blakemore «la información acerca de North y sus actividades está muy repartida en un amplio número de fuentes, pero no he encontrado una fuente única en la cual basar una biografía completa (33).» Cita, sin embargo, a Justo Abel Rosales y su libro, El Coronel don Juan Tomás North. De cómo un Inglés Empleado a Sueldo Llegó en Chile a Ser un Millonario de Crédito i Fama Universal. A él me referiré en la ocasión oportuna. Pero su valioso aporte sobre la vida de North, de parte de Blakemore, reside no sólo en la investigación que realizó, sino en las «conversaciones con el señor Richard North, la sra. Vera Proctor y la sra. Victoria Fischer, miembros de la familia del hermano de North, Gamble, quien también trabajó en el salitre (nota al pie 105, página 33).»
Para entender a North y sus contemporáneos, creo que debemos tener en cuenta la Europa e Inglaterra de su tiempo. Uno de los personajes de Daniel Defoe en su novela Moll Flanders (1722) expresa, «La nuestra es una edad de comercio y empresas.» Y el valor de la empresa privada es un motivo literario que permea la novela. Estoy consciente de que es dura tarea capturar la esencia de la vida de una persona, pero hay que tratar de hacerlo lo más fielmente posible para ayudar a comprender ese pasado y el presente, y fijar metas para el futuro.
LA REVOLUCION INDUSTRIAL
Se conoce con este nombre los vastos cambios económicos y sociales producidos en la segunda mital del siglo XVIII, por el cambio de una economía dominada por lo agrario, trabajo manual, y labor intensiva, a otra dominada por la manufactura mecanizada, especialización o división del trabajo, fábricas, un libre fluir del capital, y la obvia concentración de habitantes en las ciudades por el proceso industrial. Estos cambios se experimentaron en Inglaterra primero, pero dentro de una generación ya afectaban a Europa occidental y los Estados Unidos, y en el siglo XX al mundo entero. Al avance mundial a finales del siglo XIX y comienzos del XX, se le conoce como la segunda revolución industrial. Esta última fue la que llegó a nuestras costas con la debida intensidad. La industria textil fue la que creció rápidamente gracias a la creación de maquinarias que reemplazaron la mano de obra, allá por 1767. La invención de la máquina a vapor por James Watt en 1782, permitió que se produjese un avance acelerado en el progreso de los ferrocarriles y la industria del acero. El mayor cambio en tecnología fue sin duda la manufactura del hierro. El proceso de transformar el carbón en el llamado carbón coke en 1763 y mejorado después de 1776 por John Wilkinson, permitió que la producción del hierro alcanzara la calidad que se requería para construir máquinas más eficientes. Esto a su turno, llevó a otro cambio recolucionario, la expansión del ferrocarril, que empezó entre 1825 y 1830, pero cuyo impacto se sintió cincuenta años más tarde. Recordemos que en nuestro país los estudios para la construcción del ferrocarril de Santiago a Valparaíso fueron hechos por William Wheelwright (1798-1873), pero el constructor fue Henry Meiggs. La obra fue aprobada en 1849, pero finalizada en 1863. La primera línea de 81 kilómetros entre Copiapó y Caldera, fue inaugurada el 25 de diciembre de 1851, gracias a la iniciativa de los ricos mineros de la zona, los Gallo, Ossa, Edwards, Cousiño, Subercaseaux, asociados con Wheelwright. Como dato ilustrativo, el primer ferrocarril en Sudamérica lo construyeron los ingleses (¿qué otros?) en la Guayana bajo su dominio en 1850. Lo que importa destacar es la relación entre tecnología y comercio, pues la revolución industrial conectada con el desarrollo económico a través de inversiones y finanzas, motivó una política económica estatal en los países industriales que redundó en la expansión de sus fronteras. El aumento de las industrias, finanzas y negocios, y el crecimiento de una clase trabajadora tenía que afectar el orden político y social del siglo XIX. ¿Es de extrañar que aparezcan, no invitados a esta fotografía, Engels y Marx? Pero ya es otra historia. En 1846 cuando Inglaterra abandonó la protección de la agricultura, el principio de libre comercio se hizo palpable. Mercaderías, servicios de transporte e inversión de capitales fueron exportados a nivel mundial, tanto a Estados Unidos y Sudamérica como a sus colonias. Para ello contaban con bases navales y lugares estratégicos de aprovisionamiento de carbón para sus buques, protegidos por la Armada Real, y a finales del siglo XIX por una red de comunicaciones a través de cables.
Especialistas en la materia como Ronald Hyam nos informan que las razones de la expansión en la era victoriana, fueron tanto económicas como ideológicas. Las económicas ya las hemos mencionado en párrafos anteriores, a las que debemos agregar la urgente necesidad de encontrar la materia prima para sus industrias y producción. La revolución industrial tuvo in mente anticipar la demanda en otros países y donde no existiera, crearla. El ejemplo que Hyam nos entrega es revelador: mucho después de 1850, las frazadas era desconocidas entre los africanos, pero al final del siglo eran tan populares que la expresión «frazadas Kaffir era una designación común.» Ejemplos de este tipo los tenemos en América Latina en cada latitud. Desde el punto de vista ideológico la Era Victoriana, prosigo con Hyam, de alguna manera tenía la idea de estar en armonía con las «fuerzas progresivas del universo.» Dios estaba de su parte. El príncipe Albert consideró la Exposición de 1851, «como un festival de civilización cristiana.» Agréguese la búsqueda del conocimiento y la concepción certera de que tal conocimiento es poder, y se llegará a la conclusión obvia que la educación es la que permite tales logros. La convicción de los ingleses de su superioridad, los llevó, al igual que todo imperio en la historia de la humanidad, a la tarea de mejorar a los «otros,» y mejorarse a sí misma. Uno de los ejemplos clásicos es la vida de Cecil Rhodes (1853-1902) el hombre que reinventó Africa. Lo pueden confirmar y ratificar India, Africa, Oceanía, América Latina. Una expresión inglesa anota que «There is some corner of a foreign field, that is forever England.» Sino que lo niegue Valparaíso con sus edificios estilo inglés. En cuanto al sueño imperial, Charles Dickens literaturizó tal idea cuando su personaje Mr. Podsnap manifiesta que «los otros países eran un error.» ¿Tenía Inglaterra otras razones para afirmar su superioridad? Hyam cita cuatro: 1. Su preeminencia económica, basada en la producción de mercaderías de mejor calidad y bajo precio. 2. El poder invencible de su armada. 3. La estabilidad interna y el balance social. 4. Bajo todo esto un profundo sentido religioso, sostenido por la ética protestante de la salvación por el trabajo. Añádase el soporte teórico proporcionado por Adam Smith en La Riqueza de las Naciones (1772) que convierte el libre comercio, el laissez-faire, en el dogma básico de su economía. Hay un gran «pero» al avance y progreso de un país, e Inglaterra no fue la excepción. Hacia 1880 Londres contaba con una población de 4.000.000, de los cuales 1.000.000 vivía en la más abyecta pobreza. El estudio lo realizó un serio estudioso, Charles Booth quien publicó sus primeros resultados en 1889 en su libro Life and Labour of the People.
Los ingleses vieron muy claro que la expansión de la industria podía ser posible mediante la educación de hombres cuya habilidad técnica y profesional permitieran realizar a escala mundial lo que la revolución industrial ya había motivado en Europa. Varios de ellos llegaron al Norte, en los tiempos en que Perú dominaba el área. Cómo olvidar a un George Smith, Bollaert, Dawson y Harvey, estos dos socios de North, y aquéllos que descansan en el «cementerio inglés» de Tiliviche y otros espacios salitreros. En Iquique siempre se recordará a James Humbertone, conocido como Don Santiago, uno de los tantos exploradores y mineros con la preparación adecuada para la industrialización del salitre. Que llegue un hombre de clase media llamado John Thomas North, no nos debe extrañar en lo más mínimo. La City of London, entre 1880 y 1913 tiene un registro de 8.408 compañías dedicadas a la minería y exploración de minas en el extranjero (Harvey y Press, 64). Quien prosiga leyendo esta información, comprenderá que el propósito fundamental que persigo es tener los antecedentes adecuados para juzgar situaciones y hombres en la historia de nuestro Norte Grande. Algunos mitos y creencias tienen su origen en explicaciones a veces fundamentadas en interpretaciones equívocas, no mal intencionadas. Como aquél de los caballos que North trató de obsequiar al presidente Balmaceda, para «comprárselo» de cierta manera. Blakemore demostró palmariamente lo erróneo de tal interpretación. North no era tan estúpido como para arriesgar tal maniobra. Nuestro historiador Francisco A. Encina registra la estirpe de los dos reproductores: «el padrillo Yorkshire, Capitán Cook, y el hackney Copenhague» (397). Se olvida o desconoce que era un gran aficionado a las carreras y que cerca de su mansión en Avery Hill, Eltham, Kent, se «instaló un criadero de caballos de carrera, y el propio North obtuvo muchos éxitos en el turf» (Blakemore, 51-53). En la autobiografía de North se menciona que cuando el Coronel se interesó por la hípica, «compró varios potros en una suma que se consideró como precios sensacionales» (6). North fue también un gran aficionado al box y al cricket. Sobre lo primero se vanagloria de haber tumbado de un golpe a un matón, en una reunión política (12). Pablo Neruda, exclamó en alguna ocasión «¡Dios me libre de inventar cosas cuando estoy cantando!,» una expresión más de las que hacía uso nuestro bardo, quien chilenizó por razones obvias a Murieta, el héroe mexicano de Sonora, en la California del «Gold Rush,» en su obra teatral Fulgor y muerte de Joaquín Murieta (1966). Por lo demás, el poeta es un pequeño Dios, como aseveraba Huidobro, y crea sus propios universos. En Canto General, el hablante líricoinicia el poema «Balmaceda de Chile (1891)» con la figura de North como trasfondo, obvio símbolo del capitalismo inglés. ¿Qué pensaría de los británicos el hablante, cuando el poeta recibió el doctorado honoris causa de la Universidad de Oxford en 1965?

Mr. North ha llegado de Londres.
Es un magnate del nitrato.
Antes trabajó en la pampa
de jornalero, algún tiempo,
pero se dio cuenta y se fue.
Ahora vuelve, envuelto en libras.
Trae dos caballitos árabes
y una pequeña locomotora
toda de oro. Son regalos
para el Presidente, un tal
José Manuel Balmaceda.

«You are very clever, Mr. North.»

JOHN THOMAS NORTH
North (1842-1896), nació el 30 de enero en Holbeck, Leeds, el segundo hijo en una familia de dos hermanos, James y Reuben, y su hermana Harriet. James North, su padre fue un comerciante en carbón. A los quince años, después de su educación básica, ingresa como aprendiz en la firma Shaw, North & Watson que se especializaba en la construcción de molinos y astilleros. En 1865 se unió a la firma Fowler & Co. en Leeds. Ese mismo año, North tiene veintitrés, contrae matrimonio con Jane Woodhead, de Leeds, hija de un prominente representante conservador, con la cual tuvo dos hijos y una hija. En el Dictionary of National Biography se anota que en 1869 fue enviado a Perú para supervisar las maquinarias de Fowler & Co. En marzo del mismo año llega a Valparaíso. Con un capital de veinte libras, se traslada a Caldera donde consigue el cargo de mecánico, «llegando a ser ingeniero de locomotora en la vía férrea de Carrizal» (Hardy, 69). Se instaló en Iquique en 1871. Encontró empleo como ingeniero jefe de las máquinas en la oficina salitrera Santa Rita del peruano José María González Vélez. En 1879 con su socio Maurice Jewell, importaron maquinarias para las oficinas salitreras y fueron agentes en Iquique de las líneas de vapores que hacían escala en los puertos nortinos. Recordemos que el puerto, con el auge de las salitreras había aumentado su población de 2.485 en 1862 a 9.222 en 1876.
En una breve autobiografía publicada en 1896 Life and Career of the late Colonel North. How he Made His Millions. As told by Himself, North dice,
La suerte me llegó de esta manera. Mi firma tenía un contrato para instalar una línea de ferrocarril en Perú. Ellos consideraron que como yo era uno de los mejores jóvenes trabajadores en la sección de máquinas, podría ir allá y hasta posiblemente mejorar mi situación. Acepté tal posibilidad de inmediato. Simplemente me adelanté voluntariamente para el trabajo. Ofrecí ir por el salario que estaba ganando que era 18 chelines a la semana, y sin un centavo en el bolsillo, hasta ofrecí pagarme el costo del pasaje, rogándole a mis jefes que lo descontaran de mi sueldo. Se rieron y me dijeron, ‘North, nos gusta tu entusiasmo, y debes ir.’ Bueno, la proyectada línea de ferrocarril no fue precisamente una bonanza, pero nos pagaron nuestros salarios, y mientras tanto yo buscaba algo para mí. Tendimos las líneas a través de la selva de Perú y tuvimos aventuras de todo tipo. Un día mientras vagaba cerca de un arroyo que daba a un gran río, vi un viejo y oxidado vapor que había sido dejado allí como deshecho. Repentinamente concebí la idea de lograr este pequeño barco con sus paletas roídas, pensando que podría comerciar río abajo y arriba, llevando granos y otras provisiones a los pueblos y villas. Tomé posesión del vapor por unos cientos de dólares y cuando lo obtuve, no tenía un centavo en los bolsillos.
No tenía dinero ni crédito. Pero logré de alguna manera conseguir un cargamento de mercaderías y manejé mi pequeño barquichuelo con resultados satisfactorios. Un día, cuando Chile y Perú estaban en guerra, mi pequeño vaporcito se contró en la boca del río en un momento crítico. No había ningún buque de guerra peruano en las cercanías, y ellos (los chilenos) me hicieron señas que estaban muriéndose de hambre, y estaban en gran necesidad de comida y agua. Fui capaz de solucionar sus necesidades inmediatas, y cuando terminó la guerra, solicité alguna compensación por los servicios que mi barquito había rendido. Fue así como logré una concesión para trabajar, hasta ese momento, un no explotado yacimiento de salitre. Esta concesión llevó a muchas otras, y un feliz accidente sentó la base de mi fortuna (15-16).
Blakemore nos informa que en 1875, North compró el Marañón, «que empleaba como buque cisterna en el pequeño puerto de Huanillos, e hizo un buen negocio con los barcos en tránsito» (35). Sea como fuere, lo que John Thomas demostró a lo largo de su existencia fue su gran capacidad e iniciativa comercial, y ser a la vez el mejor relacionador público de sí mismo. El boato de las fiestas que ciertos autores utilizan para denigrar su figura, era una manera más de servir a los intereses de sus empresas, a fuer de que era la costumbre en la sociedad del siglo XIX, sino léase lo que Bernardo Subercaseaux escribe sobre la aristocracia chilena, en el acápite La Plutocracia Finisecular,
Figuras vinculadas al Congreso antibalmacedista y a las aspiraciones parlamentarias ofrecen el 31 de mayo de 1890 un baile en el Club de la Unión; según un folleto de la época se
cursaron 1.500 invitaciones y asistieron cerca de 770 personas. La lista de concurrentes incluye 116 señoras, 100 señoritas y 450 jóvenes y caballeros. (…) Según los periódicos de la época hasta la vereda del Club de la Unión estaba alfombrada, y fue necesaria la fuerza pública para resguardar el orden y facilitar el acceso de carruajes. Los salones interiores estaban iluminados con colosales arañas de cristal, con cortinajes y cenefas de terciopelo granate. Además del menú (redactado, como era la costumbre, en francés) había servicio permanente de fiambres, dulces, helados, confites y licores. También más de 300 tortas tipo Emperatriz Carlota y otros tantos Babarrois.
La ostentación, elegancia, afrancesamiento y hedonismo exhibidos en el baile, y difudidos por la crónica social, cumplen un rol de orientación hacia el resto de la sociedad (73-74).

