Mi amigo Cayo-Cayo

 

Hay difuntos inolvidables y mi amigo Cayo-Cayo es uno de ellos. De sorpresa, como siempre, la muy cobarde parca se llevó a mi amigo Cayo-Cayo. Dicen que en el sueño, sin embargo, lentamente se había retirado de las calles de Iquique, que no es más que otra forma de comenzar a morir.

Cayo-Cayo se caminaba las calles de Iquique con humildad única. Con manos en los bolsillos de su chaqueta azul, con su paso seguro, franqueaba los hoyos de nuestras veredas y saludaba a cuantos se le cruzaran por su camino. Jamás negó un saludo y menos una sonrisa; esa que le nacía de su más profunda inocencia, la regalaba como un pan a los pobres.

Cayo-Cayo tenía el don de la ubicuidad, cualidad sólo permitida a los hombres como él. Estaba siempre donde nuestras miradas lo buscaban: a un lado de la Casa del Deportista o en su trabajo de la calle Orella abajo, al lado del Liceo de Hombres, lavando autos.

Cuando nací Cayo-Cayo ya andaba recorriendo las veredas de maderas de ese Iquique antiguo, que a veces echamos de menos, como ahora lo echamos de menos a él. Ya andaba dándoselas de «paco» cuadrándosele a medio mundo, puntual y riguroso con la mirada perdida en no sé que inocencia permanente. Ya se le cuadraba a Arturo Prat en la Avenida o nos saluda con ese grito con la boca torcida, imitando quizás un silbato de guardián del orden público.

Hablar con el Cayo era acceder a una entramada red de significados que requerían previa traducción. Para lograrlo la memoria colectiva iquiqueña era la mejor llave. Los coterráneos ligados por un cariño especial al Cayo-Cayo no tardaban en darnos las claves. Ahí supimos entonces la importancia que Huara tenía para él, una especie de Macondo en su universo interior. Huara vivía en su fantasía como una dato más que real. Era su paralelo y su longitud. Su punto cardinal. Cerraba sus ojos, pero no su mirada y alzaba el vuelo por sus pampas.

Tuve la suerte de invitarlo a mi despedida de soltero. Llegó con su alegría de siempre y con su mirada de niño grande que se sabe cómplice de rituales machistas. Bailó, y hay que decirlo mas que por moralismo, para evitar estereotipos, que no bebió, si fumó. Tímido como él solo, habló poco, mas notamos que estaba feliz como sólo él sabría estarlo.

Cayo-Cayo en su inocencia no reconocía jerarquías ni cosas por el estilo. Una mañana, al frente de Impuestos Internos, hablando con él, se nos acerca un alto personero de la Zofri. Le presento a Cayo-Cayo, y éste, generoso y amable como buen iquiqueño, le aprieta la mano, y con una candidez repleta de respeto le dice: «Qiubo desgraciao». No había ofensa. Lo que sucedía era que para él no habían corbatas de seda ni ternos que marcaran las diferencias. Todos éramos iguales, aunque fuéramos desgraciados. Se dio la media vuelta y con sus tarros a cuestas desenredó el camino a casa. Cuando fui con Jaime Castro a verlo al hospital lo encontramos inconfundiblemente delgado, pero era el Cayo de siempre. Al vernos nos espetó su «Qiubo desgraciao». Repasamos la amistad, la re-escribimos y la encumbramos más allá de la muerte. Sabíamos que se nos iba, como se nos han ido muchos.

Cayo-Cayó nos dejó con una especie de mueca de dolor. Ahora muchas calles estarán más solas, y ya no tendremos a quien saludar con la complicidad que él sabía fabricar. Te debo el último adiós, cayo-cayetano como te decíamos, Mateo por nombre original, Cayo para todos los iquiqueños. Bienvenido a Huara, que, lo sabemos, es tu paraíso.

Publicado el año 2014

 

Guido Marinkovic

 

Lo conocí en esa tienda de música donde se vendían vinilos y cassettes. En las esquinas de Latorre con Vivar. Un amplio espacio tan amplio como la sonrisa y la bondad de su dueño. Siempre elegante como eran los iquiqueños de antes: bien afeitado, bien peinado, paltó y zapatos lustrados.  Compré un LP que se llamaba «Jairo canta a Borges» una joyita que escucho al escribir esta columna.

El personaje en cuestión se me revelaría tiempo después cuando supe, tal vez por Mario Cruz, que era el ideólogo de Los Bingos, un grupo musical que compuso la cumbia al Chapulín Colorado, entre otras canciones. Para entonces la tienda cerró y se me perdió de vista aquel señor.

Nuestra identidad y patrimonio se construye también a través de la  música popular. Investigando, Los Bingos aparecen de nuevo. Preguntando llegué a cuenta que el señor que vendía esas joyas musicales era el arquitecto del grupo. Guido Marinkovic Jofré, sus señas.  Hablábamos cada vez que podíamos y seguro que lo molesté con tantas preguntas. Nunca perdió la paciencia y me trataba, y es lo que soy, como un aprendiz de muchas cosas.  En la rica y variada  historia de nuestra música popular, Los Bingos ocupan un lugar de privilegio. Junto a Mario Berríos se nos ocurrió grabar el CD Las Canciones del Chumbeque a la Zofri, un derivado del libro, tal como lo fue la obra de teatro y las danzas del Kirky Wayra. Le entregamos una canción para que la grabaran. Pero, en esas reuniones de la calle Manuel Rodríguez, ritual de Los Bingos, decidieron componer una canción especial. Una noche de invierno en  Correo y Telégrafos, repleto de nostalgias, interpretaron un bolero que resume al Iquique de hoy. Palabras como corazón, tiempo señorial, catedral,  gloria, pocos iquiqueños van quedando ya, Iquique es puerto, constituyen sus ejes.

