A La Tirana, a pie

La fiesta de La Tirana forma parte de nuestra vida cotidiana, sobre todo la de los barrios populares. Se esperaba con ansias la fiesta y los preparativos eran meticulosamente organizados. Muchos jóvenes hasta el año 1973, emprendían el viaje desde Iquique a La Tirana, a pie. Una aventura, un desafío, tiempos que en la carretera no había que pagar peaje, con una Cuesta del Toro que cobró cara la osadía de conductores. Salían de Iquique por la noche, se subía por Zegers y la primera estación a conquistar era Alto Hospicio, vía los zig-zag. Las linternas eran objetos de lujo, lo mismo que la ropa para enfrentar la noche pampina. A lo sumo pantalones largos de franela, esos que usaba John Wayne. Había pisco, eso si.  La mochila era una extravagancia. De zapatos especiales, ni hablar. Cantimplora sólo se veían en las películas. Marraqueta con mortadela con suerte.

Pero no se estaba solo. Grupos de otros muchachos andaban en lo mismo. Se gestaba una solidaridad mariana. Había que llegar a Pozo Almonte. Prohibido hacer cortada de camino, empamparse era una posibilidad cercana. Las casitas de hojalata con una pequeña cruz daban cuenta de ello. Se llegaba con suerte y mucho cansancio a Pozo. Muchos iban por manda. Llegar a La Tirana era una demostración de vigor, fuerza y voluntad. El desierto imponía sus reglas. Se sentía en la soledad de la pampa, los bombos de la fiesta. El andante, respiraba con optimismo. El peregrino, en su viaje, conversa consigo mismo. Al llegar al pueblo, sorteando la camanchaca y pisando fuerte en la chusca, se iba en busca de abrigo. Una sopaipilla era un manjar. Un café, un brebaje que te devolvía el alma al cuerpo o viceversa.

Luego del golpe de estado del 73 se acabó esta tradición. Hoy se hace desde el cruce al pueblo. Los caminantes son asistidos, le dan agua y siguen su camino. Los que hicieron esos viajes desde Iquique a La Tirana, deben tener miles de historias.

Fotografía: Rodrigo Orchard

Publicado en La Estrella de Iquique, el 12 de julio de 2020, página 13

Siberia

La matinée tenía su pedagogía. Del cinemascope encontramos varias referencias. Cuando los buenos y lindos de la película se besaban, los de la galería gritaban “gol”. El erotismo se manifestaba bajo el canon del relato futbolero. Alguna película soviética se habrá exhibido, esas que muestran el crudo invierno, para que uno de los nuestros bautizara como Siberia a ese lugar del sector norte. No había nieve por cierto, pero si arena, piedras y un conjunto de casas de cemento y madera, en la que vivían algunos ferroviarios.

Al igual que la Siberia rusa, la nuestra quedaba donde el diablo alguna vez perdió el poncho. Y había una cancha en la que los zapatos de fútbol, esos con puentes, se enterraban, como las botas de los campesinos en las tierras de Tolstoi y Lenin. Allá el frío te calaba los huesos, aquí el calor te hacía soñar con esos espejismos con que el desierto suele jugar con los sedientos. Un vaso de chicha era el objeto más deseado.

Para llegar a la Siberia había que pasar por la fábrica de cal y bajar el barranco,  eludir el ojo de mar y girar hacia el cerro. No había Zofri, menos cambio de volante. Llegar no costaba mucho. Regresar era duro.

La memoria de mi tía Yiya me documenta. Unas 18 casas donde vivían maquinistas, chóferes y carrunchos. Hay que ubicarse en la década de los 40. Obreros y empleados  como Segovia, Durán, Herrera, Trujillo y Silva entre otros habitaban en ese “condominio” de dos corridas de casas pintadas de color amarillo. No eran casas muy grandes, pero los patios eran inmensos. Había un policlínico.

Las tres hermanitas Jiménez y los dos hermanos Durán vivieron ahí.

No hay muchos rastros de ese conjunto poblacional. Ojalá que algunas fotos amarillentas circulen. ¿Sabrá la KGB que los iquiqueños tuvimos nuestra propia Siberia? Los que jugamos alguna vez al fútbol en esa arenosa cancha, tuvimos una experiencia inolvidable. Sobre todo si defendimos al Manuel Astorga, un club de corta vida, cuyo presidente, el bombero de la 8, Romualdo Álvarez, le sirvió para realizar uno de sus sueños fundacionales.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 5 de junio de 2020, página 13

