Godoy for ever

Se cumplen 80 años de la pelea entre Joe Louis y Arturo Godoy. En febrero del año 40, en Nueva York hacía tanto frío como en las noches en la pampa salitrera. Ese febrero en Iquique, caluroso como siempre. La madre de Godoy, doña Vicenta, ansiosa, decide no escuchar la pelea por la radio, y se va al parque Balmaceda a soltar los nervios. Su corazón latía por su hijo arturito, aquel que a los 8 años, tuvo su primer combate en Caleta Buena. Arturo soportó la ira de su madre, tal como ese 9 de febrero soportó los ataques del bombardero de Detroit.

¿Qué le faltó al nuestro para vengar la derrota del Tani?

El Segua, el viejo de apellido Guerrero y de nombre Felipe, me contestó hace años esta pregunta. Don Segua, un viejo chico, una de las tantas biblias del deporte iquiqueño, amigo de Arturo, de risa fácil y de datos que disparaba como si fuese el jovencito de las películas del oeste, de la matiné del cine Coliseo, enhebró tres palabras certeras:

¡La faltó pegada!

Y cierto, lo tuvo en el 8 round a tiro de cañón. Me viene la memoria el poema de Floridor Pérez, la novela de Roberto Castillo y el tango de Pepe Aguirre.

La derrota frente a Joe Louis, convirtió a Godoy en un rock star. Cena con Chaplin, conoce a la Ava Gardner, provocando enfado en Frank Sinatra, se enamora de la Leda Urbanitti, recorre todos Estados Unidos, filma una película: Grandpa goes to town, en cuyo afiche aparece bailando con su hermosa esposa argentina. Viste en forma elegante como vengándose de la pobreza en Caleta Buena y en Iquique. Es que nació pobre y «le tenía un miedo inconcebible a la pobreza».

Así como no se puede responder de forma simple porque los uruguayos son buenos para el fútbol, no se puede hacer lo mismo respecto a la gran producción de deportistas y sobre todo de boxeadores en Iquique.

Las duras condiciones de vida de fines del siglo XIX hasta los años 60 en la costa y en la pampa salitrera, produce un cuerpo vigoroso, batallador, resistente. Un cuerpo proletario que encuentra en el deporte, sobre todo en el fútbol y en el boxeo, una forma lúdica de expresión. Arturito, pese a los 90 kilos y al 1.90 de estatura, sigue siendo llamado arturito, tal como doña Vicenta lo rebautizó. Tuvo muchos sobre nombres, uno de ellos, mapito. La genealología de este apodo viene desde niño cuando contrajo la viruela y sus huellas quedaron marcada como un mapa en su rostro.

No fue solo boxeador, fue un bailarín prolijo que en la pista de baile, se movía con una agilidad que no la tenía sobre el ring. Fue un nadador, y era que no, en su Caleta Buena natal, nadar era un mandamiento, una declaración de fe: Nado, luego existo.

Era fiesta cuando Godoy aparecía por Iquique. El tránsito se detenía, las carretas tiradas por burros, los pocos automóviles hacían lo mismo, los camiones de fletes como el Siete Macho, le saludan con hurras y vivas. Las mujeres, mi madre una de ellas, quedaban sorprendidas por su elegancia y su estatura y sobre todo por el tamaño de sus manos. Un peluquero de la vieja escuela (ahora son estilistas) lo recuerda que ya viejo le cortaba el pelo. Antes le lavaba la cabeza. «Era como peinar a un toro», agrega orgulloso.

El 9 de febrero de 1940 en Iquique no volaba ningún jote, ninguna gaviota y menos los guajaches. Los perros no ladraron y los burros se abstuvieron de rebuznar. Un silencio cómplice se apoderó de la ciudad en crisis y abandonada por el Estado Central. En 12 puntos de la ciudad, la gente se agrupaba para escuchar los relatos que por radio venían del Madinson Square Garden, vía radio Splendid de Buenos Aires.

Ese 9 de febrero fue de nuevo nuestro 21 de mayo. Y otro Arturo daba su vida por la patria.

Una pequeña plaza en Iquique lleva su nombre.

Iquique 1896

«En 1896, al referirse a Iquique, un viajero francés, André Bellessort, consigna en su libro La Jeune Amérique: “ Las Calles, muy espaciosas, alcanzan la misma anchura que los bulevares de París, de modo que el fuego no puede comunicarse de un frente a otro. Sus casas, casi todas de madera, tienen aires de coquetería en los mejores barrios. Sus colores frescos halagan los ojos; sus balcones-varandas y sus pequeñas columnatas les dan la apariencia de templos de ópera…”

Escribe Roberto Montandón.

