Juan Jacob.

 

Cuando iquique era una ciudad de calles abiertas y los barrios tenían fronteras amigables, nos desplazábamos de territorio en territorio. Aprendimos, no en la escuela, palabras en inglés: wing, pivote, catcher. Los wines jugaban en la cancha del Iquitados, los pivotes en la plaza Arica y los catchers en la cancha del Sipt. Habían oncenas, quintetos y novenas. Uno de ellos nos acaba de dejar, Juan Jacob, seleccionado chileno de béisbol. Fue además waterpolista y en tal condición dos veces vice campeón de Chile.

Tremendo catcher y jonronero. De la calle Serrano, fanático de Los Beatles y amable como las olas de Cavancha, playa en la que junto a su compinche jugaba a las paletas, reactualizando viejos lances entre Academia y Crisol. No voy decir quien ganaba siempre, pero doy sus inciales: J.J. Jonronero era la traducción que se hacía en Chile del home run. Aquel que bateaba tan fuerte que a veces la pelota salía del estadio. Un cura canadiense, Marcelo Quirión, defendiendo a Iquique fue bautizado como Mr. Home Run.

Serrano era una calle con sonido a bate de béisbol. Juan Valencia Hinojosa, Mario Ruiz, los Jacob y los Chung, más abajo Eduardo Correa. Errázuriz al norte, los Zagals, al sur los Astorga. Oscar Gómez su presidente de casi toda la vida. Don Marcial Coca y el chico Reynoso, emblemas. Todos éramos crisolinos. El negro Salomón y el loco Guayo, además jugaban basquetbol por La Cruz. El pinpon fue también otra actividad importante. Mario Ruiz, uno de sus estandartes. El más viejo del Crisol que aun nos acompaña es don Pedro Zagals, en cuya casa se fundó el Crisol.

De niño nos impresionaba Juan Jacob con su lunar en la cara. Imponía respeto por lo caballero que siempre fue. Su hermano trató de enseñarnos inglés que tanta falta me haría después. Además dejó una profunda huella como profesor. Prueba de ello son los posteos en las redes sociales, una vez que se supo que viajaba a otros diamantes. Nunca supe cual canción de Los Beatles era la que más le gustaba.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 16 de febrero de 2020, página 13

Mara Corona

 

¿Se acuerdan de la Mara Corona? Los recuerdos vienen de esas noches de baloncesto en la Casa del Deportista. Mujeres tras el balón que nos regalaban espectáculos que nos alegraban esas noches de tedio cuando Iquique se inundaba de ese perfume que vomitaban las pesqueras y que aceptábamos con mariana resignación. Jugadoras como Silvia Fajardo, Luisa Palacios, Estela López, Emma Solar, Patricia Báez. Y por cierto de la Mara Corona. Jugaba de defensa. Base se dice hoy.

Hermosa. Nos cautivaba además por su fuerza y efectividad cuando defendía los colores del Eloy Ramírez Ugalde (1905-1989). Un club que llevaba el nombre del ex alcalde comunista que luego del 11 de septiembre estuvo en Pisagua, por segunda vez. El timbre de ese club desapareció. No había que dejar huellas.

El Eloy Ramírez pasó a llamarse Concepción. Luego desapareció. Nadie sabe donde estás los uniformes, los trofeos y las fotos. Su color era el lila, obviamente. Jugó además por Hermanos Gallardo.

Las mujeres como la Mara inspiraron leyendas que como tal pueden ser ciertas. Una de ellas, afirma que el cantante argentino Luis Grillo en un Show 0007, le dedicó una canción. «Lisa ya no eres tú». La otra, que fue la única jugadora de básquetbol, al menos en Iquique, que hizo un autogol. Comprensible por cierto. En plena lucha por encestar, adrenalina al tope, instinto de matadora, la metió en su propio cesto. Corrió a celebrar y tardó escasos segundos, en darse cuenta que todos estaban callados, perplejos. Se había inscrito en la historia nunca contada del básquetbol femenino iquiqueño. Los que estaban ahí dicen que fue en el aro que daba a la calle Serrano, que estaba escoltada por las inmensos cuadros del Tani y de Godoy.

El Peta Castillo, histórico de Alas Negras, me cuenta de su muerte. Me dice: todos estábamos enamorados de ella. Le hacemos el coro a Luis Grillo: «La primavera ha pasado/¿Quién sabe la vida?/ Comience así/ Amor que viene del viento/Se va para siempre/ Y no vuelve más».

Chau Mara, los de La Cruz, te saludamos. Y ponemos un crespón negro en la ancha memoria de nuestro baloncesto.

Publicado en 12 de febrero de 2019

 

 

 

Mi amigo Cayo-Cayo

 

Hay difuntos inolvidables y mi amigo Cayo-Cayo es uno de ellos. De sorpresa, como siempre, la muy cobarde parca se llevó a mi amigo Cayo-Cayo. Dicen que en el sueño, sin embargo, lentamente se había retirado de las calles de Iquique, que no es más que otra forma de comenzar a morir.