Para quienes no lo recuerden, hay una fotografía de Joaquín Edwards Bello disfrazado de «dandy» para una de las tantas fiestas promovidas por la alta sociedad santiaguina y del puerto de su tiempo. Jordi Fuentes et al. expresan que a fines de 1888, «el rey del salitre resolvió hacer un viaje a Chile y el baile que ofreció como despedida a los magnates de la bolsa de Londres y a algunos políticos ingleses es una buena pintura de este rastacuero inglés. Basta recordar que se presentó al baile disfrazado de Enrique VIII (385).» Lo que olvidan mencionar los compiladores es que la costumbre anglosajona de disfrazarse para ciertas fiestas, es un requisito para la asistencia a ellas. Lo de rastacuero no tiene lugar en su biografía. Nuestro historiador del salitre, Oscar Bermúdez, fue quien más inteligentemente situó las razones de la riqueza de North: «Para que Harvey (Robert) y North lleguen a imperar :
será necesario el desencadenamiento de la guerra, la ocupación militar de Tarapacá por las fuerzas chilenas, el total derrumbe del Perú, para que el Inspector de Vías (Harvey) se convierta en una fuerza secreta, pero efectiva, en Tarapacá, asociado al otro británico, el tercer personaje (Dawson) aún más poderoso (Bermúdez, 1984: 23).
Cuando en 1888 decide realizar un viaje a Chile, North se despide de sus amigos con una fiesta en su residencia del Hotel Metropole en Londres. Entre los asistentes se encuentra el contraalmirante Juan José Latorre. Los acordes del himno nacional chileno se hicieron sentir en aquella ocasión. El baile se realizó el 4 de enero de 1889 y fue reseñado por el periódico European Mail,
Sólo los huéspedes más distinguidos asistieron al baile del salón Whitehall, que principio con los acordes de la Canción Nacional Chilena.
El coronel North atendía constantemente a todos sus huéspedes, ejecutando el programa de baile, como lo ha hecho en su carrera, es decir, de la manera más inteligente y juiciosa.
La ida solemne a la mesa de té, fue encabezada por una vanguardia de cornetas.
El dueño de casa se sentó entre su esposa y Lady Randolph Churchill, la que escuchaba con atención la modesta relación del almirante chileno Latorre, sobre sus hechos de armas en las aguas peruanas (Hernández, 129).
Pero volvamos a North y el Iquique de su tiempo. Según la opinión de un observador, el puerto era en 1873 «un lugar (agujero) bestial… donde uno sólo puede beber agua destilada a 9 centavos el galón, un lugar hecho de arena, salitre, guano y hoteles.» El reverendo David Trumbull comentaba diez años más tarde que algunas de sus calles eran casi «tan suaves como las de París,» y que había una sala de lectura «suplida con muchas de las mejores revistas inglesas y americanas.» Añade que el ferrocarril pareciera «estar en activo y constante movimiento» en la industria salitrera. Muchos ingleses trabajaban para el ferrocarril y también «en las fundiciones y otros establecimientos industriales (Mayo, 182).» Pero no se piense que sólo del salitre vivían nuestros tatarabuelos. A comienzos de este siglo el puerto tenía fábricas para refinar azúcar, de jabón, licores, salchichas, zapatos, somieres, muebles, ladrillos, camisas, sombreros, ropa, cristalería, etc. Prosigamos con nuestro North. J. Fred Rippy nos dice que,
Apenas llegaba a los cuarenta años cuando organizó la Nitrate Railways Company Limited (24 de agosto de 1882), su primer intento en compañías anónimas; pero había pasado casi diez años en la costa del Pacífico de Sud América, durante un período especulativo, caótico y violento; y su ingenio y audaz agresividad le permitieron acumular una pequeña fortuna. Mediante una prolija observación personal y a través de la información obtenida de Robert Harvey, John Dawson y otros, había adquirido un conocimiento detallado y acucioso respecto a los depósitos de salitre chileno, especialmente en la rica provincia de Tarapacá. (…) rápido en reconocer una ganga en un período turbulento en el cual las oportunidades eran numerosas, trazó las bases para hacer ganancias espectaculares, las que su brujería financiera le permitiría cosechar sin tardanza. Al cabo de ocho años después que fundó su primera empresa de acciones, se le conocía como el «Rey del Salitre,» no sólo en Chile y en el Reino Unido, sino también en los Estados Unidos, en Egipto y en la mayoría de los países de la Europa occidental (84-85).
A propósito del Nitrate Railways Co., cuando North llega a Chile, en el periódico santiaguino El Ferrocarril. Diario de la mañana, publica en su edición del jueves 12 de diciembre de 1889, la siguiente noticia, que presumo debe haber sido de conocimiento del coronel, antes de su partida:
Intereses chilenos en Londres
Las entradas brutas de los ferrocarriles de Tarapacá (Nitrate Railways Co.) durante la última quincena de Setiembre, ascendieron a 36,272 libras esterlinas, contra 29,925 en igual período de 1888, resultando un aumento para el corriente año de 6,346 libras esterlinas. El aumento en los nueve meses corridos de 1889 sobre los de 1888, asciende a 11,867 libras esterlinas.
Las transacciones de salitre durante la quincena se han limitado a dos cargamentos de calidad común, a 8 chelines 4 1/2 peniques y 8 chelines 6 peniques, y otros dos más de calidad más fina a 8 chelines 5 1/2 pen. y 8 ch. 6 1/2 peniques.
En este «lugar bestial» que es el Iquique de North y tantos otros empresarios, el elemento primordial para la existencia humana – el agua- no ha merecido la debida atención de los inversionistas. Se transportaba en los comienzos de la caleta, desde el río Loa por medio de balsas de cuero de lobo marino; luego en 1830 por embarcaciones provenientes de Arica. La primera máquina condensadora se inauguró en 1845. Recuérdense los comienzos y experiencias en este sentido del protagonista de nuestra relación. Qué sorpresa puede causar que John Thomas y sus socios decidan invertir dinero en la creación de la Tarapacá Waterworks (1888), y luego amplíen su radio de acción con la Nitrates Provision Supply Co. (1889), para suplir de aprovisionamiento a las salitreras y al puerto; la Nitrate General Investment Trust Co., para la compra y venta de las acciones salitreras; Nitrate Producers, Steamship Co., para el acarreo del salitre al mercado mundial; no dejemos de lado el alumbrado público ni la fundación en 1888 del Bank of Tarapacá and London Ltda. En 1889, North como accionista de la Nitrate Railways Co., asumió la presidencia del consejo directivo mediante la compra de acciones en tiempos inciertos para la empresa. No es de extrañar entonces que se hable en esos años de la «Northización de Tarapacá» y que el viaje del presidente José Manuel Balmaceda a la zona salitrera tenga la resonancia que su discurso pronunciado en la Filarmónica de Iquique, produjera en los círculos económicos y políticos. Diez días antes de la llegada de North al puerto de Coronel en su viaje a Chile en 1889, Balmaceda visita la zona norte. Hay ciertas coincidencias que no son inocentes. De acuerdo con Encina, «Balmaceda era lo bastante sensato para comprender que después del obsequio de casi todas las salitreras ricas a North y Harvey y del enorme poderío financiero y moral de las sociedades organizadas por ellos en Londres, la palabra nacionalización sólo era una oriflama (!970: 393).» Continúa nuestro historiador,
«Ya no tenía por delante tiempo para iniciar la tentativa de nacionalización del salitre; carecía de colaboradores que la tarea exigía; como veremos más adelante, el momento era inoportuno y la opinión, en parte hostil y en el resto indiferente. Exasperado, resolvió hacer un viaje espectacular al norte. Nada era posible estudiar en días, y menos aún desde la presidencia de la República. En cambio, el viaje permitía hacer declaraciones sensacionales que repercutiesen en la conciencia nacional y preparasen el terreno para un cambio de orientación en la política salitrera. En el peor de los casos, sería un gesto de dignidad y entereza delante del próximo arribo de North y de los proyectos que traía entre manos. El 4 de marzo de 1889 se embarcó Balmaceda en el Amazonas (1970:393-394).
Recordemos esta nota, pues cuando más adelante cite la visita de North a La Moneda para obsequiar a Chile, el cabrestante de la Esmeralda, se observará que el Presidente llega tarde a la cita. Todo personaje de importancia tiene secretario y agenda. No hay que hilar muy fino para leer entre líneas. Oscar Bermúdez, el gran historiador del salitre, insiste que «nacionalizar la industria significaba en el siglo pasado hacer predominar en ella la influencia chilena» y que los historiadores de corte socialista insisten en que «Balmaceda estaba en lucha abierta contra el capitalismo salitrero inglés, olvidando que la lucha de este gobernante apuntaba claramente contra el capitalismo monopólico del grupo North y no contra el capitalismo salitrero inglés en general» ( Su énfasis). (1984: 273). Gonzalo Vial incidirá en el tema y ampliará esta tesis.
Balmaceda fue el primer presidente nacional en visitar los territorios desconocidos para sus paisanos y «el primero que en la propia capital del salitre expuso entonces la política que en resguardo de nuestros intereses debía proponerse el Gobierno» (Hernández, 131). El Heraldo de Santiago (Marzo 4, 1889) comenta,
El viaje que el lunes emprenderá el señor Balmaceda al Norte, asume, al decir de los palaciegos, las proporciones de un gran acontecimiento político y financiero. Dicen los adoradores del Presidente que éste va ganando la mano al coronel North en su marcha a Tarapacá y que aquél quiera tomarle los hilos al salitre.
Balmaceda visitó dos de las oficinas de North, Primitiva y Jazpampa. Aquí aparece en escena un viejo pampino que escribió sus memorias con el título de Yo vi nacer y morir los pueblos salitreros, Julián Cobos, quien en 1916 conoció las oficinas salitreras de Tarapacá. El nos narra lo siguiente,
Balmaceda recorrió algunas oficinas – Primitiva entre otras-, imponiéndose de las condiciones de trabajo. Perenterioramente ordenó aumentar los salarios en un 50%. Esto colmó la medida y estalló la furia de los amos de la industria.
Los obreros miraron con simpatía al mandatario que llegaba hasta ellos y ordenaba el au mento de salarios. Estos entretelones los conocí directamente de boca de los obreros beneficiados con las medidas de Balmaceda. Sobre esto me habló Cañas, un administrador hijo de padres peruanos: «Cuando se supo que Balmaceda ordenó un aumento de salarios, los salitreros dieron orden de no cumplir y se nos llamó a Iquique para instruirnos sobre lo que se pensaba poner en práctica para no acatar la orden de aumento» (43).
Los obreros no eran asalariados del gobierno. Cobos luego nos informa del por qué «el sólo nombre de Balmaceda» se hiciera antipático entre los trabajadores pampinos, cuando estalla la guerra civil. En la Oficina Ramírez embanderaron el pueblo con las insignias de todos los países (chilenos, peruanos, bolivianos, argentinos) para garantizar su neutralidad en la contienda de 1891. Llegaron los gobiernistas y nadie respondió al llamado del bando militar. «Hubo apaleos, heridos y hasta muertos» añade Cobos. Los opositores explotaron el suceso y «a poco andar, los pampinos corrían a alistarse en las filas de los regimientos revolucionarios»(44).
Continúo con Balmaceda. También fue agasajado en la casa de North en Pisagua. (North poseyó una en Iquique, en la calle Esmeralda 346, hoy demolida, en el área que rodea lo que fuesen bodegas de la Compañía Salitrera de Tarapacá y Antofagasta. Al no regresar North a Chile, fue vendida a Lockett Brothers, después la adquirió Santiago Sabioncello, luego la C.S.T.A. y finalmente Alfredo Alvarez F.).
Con el control de los elementos básicos para la subsistencia y bienestar humanos, como así también de la industria que le permitió gracias «a su ingenio y agresividad» amasar una fortuna, North tentó infructuosamente llegar a la Cámara de los Comunes de su país en 1895. El título de «Coronel» lo obtuvo por su generosidad,
fundó y equipó un Regimiento de Voluntarios en Tower Hamlets y permitió que usaran su propiedad para su entrenamiento y como campamento durante los veranos. Su título honorífico, del cual estaba excesivamente orgulloso, fue otra adquisición útil en su ascenso en la escala social. (…) Los relatos acerca de la benevolencia y generosidad de North eran innumerables (Blakemore, 52-54).
El aspecto filantrópico es un elemento casi desconocido e ignorado en América Latina. Algunos autores hablan de «una filantropía ostentosa» en North. Si así fuese, sería interesante destacar a empresarios nacionales de aquella época en Chile que hubiesen hecho lo mismo.
No se dejen de lado sus fracasos financieros en otros países como Bolivia, Serbia, Sudáfrica. La Arauco Railway Co. fundada en 1886, y de la cual era presidente, fue otro de sus aciertos financieros, esta vez en el sur de Chile, en la provincia del carbón. En la autobiografía que cito, hay un párrafo subtitulado «Cómo él presidía las reuniones de la Compañía,» el cual nos entrega un retrato vivo del coronel North. Imagine el lector,
El fácil método con el cual el Coronel North conducía las reuniones de las Compañías, de las cuales él era parte interesada, causaba enorme disfrute a los observadores. «Muy bien, caballeros, aquí nos encontramos reunidos. El Secretario leerá las minutas. Es parte de su trabajo, se le paga por hacerlo, y me atrevo a decir que lo hará muy bien. Ahora, señores, nuestra propiedad está en buenas condiciones. Yo estoy satisfecho con ella. Ustedes están satisfechos. Todos estamos satisfechos. Los dividendos son tales y cuales, y pienso que eso es suficiente para todos nosotros (13).
Como dato anecdótico, ese gran hombre del salitre que fue José Santos Ossa, tuvo ocasión de conocer a North en 1870, cuando en un viaje hacia Freirina en el ferrocarril de Carrizal «hubo un accidente en la línea (…) y el maquinista era un inglés llegado hacía poco de la maestranza de Caldera (…). Era Mr. Juan Tomás North (Hernández, 72). Si deseáramos insistir en algo tan baladí, como interpretar el significado de un nombre, podríamos apoyarnos en un filósofo como Thomas Carlyle, quien dijo que un nombre puede estructurar o dar forma a una vida, reflejando lo que una influencia mística envía hacia dentro del ser humano, aún al centro de éste. North calza esta aproximación filosófica.
Continuemos con la visita a Chile del Rey de Tarapacá. Llega a Valparaíso el 21 de marzo y trae como obsequio el cabrestante de la Esmeralda engarzado en plata maciza, con la dedicatoria, «A la República de Chile. John T. North.» Según datos que poseo, está en la Escuela Naval, en Valparaíso. En el periódico La Industria de Iquique del sábado 13 de abril de 1889, aparece la siguiente crónica,
El obsequio del Coronel North
Como a las 5 de la tarde, llegó ayer a La Moneda el señor North, acompañado de su secretario, señor de Courey Bower para entregar a S.E. el Presidente de la República, el rico escudo de oro y plata en que está incrustada la placa de bronce, con la estrella nacional que cubría el remate del cabrestante de la Esmeralda .
El señor North fue recibido por el señor Ministro de Marina, presentándose minutos más tarde S.E. Después de las salutaciones de estilo, el Coronel North entregaba al Jefe de la Nación el valioso obsequio que ha dedicado a Chile. (De El Ferrocarril del 5 de abril).
En el mismo periódico iquiqueño del viernes 5 de abril de 1889, hay otra crónica.
Abril 4, 1889. (Recibido a las 10:30 a.m.) El señor don David Mac-Iver dio anoche un gran banquete al Coronel North, al cual asistió un gran número de sus amigos. Reinó mucha alegría y cordialidad y se pronunciaron numerosos brindis en honor del señor North.
Su colaborador y socio, John Dawson, envía la siguiente aclaración a La Industria el 9 de abril de 1889:
Señor Editor de La Libertad Electoral (periódico santiaguino).
Anoche se ha publicado un telegrama de Iquique en el cual se supone que el señor North trae instrucciones y poderes de los tenedores de bonos peruanos en Londres para transferir ese crédito a Chile.
Es indudable que esta noticia de sensación tiene un doble objeto ambiguo.
Por esto es que suplico al señor Editor que tenga la bondad de contradecir semejante especie como absolutamente destituída de fundamento, pues el señor North no asume ningún linaje de representación o autorización, ni de parte de los tenedores de bonos ni de parte del Gobierno inglés, para tratar de manera alguna los asuntos relacionados con la deuda peruana.
Santiago, 30 de marzo de 1889

