Diván

El así llamado estallido social ha llevado al país al diván. Cual paciente atravesado por problemas no resueltos, protegido por máscaras y disfraces, ha tenido por la fuerza de la calle, que asumir que el único oasis que hay en Chile, es el de Pica.

Había un país que nunca más volverá a ser el mismo. La calle fue el espejo en que nuestras miserias quedaron al desnudo. Un espejo quebrado por la desigualdad. Los miles de estudios sobre la desigualdad, la pobreza multidimensional, entre otros, sirvieron para avivar la hoguera del descontento. El país más gris de América Latina, al que mejor le iba, el más neoliberal, quedó tirado en el diván de la calle.

El país está en proceso de exorcización y no sabemos muy bien en que parte del camino nos encontramos. Es, en todo caso, un largo camino. Desnudadas y agudizadas  nuestras desigualdades nos tomará mucho tiempo construir una nueva idea de Chile. Y sobre todo una convivencia basada en el respeto en la que, por ejemplo, la palabra roto, no tenga la carga peyorativa que posee.  Y que ser de la «pobla» sea motivo de orgullo y no un estereotipo.

En el diván en la que nos encontramos hoy, es una oportunidad para ahuyentar nuestros más atávicos fantasmas. Las calles, las marchas masivas y pacíficas, la plaza rebautizada,  constituyen el acta bautismal de un nuevo Chile.

El divorcio entre la elite política  y el pueblo, el peligro del pensamiento único (el que no piensa como yo es mi enemigo), las redes sociales ardiendo,  la violencia callejera son temas que hay que asumir con responsabilidad. Las demandas, todas justas, pueden verse deslegitimada por los saqueos que afectan en mayor medida a los más desposeídos.

Sin embargo, necesitamos gestos políticos. Y el fundamental debe hacerlo el presidente. Es su deber y su responsabilidad. Los problemas políticos tienen soluciones políticas y no meramente económicos. La actividad política está llena de gestos. Ha pasado mucho tiempo y seguimos esperando esa cadena nacional, que nos libere y nos de tranquilidad y que nos levante del diván, aliviados.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 8 de diciembre de 2019, página 12

Gatica

El Estado deja a un joven sin sus dos ojos. Lo priva de ver el amanecer, el atardecer y otros milagros de la vida como el espejismo en el desierto o lo que queda de una Oficina Salitrera. Nunca más verá una montaña, un lago o un cóndor sobre el volcán Isluga. Se le han arrebatado los dos luceros que la Violeta Parra atesoraba porque le permitía ver al hombre que amaba.

El Estado el encargado de protegernos le ha arrebatado el don de distinguir entre lo bello de aquello que no lo es. Le ha cercenado el placer de capturar el horizonte y sus estallidos como escribió el poeta Alberto Carrizo. ¿Quién le disparó y en qué estaba pensando mientras activaba la noche eterna?

Jorge Luis Borges se hizo ciego en forma paulatina y por cierto dolorosa. Mi amigo Marcos Aguirre hizo casi el mismo camino. A ambos se le privó el placer de observar. A Gustavo Gatica, de la noche a la mañana el Estado le canceló la maravilla de abrir y cerrar los ojos, de pasar del sueño a la vigilia. Borges decía que su ceguera era modesta. Y que los colores que más extrañaba era el rojo y el negro. Marcos Aguirre tiene su propio calvario, pero su mujer le pinta el mundo de colores.

Gustavo no verá el país por el que se sacrificó. Y que ojalá sea el pretendido, el soñado, el luchado. Los ojos de Gatica mutarán en aquellas flores de papel que ofrendan la memoria de los sin nombres que habitan las tumbas del Norte Grande. Sus ojos serán la copiosa lluvia de ese húmedo sur que Neruda canta y celebra.

