Cuadernos

Marzo tenía olor a lápiz de grafito. Ese que se desprendía cuando se le sacaba punta, que servía, una vez posado sobre esa hoja en blanco, para que las palabras contarán lo que habíamos hecho en nuestras vacaciones, que obviamente eran en Iquique. Ese lápiz no se entendía sin la goma. Y menos sin el saca punta. Un lujo. Y por cierto sin el cuaderno. Ese humilde que atrás tenía las tablas de multiplicar. Eran de cuarenta hojas. Habían de caligrafía, de aritmética, de dibujo. Siempre memorice esa frase colonialista: «A Castilla y a León nuevo mundo dio Colón». La economía del hogar recomendaba unir la goma al lápiz por medio de una pita, que también servía para otros menesteres. Los cuadernos se forraban con papel de diario, hasta que llegaron los forros plásticos y el mundo pareció cambiar.

Eran tres o cuatro útiles escolares. Importaban más los verbos y pintar paisajes nunca antes vistos.  No habían listas ni mucho menos. Los de ahora se inscriben en la industria de la escolarización. La cola fría en sus decenas de marcas,  reemplazó al engrudo. El consumo a la imaginación. La enciclopedia Monitor fue devorada por internet. Ya no se lee el Lea.

El bazar de la esquina fue aniquilado por las cadenas de librerías. El cuaderno se convirtió en una mercancía no exento de ideología. Febrero que era mes de carnaval se transformó en mes de compras escolares.

Sabemos que ir al escuela  nunca fue fácil. Estar de vacaciones es vivir en un largo recreo sin campanas ni miradas inquisitivas.  Playa y pelota eran las palabras claves. La arena era la pizarra donde se rayaba la cancha. Los mas grandes dibujaban corazones.

Al primer día se le llama Super Lunes. Ni que hablar de la escuela que se «eligió». Nada más agotador que buscar un buen colegio.  Una vez le pregunté a mi madre porque me había enviado a la Centenario. Me respondió con el pragmatismo más bello que he escuchado, mientras enhebraba una aguja: «Porque quedaba a la vuelta de la casa». Fue la mejor elección.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 1 de marzo de 2020, página 15

Godoy for ever

Se cumplen 80 años de la pelea entre Joe Louis y Arturo Godoy. En febrero del año 40, en Nueva York hacía tanto frío como en las noches en la pampa salitrera. Ese febrero en Iquique, caluroso como siempre. La madre de Godoy, doña Vicenta, ansiosa, decide no escuchar la pelea por la radio, y se va al parque Balmaceda a soltar los nervios. Su corazón latía por su hijo arturito, aquel que a los 8 años, tuvo su primer combate en Caleta Buena. Arturo soportó la ira de su madre, tal como ese 9 de febrero soportó los ataques del bombardero de Detroit.

¿Qué le faltó al nuestro para vengar la derrota del Tani?

El Segua, el viejo de apellido Guerrero y de nombre Felipe, me contestó hace años esta pregunta. Don Segua, un viejo chico, una de las tantas biblias del deporte iquiqueño, amigo de Arturo, de risa fácil y de datos que disparaba como si fuese el jovencito de las películas del oeste, de la matiné del cine Coliseo, enhebró tres palabras certeras:

¡La faltó pegada!

Y cierto, lo tuvo en el 8 round a tiro de cañón. Me viene la memoria el poema de Floridor Pérez, la novela de Roberto Castillo y el tango de Pepe Aguirre.

La derrota frente a Joe Louis, convirtió a Godoy en un rock star. Cena con Chaplin, conoce a la Ava Gardner, provocando enfado en Frank Sinatra, se enamora de la Leda Urbanitti, recorre todos Estados Unidos, filma una película: Grandpa goes to town, en cuyo afiche aparece bailando con su hermosa esposa argentina. Viste en forma elegante como vengándose de la pobreza en Caleta Buena y en Iquique. Es que nació pobre y «le tenía un miedo inconcebible a la pobreza».

Así como no se puede responder de forma simple porque los uruguayos son buenos para el fútbol, no se puede hacer lo mismo respecto a la gran producción de deportistas y sobre todo de boxeadores en Iquique.

Las duras condiciones de vida de fines del siglo XIX hasta los años 60 en la costa y en la pampa salitrera, produce un cuerpo vigoroso, batallador, resistente. Un cuerpo proletario que encuentra en el deporte, sobre todo en el fútbol y en el boxeo, una forma lúdica de expresión. Arturito, pese a los 90 kilos y al 1.90 de estatura, sigue siendo llamado arturito, tal como doña Vicenta lo rebautizó. Tuvo muchos sobre nombres, uno de ellos, mapito. La genealología de este apodo viene desde niño cuando contrajo la viruela y sus huellas quedaron marcada como un mapa en su rostro.

No fue solo boxeador, fue un bailarín prolijo que en la pista de baile, se movía con una agilidad que no la tenía sobre el ring. Fue un nadador, y era que no, en su Caleta Buena natal, nadar era un mandamiento, una declaración de fe: Nado, luego existo.

Era fiesta cuando Godoy aparecía por Iquique. El tránsito se detenía, las carretas tiradas por burros, los pocos automóviles hacían lo mismo, los camiones de fletes como el Siete Macho, le saludan con hurras y vivas. Las mujeres, mi madre una de ellas, quedaban sorprendidas por su elegancia y su estatura y sobre todo por el tamaño de sus manos. Un peluquero de la vieja escuela (ahora son estilistas) lo recuerda que ya viejo le cortaba el pelo. Antes le lavaba la cabeza. «Era como peinar a un toro», agrega orgulloso.