Juan Dawson

Lo obvio es asumir la preocupación de los intereses salitreros por la llegada de North y lo que pueda significar en el contexto nacional, además del apresurado viaje del presidente Balmaceda a la región nortina, adelantándose al coronel. Cuando cite a Justo Abel Rosales, recuerde el lector cómo éste presenta la razón del viaje de North a Chile.
Según Hernández, cuando North y su comitiva llegaron a Valparaíso, «fue una gran ceremonia la apertura del cajón desembarcado del vapor Galicia, en que Mr. North traía como lujoso trofeo el cabrestante de la Esmeralda.» Después de la ceremonia, North ofreció «un espléndido lunch a la prensa de Valparaíso.» El discurso de North fue el primero de una serie. Me referiré a ellos en el capítulo sobre el libro de Justo Abel Rosales. Hernándezagrega, «se pronunciaron diversos brindis (…) y Mr. North pronunció en respuesta las siguientes palabras,»
Señoras y caballeros: Hará como veinte años que vine a Chile con unas veinte libras en el bolsillo y ganando un sueldo de cuatro pesos diarios. Seguí trabajando y cuando se me ofreció un porvenir más halagüeño, me dirigí a Iquique, donde mediante a los trabajos en el salitre, labré la base de una fortuna que debo a este país, que bien merece el hombre que lleva: el de la Inglaterra de Sud América. Si bien la fortuna me ha sonreído, jamás se me podrá decir que olvido al país que me la dio, ni a mis amigos.
Mi viaje a Chile obedece a varios propósitos: el de cuidar fuertes intereses confiados a mi cargo; el de manifestar a los chilenos el cariño que poseo por su país; y también el de poder contribuir al adelanto industrial de Chile en general.
Quiero también llamar vuestra atención a uno de los principales productos de este país: hablo del salitre, abono cuya importancia aumenta de día en día; pero para eso necesito la cooperación de la prensa y pido que la prensa de Chile me ayude a desarrollar mis ideas. Espero que no me negaréis vuestra cooperación (Hernández, 135).
El mismo autor del cual he extractado las citas, reconoce cándidamente el modus operandi de North. En Santiago, Eduardo Délano quien compró certificados salitreros emitidos por Perú, no encontró socios chilenos para instalar la oficina salitrera, y vendió su propiedad a North en ese año de 1889 en 110.00 libras. North, «formó sociedades en Londres para explotar ese estacamento y lo vendió, dividido en lotes, en más de 800.000 libras!» (135). ¿Qué ocurría con los capitalistas nacionales, dónde estaban, en qué invertían sus capitales y ganancias? Según Encina, a quien citara anteriormente. «La propia energía económica del país, abandonada a su suerte por los gobiernos precedentes, había vuelto la espalda al salitre. Los antiguos pioneers de la industria habían muerto, o vivían su ancianidad, salvo uno que otro, en Santiago, Valparaíso o París. Sus hijos, formados en un medio blando, rehuían la áspera lucha que sus padres libraron contra el desierto» (399). Oscar Bermúdez comenta, «Los chilenos no se sintieron atraídos por el salitre de Tarapacá. El empuje demostrado por empresarios chilenos durante el período peruano respecto al salitre de Tarapacá, desapareció antes de terminar la década de los años 70» (Bermúdez, 1984: 248).
North trajo como regalo para la ciudad de Iquique, un carro-bomba, hermoso presente si se considera los riesgos de incendios que la ciudad sufría periódicamente, por la estructura de sus edificios y casas de pino oregón. Como lo afirma Rosales, «obsequiará a ese Cuerpo, mangueras, uniformes, etc., y todavía, un lujoso casco de plata para el comandante» (88). Comenta Russell que North «no encontró una Compañía Británica o Inglesa de Bomberos a quien consignársela;» sí las había de las otras nacionalidades. En mi último viaje a Iquique, (1996) al conversar sobre el tema con interesados en la historia del puerto, como Ivor Ostojic y su hermano, me señalaron que restos del carro-bomba estaban en la 7a. Compañía de Bomberos «Tarapacá.» Me dirigí al lugar y vi el pescante del carro, con una placa de bronce en la que se lee «Diploma of Honour. Highest Award, Italian Exhibition, 1888.» Sólo confirmé lo que dijera Russell, «El Coronel North (que) trajo de Inglaterra una bomba contra incendios, premiada en una exposición.» North no era fijado en gastos para sus regalos y obsequios. Además tal presente para la ciudad tenía para él un hondo significado emocional. Así lee la dedicatoria del carro-bomba: «Presented to the Town of Iquique by COL. J. T. NORTH on the Coming of Age of his son HARRY NORTH. Dec. 26, 1887.» La mayoría de edad de su hijo justifica la fecha de 1887. Aquí corresponde mencionar que North era comandante honorario del Cuerpo de Bomberos de Iquique Con el correr del tiempo y consecuente avance tecnológico, nuevos carros-bombas hicieron su aparición y la máquina a vapor del carro-bomba de North fue vendida a la lavandería La Castellana de Iquique. Sólo quedó lo que la 7a. Compañía mantiene como recuerdo. ¡Bien por los de la 7a.!
Al abandonar Santiago, el 2 de abril, North ofreció un banquete, y en su brindis el lector podrá encontrar al menos una razón para justificar el éxito de sus empresas: la buena publicidad y el uso de ella para sus negocios. North se adelantó años a las técnicas de «marketing» imperantes en el mercado hoy en día. Trae en su comitiva al distinguido periodista William Howard Russell, ex corresponsal de The Times a quien contrata para que «viera e informara lo que se había hecho y se estaba haciendo, y para examinar las obras que habían transformado el desierto de Tarapacá… en un centro de empresas comerciales, y que le habían dado una laboriosidad vivificante y una vida próspera» (Russell, 2). Dos periodistas más acompañaban a North, Melton R. Pryor, artista del Illustrated London News y Montague Vizetelly del Financial Times. Los hermosos y exactos dibujos de Pryor aún asombran a los estudiosos del Ciclo del Salitre. Como demuestra Blakemore, éstos no fueron hechos directamente en el terreno, sino que están «basados en una colección de fotografías tomadas durante el viaje» (111) lo cual no le resta mérito al trabajo de Pryor.
Prosigo con el tema que concierne a North y su habilidad de entrepreneur u hombre de negocios. En el momento de los brindis, esto es lo que llevaba en carpeta el Rey de Tarapacá,
Señores representantes de la prensa chilena: Quiero brindar a vuestra salud y brindando quiero explicar el objeto de mi viaje aquí y la razón que he tenido en traer conmigo a los distinguidos miembros de la prensa inglesa aquí presentes.
Señores, los Andes han sido para nosotros los habitantes de la ya vieja Europa, demasiado altos hasta hoy. No hemos podido por esto conocer bien la enorme importancia de los países de la América del Sur, y en especial Chile, cuyas costas son fuentes de riqueza casi inagotables, tierras bendecidas, creadas por la Divina Providencia para dar con el salitre la substancia que requiere el suelo gastado!
He comprendido, señores, la gran necesidad de hacer conocer esta crecida riqueza en el Viejo Mundo. Y he comprendido también, señores, que la única manera de conseguir este objeto es por medio de la Prensa; la Prensa, señores, la palanca de todo progreso, el hermano de leche de toda nueva invención! Y diré, señores, a más, que la base que he necesitado ha sido esta misma prensa. Me siento orgulloso de apretar la mano de cualquier miembro de la profesión a que debemos, todos los que estamos aquí sentados esta noche, nuestro adelanto y bienestar.
Señores, no será de más que les diga que toda mi furtuna, gracias a los productos de esta tierra no tan empobrecida como fue años atrás, se encuentra empleada aquí en Chile, y me parece, como hombre de negocios que no podía ofrecer con esto mejor prueba de mi confianza en el país en general y en la honradez de sus dignos habitantes en particular.
Señores representantes de la prensa chilena: tengo el placer de brindar a vuestra salud, y brindando, de presentaros a vuestos colegas de la gran prensa inglesa (Hernández 136).
La respuesta al brindis, provino del doctor Augusto Orrego Luco, (según Rosales, «se expresó correctamente en inglés, agradeciendo en nombre de sus compañeros en el periodismo, la manifestación que el coronel se había dignado ofrecerles (120), quien reconoció el hecho de que el coronel North había invertido sus capitales en «obras de progreso y de provecho.» Como iquiqueño, no se puede dejar de reconocer tal aserto, pues no fueron los capitales chilenos los que se preocuparon por los elementos básicos de toda vida civilizada: agua, luz, electricidad. Aún en los 1980’s quedaban en Iquique los restos de los viejos tanques de las resecadoras de agua, y los consecuentes racionamientos. Hernández condena a North por las ganancias en sus empresas, como por ejemplo el hecho de que el agua, cuyo «costo era de dos centavos, deduciendo todos los gastos, se vendía a cuatro» (130).
Si se estudia el texto de su discurso, referente a la prensa, pienso que nuestros viejos periodistas deben haberse sentido henchidos de gloria y vanagloria, y con toda razón. Ahora sabemos que esta industria cultural, más radio y televisión en nuestra época, hechas de palabras e imágenes, gobiernan la existencia y deciden destinos, y el inglés de marras en su tiempo lo sabía muy bien, además que no mentía, pues «toda mi fortuna (…) se encuentra empleada aquí en Chile,» y así lo demuestra el mismo Hernández, cuando comenta en su libro que «Mr. North era el principal productor y amenaza ser el único, mayor era todavía su poder en los demás ramos de las industrias de Tarapacá» (130). El lector entenderá entonces, el porqué de mis razones para llamarlo el Rey de Tarapacá, título que se ganó con su genio y audacia comercial, y las especulaciones del momento. Aunque la gran provincia de Antofagasta, que conforma el Norte Salitrero, y cuyo esplendor como tal lo obtuviera a comienzos de siglo, no estuvo en los planes de North y sus asociados, no debe ser dejada de lado por la connotación equívoca de «rey del salitre.» El control o reinado se circunscribió a una zona específica. No olvidemos que en 1868 nace la industria del nitrato en la tierra del «chango Juan López,» Antofagasta; que en 1870 se produce el descubrimiento de plata en Caracoles al que llegan 20.000 mineros; que en 1872 se descubre caliche en Aguas Blancas; dos años después Juan Palma abre la ruta calichera de El Toco. Todo este «esfuerzo particular, en el cual se mezclaban el sudor del pueblo y la audacia empresaria» al decir de Bahamonde, es realizado por empresarios chilenos. Capitales ingleses, chilenos y alemanes promoverán el desarrollo de la industria en la zona antofagastina.
No podemos dejar de lado la opinión del presidente Balmaceda quien expresa en la Exposición Nacional, en su inauguración del 25 de noviembre de 1888, mucho antes de su controvertido discurso en Iquique,
¿Por qué el crédito y el capital que juegan a las especulaciones de todo género en los recintos brillantes de las grandes ciudades, se retraen y dejan al extranjero fundar bancos en Iquique, en donde la fragua del trabajo humano hace brotar una riqueza que deslumbra, y abandona a los extraños la explotación de las salitreras de Tarapacá, de donde mana la savia que vivifica el mundo envejecido, y para conducir la cual van y vienen escuadras mercantiles que no cesan de llegar y partir jamás? Y el extranjero explota estas riquezas y toma el beneficio del valor nativo, para que vayan a dar a otros pueblos y a personas desconocidas los bienes de esta tierra, nuestros propios bienes y las riquezas que necesitamos.
No me corresponde el análisis crítico de un asunto que ha sido discutido por años en publicaciones en Chile por profesores e investigadores, y expertos de Estados Unidos, Inglaterra y Francia. Una perspectiva novedosa y seria es la que ofrece Marcos García de la Huerta. Sobre North, Harvey y Dawson véase especialmente el capítulo XVII de su libro. Verifíquese también la excelente bibliografía del libro de Carmen Cariola y Osvaldo Sunkel. El historiador José Miguel Irarrázabal, no puede dejar de lado a North, cuando refiriéndose al «tema de la visita a la región salitrera del Presidente (…)» anota que tiene que decir algunas palabras sobre «un nombre que desde esos días y con creciente intensidad en seguida aparece para muchos como piedra de escándalo, en los comentarios relacionados con la industria del nitrato en la época,»
Tal es el de Mr. John T. North, el rey del salitre, cuya suerte portentosa que lo eleva desde un modesto oficio manual a primer copartícipe en varias oficinas salitreras y empresas ferroviarias avaluadas en millones de libras esterlinas no dejaba de provocar suspicacias en la mente de casi todos sus contemporáneos y aún envidias en las de muchos (…). En sus «Recuerdos,» redactados por el escritor francés Gastón Calmette y publicados en «Le Figaro» de París, confirma North la adquisición a bajísimo precio de los certificados (salitreros), y añade: ‘Después y queriendo asegurar para siempre la prosperidad de esta industria, de la que nadie todavía en Europa sospechaba su colosal importancia y su inmenso porvenir, compré en unión de varios amigos la mayor parte de las acciones del ferrocarril que sirve la región donde existen los principales yacimientos salitreros. Vine así, a ser el árbitro del porvenir’ » (378-379).
El historiador norteamericano O’Brien, coloca en su lugar el momento histórico, cuando al referirse a los salitreros ingleses (Henry Berkeley James, George M. Inglis, John T. North, Robert Harvey, James T. Humberstone y otros), sostiene,
Mientras que mucho se ha dicho de las virtudes personales o falta de ellas, el acceso de estos ingleses a la industria, proviene de la inhabilidad de la sociedad peruana o chilena para proveer talentos en ingeniería y administración para la moderna empresa industrial que empezaba a desarrollarse dentro de sus fronteras (…). Pero, para estos nuevos salitreros, y aún los viejos, simplemente el obtener y operar oficinas, no era garantía de éxito en la industria (68).
Continúo con North. Sus palabras manifiestan su clarividencia comercial, y no «una suerte portentosa» como se insinuara. Todo historiador reconoce quiénes son sus «varios amigos.»
La muerte de North en su ley, ocurrió en Londres el 5 de mayo de 1896, a los cincuenta y cuatro años de edad, mientras presidía una reunión de una compañía. Así está descrita en la pequeña biografía Life and Career…
El Coronel North asistió a una reunión del Sindicato Lagunas el martes 6 de mayo, a las dos de la tarde, al fin de la cual regresó a sus oficinas en el Edificio Woolpack, aparentemente en buena salud. Se encontró con algunos amigos en el restaurante abajo, y después subió para asistir a otra reunión de la Compañía del Ferrocarril Salitrero. Antes de comenzar – cerca de las tres de la tarde, disfrutó de algunos bocados de ostras y una cerveza (malta). Poco después se quejó de unos fuertes dolores, y pidió un brandy, el cual se le trajo, pero pronto se desplomó en su silla, y últimamente expiró, minutos después de las cuatro de la tarde. Una investigación fue realizada el miércoles, y cuando el jurado retornó su veredicto, éste fue: «muerte por causas naturales» (Le falló el corazón ) (7).
Su nombre no figura en la lista de los súbditos elevados al título de «Sir» que la corona otorga a quienes se destacan por sus aportes al imperio, como Francis Drake, quien recorriera nuestros puertos, con otros motivos. Sí los hay de otros salitreros de la época. De más está insistir en los personajes que asistieron a sus funerales, la nobleza y la crema de la sociedad europea. Tácito reconocimiento para un hombre de clase media, quien gracias a su audacia comercial, visión de futuro y conexiones, se elevara al título tan manoseado en las historias nacionales de Chile y cuya figura en la guerra civil de 1891, pareciera exagerarse para justificar los intereses creados de los nacionales que la promovieron y llevaron a la práctica. Yo sólo he querido dar voz a North, por medio de esta retrospectiva. Su significación para la provincia, queda ilustrada por Encina, «al fallecer North en 1896, los capitales ingleses invertidos en las salitreras de Tarapacá y en las empresas conexas con ellos, sumaban doce millones cuatrocientas treinta y siete mil setecientas libras esterlinas, distribuídas en 25 sociedades (400).» Los comentarios periodísticos en Chile en aquella ocasión, fueron relativamente escasos. The Chilean Times (mayo 9 de 1896) de Valparaíso, publicó lo siguiente:
Fue en muchos aspectos un hombre notable, y fundamentalmente el arquitecto de su propia fortuna. Aunque el coronel North fue acusado a veces de egoísmo, no hay duda que sus defectos estaban más que compensados por sus muchas y excelentes cualidades. Fue un genuíno inglés y su muerte será sentida universalmente.
El Nacional de Iquique (Mayo 6, 1896) señaló en su editorial,
North fue un genio; forzoso es reconocerlo, y por otra parte, nadie que esté al cabo de su modesta vida primero y pomposa existencia después, así como de la influencia poderosísima que llegó a ejercer en los mercados de Europa y muy particularmente en la Bolsa de Londres, nadie, repetimos, podrá negarlo. El nombre de North es sinónimo de trabajo y actividad incansables, de lucha tenaz y constante, de empresas audaces y afortunadas pero sobre todo significa lo que puede un carácter firme y decidido, en consorcio con una clara y perspicaz inteligencia.
El Ferrocarril de Santiago anotó que
La personalidad de Mr. North adquirió importancia considerable poco después de terminada la guerra entre Perú y Chile a consecuencia de las valiosas negociaciones salitreras que llevó a cabo en el mercado de Londres. La fama de hábil organizador de compañías de este género que rodeaba su nombre en 1888 era tal, que desde entonces recibió el sobrenombre de Rey del Salitre, con el que fue desde aquella época universalmente conocido.
John Thomas North no hizo su fortuna de manera diferente a la de otros capitalistas, extranjeros o nacionales, y colaboró a dar vida y trabajo con su pequeño imperio en el norte a una provincia que permaneció olvidada por generaciones del gobierno central, tanto en el plano social como cultural, pese a su gran aporte al bienestar general de las arcas fiscales. Ahora cuando las ideologías han sido sometidas a una revisión profunda, es necesario verificar nuestra percepción del pasado y tratar de enmendar errores. Blakemore manifiesta que «North no dejó huella ni en Chile ni en Inglaterra» (264). En lo que están de acuerdo historiadores de ambos países, es en la personalidad pintoresca, tan alejada del circuspecto y «gentleman like» estereotipo que tenemos de los sajones.+ Las fiestas, los «champañazos» como los denomina Rosales, que ofreció en Lota, Coronel, Santiago, Valparaíso, Iquique, en su viaje de 1889, el derroche de dinero, su filantropía, el ser «amigo de sus amigos» a los que no olvidó en la cúspide de su riqueza, retratan a otro North que más se acerca al estereotipo latino que al de su origen. Oscar Bermúdez, nuestro gran historiador del salitre, lo percibe de esta manera: » Mr. John Thomas North no encarna en su apariencia y costumbres el tipo preocupado y hermético del gran financista; sociable, fastuoso, de gran atracción personal, buscó el resplandor del éxito social» (1984:288).
Con Juan Tomás, como se le conocía en Chile, ocurrió aquello de «cuando la leyenda llega a ser un hecho, hay que creerle a la leyenda y no a la realidad.» Gran parte de esa leyenda se remonta a los escritos de Guillermo Billinghurst, el notable historiador y hombre público peruano, según Bermúdez, y a quien repitieron otros investigadores nacionales. Algunos incluso desmerecen su título de ingeniero, desconociendo que en inglés, engineer es una de las varias acepciones del término, en el sentido de referirse a «el que opera una máquina -engine- en especial el conductor de una locomotora,» vocablo que aún se utiliza en tal sentido.
A más de cien años de su muerte, hay que tratar de juzgarlo desde el punto de vista nortino, es nuestro derecho, pues fueron nuestros abuelos los que vivieron en estas tierras, y conocieron y padecieron y disfrutaron de lo que la existencia les entregó. North fue parte de este entramado: dio a conocer el salitre, lo comercializó en las grandes urbes extranjeras pues ese era su trabajo. Se olvida que el primer cargamento en 1820, tuvo que ser echado al mar, «pues nadie se interesó en Liverpool por el producto americano, y como el capitán del barco no podía seguir soportando una carga indeseable, la misteriosa sal del desierto fue echada al mar» (Bermúdez, 1963: 101).
La pampa de Tarapacá, que he recorrido últimamente en varias ocasiones y algunas de cuyas oficinas conociera en plena actividad a finales de los 40’s, es hoy un conglomerado de pueblos fantasmas que atrae la atención de los que se interesan por el pasado. En una de las oficinas de North, Primitiva por caso, debiera por lo menos existir una plancha de bronce con los datos pertinentes a uno de los protagonistas de los períodos históricos más interesantes del desarrollo del país. De las dos fronteras existentes en Chile el siglo pasado, la de la Araucanía y la del Norte salitrero, fue esta última la que atrajo y ofreció la posibilidad de un relativo mejor sistema de vida a los rotos, inquilinos, «golondrinas» y demás habitantes del agro, y por supuesto de las ciudades. La otra, fue presa de los terratenientes, inmigrantes y la oligarquía.
El Norte Grande fue para nuestro país, lo que el Oeste significó para Estados Unidos, tanto en expansión territorial, como en la apertura mental que produjo en sus habitantes con un nuevo El Dorado. Enganchados o simples peones de Chiloé, mauchos de Constitución, huasos de la zona central y sur, santiaguinos, serenenses, coquimbanos, acudieron en búsqueda de mejores horizontes y dejaron sus huesos en las calcinantes arenas del desierto o en los miserables cementerios del puerto. Ellos de alguna manera transformaron una región primitiva en algo cercano a la civilización y modo de vida del resto del país. La gran diferencia con la llamada Conquista del Oeste, reside en que no hemos sido capaces de explotar la saga del salitre para beneficio de nuestras generaciones. Iquique no tiene una calle, un solo recuerdo de John Thomas North, pero la pampa está abierta a la aventura de la imaginación para hacer de ella, algo más que mantener entre cuatro paredes la oficina Humberstone, o visitar Pozo Almonte, o las ruinas del Alto de San Antonio y tantas otras que se encuentran en lo que podría denominarse La Ruta del Salitre. Si el nitrato ha servido en la historiografía chilena para fijar un hito en el desarrollo económico y social, con mucha más razón debiera existir en la pampa, en cada sitio donde hubo una oficina de importancia, una placa recordatoria con la fecha de iniciación y finalización de labores, y si North realmente fue el Rey del Salitre ( o de Tarapacá), un monolito o estatua suya en una de sus principales pertenencias.
En el gran mosaico de la historia del salitre, deben estar todos los participantes, pues gracias a ellos tenemos un pasado del cual nos enorgullecemos, y el ejemplo de quienes nos dejaron la gran lección de lo que puede realizar y alcanzar el ser humano, cuando la geografía y el medio parecieran obstáculos insalvables.
NOTA

