¡Dentrese!

 

Quédate en casa. Por ahora, pon en entre paréntesis a la muchedumbre solitaria que nos hace sentir, falsamente, acompañados. Es tiempo de estar solos, no por egoísmo, sino por los demás. Tiempo de recorrer tu casa. Por muy pequeña que sea debe tener rincones no explorados, cajones semi-abiertos. Música sin escuchar. Libros que  esperan para que  lo devores. Lápices y hoja en blanco.  Recuerda que hay gente que no tiene el espacio que tú tienes. La calle es su hogar.

Relea ese figura de baquelita que decía «La casa chica, pero el corazón es grande». O donde «come uno comen dos». El diccionario de la humildad es generoso.

No se trata de ser místico ni mucho menos. Se trata de pensar en los otros, en nuestros padres y abuelos. No dejemos que la muerte haga su trabajo fácilmente. Quédate en casa, porque si te quedas, podemos, mañana o pasado, salir todos juntos, a celebrar la vida.

Tal vez no tengamos Tirana ni San Lorenzo. No importa, volveremos el año que viene, si la salud se nos da. O sea, si no quedamos en casa.

Hablemos solo. Ya lo escribió Antonio Machado: «el que habla solo espera un día hablar con Dios». Cantemos aunque desafinemos «Gracias a la Vida», «Rocío de la pampa» y la «Reina del Tamarugal». Cuando el agotamiento nos invade entonemos «Si supimos vencer el olvido». Quédate en casa, pero contento, que tus hijos sepan que no hay sacrificio más eficaz que el que se hace con alegría y pensando en los demás. Juega, baila, ríe. Aguantemos, cuando pase todo esto, evaluemos y pasemos la cuenta, a quien corresponda. Entonces exigiremos un hospital de verdad. Algunos nos dejarán, la muerte dejará de ser un número. Lo que escribamos puede ser póstumo.

Luego del duelo haremos una gran fiesta, la de los abrazos que nos debemos, la de los besos que no nos dimos. Conquistaremos de nuevo las calles, aplaudiremos a los funcionarios de la salud pública. Los Wiracochas nos acompañarán.

Hágale caso a la expresión tan iquiqueña, esa que en voz de orden exclama: ¡Dentrese ya!

Publicado en La Estrella de Iquique, el 29 de marzo de 2020, página 13.

Para Iris Di Caro Castillo

Texto escrito por Guillermo Jorquera Morales

Iris:

“Cuarenta noches bailando

Cuarenta noches cantando

Cuarenta noches soñando

Con una noche de julio…”

Son los bailes de la Tirana, que se preparan en Iquique, Arica, Antofagasta y todo el norte chileno, para pedirle a los campos naturales que los dejen pasar…y cantar a medianoche del 15 julio;    “canta y baila conmigo que la multitud te está esperando…”

Hoy están en silencio… porque están de duelo, les duele tu partida.

En la Oficina Iris, no suena la campana llamando a clases

Los juegos infantiles, ni siquiera se mueven;

Toda la pampa está de duelo

“ y Dios hizo la pampa

Como un poema a la desolación

Para que el sol jugase con el viento

Siendo absolutos dueños del silencio

Y la soberbia soledad”

Y en el altiplano, las parinas, los cactus, y la yareta, que tú convertiste en personajes de La Amada Kuyaskay; también lloran…

Sus lágrimas corren por las quebradas, provocando torrentes, “golpes”, de agua…lloran su pena, ansiosas por llegar al mar…

a juntarse con los peces y mariscos que hoy no están de fiesta, no hay ramadas, el pulpo y la jaiva solo lloran, y la albacora triste solo viste de luto.

En Iquique tu lar, queda tu historia, tus barrios, tus maestras, tus versos, tu “Chiricaco” y el recuerdo de tu potente voz musical, en Icaiza, y en Himnos, como el de la UNAP, que se canta siempre, y el de la Región de Tarapacá.

Hoy tus cenizas, esparcidas en la pampa ya se unen a las almas de los remolinos de viento que eternamente recorren los caminos de nuestra tierra, para que no los olviden…

Pero a ti no te olvidaremos porque eres de esos personajes grandes que mueren…para volver a nacer, eres para el mundo del teatro iquiqueño nuestro Tesoro Humano Vivo.