Caliche, la novela

“En San Martín, frente a la Foch, una enorme y abigarrada multitud se alineaba detrás de grandes retratos de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Recabarren. La Timona, alta, huesuda, metida en una bata negra, se movía enérgicamente, fumando e impartiendo órdenes (de la novela Caliche de Luis González Zenteno  1954: 176).

Normalistas

Cuando este era otro país, los normalistas, al igual que otros trabajadores se organizaban no sólo en torno a sus demandas salariales o de salud, sino que también en función de mejorar su calidad de vida. Su trabajo no terminaba cuando sonaba la campana, al atardecer.

Fue así como un 11 de septiembre del año 1918, los profesores normalistas de las siete escuelas primarias que habían en la ciudad, decidieron fundar el C.D. Magisterio. Las escuelas 1,2,3,4,5,6, 11 y la 16, se organizaron para practicar fútbol, básquetbol entre otros deportes. Me cuenta don Ubaldo Cabezas Romero, que la cancha del Dolores, ex Salvo, en el Morro, los chutes vestían de corto y mostraban sus habilidades futbolísticas. Destacaron también en el básquetbol y jugaron en las decenas de canchas que había en ese entonces.

Pero no sólo el deporte los congregaba. El folklore jugó un rol de importancia en sus quehaceres. ¿Quién no recuerda las mañanas criollas en la Casa del Deportista? Han cumplido muchos de sus sueños. Uno de ellos tener su sede en el pasaje Juan Portal de la población Magisterio, en la calle Orella, arriba.

Todo lo anterior para enfatizar el espíritu colectivo de los normalistas, que pensaban que su trabajo no se agotaba en el aula, la ciudad era una gran sala de clase. El profesor primario tan bien representado en la canción de Quelentaro, transpiraba vocación y poseía un espíritu colectivo que hoy parece haberse extraviado. Son muchos los “chutes” que engrandecieron a la tierra de campeones y poco el espacio para nombrarlos aquí. Son muchos los que construyeron identidad a través de sus investigaciones en el folklore. ¿Cómo no olvidar la ramada del Magisterio en fiestas patrias?

Los normalistas fueron el producto de un país que ya no existe. Un país que perdió el respeto a los maestros. Chile está en deuda con esos maestros. Los que asistimos a clase con tiza y piso de madera, con lápiz y goma amarrados, no nos cansamos de agradecerle el habernos formados, no solo al encadenar palabras, sino que a pensar en un mejor país.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 16 de septiembre de 2018, página 15.

Racismo y deportes

El racismo encuentra en la práctica de los deportes otra forma de expresión. En la historia de esta actividad, encontramos muchos casos de discriminación por el color de la piel. Cada país, lo ha manejado según su historia. En América latina, Uruguay, en el fútbol ha sido precursor en la integración de población afrodescendiente en sus clubes. No así Argentina y Brasil. A comienzos del siglo XX, Chile se queja contra los uruguayos, porque según los nuestros, los orientales habían puesto en competición a un africano. La base del racismo es la ignorancia.

Con las nuevas migraciones a nuestro país debemos estar atentos y prestos a frenar la xenofobia. Los migrantes cubanos y venezolanos han encontrado tanto el béisbol como en el básquetbol espacios de solidaridad que sirve para tender lazos entre ellos y los locales. Un venezolano Luis Dale, posteó sobre la capacidad que tiene, en este caso el básquetbol para generar encuentros entre gente que no se conoce. El sabe, jugó por La Cruz a los pocos meses de haber llegado a Chile y se le recuerda con mucho cariño.

A Lorenzo Pardo todos le decíamos el Negro Lolo, pero en esa expresión había admiración, cariño y respeto. Pero dar otro tono a esa palabra y vincularla con la homofobia, es un cóctel más que peligroso. Hay palabras que cambian de significado por el simple artificio de la entonación.

Pero hay que estar atentos y reaccionar en forma rápida a cualquier manifestación de racismo, por muy ingenua o picaresca que puede ser.

El baloncesto iquiqueño dará que hablar en los años que vienen, porque ha sabido nutrirse de esta migración de afrodescendientes. Los de La Cruz y otros clubes, lo saben muy bien.

Felizmente en las escuelas públicas, los niños y niñas, en su inocencia, comparten con el recién llegado, juegan en el recreo y comparten saberes y sabores. Lo mismo en los barrios populares. Le falta a la elite pretendidamente blanca y occidental, pero mestiza en el fondo, compartir y enriquecerse en la diversidad. La historia de Tarapacá, es el mejor ejemplo de lo anterior.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 23 de septiembre de 2018, página 15

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