El 9 de febrero de 1940 en Iquique no volaba ningún jote, ninguna gaviota y menos los guajaches. Los perros no ladraron y los burros se abstuvieron de rebuznar. Un silencio cómplice se apoderó de la ciudad en crisis y abandonada por el Estado Central. En 12 puntos de la ciudad, la gente se agrupaba para escuchar los relatos que por radio venían del Madinson Square Garden, vía radio Splendid de Buenos Aires.

Ese 9 de febrero fue de nuevo nuestro 21 de mayo. Y otro Arturo daba su vida por la patria.

Una pequeña plaza en Iquique lleva su nombre.

Arte contemporáneo

Gestionar geografías desde nuevos desplazamientos.

Encargado. Rodolfo Andaur.

Año 2018

Financia Secretaria de las Culturas, las Artes y e Patrimonio de Tarapacá.

«Gestionar desde la Geografía Nuevos Desplazamientos» es un proyecto en torno a las artes visuales creado por el curador e investigador chileno Rodolfo Andaur quién junto a la colaboración de diversos artistas visuales, sociólogos, antropólogos, músicos y gestores culturales realizan, todos los años en el mes de julio, un viaje de exploración territorial a través de la histórica región de Tarapacá en el norte de Chile.

Juan «El moca» Olivera

Liviano que tiene el puño pesado

Empezó a los 20 años en el viril deporte- Ha realizado 53 combates; de ellos ha ganado 46 por nocauts – (De “La Nación”, de Santiago).-

El boxeo iquiqueño puede estar satisfecho de lo que han hecho sus representantes en el Campeonato Nacional de este año. Cual más cual menos, cada uno de los muchachos de la tierra del salitre ha estado en lo suyo, y han respondido a la tradicional calidad del pugilismo iquiqueño.

Claro que, como ocurre siempre, ha habido figuras en el equipo que han destacado del resto. Oscar Alvarado, en el peso gallo, dio bastante que hablar cuando en una faena inteligente y sin ningún complejo eliminó al veterano Nelson Carrasco. Lo propio ocurrió con el mosca Joaquín Cubillos, quien en una pelea estremecedora, que pudo hacer suya, cayó ante José Flores, de Valdivia, luego que éste en el primer asalto se fue a la lona tocado por un terrible zurdazo del nortino.

Para completar el terceto, Juan Olivera, el peso liviano de quien justamente hablaremos ahora. Es posible que el muchacho de Iquique no consiga este año el título: pero igual quedará en las retinas de los aficionados como una figura de aquellas que se dan de tarde en tarde. Explicable esta impresión, ya que el zurdito nortino tiene aquello inconfundiblemente grato para el público: una pegada liquidadora y con ambas manos. Sobre esa, su mejor arma, fue avanzando en el torneo y dejando en el camino, primero al penquista Adrián Alarcón y más tarde a Lorenzo Ruiz, de Punta Arenas. Ambos cayeron eliminados en el primer round, no bien Olivera le hizo sentir sus manos.

El historial del liviano iquiqueño es notable. Tiene 24 años y ha realizado hasta la fecha 73 peleas. De ellas ha perdido sólo seis – cinco por puntos y una por nocaut.

El resto han sido todos triunfos, con 46 liquidadas por el trámite rápido. El año anterior vino por primera vez en la categoría pluma y fue eliminado por Sergio Aguilera, de Santiago, ahora en el profesionalismo.

Nervioso, con un leve tartamudeo en el hablar, no parece Olivera darle importancia a lo que ha hecho en el boxeo. “Aprendí mirando – dice- el año 1958. Soy amigo del “ñato” Loayza y del “indio” Funes, y ellos me enseñaron. No me había puesto nunca los guantes y un día, sin saber nada, entré a un ring. Tuve suerte, ya que el otro gallo se fue cortado en el primer round. Eso me entusiasmó y seguí peleando”.

Dijimos que Olivera era zurdo: pero pegaba igual con las dos manos. Esto lo ratifica diciendo: “En realidad, las veces que he ganado por nocaut no han sido siempre con la zurda. En muchas mis rivales han caído cuando les metí la derecha. No sé por qué es esto; pero al final da lo mismo. Lo que me interesa es terminar rápido…”.

– ¿Tienen facilidades en Iquique para hacer boxeo?

-Muy pocas. Antes a los peleadores los preparaban con tiempo y los sobrealimentaban. Ahora como las cosas están malas y las pegas son escasas, no hay dinero, y, a pesar del empeño de los dirigentes no existe mucha ayuda. Una semana antes y a veces menos nos concentran, y de inmediato nos mandan a Santiago. A raíz de esto se pierden cabros muy buenos, que son pobres, no tienen plata, ni tampoco las familias pueden ayudarlos.

– ¿Cómo enfoca las peleas?

-Sé poca técnica, y tampoco me gusta boxear, así que apenas tocan la campana entro a pelear, como a mí me agrada…de frente, a la iquiqueña, sin echar pie atrás. Si meto las manos estoy listo…si el otro pega más fuerte, aguanto hasta donde pueda. Por suerte hasta ahora, sólo Moscoso, también de Iquique, me pudo ganar por nocaut. Por eso no pienso cambiar de estilo, ya que peleando me ha ido más o menos bien.

-¿Hasta cuándo piensa pelear?

Unos dos años más. Después me retiraré. El boxeo es muy duro y prefiero alejarme sin que me hayan machucado…

(J.F.B.)

El Tarapacá, 6 de noviembre de 1962, páginas 6 y 7.

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