Guillermo Jorquera Morales.

Hombre de Teatro Iquiqueño

27.3.20

(Los textos entre comillas son de Iris a excepción del Rocío de la Pampa que es de Patricio Flores)

Iris di Caro

(1926-2020)

La bandera de la iquiqueñez tiene un nuevo crespón negro. Nos ha dejado la poeta Iris di Caro. Inmensa como el desierto al que cantó. Síntesis perfecta de esa ciudad, la nuestra, que se fundó con los aportes de todas las sangres. Bella como los atardeceres de esta costa larga como sus poemas. Inevitable a la hora de la educación artística. No dejó dimensión artística sin explorar. Fue una señora, una dama, una cómplice, una defensora de la belleza, aliada de la ética. Una maestra, que nunca dejó de aprender.

Te vas en momentos en que tu querida Italia sufre lo indecible. Nada más anti-poético que la muerte, excepto la tuya. Desde nuestros claustros, te lloramos, y releemos tus versos. Conocerte y quererte fueron dones que tú solo podías entregar. Me quedó con tu sonrisa abierta como las puertas de las escuelas públicas, esas que tenían número.

Nuestra entrevista a la poeta: https://www.youtube.com/watch?v=vTeHhMqLMN8&feature=youtu.be

Lazareto

Fue en Venecia donde se instaló por primera vez un lazareto para tratar a personas con enfermedades contagiosas. Hablamos del siglo XIV. Pero hay antecedentes más antiguos. Todo desplazamiento masivo de personas, sobre todo motivados por guerras y el comercio, diseminaron enfermedades contagiosas. Las Cruzadas son una de ellas. Al contagiado se le separaba, se la aislaba y se lo etiquetaba: apestoso, inmundo, etc.

A comienzos del siglo XX, el Norte Grande es asolado por diversas epidemias. La más conocida la bubónica que se transmitía de los ratones a las pulgas y éstas a los seres humanos. Fue una fiebre que atacó, preferentemente, a los pobres ya que estos carecían de medidas de higiene: dormían sobre la tierra, hacinados. Iquique, Pisagua, Taltal, Tocopilla sufrieron estas calamidades. Las escuelas públicas se cerraron para frenar el contagio. Se cuenta que un barco que venía del Perú desató la tragedia.

El Lazareto en Iquique estaba al lado norte del actual hospital. Probablemente se improvisó como tal para atender a los enfermos.  Según la novela Tarapacá, publicada en esta ciudad el año 1903, había una carreta de color plomo que iba a buscar a los enfermos. Juanito Zola, el autor de la primera novela obrera que se edita en Chile, relata que los conventillos eran el lugar preferido. Y lo era porque allí vivían los pobres.  Iquique fue por mucho una ciudad de conventillos. Uno se llamaba Las Camaradas. Se aprovechó la peste para confinar a los dirigentes obreros.

El cuento Un viaje a otro mundo, Denisse Astoreca narra como el hijo de un inglés, un niño, logra salvarse. Los niños pobres morían como si nada.

Hoy nos visita una nueva peste, transmitida por la globalización, a la que sin embargo, reaccionamos en forma local. Debemos responder en forma colectiva y solidaria.  La ciudad y nuestros hogares se convertirán en modernos lazaretos. La última cuarenta que tuvimos fue el toque de queda el año 1973.

El sonido de la carreta ploma que recogía a los pobres contaminados el siglo pasado, nos golpea la memoria. El coronavirus es una peste blanca, pero peste al fin y al cabo.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 22 de marzo de 2020, página 12

La fotografía es del Lazareto de Pisagua.

Dos tamarugos

 

La semana que pasó dos abanderados nos dejaron. Rigoberto Echeverría Allende y Gilberto Vigueras Arroyo. ¿Se habrán conocidos? Al parecer si. En el Iquique pequeño del siglo pasado casi todos se conocían. O eran caras familiares.

