La pita

Dentro de los recuerdos más preciados que se tiene de esta ciudad que ya no existe, está la de aquella pita que enganchada a la cerradura o lo que fuere, atravesaba por un minúsculo orificio hacia el lado externo de la puerta. Se le hacía un nudo o bien se le atravesaba un pedazo de madera. La idea era que no se devolviera. Era por lo general una pita negra que se hacía más de ese color, a medida que el abrir y cerrar a puerta lo exigía. Había unas tirantes y otras no tanto. Se jalaba la pita y con el pie se empujaba. Las marcas quedaban hasta el 18 de septiembre, en las que las fachadas se volvían a pintar.

Tener esa pita, la llave que todo el barrio poseía, nos remitía a una ciudad pequeña de que vez en cuando hacía noticia por un robo o un crimen. Y muchas buenas noticias a través del deporte. Esa pita era una especie de confianza instalada que nadie se atrevía a discutir.

Pero las puertas, con ese instrumentos, no siempre estaban cerradas. Permanecían semi-abiertas. Y el milagro para que no se cerraran radicaba en la presencia de otros instrumentos reciclados de los ferrocarriles del Estado: un pedazo de riel que hacía posible el milagro de la confianza. Se podía ver el living y auscultar retratos, y en navidad un árbol de pascua con su pesebre. A falta de riel una buena piedra era lo solución. A carencia de timbres, que los había en la calle Baquedano, se gritaba o se golpeaba la puerta. Cuando llegaba la cigüeña, se instalaba una reja que además servía para que el perro no se fuera a la calle. Se sabe como son los perros nuevos. Perros con collares, algo impensado.

El uso de la pita como la llave de la comunidad es imposible hoy. La pita era nuestro portero automático pero a escala humana. Simbolizaba a una ciudad que quería ser puerto, pero sin abandonar el espíritu de la caleta.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 4 de agosto de 2019, página 13

 

 

 

 

Desierto

Le tomó tiempo al paisaje del Norte Grande acreditar como tal frente a la invisibilidad a la que le condenó el discurso oficial producido desde Santiago. El desierto definido como el lugar donde no hay nada, es decir como no-lugar, paso a paso, ha ido ganando su espacio en el imaginario nacional. Y no ha sido precisamente obra del Estado y de sus aparatos educacionales o turísticos, sino del mundo del arte, de la literatura. Hernán Rivera Letelier, por ejemplo, ha sido quien más ha insistido en situar sus historias en lo que él ha llamado el “desierto más carajo del mundo”.

Dos hechos íntimamente relacionados entre si, han ayudado a construir la idea del desierto de Atacama y por extensión el de Tarapacá. El masivo peregrinaje a la fiesta de La Tirana y la presencia de hombres y mujeres alrededor de la explotación del salitre, ambos fenómenos desde fines del siglo XIX. Chuzos y matracas han construido este espacio sonoro.

En el marco del X Congreso Chileno de Sociología y Pre-Alas, visitamos Humberstone y Santa Laura. Nos alegró ver el actual estado de esta oficina que en las décadas de fines del siglo XX,  era objeto de saqueo. Una gran labor del Museo del Salitre y del Estado que no debe cesar en su apoyo a este sitio de la memoria. Quienes nos atendieron demuestran una gran sensibilidad sobre este dispositivo que sirve para entender lo que fue la vida de los pampinos.

Los que nos acompañaban, franceses, alemanes, uruguayos, brasileños y chilenos del centro y del sur, entendieron la dureza de vivir aquí y sobre todo percibir el milagro de crear la vida donde el discurso oficial plantea que no existe. Visitar este sitio fue una clase magistral acerca de la épica y de la memoria.

El desierto para ellos, la pampa para nosotros en su dureza esconde una ternura que hay que saber deletrear. Esta inmensa pampa, acertadamente retratada por la llamada literatura del salitre, sirve como escenario de la vida y de la muerte, de las luchas obreras y de la necesidad de estar juntos.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 16 de diciembre de 2018, página 14.

Línea 3

Imposible no alegrarse por la inauguración de la Línea 3 del metro en Santiago.  Mas comodidad, más seguridad, menos tiempo para el desplazamiento entre una comuna a otra. Contentos.