Muere un gigante

Perteneció a la generación dorada del baloncesto chileno  que duró veinte años. Los iquiqueños, obviamente, contribuyeron. Un conjunto de jugadores que tal vez nunca más veamos. Uno de ellos Juan Benito Ostoic Ostoijc, nacido en Huara el año 1931. En Iquique jugó fútbol por Maestranza, béisbol por Remache, atletismo por la Academia y waterpolo por Boca Juniors. Pero el básquetbol lo cautivó. Y como la cancha del Chung Hwa le quedaba a la vuelta de su casa, se hizo oriental. Aprendió del Pibe Cepeda y de don Alfredo Chung Carpio, los secretos de este deporte inventado por los gringos. Se tuvo que ir de Iquique. No había entonces universidad donde proseguir estudios. En la capital lo esperaba los basquetbolistas que sabían que era un diamante. Lo cuidaron y lo orientaron. Gallo, Cordero, Ledesma, Mitrovic, entre otros. Mal que mal fueron olímpicos en Londres. Tuvo varios sobrenombres. A los 18 años, se convierte en el jugador chileno más joven que asiste a un mundial. Chile sale tercero en Buenos Aires. Luego va a Helsinski (1952) y a Melbourne (1956). En Finlandia obtiene el quinto lugar. En Santiago  se convierte en profeta. Anuncia: “Nunca más vamos a ir a una olimpiada”. Hay un partido histórico para el básquetbol. Iquique con la selección chilena. Venían en gira y le ganaban a todos. Los nuestros jugaron con Montealegre, Ostoic. Se empató. Había que dirimir. Golpean el camarín y bajo las órdenes de Juan, no se presentan. Era un líder.

Su muerte me pilló desprevenido. En edición está mi libro Gigante de Tarapacá, que narra la vida de este largilucho hombre, dotado de buen humor y de una cantidad de anécdotas imposibles de contar. Hizo puzzles y en uno de los casilleros pone Indio Iquiqueño y deja siete espacios. Nadie lo pudo llenar, excepto nosotros, era Ledesma el olímpico y también mundialista, jugador de La Cruz. El año 2011, nos visita en nuestra sede y cultivan la nostalgia con Manuel Silva y Humberto Diomedi. En Iquique siempre jugó por el Chung Hwa, pero la extensa familia del baloncesto lo quiso como se lo merecía.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 28 de junio de 2020, página 11

Juan Díaz

1935- 2020

Nunca le pregunté porqué de su apodo. Hay apodos que no necesitan ser explicados, interpretados si. Pero, era un caballero, tanto en el ring como fuera de él. Se formó en el Manuel Sánchez, cuando en Iquique, ceñirse el cinturón de campeón nacional no era nada de fácil. Estuvo en las olimpiadas de Roma el año 1960. Para ir tuvo que vencer nada más ni nada menos que al gran Mario Gárate. En los campeonatos de los barrios su categoría era la “mínima”. Era esbelto y pequeño. En pluma fue campeón chileno y latinoamericano. La prensa lo calificó de estilista y la revista Barrabases dijo que “era un artista del ring”. Por lo mismo, no era un fajador, era un boxeador. A los 14 años, lo hacen pelear en un preliminar. Le pesaban los guantes y los pantalones le quedan grandes. El plato de fondo Humberto Loayza con Arturo “Huaso” Guerrero (abuelo de Arturo, joven promesa de Deportes Iquique). Ganó Juan y el Huaso. Hizo cerca de 120 peleas, la mayoría la ganó por puntos y otras, las menos, por la vía rápida. La prensa le decía el “Negro”. Y era que no. Tenía el color de los de acá, el mismo del Tani y que su hijo Eduardo luce con orgullo.

La década de los años 50 fue la suya. La de esas noches en el Caupolicán, en que ver pelear a un iquiqueño bastaba para compensar el precio de la entrada. Rendich, Godoy, los Loayza, entre tantos otros lo acompañaban. ¡Con esos seconds!

Se hizo de la Fach y en esa condición defendió los colores de la Aviación.

Los deportistas y en especial los boxeadores eran nuestros embajadores en Santiago. Lo avalaba la tradicióninaugurada por Mosca, Mery, Loayza y Godoy. No era nada de fácil subirse al cuadrilátero. La última vez que lo vi, conversamos en Baquedano. Siempre elegante. Nunca hizo alarde de su historia.

Escribo en pasado ya que nuestro Juan Díaz nos dejó. No lo salvó la campana. A decir verdad, nunca la necesitó. Los años lo fueron consumiendo. Estaba a punto de cumplir 85 años. ¡Avísale Chucheta!

Publicado en La Estrella de Iquique, el 21 de junio de 2020, página 11

Igualito

El cine en todo lo ancho de su pantalla puso en el imaginario urbano figuras a quienes se le admiraba. Héroes o villanos, hombres y mujeres, parecían arrancarse de los límites de la pantalla, para empezar a vivir su vida en el barrio. En Iquique, ciudad donde todo es posible, por los arrabales con veredas de madera, había un Carlos Gardel. Y por cierto una Libertad Lamarque. El que se creía igualito al gorrión del Río de la Plata, se mandaba a hacer sus mejores trajes. Usaba gomina y zapatos lustrados. Con el pañuelo al cuello y ya.