Cayo-Cayo se caminaba las calles de Iquique con humildad única. Con manos en los bolsillos de su chaqueta azul, con su paso seguro, franqueaba los hoyos de nuestras veredas y saludaba a cuantos se le cruzaran por su camino. Jamás negó un saludo y menos una sonrisa; esa que le nacía de su más profunda inocencia, la regalaba como un pan a los pobres.

Cayo-Cayo tenía el don de la ubicuidad, cualidad sólo permitida a los hombres como él. Estaba siempre donde nuestras miradas lo buscaban: a un lado de la Casa del Deportista o en su trabajo de la calle Orella abajo, al lado del Liceo de Hombres, lavando autos.

Cuando nací Cayo-Cayo ya andaba recorriendo las veredas de maderas de ese Iquique antiguo, que a veces echamos de menos, como ahora lo echamos de menos a él. Ya andaba dándoselas de «paco» cuadrándosele a medio mundo, puntual y riguroso con la mirada perdida en no sé que inocencia permanente. Ya se le cuadraba a Arturo Prat en la Avenida o nos saluda con ese grito con la boca torcida, imitando quizás un silbato de guardián del orden público.

Hablar con el Cayo era acceder a una entramada red de significados que requerían previa traducción. Para lograrlo la memoria colectiva iquiqueña era la mejor llave. Los coterráneos ligados por un cariño especial al Cayo-Cayo no tardaban en darnos las claves. Ahí supimos entonces la importancia que Huara tenía para él, una especie de Macondo en su universo interior. Huara vivía en su fantasía como una dato más que real. Era su paralelo y su longitud. Su punto cardinal. Cerraba sus ojos, pero no su mirada y alzaba el vuelo por sus pampas.

Tuve la suerte de invitarlo a mi despedida de soltero. Llegó con su alegría de siempre y con su mirada de niño grande que se sabe cómplice de rituales machistas. Bailó, y hay que decirlo mas que por moralismo, para evitar estereotipos, que no bebió, si fumó. Tímido como él solo, habló poco, mas notamos que estaba feliz como sólo él sabría estarlo.

Cayo-Cayo en su inocencia no reconocía jerarquías ni cosas por el estilo. Una mañana, al frente de Impuestos Internos, hablando con él, se nos acerca un alto personero de la Zofri. Le presento a Cayo-Cayo, y éste, generoso y amable como buen iquiqueño, le aprieta la mano, y con una candidez repleta de respeto le dice: «Qiubo desgraciao». No había ofensa. Lo que sucedía era que para él no habían corbatas de seda ni ternos que marcaran las diferencias. Todos éramos iguales, aunque fuéramos desgraciados. Se dio la media vuelta y con sus tarros a cuestas desenredó el camino a casa. Cuando fui con Jaime Castro a verlo al hospital lo encontramos inconfundiblemente delgado, pero era el Cayo de siempre. Al vernos nos espetó su «Qiubo desgraciao». Repasamos la amistad, la re-escribimos y la encumbramos más allá de la muerte. Sabíamos que se nos iba, como se nos han ido muchos.

Cayo-Cayó nos dejó con una especie de mueca de dolor. Ahora muchas calles estarán más solas, y ya no tendremos a quien saludar con la complicidad que él sabía fabricar. Te debo el último adiós, cayo-cayetano como te decíamos, Mateo por nombre original, Cayo para todos los iquiqueños. Bienvenido a Huara, que, lo sabemos, es tu paraíso.

Publicado el año 2014

 

Guido Marinkovic

 

Lo conocí en esa tienda de música donde se vendían vinilos y cassettes. En las esquinas de Latorre con Vivar. Un amplio espacio tan amplio como la sonrisa y la bondad de su dueño. Siempre elegante como eran los iquiqueños de antes: bien afeitado, bien peinado, paltó y zapatos lustrados.  Compré un LP que se llamaba «Jairo canta a Borges» una joyita que escucho al escribir esta columna.

El personaje en cuestión se me revelaría tiempo después cuando supe, tal vez por Mario Cruz, que era el ideólogo de Los Bingos, un grupo musical que compuso la cumbia al Chapulín Colorado, entre otras canciones. Para entonces la tienda cerró y se me perdió de vista aquel señor.

Nuestra identidad y patrimonio se construye también a través de la  música popular. Investigando, Los Bingos aparecen de nuevo. Preguntando llegué a cuenta que el señor que vendía esas joyas musicales era el arquitecto del grupo. Guido Marinkovic Jofré, sus señas.  Hablábamos cada vez que podíamos y seguro que lo molesté con tantas preguntas. Nunca perdió la paciencia y me trataba, y es lo que soy, como un aprendiz de muchas cosas.  En la rica y variada  historia de nuestra música popular, Los Bingos ocupan un lugar de privilegio. Junto a Mario Berríos se nos ocurrió grabar el CD Las Canciones del Chumbeque a la Zofri, un derivado del libro, tal como lo fue la obra de teatro y las danzas del Kirky Wayra. Le entregamos una canción para que la grabaran. Pero, en esas reuniones de la calle Manuel Rodríguez, ritual de Los Bingos, decidieron componer una canción especial. Una noche de invierno en  Correo y Telégrafos, repleto de nostalgias, interpretaron un bolero que resume al Iquique de hoy. Palabras como corazón, tiempo señorial, catedral,  gloria, pocos iquiqueños van quedando ya, Iquique es puerto, constituyen sus ejes.