+ Un gran embajador norteamericano, demócrata en política y en su vida, Claude G. Bowers, (1878-1958) desempeñó su labor en Chile por catorce años. Dejó un vívido retrato de su vida en el país (1939-1953) en los años más difíciles de la política nacional por el triunfo del Frente Popular, la conflagración bélica mundial y la Guerra Fría. En su libro se refiere a John Thomas North y el dominio inglés en el campo salitrero:

Por algunos años, los ingleses estuvieron en gran número en posesión de la naciente industria del salitre. Un listo, pintoresco ingeniero inglés, John Thomas North, invirtiendo capitales británicos en la instalación de entonces, con modernas maquinarias, empezó una sistemática creación de un mercado extranjero. Al llegar a ser rico, ostentando su riqueza, disfrutando al máximo la ilusión de grandeza, llegó a ser conocido como el «Rey del Salitre.» Fue años más tarde que los intereses de la Guggenheim derramaron millones en el moderno desarrollo de la industria, y las minas chilenas llegaron a ser las más grandes productoras en el mundo.

La historia del desarrollo de estas minas es tan intrigante como las más brillantes páginas de ficción. Detrás de ello no está sólo el dinero, sino la imaginación. Las famosas minas de María Elena estan ubicadas en el desierto. Es un área gris, desolada donde nunca llueve y un tórrido sol quema ferozmente el desierto. La más moderna maquinaria fue instalada a un gran costo; un ferrocarril fue construído para llevar el salitre a un puerto; el agua fue traída por cañería desde las alturas de los Andes, y sin escatimar en gastos, y las mejores técnicas, las minas han prosperado más allá de lo precedente (300). (Mi traducción. El puerto es Tocopilla).

Bowers tuvo un gran cariño por Chile, y su cultura de historiador lo llevó a indagar los datos que entrega en su libro. María Elena y su historia comienza en 1924, «cuando la Guggenheim Brothers adquiere un número importante de estacas salitreras pertenecientes a la oficina Coya Norte, ubicadas en el Cantón el Toco,» asegura Eugenio Garcés Feliú. La construcción empezó en 1925 y concluyó en 1926. Según Garcés, «el 22 de noviembre de ese año se inician las operaciones, con una capacidad productiva de 600.000 ton/mét. anuales, es decir, cuatro veces superior a la producción de Chacabuco, la planta más grande del sistema Shanks» (67). La misma empresa norteamericana organiza la Anglo-Chilean Consolidated Nitrate Company. En 1930, la Lautaro Nitrate Company inicia la construcción de planta y campamento de lo que será la oficina Pedro de Valdivia, a treinta kilómetros de María Elena y cuya producción comienza en junio de 1931. En 1950 ambas compañías se fusionan bajo el nombre de Compañía Salitrera Anglo-Lautaro y en 1968 como Sociedad Química y Minera de Chile (Soquimich).

Voces del salitre

ANIBAL ECHEVERRIA Y REYES
de la Academia Chilena

VOCES USADAS EN LA INDUSTRIA SALITRERA

ANTOFAGASTA
IMPRENTA Y LITOGRAFIA SKARNIC. CASILLA 663
1929

Edición a expensas de la Sopciedad
THE LAUTARO NITRATE COMPANY LIMITED

A la Academia Chilena,
Correspondiente de la Real Academia
Española, dedica este opúsculo,
El Autor

El 18 de Julio de 1903, entré, como abogado, a la ex-Compañía de Salitres de Antofagasta, y en ella permanecí, sin interrupción hasta el 26 de Junio de 1925, fecha en que adquirió sus bienes la sociedad The Lautaro Nitrate Company Limited, en la que he continuado en iguales condiciones.
Durante este cuarto de siglo, he intervenido en numerosos asuntos relacionados con la industria salitrera, no solamente en esas empresas, sino también en otras Compañías, y he podido notar que, en las pampas del interior de este departamento, se emplea un vocabulario especial en los trabajos, tanto de reconocimiento y extracción del caliche, como en la elaboración y embarque del salitre.
Me ha parecido interesante formar este glosario que contiene más de 750 palabras, obra de paciencia, sin pretensiones, simple ensayo, para que no se olvide el significado de voces que aparecen en solicitudes y memoriales, las que con el tiempo, resultarán incomprensibles si no se conserva su verdadero alcance.
Además de mis apuntes personales, he aprovechado las obras que cito más adelante, y he tenido la suerte de contar con la cooperación de los Srs. Ricardo Ayala, Emiliano López Saa, Waldemar Schutz, W.J. Clayton, Pantaleón Núñez, Eujenio Vidal de la Fuente y Addón Somoza, quienes durante muchos años, han trabajado en este ramo y me han favorecido con acertadas indicaciones; así he podido aumentar el caudal de vocablos y mejorar definciones, por lo que les estoy muy reconocido.
Lo aceptable que se encuentre en estas páginas, seguramente, pertenecerá a ellos y a algunos de los autores mencionados en la lista de impresos.
LIBROS CONSULTADOS
MANUEL A. Prieto.-Explotación y beneficio del salitre y yodo.–Santiago, Imp. Nacional 1889.
GUSTAVO Jullian.-Explotación y beneficio del salitre y yodo.-Santiago, Imp. Nacional, 1889.
DOCTORES SEMPER y Michels–La industria del salitre en Chile, aumentada por los Srs. Javier Gandarillas y Orlando Ghigliotto Salas.-Santiago, Imp. Barcelona, 1908.
Enrique KAEMPFFER.-La industria del salitre y yodo.-Santiago, Imp. Cervantes, 1914.
NICOLAS UGALDE.-Salitre.-Contribución al estudio de su industria.-Santiago, Imp. Barcelona, 1917.
E. FRIAS Collao.-El trabajo en la industria salitrera.-Santiago, Imp. Cervantes, 1908.
LAUTARO y GALVARINO Ponce.-Los obreros del salitre. -Antofagasta, Imp. Skarnic, 1911.
MANUEL RODRIGUEZ PEREZ. -El trabajo y la vida obrera en Tarapacá.-Santiago, Imp. Esmeralda, 1913.
TANCREDO Pinochet Lebrun.-El infierno del Dante y la pampa salitrera.-Santiago.Casa Editora, 1917.
EULOGIO GUTIERREZ -Tipos chilenos. 1a. Serie.- Antofagasta, Imprenta Victoria, 1909; 31., Serie.- Antofagasta, Imp. Cuenca, 1917.
R. TORREBLANCA. M.-Por las tierras del Oro BlancO Santiago, Editorial Iris, 1928.
CAMILO ORTUZAR.-Diccionario manual de locuciones viciosas y correcciones de lenguaje.-Turín, Imp. Salesiana, 1893.
ANIBAL ECHETEVERRIA y REYES.-Voces usadas en Chile.-Santiago, Imp. Elzeviriana, 1900.
MANUEL ANTONIO ROMAN.- Diccionario de Chilenismos. Tomo 10., Santiago, Imp. Revista Católica; 1901-8.-Tomo 2°.. Santiago, Imp. San José,. 1908-11. –Tomo 3°., Santiago, Imp. San José, 1913; Tomo 4°., Imp. San José, 1913-16.–Torno 5°., Santiago, Imp. San José, 1916-18.
ALEJANDRO BERTRAND.-Vocabulario Pampino, páj. 217, del No. 6 de Caliche, Setiembre de 1919 Santiago.
J. T. MEDINA.–Voces y chilenismos incluídos en la XV edición del Diccionario de la Real Academia Española.-Santiago, Imp. Universitaria, 1925.
J. T. MEDINA.-Nuevos chilenismos incluídos en el Diccionario manual e ilustrado de la Real Academia de la Lengua.Santiago, Imp. Universitaria, 1925.
J. T. , MEDINA. Chilenismos. Santiago, Imp. Universo, 1928.
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA.-DICCIONARIO de la Lengua Española.-Madrid, Talleres Calpe, 1925.
REAL ACADEMIA EESPAÑOLA. Diccionario manual e ilustrado de la Lengua Española.-Madrid, Talleres Calpe, 1927.
ALEMANY V y BoLuFER.–Diccionario de la Lengua Española.-Barcelona, Imp. Sopena, 1917.