Tiempos revueltos en que la lucidez y la cordura no son parte del paisaje. Hay muchos que tienen ojos pero no quieren ver. A ese país de los ciegos, Gustavo Gatica no pertenece. No verá nunca más, pero la lucidez, esa que brota del dolor, no de la rabia,   lo acompañara a ver una nueva aurora y a derrotar a Ares el dios de la guerra.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 1 de diciembre de 2019, página 12

Rayar la cancha

 La cancha en la que estábamos mal viviendo no responde a las exigencias del Chile actual. Fue una cancha rayada en los años 80 por unos pocos. Y su rayado obedecía a la lógica de ganar siempre. Y en el caso de no suceder, se acudía al Var, en este caso al Tribunal Constitucional. Una especie de tribunal de la Inquisición.

Las naciones cada cierto tiempo deben hacer un alto en el camino y preguntarse si las reglas del juego cumplen su función: jugar en forma democrática. En otras palabras que la cancha esté parejita. La actual Constitución garantiza el derecho de pocos y a la mayoría los deja en estado de indefensión. Los que siempre han perdido, piden cambiar las reglas. Entienden y entendemos, que una sociedad democrática cabemos todos, pero no de un modo desigual. La nueva Constitución no va a solucionar todo los problemas. Quien crea que eso es así, se equivoca. Garantiza eso si, si su origen viene desde abajo y en forma participativa, que nos sintamos comprometidos.

Necesitamos un nuevo rayado de cancha para jugar entre todos.  Cuando jugamos en conjunto nos conocemos. Los cabildos han servido para eso, para vernos las caras y saber que tenemos problemas en común. El barrio es una especie de Chile a nivel micro. Pero necesitamos cholearnos, mezclarnos con los que tienen más y así de ese modo, hacerles entender que precisamos un nuevo pacto, un nuevo rayado que rija nuestra convivencia.

Hay que imaginar una nueva idea de Chile acorde con los tiempos en que vivimos. Y hay que hacerlo a través de las regiones. La centralización santiaguina no da para más.

Chile, cada cierto tiempo, ciclos históricos le llaman, necesita repensarse e imaginarse a si mismo, y de paso proyectarse a, por los menos 30 años más. La Constitución de  los años 80 ya no sirve, ya sea por su origen antidemocrático y porque el país no soporto más. Es un traje parchado que ya no es presentable. El pueblo necesita un nuevo traje, pero el diseño del mismo, debe ser obra colectiva y participativa.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 25 de noviembre de 2019, página 13

Lombardi

No lo conocí mucho. Éramos de generaciones diferentes y pertenecíamos a dos Iquique también diferentes. El apellido Lombardi y de eso no cabe la menor duda, es uno de los clásicos de esta ciudad. Su padre un cirujano nacido en Tacna, se ganó el cariño de la ciudad y que se abrió paso en su profesión con invención y vocación. Ser cirujano en una sociedad como la nuestra no era tarea fácil, sobre todo en plena crisis pos-salitrera.

A Enrique lo conocí en los tantos lanzamientos de libros que había en Iquique. Siempre estaba en primera fila, sonriente y amable, un rasgo heredado de su familia y que no compra en la botica. En el Círculo de Lectores de La Estrella coincidimos más de una vez. Pensábamos distinto, teníamos interpretaciones a veces encontradas acerca del pasado y presente de nuestro querido Iquique, pero nunca nos dejamos de saludar.

Su casa de la calle Serrano, tal vez la única que queda en pie en tanto casa residencial, siempre fue una referencia. Tenía un olor a limpio y una inmensa mampara. Era un buen lector, busquilla y preguntón. Una vez me invitó a dar una charla a los rotarios de la calle Aníbal Pinto. Hablamos de esto y de aquello. El humor siempre estaba presente. Le recordé de la intervención que el Rotary había hecho en la plaza Arica en los años 40 y de repetir esa acción. Lo hicieron y se lo agradecimos. Practicó la natación y el waterpolo como se estilaba en esos años, seguro que con un traje de baño marca Catalina.

Siempre lo vi con trajes claros como la primavera de esos años en que ser joven en Iquique era pasearse en la plaza Prat, escuchar las delirantes historias de Che Carlos, gozar de la música en la chancha del Murex, y por cierto, enamorarse socráticamente de una muchacha.

Iquique, noviembre de 2019.

 

Gary, amigo

Dos veces consecutivas levantando esa esquiva copa, la de América,  Rompiendo el monopolio del Río de la Plata. Acostumbrados a eso de que la copa se mira y no se toca.