El cine de terror nos heredó a varios Boris Karloff. El más famoso vampiro Christhofer Lee encontró a más de un imitador. Un taxista, en su tarjeta de identificación, lucía como segundo nombre los del Principe de las Tinieblas: «Es que a mi padre le encantaba ese actor».

Muchas mujeres jugaron a ser la Doris Day y las más osadas a la Claudia Cardinale. Lo mismo sucedió con los cantantes. Naslo Nicolich generó varios gitanos entre ellos a Kike, el gitanillo. Los Sandro se multiplicaron al igual que los Yaco Monti. ¡Ni que hablar de la Rafaella Carrá! El cine francés produjo a nuestros Alain Delon y Jean Paul Belmondo. Borsalino” y “El tulipám negro” fueron películas mil veces vistas. Los Clark Gable y Leo Mariní inspiraban a más de un tío ferroviario. Ignoro si hay un Di Caprio o un Brad Pitt por las calles de Iquique.

En los años 50 a uno del Matadero lo bautizaron como Mickey Roony. Un viejo boxeador que peleó con el Tani le pusieron Anthony Quinn.

Del cine se extraían los modelos a seguir. Pobre de que tuvieran un mechón blanco. Era rebautizado como Miguel Aceves Mejia. Los Cantinflas y Resortes abundaron. Un cuidador de la vieja Casa del Deportista se ganó el apodo de Monje Loco. En Victoria había un Gallo Giro que ahora vive en Macaya. El italiano de la calle O´higgins, que vende pizza, fue confundido por un galán del western spaguetti. A los feos le ponían por apodo Jack Palance.

Cuando sonaba la canción Venecia sin ti, muchos creían que las góndolas a las que se refería el armenio, eran las nuestras. Un igualito a Jimmy Carter, aprovechando la franquicia, le puso a su negocio el nombre del presidente de los Estados Unidos.

La señorita Otilia de la 6, era nuestra Gabriela Mistral. Un viejo entrenador de básquetbol se ganó el apodo de Dan Petersen. Terminó mimetizado con el gringo. El paisaje urbano parecía Hollywood. Beatriz Lioi parecía actriz de la matinée.

La matinée modeló nuestros hábitos y cultivó un imaginario cinematográfico con esas interminables rotativas, sobre todo de Tarzan. De ahí nuestro querido Jaime “Chita” Silva. Todos esos cines se los tragó el fuego, al parecer justo en el momento en que Nerón quemaba Roma.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 14 de junio de 2020, página 11.

Esta versión que usted lee es la ampliada de la que aparece en la prensa hoy.

 

Liceanos

 

 

Para ir a la universidad había que pasar por el liceo. Eso creíamos. En esos tiempos de hombres exclusivamente. El viejo edificio de madera que se echó abajo, sin mediar razones patrimoniales, tenía un aroma a pino oregon, a petróleo y a veces a baños tapados. Por Baquedano había un armatoste de fierro donde se amarraban las bicicletas. Un salón de actos con gradas, un laboratorio de química heredero de alquimistas.

El patio era el lugar festivo por naturaleza. No faltaba quien desde el segundo piso inflaba un preservativo y lo lanzaba a los aires, como quien eleva una cambucha. Los más grandes a punto de egresar, hacían sentir su autoridad. Eran los dueños de ese latifundio de asfalto y madera. Las dos escaleras que llevaban al segundo piso no eran inocentes. Abajo un puesto, en este caso del Fichero, que vendía sopaipillas y otros embelecos para calmar el hambre. Docentes diversos. El charro Aguilera, profesoras serias como ninguna. Los libros de clases contenían nuestra historia en forma de anotaciones, algunas prefiero olvidar.

En esas salas cabía la diversidad. Y hay que decirlo cierto racismo y homofobia. Pleitos entre estudiantes que se solucionaban en la playa al final de la calle Orella. ¿Fue hermosa esa época? Si, porque sólo guardamos los buenos recuerdos, los malos van al sótano del olvido. Paseo de fin de año que siempre terminaban en Chanavayita, aunque en marzo, la idea era ir a Paris. Amistades para toda la vida. Estuve en el 4 A y egresé el año 1972, humanistas todos. Nuestro profesor de filosofía era Humberto Lizardi encontrado el 2 de junio de 1990 en Pisagua, amarrado y baleado. Desde hace más de treinta años nos juntamos una vez al mes, bajo el amparo de Manuel Castro y de la María. Lanzamos el trompo de los recuerdos y contamos casi siempre las mismas historias.

Siempre se es liceano, una institución republicana, democrática y plural. Cada vez que paso por ahí, recuerdo el lugar donde amarraba mi bicicleta y echo de menos esa casona de madera que no supimos poner en valor.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 7 de junio de 2020, página 11

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