Iquique, carnaval

Iquique fue emporio de riqueza y alegría, con sus carnavales únicos en América del Sur y del Centro. Comparsas de enmascarados impulsaban sus ingeniosos carros alegóricos entre murgas y charangas. Los «victorias» tirados por caballos recorrían las calles céntricas, cargadas sus cabinas con globos llenos de agua, que eran lanzados hacia los balcones de las casas y desde éstas contestadas con arma idéntica.

Tomado de La belleza del desierto, de Oscar Gómez Bustos.

Revista En Viaje, enero de 1960. Nº 315

Chilenito

La ciudad estaba poblada de hombres y mujeres que vivían, casi al margen. Dormían en las calles y se alimentaban de nuestra solidaridad. El Mercado Municipal era su catedral. Con el tiempo nos enteraríamos que cabían bajo el rótulo de personajes.  Tal categoría se le quitamos a la elite. Los médicos, los políticos, los abogados lo eran pero tuvieron que compartirlos con estos de carne flaca, ropa andrajosa y muchos de ellos, serios, muy serios. ¿Alguien vio reír al Familia luego de tocar esas piezas de jazz con cacho de toro en cualquier esquina de esta comarca que era de jazmín?

Hoy que el recuerdo es lo más seguro que tenemos, de vez en cuando, surgen los nombres de esos personajes. En la infancia se usaban para asustarnos, para comer verduras o  luche o bien para hacer las tareas. ¿Qué sabía de tareas la Tonta Juana? Su tarea era otra, sobrevivir. El verbo que mejor conjugaba era comer, dormir y beber.  Nuestra infancia estaba poblada de estos outsiders, que el poeta Ayala los inmortalizó en su libro Escupitario.

Los personajes como Chilenito que habitaron nuestra geografía urbana no murieron, desaparecieron. De la noche a la mañana o vice-versa, nos abandonaron. Dejaron de andar por el tramado ciudadano. La locura les robó sus nombres y sus apellidos. Se ganaba la vida repartiendo viandas. Una hábito que que ya no existe en el nuevo Iquique. Fue el primer Delivery, escribió José Ojeda. Y tiene toda la razón. La clave comunicativa era la pregunta: «¿Cuántas Chilenito?» y la respuesta era más que obvia.

Al Chilenito, Ernesto Bernal, lo encontré, en una de mis tantas visitas, en el cementerio 1. La solidaridad de la Sociedad Internacional de Artesanos lo acogió. De los otros, esos tantos y tantas, como La Loca de los Gatos, la Tonta Juana y el República, nos sabemos mucho. A falta de biografía les inventamos leyendas. ¡Cuantas Chilenito! Se comía las calles con su paso rápido. No vaya a enfriarse la comida. Desaparecieron, y este acto de escribir y de acordarnos de sus figuras, es quizás una especie de Misa de  Réquiem.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 1 de septiembre de 2019, página 13

Quelentaro

 

El patio de mi casa, se me hizo más bello, cuando escuché la Milonga para Celinda. Desde ese entonces mi madre, doña Haydée, se pasó a llamar, sólo para mi, casi en secreto, Celinda.

La infancia tantas veces cantada por Quelentaro, «que hambre más bonita  la  de la infancia», se me convirtió en un himno, tarareado, sin necesidad de ponerme de pie, y menos aún de tocarme el corazón. No hacía falta. Gracias a los hermanos Guzmán conocí ese sur que para los del Norte Grande, siempre es un misterio. Angol, no existiría sin el cantar de Quelentaro. Angol está en el mapa gracias a ese canto. Los hermanos Guzmán, oraron para que Judas se metiera al Congreso e hiciera lo que mejor sabe hacer.

El profesor primario que narra en una de sus canciones, nos hizo clases a todos. Gracias a él, enhebramos las letras y construimos prosas y a veces, con dificultad, versos. Don Alfredo Rosales Alarcón, se reencarnó en don Octavio Villarroel Coca. «Somos todos Lonconao».

Quelentaro construyó la mejor crónica musical del Chile mapuche y campesino. Nos habló de la patria desde la provincia. Nunca le «pudieron abajar el canto» ni la muerte.

Nos dejó ese verso preciso y contundente, escudo protector «Voy a jugar al olvido y apuesto que te gano».

Iquique, 28 de agosto de 2019.

Bernardo Guerrero Jiménez

Sociólogo y Doctor en Ciencias Socioculturales por la Universidad Libre de Amsterdam, es Profesor Titular de la Universidad Arturo Prat de Iquique, Chile.  Dicta las cátedras de Teoría Sociológica e Identidad Cultural.  Ha publicado un sinnúmero de libros además de artículos en revistas científicas especializadas.  El estudio de la religiosidad popular, la literatura, el deporte y la música, lo han convertido en un experto de la identidad, la memoria y el patrimonio.  Destacan entre sus publicaciones, los tres tomos del “Chumbeque a la Zofri” en donde hace un completo estudio de las transformaciones de la ciudad de Iquique.  Desde el año 2000 publica semanalmente columnas en la prensa local y desde 1992 dirige la Revista de Ciencias Sociales de la Universidad Arturo Prat.  Dirige también el Instituto de Estudios Andinos «Isluga» de la Universidad Arturo Prat y actualmente preside la Fundación CREAR en la ciudad de Iquique.

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