A
ABIERTA.-Se dice de la calichera en la que queda descubierto el caliche.
ABIGARRADO.-Caliche mezclado de varios colores. ABRIR.-Hacer rasgos en el terreno calichero, para comenzar la extracción.
ACABADORA.-Barreta larga que se emplea para terminar las perforaciones de los tiros en las calicheras, con una punta recta y la otra en forma de pico de loro, con ésta se hace la taza.
ACARREO.-Transporte del caliche, desde las canchas a los buzones de las chancadoras; de las calicheras o acopios, a las rampas de carguío en carros.
ACCESOS.-Caminos en pendiente ascendente hasta la rampa, para volcar el caliche de las carretas sobre los carros que lo llevan a la máquina.
ACEITADOR.-El encargado de lubricar los trenes y cables.
ACENDRADERA.-Aparato para triturar el caliche; chancho; chancadora.
ACENDRADO.-Trituración del caliche en los chanchos.
ACENDRADOR.-Operario encargado de la la trituración de los caliches en chanchos.
ACENDRAR.-Triturar, moler el caliche en los chanchos.
ACIDULADO.-Ligeramente ácido. ACHANCACADO.-Caliche de color y aspecto de chancaca; café obscuro.
ACHILLADO.-El operario vivo en su trabajo.
ACHILLARSE.-Apurarse; moverse rápidamente.
ACHOCOLATADO.-Caliche de color de chocolate.
ACLARAR.-Posar; purificar el líquido salitroso.
ACOPIO.-Caliche amontonado en las pampas; se dice, de la casa, cuando ha sido tasado y recibido al particular.
ACULATAR.-Hacer retroceder una carreta con las mulas, para facilitar la carga o descarga de sus materiales.
ACUMULADOR.-Aparato que sirve para regularizar el trabajo de una máquina; recogiendo el sobrante de fuerza.
ADELANTO.-Dinero que se anticipa al operario, a cuenta de su trabajo.
ADMINISTRADOR.-El que cuida y dirige todas las operaciones de una Oficina Salitrera; aperador.
AGUA FEBLE-Disolución salina de la misma calidad que el agua vieja, pero ésta vuelve de la Casa de Yodo, después de haber precipitado este metalóide, y con el aditamento de sales y ácidos empleados en esta elaboración; la que ha pasado por la Casa de Yodo y a la que se ha extraído esta substancia.
AGUA VIEJA.-Disolución salina saturada en todas sus sales, a la temperatura ambiente, que queda en las bateas, después de precipitar el salitre cristalizado, y que vuelve al ciclo de operaciones siguientes a disolver nuevas sales mediante la diferencia de temperatura; agua madre.
AGUA DEL TIEMPO.-La extraída de pozos para el lavado de los ripios antes de ser botados.
AGUADA.-Manantial; jahuel; puquio.
AHUESADO.-Caliche duro, sulfatoso, blanquecino;pobre en nitratos.
ALCANCE.-Sobrante, saldo del salario del operario, después de retirar sus pedidos en dinero.
ALFILER.-Varilla delgada de fierro, con una punta aguzada,, que se coloca verticalmente, para sostener la compuerta de las carretas.
ALIÑADOR.- El que arregla o concierta huesos dislocados; aljebrista.
AMACHAMBRAR.-Ensamblar piezas de madera.
ANARANJADO.-Caliche de color naranja.
ANDARIVEL.-Cables para el transporte aéreo, soportados por torres.
APANQUECADO.-Caliche terroso, esponjoso. APARTADO.-Selección del caliche, separando la tierra y las materias extrañas.
APERO.-E1 conjunto o recado de monturas, baticola, cargador, collera, jáquima y cadenas que se usan en las carretas.
APAREJO.- Correas, montura y jáquimas que se emplean en cada mula para transportar carga, aisladamente.
APAREJO HERRAMENTERO.-Especie de montura de sacos, con. grandes lomillos, para llevar las herramientas de los barreteros v particulares.
APLATILLADO.-Persona hastiada del trabajo de la pampa.
APLATILLARSE.-Aburrirse.
APORREADOR.-Martillo para despedazar los descostres y colpas grandes de caliche.
APORREA.-Quebrar con martillo, trozos de caliche.
APORREO:–Acción y efecto de aporrear.
ARNESES.-Aperos; guarniciones de las caballerías.
ARRANQUE.–Tramo de línea que se deja después de colocado un cambio, y que sirve para prolongar un nuevo desvío.
ARRASTRE.-Llevar el caliche a las tolvas destinadas al carguío de los cachuchos. ARRATONARSE.-Sufrir de hinchazones en los
músculos de las muñecas, por excesivo trabajo con el martillo de barrenar, después de haber estado algún tiempo sin ejecutar. esas operaciones.
ARREAR.-Vaciar el caldo calichoso, cuando tiene la suficiente densidad ;largar. ARREBATADO.-Se dice del tiro que ha arrojado el material en todas direcciones.
ARRELINGARSE.-Acicalarse; emperejilarse.
ARREMANGAR.-Retirar el caliche botado a la orilla de la calichera, para que el operario tenga mayor campo en sus tareas.
ARRENQUIN.-El operario que ayuda a cargar las carretas y anima las mulas.
ARRIÑONADA.-Masa de caliche con figura de riñón.
ARROLLADOR.-Operario que remueve la mitad del cuajo del salitre en las bateas y lo recarga sobre la otra mitad.
ARROLLADURA.-Operacion que consiste en arrollar el salitre, echando a pala la mitad baja del cuajo de las bateas, sobre la otra mitad alta.
ARROLLAR.-Amontonar el salitre cristalizado de la parte baja de las bateas, sobre la parte más alta, para acelerar el escurrimiento del agua vieja sobrante.
ASCENSOR.-Aparato destinado a elevar el caliche, en sentido vertical, de los chanchos a los cachuchos, cuando el desnivel del terreno lo hace necesario.
ASENTAMIENTO.-Acción y efecto de posar, clarificar.
ASIENTO. -Estratas que estan debajo del caliche.
ATABACADO.-Caliche de color tabaco maduro.
ATACADOR.-Pieza de madera que se emplea para apretar la tierra sobre los explosivos de los tiros y por sus costados.
ATACAR.-Comprimir el material terroso en los tiros, sobre la carga de pólvora.
ATRACADOR.-Operario que ayuda a acercar las lineas calicheras a los acopios, para llenar los carros a mano, facilitando su carguío.
ATRACADURA.-Acción y efecto de poner las líneas más cerca de los acopios.
ATRAQUE.-Tramos largos de línea férrea movible, que se van transportando armados, paralelamente, a los frentes de los acopios, cerca de éstos, a medida que sea necesario, para cargar directamente los carros a mano.
AUTOMOTOR.-Maquinaria que ejecuta movimientos. sin intervención de otra acción extraña.
AVANCE.-El jornal que se anticipa al operario en pampa, a cuenta de su trabajo; el progreso hecho en los rasgos en explotación, en dirección al terreno, virgen.
AVIO.-Montura;a arejo; apero.
AZUELA.-Herramienta que sirve para desbastar madera.
AZUFRADO.-Caliche de color amarillo o anaranjado.
AZUFRE.- Mineral amarillo, que se encuentra en masas o cristalizaciones.
AZUL.–Caliche de este color, impregnado de hidrógeno calburado.
B
BANCO.- Masa salina conglomerada que está, por lo general, debajo de la capa calichosa, cementada con pocas sales corrientes de nitrato, y con muchas impurezas; algunas veces aparece encima del caliche.
BARRENADOR.- Martillo corriente, empleado por los barreteros; el operario que barrena un tiro.
BARRENO.- Taladro afilado de acero, para perforar roca, caliche o material duro.
BARRETA.- Barra; piqueta de fierro redondo, con puntas de acero.
BARRETAJE.-Cantidad de trabajo diario efectuado por los barreteros, para el arreglo de sus jornales.
BARRETERO.-Operario que se ocupa en la perforación inicial de los tiros en la pampa.
BATEA.-Estanque destinado a cristalizar el salitre.
BATERIA.- Serie de cachuchos, calderos, acumuladores etc., en fila, que forman un ciclo completo de trabajo y constituyen la dotación de una’ Oficina.
BENEFICIO.- Operaciones destinadas a la elaboración del salitre.
BLANCO.- Caliche de ese color.
BLANDO.- Caliche de poca consistencia, como los arenosos, borrosos y terrosos.
BOCA.- Parte superior de las acendraderas, por donde admiten la carga; y también la parte superior de algun tubo.
BOCHE.- Alboroto; bochinche.
BODEGA.- Local en que se guardan los materiales y repuestos.
BODEGUERO.- Empleado, subordinado al contador, encargado del depósito de mercaderías en las Oficinas.
BOLETERO.- El que lleva la cuenta de los viajes de las carretas y recibe su carga.
BOLICHE.- Casa de juego; tenduco; figón. BOLON.- Trozo compacto de caliche.
BOLONEAR.- Destrozar los bolones, para echarlos al acopio.
BOMBA.- Aparato para elevar líquidos, caldos, relaves, agua vieja etc., a alturas superiores.
BOMBEAR.- Hacer circular los líquidos mencionados anteriormente.
BOMBERO.- El encargado de las bombas.
BORRA.- Resíduo sedimentoso en los caliches, que queda debajo de la crinolina y en el fondo del cachucho; o en el chullador, estanque de relaves o de desborra al clarificar los caldos, en los que predomina la arcilla fina silicosa.
BORRIENTO.- El caldo sedimentoso de poca densidad salina; caliche de composición arcillosa; con mucha borra.
BORROSO.- Caliche rico en arcilla.
BOTARIPIOS.- Operarios encargados de vaciar los carros de ripio al desmonte o botadero.
BROCA.-Taladro o barreno afilado de fierro, para dar hondura a los tiros.
BURRERO.- El operario que atiende los burros.
BURRO.- Aparato que se aplica a la cinta transporta dora para vaciar el caliche a los silos, buzones o cachuchos.
BUZON.- Silo de paredes inclinadas para almacenar el caliche con que se alimentan las chancadoras; depósito del caliche de pampa chancado, que sirve para llenar los cachuchos.
BUZONERO.- El encargado de atender el trabajo de los buzones.
C
CABALLOS.- Soportes de la crinolina en los cachuchos; se denominan así las armaduras que sostienen los serpentines.
CABLE.- Cordón de alambre para mover los materiales en los planos inclinados y ascensores.
CABRO.- Niño de corta edad.
CACHARPAS.–Trebejos; trastos de poco valor.
CACHARRO.- Automóvil viejo, muy usado.
CACHERO.-Encargado de enmangar las herramientas, como martillos, palas, picotas etc.
CACHIMBA.- Franja angosta de terreno que sirve para comunicar dos o más porciones de una misma estaca, hasta completar su cabida, para no tomar, superficies estériles.
CACHIPORRA.- Especie de mazo para golpear el planchaje y desprender las cristalizaciones adheridas a él.
CACHORREAR.- Tronar pequeños tiros para destrozar los bolones grandes de caliche.
CACHORRERO.- Barretero que perfora los bolones y hace tronar los cachorros con brocas de acero, para romperlos con dinamita.
CACHORRO.- Taladros pequeños para quebrantar trozos grandes de caliche.
CACHUCHO.- Estanque disolvedor, cuadrangular, para lixiviar el caliche, por medio del vapor; fondo; caldera.
CACHUREO.- Depósito de materiales viejos que no se usan.
CAFETERO.- El muchacho que lleva y recoje el desayuno de los carreteros, cuarteadores. y boleteros, al mismo terreno en que trabajan.
CAIMAN.- Hombre lerdo; herramienta en forma de cabeza de ese animal, provista de una pequeña cadena, que se usa para apretar o destornillar las cañerías.
CAJERO.- El empleado que paga a los empleados y operarios.
CALAMINAS.- Planchas de fierro acanaladas, galvanizadas o nó, que se usan en las casas y construcciones de los Campamentos.
CALAMORROS.- Zapatos ordinarios, que se atan en o el nacimiento del empeine y que acostumbran usar los operarios en sus labores.
CALCINACION.- Acción y efecto de calcinar.
CALCINADOR.- Operario encargado de efectuar la calcinación; horno en que se ejecuta esta operación.
CALCINAR.- Reducir o cambiar el estado de las substancias por medio del fuego, sin fundirlas, pero quitándole sus materias volátiles.
CALDEADO.- Caliche de ley aceptable, pero muy mezclado a banco pobre o sin valor.
CALDERO.- Aparato situado cerca y más abajo de los cachuchos, en el que se consume, indirectamente, el combustible, sea carbón de piedra o petróleo, destinado a producir vapor para la calefacción o fuerza motriz.
CALDO.- Disolución concentrada y caliente de los nitratos, que puede ser, según su densidad, gordo, mediano, o débil, obtenida mediante la lixiviación del caliche.
CALDUA.- La fondada cuyos ripios quedan mojados.
CALICHAL.- Depósito de salitre en explotación.
CALICHE.- Mezcla de sales y substancias insolubles en agua, en la que predomina el nitrato de sodio mezclado con cloruros y sulfatos, de la que se extrae el salitre; se presenta cementada en mantos o capas horizontales.
CALICHERA.- Yacimiento en donde hay y se establece la extracción del caliche.
CALICHOSO.- Conglomerado salino, pobre en nitratos.
CALOR.- Fuerza que dilata los cuerpos, funde los sólidos y evapora los líquidos, comunicándose con ellos hasta nivelar su temperatura.
CALORIA.-Unidad para medir el calórico y que representa la cantidad de calor que absorve un litro de agua, al aumentar de temperatura un grado, del termómetro centígrado.
CALORICO.- Principio hipotético de los fenómenos del calor.
CALZONES.- Canales de entrega de caliche acendrado, inclinados, para alimentar varias acendraderas.
CALLAPO.-Parche de saco harinero, con que se guarnecen los pantalones de los trabajadores, en forma simétrica; pedazo de neumático, para remendar automóviles.
CALLOS.- Taladros pequeños que sirven para profundizar y dar forma a los tiros.
CAMAL.- Local en que se beneficia el ganado destinado al consumo; matadero.
CAMANCHACA.- Neblina muy húmeda y espesa, que suele empobrecer el caliche en pampa.
CAMANCHAQUERO.- El operario que, por incapacidad o flojera, abandona su trabajo.
CAMAROTE.- Habitación de trabajadores solteros, con camas sobrepuestas.
CAMBIADOR.- El que atiende el movimiento de los cambios en las vías férreas; guarda-agujas.
CAMBIO.- Aparato para desviar el movimiento enlas líneas férreas.
CAMBUCHO.- Pequeño depósito para extraer muestras del líquido cuya densidad haya que medir.
CAMINERO.- El encargado de la conservación y riego de las huellas.
CAMIONERO.- El que gobierna el camión para el transporte del caliche.
CAMPAMENTO.- Conjunto de habitaciones de los operarios y obreros.
CANALES.- Conductós para la distribución de las aguas y caldos salitrosos.
CANARIO.- Cajero que dá los vales y recibe el dinero en la pulpería.
CANASTILLOS.-Protecciones de planchas perforadas en el fondo de los cachuchos, colocadas sobre las secciones de las bombas, y también en los traspasos.
CANCHA.- Terreno en el que se acopia, seca y ensaca el salitre para su embarque en el puerto; plataforma de tierra y desmonte que se ejecuta en la calichera, para depositar el caliche.
CANCHADOR.- Operario que, a pala, retira y transporta el salitre de las falcas o bateas a la cancha, o a los carros.
CANCHAR.- Retirar el salitre de las bateas o falcas para transportarlo a la cancha.
CANCHO.- Remuneración extraordinaria.
CANTINA.- Puesto en que se dá almuerzo y comida a los operarios.
CAÑON.-Chimenea que queda entre el desboque y la taza de los tiros.
CAPACHO.- Espuerta; alforja.
CAPATAZ.- El que dirige el movimiento de las carretas calicheras, u otras faenas.