La roja de todos nos unían en ese lindo opio que es fútbol. Pero a la larga, ese opio no era más que apio, un alimento de innumerables propiedades. Era lo único que nos cohesionaba como chilenos, o casi.

La roja con camarín dividido dio, por fin,  en el tono. Bajo la batuta del Gary ese que inventó la palabra chispeza y que no se olvida de donde viene, se concentró en Pinto Durán, y sin vestirse de corto, sin acudir a los miles de analistas políticos que desfilan por la TV, sin negociar premios, decidieron no jugar. Le dijeron no a la Fifa, no a la Anfp, no a los sponsor. Hicieron un círculo y con la lucidez del Gary y de Charly, dijeron Si a la lucha de los miles que sobran en este país.  País hecho a imagen de la  élite que tiene menos calles que la Venecia inundada.  Y que jamás entenderían la fiesta de La Tirana.

El Gary se mandó esta frase para el bronce: «Hay un partido más importante que es el de la igualdad». El empate, a veces, es bueno, sobre todo en el Chile de hoy.  El Gary puso la pelota en el suelo, y sobre ella su autoridad.El estallido de octubre no dejó a nadie en ese cruel territorio de la neutralidad que a veces se viste de apoliticismo.

La roja es una vez más la de todos. Ya vendrá Qatar. Si llegan a ese extraño país en ese lejano mundial, sus triunfos serán mayores.

La cancha de este país será un poco más pareja. El viejo que va a la galería tendrá, espero una mejor jubilación. Remedios más baratos.

Necesitamos más Gary y en todos los deportes.

Ya están en la historia del fútbol, pero le faltaba el lugar en la historia grande. Gary tiene calle, carácter, agallas y sobre todo buena memoria. No se olvida de donde viene.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 19 de noviembre de 2019, página 13

1957

 

La crisis de salitre dejó al Norte Grande en una gran orfandad. El estado central, lisa y llanamente se olvidó de este territorio cuyas riquezas alimentaron a todo Chile. Desde el 1930 al 1960, la ciudad trataba de sobrevivir. Muchos la abandonaron en búsqueda de mejores perspectivas. Comerciantes, deportistas, y por cierto obreros que regresaron a sus tierra de origen, desenganchándose. Un dato importante, la iglesia Anglicana de la calle Orella, en lo que se conoció como el barrio inglés, cerró sus puertas. Santiago, a través de su elite otorgaba paliativos para la crisis. En la década de los 50, se anunciaban proyectos mineros, explotación de gas, petróleo y la famosa fábrica de cenizas de soda, entre muchas otras. Incluso se hablaba de que los japoneses iban a comprar el cerro Dragón para producir porcelanas. Espejismos, por cierto. A través del deporte, protestábamos contra el centralismo, ganando casi en todo.

La sociedad civil iquiqueña hacía notar su descontento. Gozaba de una organización cuya transversalidad era su común denominador. Sólo el intendente y por razones obvias, no participaba. Cansados de tanto esperar, organizaron uno de las protestas políticas  más osadas que se recuerde en nuestra historia reciente. Luego de muchas reuniones, muy parecida a cabildos, decidieron que el 21 de mayo de 1957, la ciudad amaneciera con la bandera nacional a media asta. La fecha, demás está en recalcarla, señala el comienzo de la anexión de Tarapacá y Antofagasta a Chile. La bandera arriada a la mitad del asta, pone en entredicho la arenga de Prat. El estado central reaccionó como siempre, impuso el estado de emergencia. Arguyó: «relajamiento patriótico». Los dirigentes, que no eran comunistas ni muchos menos, fueron apresados y sometidos a juicio. El diario El Tarapacá, se hace cargo de narrar esta situación. Lo anterior hizo que el diputado Juan Checura afirmara que Iquique, era la Cenicienta del Norte. La interpretación es evidente. El estado central, la madrastra, nos explotó cuanto pudo. Pero a diferencia del cuento, del príncipe nunca se supo. Aunque de vez en cuando, aparecen por estas tierras quienes pretenden hacernos creer que han encontrado el zapatito extraviado.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 10 de noviembre de 2019, página 13

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