Ambos eran productos de una sociedad muy distinta a la actual. Primaba el nosotros y la gente pagaba cuotas voluntarias. Los dos se educaron en el servicio público y entendieron muy bien que el Otro, ese desconocido precisa de la solidaridad. Uno fue normalista, un chute, que se dedicó en cuerpo y en alma a la formación. El otro, encontró en el partido de Recabarren y de Lafertee, el camino para una sociedad mejor. El Rigo y don Gilberto conocieron la pampa como si fuera el patio de su casa. Testigos y actores privilegiados del siglo XX iquiqueño.

Las demandas de los normalistas y sus largas marchas desde la pampa hasta la ciudad, las grandes concentraciones en la plaza Condell, las semanas pampinas, Pisagua, son referencias que cruzan a ambos.

Rigoberto siempre serio, igual que Gilberto, pero este siempre estaba con la talla a flor de labios. El viejo Gilberto siempre pensando en el coro y en otros proyectos. El viejo Rigo, tratando de descifrar el misterio de la utopía.

Hermosos viejos dueños de una personalidad, de una ética que ya no se encuentra, por lo mismo que no se vende en la botica, Tal vez no usaban gomina. El viento pampino les mecía los cabellos. Ambos recurrían a la historia, porque de allá venimos.

Dos tamarugos que a pesar de tener fuertes raíces recorrieron el territorio. Y si no viajaron, leyeron que es otra forma de viajar.

La muerte se ha enseñado nuevamente con los nuestros. La campana de la escuela de Victoria y la Internacional nuevamente sonará como cada vez que un maestro nos deja, como cuando muere un hijo de Recabarren, un sobrino de la Teresa Flores y del vecino Juan Valencia.

Tamarugos que porfiadamente embellecen nuestra pampa. Se ha ido un libro de clase, un manifiesto, un martillo, una tiza, una hoz, una pizarra, un carné del partido, un carné de los profesores.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 15 de marzo de 2020, página 13.

 

 

La calle

La calle se ha transformado en una categoría sociopolítica evidente y explícita. Siempre ha sido así. La calle es el lugar que lleva a la plaza, a la sede social, a la cancha. Sitios de encuentros. La ciudad no se puede entender sin ese entramado que permite la circulación no sólo de personas, sino que también de bienes materiales y simbólicos. Las calles de Iquique, en los años 40, tenían el sonido del paso de animales que tiraban carretas. Los coches Victoria, solemnes con un señor cochero, que saludaba a quien se le cruzara por el camino. Olían a estiércol. La carroza fúnebre con un señor albino llamado Nino Leguatt, copito de nieve, le decían, tenía la ruta clara.

La expresión la calle es libre, sintetiza el ideal de la democracia. Es reclamada por evangélicos para predicar, por los niños para jugar, por los bailes religiosos para prepararse para La Tirana, por las comparsas para despedir el Carnaval, por la sociedad civil para expresar sus demandas. Hay calles de días y calles de noches. Cuando cae el sol, San Martín con Ramírez asume otra identidad. Otros pasos tal vez con tacones, besan el asfalto. Parafraseando al poeta, hay calles inocentes de día y culpables de noche.

Las calles tienen en su mayoría nombres de hombres. Obispo, generales, parlamentarios, líderes obreros. En Iquique no debe haber más de cinco con nombres de mujeres. Y no son calles centrales. Deportistas, artistas, luchadoras sociales. Hay muchas pero falta voluntad para el rebautizo. Las hermanas Gantt, Yolanda Zuzulich, Mafalda Schenoni, Teresa Flores, reclaman su lugar. La Timona, aunque personaje de ficción, tiene su lugar en la historia. Ni que hablar de la ilustre conferencista Belén de Sárraga. Las mujeres de Hospicio de los años 80, también se han ganado su lugar.

La democracia se juega y se baraja en la calle. La calle es su acta bautismal. La expresión «te falta calle» evidencia la importancia de este lugar. Estar en ella te otorga credenciales. Expresarse en lo público es hacer polis. Como la vieja consigna olvidada a veces: «el pueblo está en la calle haciendo la unidad».

Publicado en La Estrella de Iquique, el 8 de marzo de 2020, página 11

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