Sin embargo, las regiones, sobre todo las del Norte Grande, las que llegaron tarde a constituir la idea de nación, vemos como estas mejoras en el transporte público para los santiaguinos, se constituye en una especie de bofetada. A la ya endémica desigualdad entre connacionales, se le suma la desigualdad territorial. Todo para Santiago, lo que sobra para las regiones.  Y este proceso tiene una larga data.

La elite radicada en la capital ha ido construyendo la nación, no desde las regiones, sino desde el centro. El Norte Grande en esta particular visión de las elites, sean del color político que sean, es visto como una colonia interna. Explotar rápidamente sus recursos naturales. Primero fue el salitre y ahora lo es el nuevo ciclo minero. Las ganancias a la capital.

Iquique es una ciudad-botín para las élites que nos explotan para asi financiar su calidad de vida.  Iquique, es una ciudad campamento que carece de una fuerte presencia del estado, de servicios médicos relativamente complejos, que no tiene buena educación. Y en el caso del transporte público mejor ni hablar. Se depende del genio del conductor, en este caso del colectivero.

Sabemos de las miserias que deben pasar quienes se desplazan hacia el sector sur, o bien a la población Jorge Inostrosa. No se debe leer esta columna como de alguien que se opone a la Línea 3. Al contrario, lo que hay reclamar, desde la inexistente sociedad civil local es un verdadero proceso de regionalización y desconcentración. No es posible que sigamos pensando que Santiago es Chile. No es tolerable que la elite piense que el país empieza y termina en el centro.

Vemos por la televisión santiaguina la calidad y belleza del metro. El contraste con nuestra realidad es para llorar. Es hora de que pensemos la ciudad entre todos, y que organizados como lo hizo la sociedad civil el año 1957, icemos nuestras banderas del agobio y de la protesta.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 27 de enero de 2019. página 8

Iquique eterno

Esta ciudad luce mejor a través de las fotos antiguas. Una ciudad en blanco y negro y que cuando quiere ensalzar su belleza se viste de sepia. Iquique debe vivir sin su partida nacimiento, sin esa cédula que afirma que nació un día, un mes y un año. Vivir así debe ser angustioso. Pero no hay vueltas. Aun no aparece esa acta que nos declare tan antiguos como los chinchorros, esos cazadores recolectores, originarios de por aquí. Jorge Checura Jeria escribió que esta ciudad fue fundada antes de 1776.

Para salir del paso, afirmamos nuestra doble cuna, la chilena y la peruana. Y si nos apuran un poco, la andina. El edificio de la ex-Aduana está ahí, vacío para recordarnos esa procedencia. Ni el fuego pudo con esa voz que nos recuerda, entre otros, a Alfonso Ugarte y ojalá a César Vallejo. Pero ahí está calato, esperando no se qué.

Iquique cada año se las arregla para tributar a sus mejores hombres y mujeres. Hijos e hijas Ilustres. Hay un caso curioso, pero merecidamente declarados ilustrísimos, madre e hijo reconocidos como tales. Doña Vicenta y su hijo Ivor. ¿Vendrá un nieto o nieta? Y con ellos, el gesto a los migrantes que hicieron esta ciudad de fines del siglo XIX. Italianos, Enrique Lombardi y Gloria Delucchi, y en veinte años más, un colombiano, un venezolano. ¿Por qué no?

Esta ciudad que duele y amarra, y que cada día pierde esa hermosura en blanco y negro, es una especie de puzle que le faltan piezas. Una suerte de Gran Ciudad con los dados perdidos o en muchos de los casos cargados. Una ciudad que se simbolizaba en la escoba en que las vecinas, en sus veredas, conversaban y de paso, dejaban impecable la calle. Doña Norma Carreño, la más ilustre.

Borges, el poeta, Jorge Luis, no vidente, escribió un poema que bien sirve para Iquique. Nos regaló La Fundación Mitológica de Buenos Aires. Y bien se sabe el mito no congenia con los historiadores, tal como Iquique no congenia con las actas fundacionales. Al igual que Buenos Aires, a Iquique, lo juzgo tan eterno…

Publicado en La Estrella de Iquique, el 10 de diciembre de 2017

 

 

 

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