CARBONCiLLERO.- Operario qué retira las escorias de los calderos, y las lleva al desmonte.
CARBONCILLO.- Resíduos de carbón y coke; lo que se retira del hogar de los calderos, por no tener material útil; carbón molido.
CARBONERA.-Depósito de carbón.
CARBONERO.-El que azuza una discusión o riña; operario que atiende la carbonera.
CARGA.-Cantidad de explosivo usado en los tiros.
CARGADOR.-Operario que atiende la conducción y carguío de los sacos de salitre de la cancha a los carros del ferrocarril ; el encargado de cargar los tiros de las calicheras.
CARGAR.-Colocar el explosivo en los tiros.
CARGUIO.-Acarreo del caliche en carretas o carros.
CARPA.- Tienda de campaña; toldo. CARRERO.- El operario que guía el carrito tirado por mulas, y que hace el tráfico a las estaciones cercanas y a las oficinas, para conducir la gente y sus bultos.
CARRETA.- Carro; vehículo arrastrado por mulas, para el transporte del, caliche. CARRETADA.- Cantidad de material que puede transportar una carreta.
CARRETAJE.- Trato y trajín que se hace con carretas.
CARRETERO.- El que guía una carreta.
CARRILANO.- El que trabaja en las líneas férreas.
CARRO.- Vehículo para transportar caliche, sea detolva o de cajón, de descarga lateral automática, de marcos reforzados.
CASA DE YODO.- El local en que se elabora esta substancia.
CASCAJO.- Materia compuesta de cantos rodados, con poca base salina.
CATA.– Tiro pequeño para reconocer y remover la masa calichosa en la pampa; excavación, en general.
CATALINA.- Rueda que gira sobre un eje, para el arrastre de pesos.
CATEADOR.- El que catea, y busca yacimientos.
CATEO. Planificación y cuadriculado del terreno; perforación; medida y muestreo de los tiros, para reconocer la pampa calichera.
CATRE DE ELEFANTE.– El formado por una calamina. sostenida con tarros vacíos de bencina.
CELADOR.-Vigilante.
CENTRIFUGA.- Máquina que gira a alta velocidad, empleada para lavar y secar el salitre.
CENTRIFUGADO.- Salitre que se ha sometido al aparato anterior.
CENTRIFUGAR.-Acción de lavar y secar el salitre en centrifugas.
CERCO.- El que forma la saca alrededor del terreno.
CERRILLO.- Cerro pequeño.
CLARIFICADORES.- Chulladores.
CLARO.-El caldo casi transparente, de baja densidad, que contiene pocos insolubles o materias extrañas. CLAVADOR.- Operario que, por medio de clavos, sostiene los rieles de los durmientes.
CLAVAR.-Introducir clavos a golpes de martillo.
CLAVO.- Barretilla corta, alfiler o chaveta, para mantener la compuerta de las carretas.
CLORURO.-Combinación del cloro, con un cuerpo simple o radical.
COBA.- Tierra suelta mezclada con piedrecillas chicas y, a veces, con cristales de sulfato de calcio; si es muy suelta, se la denomina muerta; está más abajo del congelo.
COCINERIA.- Puesto en que se venden comestibles a los trabajadores.
COGOTE. -Partes no explotadas de terreno calichoso ya trabajado; cintura de terrenos tapados con desmontes.
COLADOR.- Coladero; utensilio que sirve para colar un líquido.
COLCHAR.- Añadir los cabos de los cables.
COLPA.- Trozo duro de material calichoso.
COLLERA.- Yunta de mulas; el tramo de línea férrea formado por los dos rieles, con sus durmientes, clavos y eclisas.
COMBO.- Martillo pesado de fierro con que el barretero perfora los tiros, y ataca los descostres y colpas grandes de caliche; almadana; mazo; puñetazo.
COMBURENTE.- Capaz de producir y activar la combustión.
COMBUSTIBLE.- Lo combinable con el oxígeno, y que arde fácilmente.
COMBUSTION.- Acción y efecto de arder.
COMPONEDOR.- Aljebrista; curandero que compone los huesos dislocados; el operario que arregla, pro visionalmente algo.
COMPRADOR.- Empleado que tasa o mide la cantidad de caliche extraída por los particulares; el que recibe el caliche al particular.
COMPUERTA.-Plancha suelta de fierro, que se coloca al extremo de la carreta para sostener la carga de caliche.
CONCENTRACION.- Aumentar la densidad del caldo calichoso.
CONCRESION.- Acumulación de partículas que forman masas.
CONCHO.- Hez; asiento.
CONDENSADOR.- Cañería de circulación a vapor en los cachuchos, que se emplea para calentar los líquidos y materiales en lexiviación, reduciéndolos de volumen.
CONDENSADORA.- Resacadora de agua.
CONDENSAR.- Convertir en agua el vapor de las calderas; reducir una materia, espesándola a menor volumen; elevar algo a un grado superior, en ley o potencia, o electricidad ; cambiar una subtancia del estado gaseoso, al líquido.
CONDUCTIBILIDAD.- Propiedad que tienen algunos cuerpos de dejar pasar, a través de su masa, el calor o la electricidad.
CONGELO.- Masa de tierra muy salina y rica en sulfato o cloruro de sodio, que está debajo del manto calichoso.
CONGLOMERADO.- Masa de material revuelto y cementado con sales.
CONGLOMERAR.-Aglomerar.
CONGELACION.- Acción y efecto de helar o cuajar un líquido.
CONTRACCION.- Aumento de la densidad, y disminución de volumen, por la aproximación de las moléculas.
CONTROL.-Comprobación.
CORTAR.- Depurar las aguas; operación de precipitar el yodo, al estado libre, de su solución en el agua vieja; cerrar el paso de una válvula de aire, gas o agua; parar la salida del caldo salitroso en los cachuchos, por haber bajado su densidad aceptable.
CORTES.- Aberturas en partes de tierras altas, para el paso de las vías férreas, cañerías, huellas etc.
CORRAL.- Lugar en que se alojan y mantienen las mulas y animales que no trabajan.
CORRALERO.- El encargado del cuidado y curación de las mulas y de su alimentación y herraje.
CORRECTOR.- Individuo que atiende los trabajos de extracción del caliche en la pampa.
CORRIDO.- Sistema de hacer los traspasos combinados en los cachuchos.
CORRIENDO.- Grito de prevención o alarma, después de encendida la guía en la tronadura de los ti ros; el caldo que va saliendo del cachucho.
COSTINO.- Costeño; el que vive en la costa.
COSTO.- Precio neto, después de sumar los gastos de extracción, acarreo y elaboración,
COSTRA.- Conglomerado, de substancias estériles cementadas con sales, y de escasa ley en nitrato, que queda sobre el manto de caliche.
COSTRERO.- Individuo que vigila la extracción y acopio del caliche, para evitar la intromisión de costras y, material de poca ley.
COSTURA.- El que cose los sacos llenos de salitre; hilvanador.
COTA.- Chaquetón de punto tejido, de osnaburgo o de sacos harineros, que los pampinos acostumbran sobre el paletó, abrochado en los hombros.
COTONA.- Camiseta sin mangas, de punto, que usan los pampinos.
CRINOLINA.- Falso fondo de palastro perforado, que se coloca en los cachuchos para sostener la carga que lexivian, y deja un espacio libre de circulación de líquidos, en el fondo de ellos.
CRISTALIZACION.- Acción y efecto de cristalizar el salitre, hasta dejarlo sólido.
CRISTALIZADORES.- Bateas.
CRUDO.- El caliche que no ha sido. penetrado por el líquido disolvente.
CRUZAMIENTO.- Cambio de líquidos en los cachuchos. –
CRUZAR.- Traspasar el caldo en los cachuchos para dejarlos de la densidad suficiente, en la lexiviación del salitre.
CUADRILLA.- Determinado número de operarios, que trabajan dirigidos por un mayordomo.
CUAJO.- Capa de salitre que queda en las bateas, después de sacar el agua vieja.
CUARTA.- Cadenas o cables para unir los arneses de las mulas y los ganchos de tiro en las carretas.
CUARTEADO.- Terreno calichoso, estriado por partiduras debidas a contracciones atmosféricas, o a explosión de la humedad de sus sales.
CUARTEADOR.- Postillón que trabaja ayudando en. las carretas, en los terrenos pendientes o pesados.
CUARTEAR.- Arreglar los aparejos de las mulas en o las carretas; ayudar a la mula, para arrastrar esos vehículos; dividir un material en cuatro porciones, para ensayarlo.
CUARTERA.- Mula que, en las carretas, va a la derecha.
CUBICACION.- Determinación del caliche que contiene una pampa calichosa mediante la perforación de tiros, muestreadura, ensayes y avalúos de espesores explotables. El producto de la superficie calichal, por el espesor medio y por el peso del metro cúbico de caliche, dá su peso en pampa, y descontando éste, con las pérdidas probables de extracción y acarreo, resulta el cubo en máquina, todo lo que multiplicado por el 6,7, de la ley, produce los quintales métricos de salitre práctico. en pampa.
CUCHARA.- Aparato para extraer el material picado en los tiros, como concha, algo bombeado, forjado en fierro, más chico que aquélla, para limpiar el polvo de los taladros; capacho que sirve para extraer la carga en las palas mecánicas.
CUCHARON.- Pala pequeña, para limpiar el fondo de los tiros; cuchara.
CUEVA.-Labores bajo la superficie, para extraer caliche de alta ley, a profundidad; sistema de extracción que se hace, como en las minas, subterráneamente, en lugar del rasgo a cielo abierto.
CUEVERO.- El operario que trabaja en las cuevas.
CUICO.- Natural de Bolivia.
CULATA.-El extremo del cachucho, opuesto al tapón.
CUNA.-T rozo de acero que se golpea con el macho en la perforación de los tiros.
CHALALA.- Alpargata; ojota.
CHAMELICOS.- Trastos; trebejos.
CHANCA.- Molienda, trituración del caliche.
CHANCADOR.- El operario que vigila la trituración del caliche y lo empuja hasta el embudo de la máquina.
CHANCADORA.- Aparato para triturar el caliche; acendradera; chancho.
CHANCAR.- Moler; triturar; desmenuzar.
CHANCHA.- Block de fierro, con diversas ranuras y moldes, que se emplea para amoldar las piezas de fierro forjadas en la fragua.
CHANCHERO.- El que trabaja en el acendrado del caliche, alimentando las chancadoras.
CHANCHO.- Chancadora; acendradera, del tipo de quijada, para triturar el caliche.
CHANGO.- Aborigen de la costa del Litoral del norte.
CHAUCHA.- Moneda que era de plata, hoy de níquel, de valor de veinte centavos.
CHAVETA.- Varilla de fierro para sostener la compuerta de las carretas; clavo; alfiler.
CHAVETERO.- El operario, que ayuda en la descarga de las carretas calicheras, quitando la chaveta y compuerta para vaciarlas en la rampa.
CHAYA.- Rociadura en Carnaval.
CHEI .- Manceba; concubina.
CHIMENEA.- Tiro de perforación grande, ascendente; la que sirve para la ventilación de los rasgos en el trabajo por cuevas.
CHINCHILLA.- Trozos chicos de leña o despuntes de madera, que los operarios llevan, ocultamente, a sus casas.
CHOCO.- Pequeños trozos de madera o fierro, que se colocan de cuña en las ruedas de las carretas, ó en los trenes, para impedir su movimiento.
CHOCOLATERAS.- Estanques cilíndricos para el tratamiento de las borras.
CHOLO.- Natural del Perú.
CHONCHON.- Lámpara de parafina o aceite crudo, sin tubo.
CHOQUERO.- Operario que pone los chocos; el que ayuda a aculatar las carretas al ser vaciadas en las rampas; el carpintero que los fabrica.
CHORRO.-Rasgaduras de más de un pié en el manto calichoso, rellenadas con tierra o material inútil; ripio conglomerado; porciones de terreno estéril.
CHUCA.- Materia gris, suelta, blanda, púlvurulenta, que procede, probablemente, de la descomposición en las capas superficiales, de rocas eruptivas, se compone, por lo general de arena, tierra y arcilla y se encuentra sobre la costra, formada por la acción de lluvias, camanchacas y, aún, por sequedad de la atmósfera.
CHUCHO.- Terciana; escalofrío.
CHULLA.- Clarificación de los caldos de caliche.
CHULLADOR.-Estanques destinados a la clarificación del caldo salitroso que proviene de la lexiviación del caliche en los cachuchos.
CHULLAR.- Poner el caldo salitroso en condiciones. de clarificarse, sedimentando las materias que tengan en suspensión y los excesos de sulfatos y cloruros.
CHULLERO.- El encargado de los chulladores, para clarificar el caldo.
CHUPE. Comida; alimentación; merienda.
CHURRASCO.- Trozo de carne asada, que .se dá a los operarios.
CHUSCA.-Ramera; meretríz.
CHUTE.- Plano inclinado, de fierro, para entregar el caliche de un punto de mayor altura, a uno de menor nivel.
D
DECANTACION.- Acción y efecto de decantar.
DECANTAR.- Dejar que asienten las materias en suspensión en los caldos calichosos.
DEFLAGRAR.- Arder una substancia súbitamente, con llama. pero sin explosión.
DELICUESCENCIA.- Propiedad que tienen algunos cuerpos de absorver el vapor de agua contenido en el aire húmedo, disolviéndose en él.
DENSIDAD.- Relación entre el peso de un cuerpo y su volumen, o sea, peso de la unidad de volumen.
DESAGUAR. Lavar, repetidas veces, el ripio en el cachucho, para extraerle el exceso de nitrato o caldo; dejar escurrir el agua vieja en las bateas que ya han depositado su salitre por cristalización. DESAGUE.-Acción y efecto de desaguar.
DESATADO.- Caliche en que ha penetrado el disolvente.
DESATERRAR.- Limpiar una calichera, hasta dejarla descubierta.
DESATIERRE.- Descubrir el manto calichoso, de los desmontes y de latierra, en las calicheras; sacar tierra.
DESBOQUE.- Parte del terreno calichoso que se qui ta para facilitar la chimenea del tiro.
DESBORRADOR.-El operario que atiende la extracción de las borras en las bateas, cachuchos, chulladores y estanques.
DESBORRAR.- Extraer las borras de los estanques y chulladores.
DESBORRE.- Acción y efecto de desborrar.
DESCABEZAR.- Hacer correr parte del caldo superior de los cachuchos; rellenarlos, y esperar para repe tir la misma operación.
DESCOSTRAR.- Quitar las costras; acción y efecto de ejecutar el descostre.
DESCOSTRADURA.- Acción y efecto de descostrar.
DESCOSTRE.-Ensanchamiento de la parte superior de los tiros para que pueda trabajar el barretero an tes de hacer el cañón.
DESCUBRIDORA.- La concesión de tres estacas de un millón de metros cuadrados cada una, de terrenos calichosos.
DESMONTE.- Material de muy baja ley calichosa, inaprovechable; lugar en que se amontonan los ripios; producto de la apertura de una calichera.
DESRIPIADOR.- Los operarios que trabajan en desocupar y limpiar del ripio los cachuchos, a veces, aún calientes.
DESRIPIAR.- Extraer, sacar el ripio inútil de los cachuchos.
DESRIPIO.- El material que se extrae de los cachuchos, y que no conviene seguir lixiviando; operación que consiste en vaciar del cachucho, el material pobre.
DESTACE.- Acción de destazar un tiro. _
DESTAJO.- Labor que se contrata sobre determinada cantidad de material y de trabajo.
DESTAZADOR.- Operario, generalmente, niño, que se ocupa en ensanchar el fondo de los tiros, para que contengan la cantidad necesaria de explosivo.
DESTAZADURA.- Acción y efecto de destazar.
DESTAZAR.- Excavar la coba por debajo del manto de caliche; ensanchar el tiro bajo del manto calichoso, para colocar la cantidad de explosivo que sea necesaria.