La nostalgia en la primera voz. Un lamento iquiqueño en son de protesta frente a tantos cambios. Mientras escribo, escucho ese bolero desgarrador. El domingo lo despedimos, sonó la canción y lo despedimos con un aplauso cerrado.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 2 de febrero de 2020, pagina 13

Chicorita

En los barrios populares el apodo dice más que el verdadero nombre. Además se hereda por generaciones. No está en el acta bautismal, pero si en ese libro grande que es la memoria. Muchos de esos apodos, además, tenían relación con el mundo animal: chancha, pato, conejo…

Héctor Espinoza Godoy, su nombre que tal vez no le diga nada. Chicora, su apodo. Chicorita para sus más cercanos. Morrino, lo que explica, en parte su apodo, proveniente del mundo marino. Este pescado se usaba como carnada.

Morrino por mandato genético, caminaba la ciudad haciéndole favores a los demás. Dirigente de viejo cuño, de la escuela del deporte amateur, tal vez el único que nos quedaba. Chicora se sabía la vida de todos los iquiqueños. Futbolista, dice que era bueno. Nunca lo vi jugar pero le creo a quienes así lo afirman. Gracias a él y a otros connotados vecinos se construyó el albergue del Unión Morro, un club del 1923, que produce hasta campeones del mundo. Emparentado con el gran Arturo Godoy, era a su modo guapo también.

Un telegrama postmoderno, un Whatsapp, de madrugada me anuncia de su muerte. El Unión Morro le pone otro crespón negro a su bandera. Me lo imagino bromeando con la muerte. Su último trabajo fue en el Cementerio 1, allí conversábamos de este mundo y del otro. ¿Por qué trabajas aquí? Le pregunté. “Los muertos no joden” me respondió.

Estaba cansado de las ingratitudes.

Junto a otros morrinos se sentaba en la plaza Prat a escuchar a Los Melódicos. Por sus venas corría sangre afro y morrina. Se emocionaba al escuchar el “Todos vuelven”.

Lo velaron en la calle que lleva el nombre de su amigo Pete. Se le despidió al ritmo del viejo carnaval recorriendo las calles de su infancia. Chicorita deja un vacío enorme, no fácil de llenar. Es patrimonio, es memoria, es carnaval, es historia, es humor.

Pega para los de el Morro cultivar el inmenso jardín de la memoria alrededor de esta piedra, en la playa Bellavista,  donde se hace el perol más rico del mundo.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 26 de enero de 2020, página 13

Don Hugo

Hacía rato que no nos veíamos con don Hugo.  Cada vez  que nos terciábamos detenía sus pasos y me saludaba. Un apretón de manos, un como está compañero. Sonreía como niño yendo a Cavancha. Siempre con su paltó y corbata con un nudo a la antigua que lo hacía más elegante.  Era de la vieja guardia. Profesor normalista enseñó en el campamento Don Guillermo y luego en Humberstone.   Fue concejal por el partido de Recabarren en los años de la recuperación de la democracia; Ciudadano Destacado en el 2004 e Hijo Ilustre el año 2008. Presidente del Colegio de Profesores y de la Central Unitaria de Trabajadores. Un curriculum potente de un hombre público, de eso que tanta falta nos hacen hoy.  Don Hugo Bolívar Salazar se crió en la escuela de las luchas obreras. Luis Emilio Recabarren y Elías Lafertte sus maestros. La pampa salitrera la gran pizarra. El diario El Siglo su Biblia con don Inocencio y su humor que sólo los comunistas entienden.   En su memoria ágil y honesta guardó los momentos más tristes como los más alegres. Nos conocimos en los años 80, en esos encuentros semi-clandestinos que se hacían en la Gruta de Cavancha, en el Colegio de Profesores, en el sindicado de Tripulantes, en el Cps o en el Crear. Se formaba un arco iris en la que Flavio Rossi, Rosa Tasara, Rosa Lara, Mavis Maldonado, entre otros, nos enseñaban con el ejemplo, que la unidad era posible. En el programa «El oficio de la memoria» lo entrevisté por cerca de una hora. Don Hugo, respiraba honestidad y compromiso. Elegía las palabras justas y precisas para referirse a personas y situaciones. Se ganó el Don por derecho propio al igual que el cariño que a veces suele ser mezquino. Los de la escuela 16, lo estarán llorando. Habrá que contarle en que termina todo lo que estamos viviendo.  Cuando me toque votar apruebo pensaré en él. Y a coro entonaremos: «Será mejor, la vida que vendrá».

Publicado en La Estrella de Iquique, el 19 de enero de 2020, página 13.

La fotografía de Hernán Pereira Palomo.

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