Menos mal que fue poeta y cura. En ese orden.

Y no cardenal. Su apellido lo cargaba desde no se que generación pasada. Desafió a Anastasio Somoza, a Juan Pablo II y a Daniel Ortega. Cultivó la poesía concreta. Nos enseñó sus salmos y escribió esa oración para Marilyn Monroe, que cada vez que se lee se piensa que Dios existe o tal vez no. Fue jugador de fútbol, de pichangas. Era malo pero en vez de mandarlo al arco como suele ocurrir, lo pusieron de 9, de esos antiguos. Se cansó de hacer goles y se ganó el apodo de Chiripero. Pero los versos a Claudia no fueron chiripazos: «Al perderte yo a ti…». Un poema contable con saldo a favor del autor.

En los años 80, en el Iquique gris nos creíamos Cardenal aunque no nos daba ni para acólito. Pero echamos al Dictador con su ayuda y la de Benedetti. (Enjuiciar al pasado con las categorías de hoy es casi pecado capital). En ese Iquique en la que la pasta base aparecía como si nada, no habían más de cuatro poetas, no existía Fondart ni FNDR, ni nada parecido. Había ganas de escribir y de hacerlo bien.

Poeta cardenalicio, teólogo de la liberación, escultor de la palabra, ministro de Cultura, hizo de Solentiname una especie de paraíso con pecado capital incluido.

¿Y si convertimos a Iquique en Solentiname?

Ahora si que murió el siglo XX.

 

Iquique 2 de marzo de 2020.

 

 

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