DETONADOR.- Cápsula de cobre o aluminio que, en su interior, contiene una composición muy explosiva, que se hace estallar por medio de una guía encendida, o eléctricamente, mediante un chispazo a alta tensión.
DIABLO.- Barreta corta de punta, en, forma de uñeta o ranura y talón, que se emplea para extraer los clavos de los rieles y durmientes en las líneas férreas.
DIARIO.- Jornal que se adelanta, cada día, al operario.
DILATACION.- Aumento de volumen de un cuerpo, por el apartamiento de sus moléculas y disminución de su densidad.
DINAMITA.- Mezcla de sílice pulverizada, yeso o ceniza, con nitroglicerina, de gran fuerza. explosiva.
DINAMITERO.- El que cuida de la dinamita, y de su uso, en las faenas de extracción en la Pampa.
DINAMO.- Máquina generadora de electricidad.
DINAMOMETRO.- Pequeña balanza de resorte, para pesar el alambre o huincha de medir, a una tensión determinada.
DISOLUCION.- Incorporación de un cuerpo sólido en otro líquido para separar la substancia disuelta, sistema el más conocido para elaborar el salitre, mediante disolventes apropiados; mezcla de sólidos y líquidos. o
DISOLVEDOR.- Aparato destinado a la lexiviación del caliche.
DISOLVER.-Separar las partículas o moléculas de un sólido, por medio de algún líquido al que se incorporan.
DOBLE.- Medida equivalente a dos litros de licor o cerveza.
DONKERO.- El encargado del donkey.
DONKEY.- Aparato destinado a bajar y levantar pesos; el que atiende la estación de bombas en los piques o pozos de agua, destinados a la elaboración. DORMIDO.- El tiro que no explota. DOSIFICAR.- Determinar la cantidad necesaria en cualquier mezcla.
DURO.- Caliche muy compacto y resistente, difícil de lexiviar, como los ahuesados, apiedrados y alozados.
E
EBULLICION.- Hervor.
ECLISA.- Planchuela o brida de unión entre los rieles de una vía férrea en toda su longitud.
ECHADO.-El tiro que no dá resultado, por no haber deflagrado el explosivo, o por ser pequeña su cantidad.
ELABORACION.- El conjunto de las operaciones necesarias para extraer el salitre del caliche de la rampa, hasta dejarlo en la cancha.
ELABORADOR.- El encargado de vigilar la elaboración.
ELABORAR.- Preparación del caliche, hasta convertirlo en salitre en cancha.
ELEVADOR.- Plano ascendente, en el acarreo del caliche; también se denominan así, diversos aparatos para subir cualquier material.
ELIMINACION.- Acción y efecto de separar o descartar una substancia.
EMBARQUE.-Porción determinada de salitre que se ha contratado embarcar en alguna nave.
EMPAREJADOR.- El operario que está debajo de la chancadora para extender el caliche triturado so bre los cachuchos, a fin de que sea cubierto por los líquidos. disolventes; el encargado de emparejar el caliche en los carros, debajo de las acendraderas.
EMPATAR.- Retirar, con pala, la tierra que cubre los mantos de caliche al sol; operación preliminar en la perforación de los tiros, procurando que el principio del barreno, sea un agujero cilíndrico, para que pueda girar con facilidad, sin encallarse.
EMPATILLAR.- Encontrar ocupación en las labores.
EMPLANCHADO.- El conjunto de la crinolina de los cachuchos.
EMPLANTILLADO.- Arreglo del fondo o taza de los tiros para evitar que con sus grietas y landras, se pierda la fuerza de los gases del explosivo.
EMPLANTILLAR.- Arreglar como se expresa en la definición precedente.
EMPUENTADO.- Explotación subterránea, por medio de cuevas, dejando sostenes para impedir atierres.
ENCALLAR.- Atascadura que se produce en los, tiros por la mala maniobra del barretero al no girar en debida forma el barreno.
ENCANCHADOR.- Operario que transporta el salitre; de las falcas o bateas para depositarlo eh la can. cha de embarque.
ENCANCHADURA.- Retirar el salitre de las falcas o bateas, para depositarlo en la cancha de embarque.
ENCAPADO.- Terreno que tiene mucho material estéril sobre el manto de caliche.
ENCATRADO.-Aparato provisional para trabajar en altura.
ENCENDEDOR.- El que atiende las lámparas de los trenes en movimiento; el encargado de encender el fogón de las locomotoras en la madrugada, para mantenerlas a presión al principiar el trabajo diario; aparato que sirve para encender los quemadores en los fogones, a petróleo, de los calderos.
ENCOBAR.- No producir efecto los tiros en pampa.
ENFRIADERA.- Depósito en que, antiguamente, se dejaba el caldo caliches, para su cristalización en frío. ENGANCHE.- Convenio de arrendamiento del servicio de los operarios.
ENMANGADOR.- Operario que se encarga de arreglar los mangos de las palas, martillos, mazos etc.
ENRIELADURA.- Colocación de los durmientes, rieles, eclisas y pernos, en las vías férreas de una Oficina.
ENSACADOR.- El operario encargado de ensacar el salitre en cancha.
ENSAYADOR.- El que reconoce las substancias existentes en cualquier masa, y determina sus leyes.
ENTABLILLAR.- Arreglar eI fondo o taza de los tiros para evitar grietas en ellos. ENTIERROS.- Acopios de mala calidad, cubiertos con buen caliche.
ESTRUJAR.- Dejar salir todo el líquido del cachucho, concluida la lixiviación.
ESCORIA.- Resíduo; material inaprovechable.
ESQUINEROS.- Espacios protejidos por planchajes remachados en las esquinas de los cachuchos, para facilitar el movimiento del líquido sin que éste arrastre las horras y arenas.
ESTACA.- La concesión de un millón de metros cuadrados de terrenos calichosos.
ESTADO.- Resumen diario de las operaciones realizadas en cada Oficina.
ESTANQUE.- Receptáculos para el agua del tiempo, vieja, relaves o borras.
ESTRATA.- Masa mineral, en forma de capa, de espesor casi uniforme, que constituye los terrenos sedimentarios.
ESTRUJES.- Líquidos absorvidos o retenidos por masas húmedas, que se escurren poco a poco de los ripios o del salitre.
EVAPORADOR.- Aparato que sirve para evaporar el agua de una disolución, y recoger los residuos, después de convertir en vapor un líquido, y concentrarlo.
EVAPORIZACION.- Vaporización absorción del agua por el aire, que pasa al estado de vapor.
EXCAVACION.- Acción y efecto de excavar; quitar de algo sólido, una parte de su masa, dejando una cavidad en ella.
EXPLOSIVOS.- La pólvora, dinamita u oxígeno que se usan para levantar masas de tierra calichosa, incendiándose con explosión.
EXPLOTADOR.- Disparador, que explota, haciendo explosión; cápsula de cobre o aluminio del grueso de la guía, provista, en su fondo, de materias explosivas para hacer explotar la dinamita; máquina eléctrica, de magneto, que se emplea para explotar varios tiros a un mismo tiempo; detonador.
F
FAENA.- Cuadrilla de trabajadores o peones.
FALCA.- Plano exterior inclinado, de fierro, en que se deposita el salitre arrollado, colocado al lado del borde superior de las bateas, para secarlo.
FALCADOR.- El encargado de las falcas.
FALCADURA.- Echar el salitre arrollado, con palas, al plano inclinado exterior.
FALLO.- El operario que no ha salido a su labor diaria.
FATALIZARSE.-Sufrir un accidente o una desgracia personal.
FEBLE.- Agua vieja que ha pasado por las operaciones de extracción del yodo y vuelve a los cachuchos sin esta substancia.
FICHA.- Señal de caucho o metal, que representaba, en las Oficinas, valor monetario, ahora no se usa.
FICHERO.- El empleado encargado de controlar las fichas o vales que se entregaban a los operarios a cuenta de sus haberes.
FILTRO.- Aparato para clarificar los caldos calichosos. o para reunir el yodo impuro.
FLACO.- El caldo o disolución concentrada de menos de 95° T. W., es decir, de poca densidad.
FOGON.- Cámara de combustión de los calderos estables, o de las locomotoras.
FOGONERO.-El que atiende los fogones de las locomotoras y motores, alimentándolos de combustible.
FONDA.- Local en el que se proporciona comida a los operarios y alojamiento a los forasteros; casa de huéspedes.
FONDADA.- Cantidad de materia calichosa que se trata por vapor, en cada cachucho.
FONDEADOR. Operario encargado de vigilar el co cimiento en los fondos, revolviendo, constantemente, su contenido.
FONDERO.- El encargado de la fonda. FONDOS.- Estanques chicos, pailas, vasijas que primitivamente se usaban para la disolución, por el calor, de la materia salitrosa.
FORRAJE.- El conjunto de agua, pasto seco, cebada y avena, para la mantención de los animales.
FRAGUA.- Fogón para forjar.
FRENTE.-Sostenimiento del relleno que forma la plataforma superior de las rampas.
FUEGO.- Aviso de prevención en los tiros
FULMINANTE.- Compuesto que hace explosión al estallar.
FUNICULAR.- Plano inclinado, destinado a levantar los carros de caliche acendrado o bajar las cargas del salitre, por medio de cables.
FUSION.- Tránsito de un cuerpo sólido al estado líquido.
G
GALLADA.- Reunión o conjunto de trabajadores; el jornal que se paga al reemplazante del operario que ha fallado momentáneamente.
GALLAR.-Suplir a un operario que falta al trabajo que se le ha fijado a tarea.
GALLETA (dar la).-Despedir a un operario.
GALLO.-Operario que suple a otro de planta.
GANGA.- Materia que se aparta como inútil; facilidad que se otorga al trabajador para aliviarlo en sus faenas. GAVILAN.- Viseles que se hace a los barrenos para que corten fácilmente la roca, en la barrenadura de los tiros.
GORDO.- Caldo o disolución concentrada de más de 100° T.W., de densidad.
GRADUADOR.- Aparato que marca la densidad en los cachuchos.
GRANJEAR.- Aumentar las entradas, valiéndose de malas artes.
GUAGUA.- Martillo chico que se usa en la barreneadura mecánica, por medio del aire comprimido.
GUAGUAS.- Lomillos de paja o sacos, muy abultados, que se emplean para sostener las barretas sobre las mulas herramenteras, a fin de que no se dañen.
GUARINAQUE.- Aguardiente ordinario.
GUASO.- Campesino de Chile.
H
HARNERO.- Aparato destinado a separar el material fino, después de la molienda, y antes de la lixiviación del caliche.
HERRADOR.- Encargado de herrar los animales de la Oficina; mariscal.
HERRAJE.- Conjunto de herraduras y clavos.
HERRAMENTERO.- El encargado de conservar y distribuir las herramientas en buen estado; el operario que lleva las barretas, brocas etc, a la fragua para su compostura.
HERRAMIENTA.- Conjunto de los- instrumentos que se usan en la perforación, selección, acendrado, des ripiadura, lixiviación, encanchadura, cateos etc.
HERRAR.- Poner guarniciones de fierro sostenidas por clavos, en las patas de las bestias de trabajo.
HIDRATAR.- Combinar un cuerpo con el agua.
HILVANADOR.- El encargado de cerrar coser los sacos salitreros ya llenos; costura. HOYADA.- Depresión del terreno; hondanada.
HUELGA.- Cesación o paro forzado impuesto por los trabajadores, para obtener mejores condiciones en sus faenas.
HUELGUISTA.- La persona que promueve una huelga o se declara en ella.
HUELLA.- Camino que se forma por el tráfico de vehículos o animales.
HUELLERO.- El encargado de mantener esas sendas.
HUEVOS.- Fondos cerrados en los que, antiguamente, se sometía el caliche hirviendo a una fuerte presión. para su lixiviación.
HUINCHE.- Maquinaria que se usa para elevar materiales pesados; grúa; pescante.
HUINCHERO.- El encargado del huinche.
I
IMPREGNAR.- Recibir un cuerpo, en sus poros, partes o corpúsculos de otro, con sus cualidades.
INCLINADO.- Plano que forma ángulo agudo con el horizonte, para facilitar la elevación de pesos.
INCOLORO.- Caliche de color blanco; líquido sin color.
INGENIERO.- El profesional encargado de la dirección técnica de los trabajos de explotación del caliche y de su elaboración.
INGENIO.- Maquinaria que se emplea para mover los distintos aparatos usados en la elaboración, maestranza o alumbrado de las Oficinas.
J
JEFE.-El empleado que vigila y tiene a su cargo una sección, como ser de la máquina de elaboración en la Oficina; de maestranza; de pampa, en las labores de extracción del caliche y de su conducción al Ingenio; del tráfico diario etc.
JORNAL.- El estipendio diario que gana cada trabajador.
JORNALERO.- El que trabaja a jornal. JUNTURA.- Plano o línea de unión de dos bloques naturales de caliche.
K
KILOMETRAJE.-Medida en kilómetros.
L
LABORATORIO.- Oficina de ensaye y análisis del salitre, agua, o cualquiera substancia.
LABORERO.- El que dirige la tarea de los tiros en la pampa.
LAGARTO.- Llave para atornillar cañerías, compuesta de un vástago y de una pequeña cadena; caimán.
LAGUNA SECA.- Hoyada con demostraciones de haber contenido aguas detenidas de antiguos aluviones.
LAMPA.- Pala, azada, con punta de huevo.
LAMPAZO.- Palada.
LAMPEAR.- Remover la tierra con la pala.
LANCEADOR.- Operario que remueve la masa calichosa en los cachuchos durante el cocimiento, para facilitar éste y su desrripiadura.
LANDRA.- Grieta por la que se escapa el gas del explosivo en los tiros.
LANDROSO.- Terreno agrietado, con estrías y oquedades.
LANZA.- Chuzo liviano que se usa para remover montones de caliche; para componer ebulliciones disparejas, o para deshacer obstrucciones en los traspasos de los cachuchos.
LARGAR.- Extraer el caldo calichoso de los cachuchos; arrear.
LASTRAR.- Afirmar la línea férrea, colocando ripio, entre y sobre los durmientes.
LATERO.- Operario encargado de extraer la saca en los tiros hondos, por medio de un tarro, amarrado con una cuerda.
LAVADA.- Pampa debilitada por los aguaceros.
LAVAR.- Hacer circular, con bombas, el agua del tiempo en los cachuchos, antes de eliminar los resíduos, para extraer todo el nitrato que no haya alcanzado a disolverse.
LEJIA.- Agua en que se han disuelto sales alcalinas.
LIBRETA.- Cuaderno o planilla en que se apuntan los días trabajados por los operarios que las conservan, y los pedidos que reciben.
LIBRETERA.- Operaria encargada por el trabajador de atender su libreta, de retirarle su dinero, y hacerle reclamos en el escritorio de la Oficina.
LICOR.- El líquido calichoso no decantado; el preparado a base de hiposulfito de soda, empleado en la corta o precipitación del yodo de las aguas madres.
LIMPIADOR.- El encargado del aseo exterior de las locomotoras y carros.
LINEA.- Vía férrea que se usa para el movimiento entre las secciones distantes de las Oficinas.
LIXIVIACION.- Operación que consiste en hacer pasar algún líquido, frío o caliente, a través de otra substancia con el fin de despojarla de los principios solubles que contenga, disolviéndola.
LIXIVIAR.- Disolver, en el agua una substancia alcalina.
LOCOMOTORA.- Máquina a vapor, o eléctrica, que sirve para el arrastre de carros sobre las líneas férreas.
LONGINO.- Así se denomina en el Norte, el Ferrocarril Longitudinal.
LUBRIFICAR.- Lubricar; aceitar.
LUMA.- Trozo largo de esta madera, que se emplea en la confección de las varas de las carretas; reprimenda enérgica que recibe el operario.

LL
LLAMPERO.- Niños que escojen lo mejor del material menudo explotado en las calicheras.
LLAMPO.- Caliche, costra o material menudo.
LLANO.- Terreno sin altos ni bajos.
LLAVERA.- Mujer que prepara el rancho, en la Administración, o en las viviendas de los empleados; mayordoma.
LLAVERO. El que atiende la distribución de los líquidos en la elaboración.
LLAUCANA.- Barrita de hierro, que se usa en los reconocimientos superficiales y para el ensanche de la base de los tiros.
LLENADORES.- Operarios que empujan, a mano los carros que llevan el caliche de los acopios; los carritos que se emplean con tal objeto; los trabajadores que llenan carros, cachuchos etc.
LLORONES.-Caliches muy solubles y, aún, delicuescentes, que absorven la humedad del aire, y que tienen el aspecto de estar siempre mojados.
M
MACETA.- Combo de madera para golpear las cañerías de circulación del vapor de los cachuchos, y hacer saltar sus incrustaciones; martillo de mango largo para deshacer los terrones grandes de salitre, para ensacarlos en la cancha,
MACETEADOR.- El operario que deshace las incrustaciones calcáreas exteriores de las cañerías de los serpentines de los cachuchos, golpeándolos con la maceta.
MACETEADURA.- Limpiadura exterior de los serpentines de los cachuchos.
MACETEAR.- Limpiar la parte exterior de los serpentines.
MACIZO.- Mezcla compacta de caliche.
MACHAR.- Triturar, machacar los trozos grandes de caliche.
MACHO.- Combo; almadana para golpear la cuña en los tiros; sirve también para remover las costras en terrenos ya explotados y para destrozar las colpas grandes de caliche.
MADRE.- Agua vieja, saturada de salitre en frío y otras sales.
MADRINA.- Mula que guía la mulada; caponera; cebadera.
MAESTRANZA.- El conjunto de aparatos destinados a la herrería, calderería, mecánica, fundición y carpintería.
MANCOMUNADO.- Asociado en alguna Mancomunal.
MANCOMUNAL.- Mancomunada, sociedad de resistencia entre los operarios.
MANUBRIO.- Empuñadura que sirve para hacer girar algunos mecanismos.
MAQUINA.- El establecimiento de elaboración del caliche, en su conjunto.
MAQUINISTA.- El que gobierna las locomotoras.
MARCADOR.- El que señala los sacos para salitre y atiende la máquina.
MARCO.- Cuadros sueltos de fierro, que van en las aberturas de la crinolina, que corresponden a las puertas de los cachuchos y sirven para la descarga del ripio.
MARISCAL.- Herrador.
MASACOTE.- Conglomeracion aconcrecionada de material estéril, revuelto con caliche o sales, que, según su predominio, se denomina calichosa, salada etc.
MATASAPOS.- Niños que deshacen los terrones y rompen las cristalizaciones grandes, que estorban la ensacadura del salitre.
MATERIAL.- El caliche extraído.
MAUCHO.- Chileno del sur del país, no solamente de Maule.
MAYORDOMO.- Ayudante del corrector, en los trabajos de extracción y transporte del caliche en la pampa; sobrestante de la máquina.
MECANICO.- Obrero dedicado al manejo y arreglo de las máquinas.
MECHA.- Hilado de algodón, impregnado de bicromato de potasa, que se quema, para reconocer la ley del caliche que se expolvorea en él.
MEDIANO.- Caliche de 15 a 20%, y también se denomina así el caldo o disolución concentrada de menos de 105° T. W.
MELLIZADA.- Materia en forma de riñonada que suele cubrir la chuca.
MEICA.- Curandera.
MENSURA.- Medida y ubicación definitiva de las estacas salitreras.
MINISTRO.- Diminutivo afectuoso con que suele designarse al Administrador de la Oficina.
MOLIENDA.- El acendrado y trituración del caliche en las chancadoras.
MOLINO.- Aparato para triturar el caliche.
MONOS.- Equipaje; menaje del operario; trebejos; pequeño lindero con que se demarcan las pertenencias. salitreras, en los vértices del polígono que la forma.
MOÑO.- Sobre carga que se pone en las carretas, para aumentar el volumen de lo transportado.
MORTERO.- Taza de fierro fundido o de arcilla, que se usa para moler la muestra que se desee ensayar.
MOTOR.- Aparato que produce el movimiento y la fuerza que deba repartirse en las distintas instalaciones.
MUCHACHO.- Pequeño puntal de fierro o madera, que se pone debajo de las cabeceras de la carreta, a fin de que descanse la mula varera.
MUELLE.-Puente que sale de las bateas, para distribuir el caliche en cancha. MUESTREO.- Operación destinada a extraer una porción de material para determinar la ley de los nitra tos, rayando el cañón del tiro.
MUESTRERO.- El encargado de sacar las muestras.
MULAS.- Animales que se emplean en las carretas, en el transporte del caliche, como silleras, vareras, cuarteras, o de número.
N
NEGRO.- Caliche de este color. NEUTRALIZAR.- Combinar con un álcali, una can tidad de ácido, para debilitarlo y destruir su acción básica o ácida.
NIÑO.- Expresión cariñosa con que se designan los trabajadores entre sí, o respecto de sus jefes.
NIÑO DIABLO.- Operario pendenciero o de malos instintos.
NITRATO DE SODIO.- Sal blanca, cristalina, soluble en agua y que se cristaliza en romboedros casi cúbicos.
NIVEL.-Ubicación de la máquina salitrera, con respecto al horizonte, y a sus diversas secciones de acarreo, ripios y elaboración.
NIVELAR.- Igualar la altura de las instalaciones de la Oficina.
NORTINO.- Chileno de las provincias del Norte.
NUCO.- Atado de sacos amarrados con alambre, que se usa como tope delante de las ruedas del penúltimo carro de un convoy, para detenerlo, a su regreso del socavón de la máquina.
NUMERO, de.- Mula cuartera que se agrega a la piara de las carretas y que el carretero maneja desde atrás con un ronzal.
O
OBITO.-Defunción; fallecimiento.
OBRAR.- Obtener buen resultado con los tiros, mediante el volcamiento del material.
OFICINA.- Conjunto de terrenos, edificios, maquinarias, etc., que forman una unidad en la extracción del caliche y elaboración del salitre.
OJOTAS.- Alpargatas: sandalias.
ONCES.- Refrigerio que se sirve a los operarios entre su almuerzo y comida.
ONOMASTICO.-Día del. Santo de una persona.
OQUEDAD.- Hueco formado entre los mantos calichosos.
OXIDACION.- Conversión de substancias en óxidos, por su combinación con el oxígeno.
OZONIZAR.-Transformar el oxígeno atmosférico en ozono.
P
PAIPAS.- Tubos de arcilla comprimida, que sirven para recoger el yodo sublimado.
PALA.- Instrumento para remover y levantar masas de tierra calichosa.
PALANQUERO.- El encargado de atender las
palancas de los trenes en movimiento; guardafrenos.
PALOMILLA.- Persona insignificante; gentuza; ratero; sin oficio conocido.
PALLA.- Tamaño más o menos grande, de la colpa de caliche extraído.
PAMPA.- Terrenos Calichosos, en general; llanura.
PAMPINO.- La gente que vive o trabaja en las pampas del norte de Chile.
PANQUECOSO.- Caliche esponjoso.
PANQUEQUE.- Chuca fofa, rica en sulfato de cal, sobre la costra.
PAÑOL.- Bodega para las herramientas y materiales de la Maestranza.
PAPA.- Bolón de caliche que se encuentra aislado, rodeado de materia estéril.
PAPOSO.- Terreno estenso, con papas diseminadas.
PARADAS.- Conjunto de fondos o calderos de fierro, que se colocaban sobre hornillas, en los que, primitivamente, se lixiviaba el caliche, por medio del fuego directo.
PARALELOGRAMO.- Cuadrilátero cuyos lados opuestos son Paralelos entre sí.
PARTICULAR.- Operario que después de tronar los tiros en pampa, separa la parte más calichosa, para utilizarla en la elaboración.
PASADO.- El acopio de caliche acarreado a la máquina; el tiro cuya profundidad pasa al manto calichero.
PASAJERA.- La máquina y el convoy de pasajeros.
PASAR.- Atravesar, con la perforación para el tiro, todo el manto de caliche; también se dice del caliche recibido al particular.
PASATIEMPO.- El encargado de llevar la cuenta de los días y horas que trabajan los operarios.
PATA.- La parte de manto calichoso que deja un tiro limpio; el caliche virgen que queda a la vista, al explotar una calichera o rasgo.
PATILLA.- Ocupación; empleo; trabajo.
PATO.- Lámpara sin tubo, de fierro fundido, de forma semejante a dicha ave, de parafina.
PEGA.- Ocupación momentánea, que desempeña un reemplazante en ausencia del propietario.
PENSIÓN.- Ración alimenticia diaria.
PERDIDA.- Lo que no se aprovecha, en los combustibles, cañerías, escapes, sangrías, cachuchos, canales, chufla, batea y ripios.
PERFORADORA.- Aparato destinado a horadar el terreno duro por medios mecánicos, sea aire comprimido o electricidad.
PERFORAR.- Horadar, mediante aparatos mecánicos, el terreno calichoso.
PERIMETRO.- Contorno de una figura geométrica.
PERTENENCIA.- Perímetro que comprende cada concesión salitrera.
PETROLIFERO.- Que contiene petróleo. PIARA.- El conjunto de mulas que arrastran las carretas.
PICADORES.- Obreros que, con picotas, desmoronan las pilas de salitre, para facilitar su ensacadura.
PICO de LORO.- Broca; barreta de punta encorvada para sacar muestras del caliche de los tiros que emplean los barreteros.
PICOTA.-Azadón con punta afilada.
PILAR.- Espacios que se dejan sin explotar, en los tra bajos por cuevas, que sirven para sostener el terreno y evitar hundimientos.
PIQUE.- Pozo para extraer el agua natural indispensable para la elaboración del salitre.
PISO.- El fondo de los estanques o bateas.
PIZON.- Mazo pesado de fierro en forma de pera, provisto de un largo mango, para moler muestras de caliche.
PLACILLA.- Población cercana a las Oficinas; campamentos.
PLANCHON.-Plancha de fierro fundido para moler las muestras de caliche.
PLANO INCLINADO.- Instalaciones destinadas a levantar el caliche triturado, o el salitre, por medio de cables.
PLATAFORMA.- Superficie casi horizontal que sirve para la maniobra y aculatado de las carretas en la rampa.
POBRE.-Caliche de 10 a 15% T.W., baja ley en nitratos; caldo de poca densidad. POLARIZACION.-Disposición que adquieren los rayos luminosos cuando atraviesan cuerpos dotados de doble refracción.
POLEA.-Rueda acanalada en su circunferencia, por donde pasa un cable, la que se mueve alrededor de un eje.
POLIN.- Rodillo de madera, fierro o bronce, que gira en un eje, sobre el que se arrastran cables o correas.
POLVORA.- Composición de salitre, azufre y carbón, mezclados, que se emplean en la tronadura de tiros, mediante su poder de explosión.
POLVORERA.- Fábrica de pólvora.
POLVORIN.- Lugar cerrado y seguro en el que se guarda la pólvora y demás explosivos. P
PONCHO.-Capote; manta.
PORCENTAJE.- Tanto por ciento. POROSIDAD.- Intersticios que las moléculas dejan entre sí.
POROSO.- Caliche suelto y muy soluble, esponjoso y de poco peso específico.
PORTEZUELO.- Boquete entre dos alturas.
POZO.- Pique para extraer agua natural.
PRECIPITADO.- Materia que, mediante reacciones químicas, se separa del líquido en que estaba disuelta y se posa o asienta con facilidad.
PRECIPITAR.- Separar los residuos de agua que contenga un cuerpo disuelto, del líquido disolvente.
PRENSA.-Aparato para comprimir el queso de yodo crudo, durante su beneficio.
PREPARE.- Lixiviación del caliche, mediante traspasos cruzados, que lo van enriqueciendo gradualmente, y preparándolo para dejarlo en caldo de suficiente densidad.
PRESION.- Acción de apretar o comprimir el yodo; vapor concentrado a una compresión determina da, para ocuparla en las máquinas o cachuchos.
PROPIO.- Mensajero montado.
PUENTES.- Partes de terreno calichoso no explotado; en los trabajos bajo tierra, por medio de cuevas.
PUERTA.- Aberturas de los cachuchos por la parte de abajo, para la salida del ripio.
PULGUERO.- Lugar de detención provisoria; calabozo.
PULPERIA.- Local en que se expenden mercaderías y artículos de consumo, a los empleados y trabajadores de las Oficinas.
PULPERO.- El encargado de atender la venta en la pulpería.
PULPOS.- Se denomina, despectivamente, a los pulperos.
PUNTA.- Botadero de ripias.
PUNTEROS.- Operarios que cuidan, corren y arreglan la línea férrea, en el botadero de ripios, para su cómoda botadura; los que atienden la punta del botadero para despejarla, y tenerla con las líneas a la orilla de la torta.
PUQUIO.- Manantial; vertiente natural.
Q
QUEDADO.- Se dice del tiro que no resulta bien por falta de explosión de la pólvora. –
QUEMADOR.- Horno para quemar el azufre, y producir ácido sulfúrico en las Casas de Yodo, el que se emplea en la fabricación del licor para cortar el metalóide; boquilla de acero, que se usa en las calderas para la salida del petróleo que arde en el fogón; aparato para quemar petróleo en los calderos.
QUESO.- Borra o ripio acuoso que queda después de quitar la tapa de la puerta de los cachuchos; molde de yodo en fruto e impuro que resulta después de comprimido, para sublimarlo en seguida; el que se obtiene en los estanques de cortar, filtrado en sacos harineros, que se somete a su compresión en las prensas, dándote la forma de un queso y contiene el yodo crudo; torta.
QUIMICA.- Laboratorio de ensayes.
QUIMICO.- Ensayador.
QUINTAL.- El español de 100 libras, o sean 46 kilos.
R
RADIACION.-Acción y efecto de radiar.
RADIADOR.-Calentador.
RADIAR.-Emitir rayos de luz, o emanaciones de calor o electricidad.
RADICAL.-Cuerpo compuesto, que se porta en las combinaciones como simple.
RAMADA.- Local en el que se benefician los animales; galpón; cobertizo en el que se refaccionan los aperos y monturas de los trabajos diarios; talabartería.
RAMADERO.- El encargado de atender la ramada.
RAMALERO.- Talabartero que tiene a su cargo la reparación de los aperos.
RAMPAS.- Instalaciones de carguío, en las que el caliche que llega en las carretas, se vacia a los carros calicheros que lo llevan a la máquina; en ésta sirve de depósito delante de las chancadoras; sitios de acceso para las carretas a fin de que puedan volcar su contenido sobre los carros calicheros que lo transportan a las acendraderas.
RANA.- Desvío para los cambios en las vías férreas.
RANCHO.- Casa, con habitación y alimento, para los empleados de las Oficinas.
RASGO.- Zanja extensa que sirve para unir, en el terreno, los tiros o puntos de extracción del caliche; superficie de terreno que se entrega al particular para separar el mejor caliche.
RASPADORES.- Aparatos que se usaban para quitar las costras o inscrustaciones, en las paredes de los cachuchos.
RASTRILLO.- Mango largo, cruzado por un travesaño con púas.
RAYA.- Anotación de las labores diarias de los operarios en la contabilidad y en las libretas.
RAYADOR.- El encargado de sacar muestras en los tiros; el que extrae desde el fondo, el caliche de los tiros, haciendo una raya profunda; rasgador; muchacho que limpia las substancias en suspensión sobre la superficie de las bateas para acelerar su enfriamiento; el empleado que controla el tiempo y el trabajo en las faenas.
RAYAR.- Comprobar el tiempo de trabajo y el jornal de los operarios; limpiar las substancias, en suspensión o las cristalizaciones que haya sobre la superficie de las bateas.
REACTIVO.- Cuerpo o líquido, de acción recíproca, que, sirve para descubrir la presencia de otro, aislándolo, disolviéndolo o precipitándolo.
RECACHA.- Sonidos cortos del pito a vapor, para apurar las cuadrillas de la máquina cuando no atienden su guardia.
RECATEO.- Reconocer nuevamente la pampa calichera para su cubicación precisa.
RECIBIDOR.- El operario que está debajo de la chancadora; el que recibe; sobre la plataforma de los cachuchos, los carros cargados de caliche acendrado, los lleva donde corresponda para vaciarlos, y los vuelve a enganchar para el descenso; el empleado que recibe el caliche extraído del particular; comprador; vaciador.
RECIBIR.- Descargar, sobre los cachuchos los carros con caliche.
RECONOCIMIENTO.- Exámen de la ley de nitrato, y de la existencia de caliche en la pampa.
RECOVA.- Local en el que se expenden verduras y frutas en las Oficinas.
RECOVERO.- Placero, el que atiende la recova.
REDUCCION.-Quitar el oxígeno a un cuerpo reduciéndolo a simple.
REFINACION.- Acción y efecto de afinar un producto.
REFINAR.- Separar del yodo, por medio de la sublimación, las heces o materias extrañas que contenga; elevar la ley del salitre a más de 96%.
REFRACCION.- Desviación.de la luz, al pasar de un medio a otro.
REGADORES.- Los encargados de mantener húmeda la superficie de las canchas; pistones o cañerías agujereadas puestas sobre los cachuchos, que se emplean para rociar con agua o relaves el caliche sin agotar; toneles o estanques sobre ruedas que sirven para regar las huellas; los encargados de regar el salitre para mejorar su ley.
REGAR.- Humedecer el salitre, para extraer el exceso de sal que contenga, dejándolo de ley comercial.
REGRESO.- Conjunto de cañerías de la máquina que colectan el agua condensada en los serpentines para su vuelta a los calderos.
REJA.- Barras que cubren la parte superior de los cachuchos.
REJILLA.- Rejas pequeñas que se colocaban en el fondo de los sifones y cañerías para hacer los traspasos y corrida del caldo.
REGISTRO.- La inscripción del título salitrero, en el Conservatorio de Minas.
RELAVES.- Líquido o solución que queda después de lavar con agua el caliche lixiviado;. disolución borrosa, poco concentrada.
RENDIMIENTO.- Proporción que hay entre el nitrato contenido en el caliche y el obtenido en cancha; la que resulta del salitre que se obtiene en estado comercial, en relación a la ley del caliche tratado.
RESACADORA.- Aparato para destilación del agua.
RESIDUO.- El sobrante que queda de un cuerpo después de extraerle la parte útil.
RESPALDÉADOR.- Hachuela o martillo de fierro, que se usa en la limpiadura de trozos de caliche para desprender el conglomerado inútil o de mala calidad, en las mismas calicheras.
RESPALDEADURA.- Limpieza de los caliches, picándolos para sacar lo inútil.
RESPALDEAR.- Dejar lo mejor de las colpas o trozos de caliche, separando la parte mala de los bolones.
RESUBLIMAR.- Enriquecer el yodo a un alto porcentaje, volviendo a sublimarlo.
RESUDIR.-Quemar el sulfato sin incandescencia.
RESUMIDERO.- Hoyadas del terreno calichoso, con, demostraciones de haber tenido filtraciones que han alejado oquedades.
RETAZO.- Conjunto de seis o doce carretas en las que, antiguamente se transportaba el salitre a los puertos. de embarque; cantidad de animales usados en el trabajo.
RETIRADOR.- Operario que levanta y desparrama el salitre en cancha, para su secadura y ensacadura; el que alimenta las acendraderas con el caliche que queda retirado de la boca de su buzón.
RETIRAR.- Extender el salitre para su secadura y ensacadura.
RETORNEROS.- Obreros que atienden la descarga de los carros que entran a la Oficina.
RETORNO.- La carga de subida.
RETORTA.- Horno de hierro fundido, revestido, interiormente. de arcilla o cemento refractario, que se emplea para sublimar el yodo, por medio de fuego indirecto.
REUMATISMO.- Avariosis.
RICO.- Caliche. de subida ley.
RIO SECO.- Hondanada; sima entre dos alturas por donde, antiguamente, corría el agua.
RIPIADOR.- El operario que extrae el sobrante del ripio de los cachuchos, después de su lixiviación.
RIPIO.- Residuo estéril que queda sobre la crinolina de los cachuchos, por su lixiviación incompleta.
RIPIOSO.- Caliche con cantos cuarzosos o con piedrecillas o arena.
ROMANA.- Báscula, instrumento para pesar.
RONCEAR.- Sopalancar; meter la palanca debajo de algo para moverlo, haciéndola girar.
ROSADO.- Caliche coloreado por óxidos ferrujinosos.
ROTO.- Apodo nacional chileno, que se usa con orgullo.
RUTILANTE.- Resplandeciente; brillante.
S
SACA.-Material triturado por las barretas en los tiros que se extrae por medio de las cucharas; desmonte en los trabajos subterráneos por cuevas.
SALADO.- Calichoso, rico en cloruro de sodio.
SALARES.- Depósitos superficiales y de poco espesor de material salino-calichoso, en los que predominan los cloruros, nitratos y materias silicosas; lagunas secas formadas por la evaporación de sales antiguas.
SALIFICABLE.- Lo que unido a un ácido, forma una sal.
SALITRE.- Mezcla de sales en la que abunda el nitrato de sodio; nitro cúbico en forma de cristal; sal formada por nitrato de sodio o de potasa.
SALITRERA.-Paraje en que se encuentra el caliche, materia prima.
SALITRERO.- Persona que se ocupa en la explotación de la industria de este ramo.
SALNATRON.-Mezcla de salitre y carbón o carbonato de sodio artificial; producto que proviene de la calcinación de salitre y, carbón, en combustión in completa.
SANGRIA.- Salida que se da al líquido de los serpentines de condensación en los cachuchos para purgarlos, extrayéndoles el agua condensada para la mejor circulación del vapor.
SANTIAGO.- Instrumento de fierro para doblar los rieles.
SAPO.- Desvío, en los cambios de las vías férreas.
SATURACION.- Acción y efecto de impregnar, en un fluido otro cuerpo hasta el punto de no poder admitir éste mayor cantidad.
SEGUIDORA.- Barreta o piquete de tamaño regular que se usa en las perforaciones para los tiros, con sus puntas rectas.
SELECCION.- Elección del material extraído por los particulares; revisión por arneo; separación de las substancias por decantación.
SELLAR.- Iniciar la perforación de un tiro.
SEPARACION.- Decantación de las substancias en suspensión.
SEPARAR.- Acción de apartar una cosa de otra.
SERENO.- Empleado que ronda de noche en las Oficinas, para hacer guardar el orden en el Campamento.
SERPENTINES.- Aparatos condensadores que sirven para calentar interiormente los cachuchos; cañerías de circulación del vapor en éstos, con el objeto de calentar los líquidos en lixiviación.
SIERRA.- Cordillera de corta extensión.
SIFON.- Vertedero de traspaso del caldo o líquido en los cachuchos, que actúa por diferencias de altura y temperatura. SILLERA.- Mula que va a la izquierda en las carretas, eh la que monta el carretero.
SOBRESATURACION.- Exceso de sal en una solución caliente.
SOCAVON.- Lugar debajo de las acendraderas, ocupado por los carros que reciben el ripio, proveniente de la lixiviación para llevarlo al desmonte; la sección en que se colocan los carros vacíos, debajo de los cachuchos, para sacar el ripio.
SOCAVONERO.- El operario que coloca, bajo los chanchos, los carros vacíos que reciben el caliche acendrado y los mueve del socavón.
SOLUBILIDAD.- Propiedad que tienen algunos cuer pos para su disolución.
SOLUCION.- Producido, de un cuerpo sólido que se disuelve en líquido, en su reactivo o agua.
SOPAIPILLA.- El acarreo de caliche, que se hace desde un punto cercano a las rampas para enterar la tarea de las carretas.
SOPLADORES.- Aparatos de aire comprimido que se usaban para remover los líquidos en los cachuchos; inyectores de ácido sulfuroso y vapor de agua empleados en la elaboración del yodo; tubos de aire comprimido para limpiar el fondo de los tiros, en la perforación mecánica.
SUBLIMAR.- Transformar en sus primeros elementos, un cuerpo compuesto, vaporizándolo mediante fuego indirecto, y recogiendo el producto por enfriamiento. SULFATOSO. Caliche abundante en sulfatos.
SUSPENSION.- Estado en que se encuentran las partes sólidas que nadan, sin disolverse ni precipitarse, en algún líquido.
T
TABLAS.- Trizaduras del terreno calichoso, o de salar, producido por contracciones atmosféricas, y la vaporización del agua contenida en los componentes.
TABLERISTA.- Electricista a cargo del control en la Casa de Fuerza.
TABLOSO.- Terreno calichoso requebrajado, estirado en forma de tablones, por contracciones producidas por la atmósfera.
TACONEAR.- Apretar la tierra en que se coloca el explosivo, en los tiros.
TACHO.- Vasija de metal, con asas, que se usa para beber y guisar; nombre vulgar de las locomotoras chicas.
TALABARTERO.- El encargado de arreglar el apero de las mulas; guarniciero.
TAMBOR.- Depósito de aceite, calburo, etc. o
TANQUE.- Depósito de agua; estanque. TAPA.- Cubierta superior del manto calichero, debajo de la costra, compuesta de arena, arcilla, yeso y sal común.
TAPON.- Pieza para cerrar los orificios de escurrimiento de las aguas en los cachuchos y la salida de las hateas.
TAREA.- Labor que se conviene a plazo fijo.
TAZA.- Ensanche del fondo de los tiros, para que con tenga la cantidad suficiente de explosivo.
TECLE.- Aparejo diferencial que sirve para levantar o bajar las piezas pesadas; máquinas.
TENDER.- Coche que se engancha a la locomotora para el combustible y agua necesarios.
TERRAPLENAR.- Nivelar el terreno para facilitar los caminos y vías férreas.
TIENDA.- Local en que, en las Oficinas, se expenden artículos para hombres y señoras.
TIRAFONDO.- Tornillo de fierro, de rosca gruesa, que sirve para unir los rieles a los durmientes en las. líneas, en lugar de clavos.
TIRAJE.- Corriente artificial que se produce en los calderos, por la diferencia de altura de la chimenea y por la distinta temperatura de los gases de combustión con el aire ambiente.
TIRO.- Disparo que se hace perforando la pampa a fin de reconocerla, y extraer muestras del caliche que exista; perforación que se ejecuta en los terrenos calichosós para explotarlos con pólvora o dinamita.
TIZNADO.- Obrero de la Maestranza.
TIZOSO.- Caliche muy blando.
TOCOCHADORA.- Barreta corta y pesada, piquete que se usa para iniciar los tiros.
TOCOCHADURA.- El principio de la chimenea de los tiros.
TOCOCHAR.- Comenzar el cañón de un tiro.
TOLVA.- Buzones que sirven para vaciar el caliche en los cachuchos.
TONTO.- Aparato en forma de piqueta, para apretar el taco de pólvora en los tiros.
TORTA.- El material de yodo crudo ya aprensado lino para la sublimación; depósito de ripios; queso.
TRAMPA.- Puertas o aberturas de fierro fundido, que se usaban en el fondo de los cachuchos; cajas especiales que se emplean para retener el agua o aceite y devolver el vapor limpio a los calderos.
TRANOUE.- Defensa, en forma de muralla, para almacenar o desviar el agua corriente.
TRAPICHE.- Molino para la trituración de los ingredientes en la fabricación de la pólvora.
TRASPASAR.- Cambiar los caldos de los cachuchos.
TRASPASO.- Operación para llevar el caldo de un cachucho a otro, sea directo, con cruzamiento o previa preparación de las densidades.
TRATO.- Convenio para que se hacer una determinada labor, mediante un precio unitario.
TRITURAR.- Moler; desmenuzar.
TROCA.- Punzón.
TRONADURA.-Disparo de los tiros en la pampa.
TRONAR.- Hacer estallar la carga de explosivos en los tiros.
TURBA.- Combustible fósil, formado por resíduos vegetales.
V
VACIADORES.-Operarios que descargan los carros de caliche en el buzón de las acendraderas; recibidores.
VACIAR.- Traspasar el caliche de las carretas a los carros, y de éstos, a los cachuchos.
VAPOR.- Parte sutil y húmeda que se eleva de los cuerpos, especialmente sólidos.
VAPORIZACION.- Cantidad de calor que puede absolver, un kilógramo de substancia líquida, para evaporarse, sin elevar su temperatura.
VAPORIZADOR.- Aparato para vaporizar.
VARERA.- Mula que vá entre las varas de las carretas.
VERTIENTE.- Agua de manantial.
VICUÑAS.- Sacos salitreros vacíos, que se emplean como ropa de cama.
VIGILADOR.- Empleado que inspecciona el caliche extraído.
VIOLETA.- Caliche de este color. VOLANDA.-Carro arrastrado por mulares, para el transporte del personal.
VOLANTE.- Rueda que sirve en las poleas.
Y
YACIMIENTOS.- Mantos, bolsones, o depósitos de minerales o substancias inorgánicas.
YAPA.- Caliche nuevo y de alta ley, que se agrega a la carga de los cachuchos, después de lixiviados en parte.
YAUCANAS.- Barretas pequeñas.
YODO.-Metaloide gris negruzco, que se volatiliza a poca temperatura, desprendiendo vapores de color azul violeta.
Z
ZANJA.-Excavación larga y angosta. ZAPITO.- Pieza de fierro que, unida a un pequeño perno, sujeta los rieles a los durmientes.
ZORRERO.- El operario que cambia de vía a los carros vacíos.
ZORRO.- Pequeño puente rodante, que se emplean para variar el curso de los carros vacíos.

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