La nostalgia en la primera voz. Un lamento iquiqueño en son de protesta frente a tantos cambios. Mientras escribo, escucho ese bolero desgarrador. El domingo lo despedimos, sonó la canción y lo despedimos con un aplauso cerrado.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 2 de febrero de 2020, pagina 13

Chicorita

En los barrios populares el apodo dice más que el verdadero nombre. Además se hereda por generaciones. No está en el acta bautismal, pero si en ese libro grande que es la memoria. Muchos de esos apodos, además, tenían relación con el mundo animal: chancha, pato, conejo…

Héctor Espinoza Godoy, su nombre que tal vez no le diga nada. Chicora, su apodo. Chicorita para sus más cercanos. Morrino, lo que explica, en parte su apodo, proveniente del mundo marino. Este pescado se usaba como carnada.

Morrino por mandato genético, caminaba la ciudad haciéndole favores a los demás. Dirigente de viejo cuño, de la escuela del deporte amateur, tal vez el único que nos quedaba. Chicora se sabía la vida de todos los iquiqueños. Futbolista, dice que era bueno. Nunca lo vi jugar pero le creo a quienes así lo afirman. Gracias a él y a otros connotados vecinos se construyó el albergue del Unión Morro, un club del 1923, que produce hasta campeones del mundo. Emparentado con el gran Arturo Godoy, era a su modo guapo también.

Un telegrama postmoderno, un Whatsapp, de madrugada me anuncia de su muerte. El Unión Morro le pone otro crespón negro a su bandera. Me lo imagino bromeando con la muerte. Su último trabajo fue en el Cementerio 1, allí conversábamos de este mundo y del otro. ¿Por qué trabajas aquí? Le pregunté. “Los muertos no joden” me respondió.

Estaba cansado de las ingratitudes.

Junto a otros morrinos se sentaba en la plaza Prat a escuchar a Los Melódicos. Por sus venas corría sangre afro y morrina. Se emocionaba al escuchar el “Todos vuelven”.

Lo velaron en la calle que lleva el nombre de su amigo Pete. Se le despidió al ritmo del viejo carnaval recorriendo las calles de su infancia. Chicorita deja un vacío enorme, no fácil de llenar. Es patrimonio, es memoria, es carnaval, es historia, es humor.

Pega para los de el Morro cultivar el inmenso jardín de la memoria alrededor de esta piedra, en la playa Bellavista,  donde se hace el perol más rico del mundo.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 26 de enero de 2020, página 13

Gladys Grant Anacona y Berna Grant Anacona: Las hermanitas Grant

Las mujeres también aportaron con su talento al desarrollo del ping-pong. Una de ellas la rubia Gladys Grant Anacona, fue titular de la Selección Chilena de Ping-Pong, iquiqueña y del Remache. Gladys jugó por el Blindado.

Su padre Enrique fue también un destacado pimponista.

En una entrevista al diario El Tarapacá dice:

Al intervenir por primera vez en una competencia en Santiago, francamente que pasé inadvertida, pero eso fue hasta que duró el partido frente a mi primera rival. Le confieso que esa noche jugué con toda mi alma recordando a mi club y a mi Iquique y gané. El Tarapacá. 4 de Diciembre de 1957.

Gladys Grant fue vice-campeona sudamericana en ping-pong. En un emotivo partido la rubia Grant, en Buenos Aires cae derrotada por la brasileña Nakina de Oliveira Cruz. Junto a su hermana Berna y a Gladys Pastene fueron seleccionada de Chile. Esta última nació cerca del Hospital, y en las esquinas de Serrano con 12 de Febrero crearon un club el Colo-Colo. Allí fue descubierta por Liborio Ramos, quién al ver a la «zurda» se la llevó al Remache. El año 57 fue campeona de Tarapacá. En Paraguay se coronó vice-campeona sud-americana. En ese mismo torneo Berna Grant fue campeona sud-americana.

Un caso ejemplar

Gladys Grant

1937

Bien dicen que el hábito no hace al monje. Porque resulta casi increíble palpar que dentro de un cuerpo diminuto y de una contextura frágil, cual tímida flor primaveral, pueda esconderse una campeona tan grande como Gladys Grant Anacona, la joven pimponista iquiqueña que en cortos años ha conquistado la capital a punta de remaches sobre la mesa verde.

Apenas veinte primavera y ya su delicada frente ciñe, sin falso orgullo, la triple corona de subcampeona sudamericana de tenis de mesa. La cosmopolita ciudad bonaerense fue testigo, hace tiempo, de su calidad sin límites, de su estoicismo sin igual, de su amor combativo y de sus deseos inmensos de alcanzar laureles para su querida patria.

Subcampeona sudamericana en singles, en dobles y en equipo, tal es el resumen de la campaña pimponística en Buenos Aires. Bien puedo haberse clasificado como la jugadora número uno del continente, pero la verdad es que a la muchacha iquiqueña le faltó en suerte lo que tuvo en calidad.

En plana competencia la aquejó una rebelde lesión al brazo derecho, impidiéndola desarrollar su total capacidad; por eso, Gladys Grant al volver a suelo nacional lo hizo con resignación, aunque no ha podido ocultar que un dejo de amargura empaña su alma juvenil.

Porque Gladys, en la dulce ilusión de sus veinte años, soñó muchas veces que e cetro del pimpón sudamericano la estaba esperando en la ciudad besada por el Plata; es más aún, la joven iquiqueña deseaba como supremo anhelo, la obtención del título continental, pues quería ella depositarlo simbólicamente en el altar de sus queridísimos padres, en señal de cariño y de gratitud. Explicable es entonces la tristeza de la joven campeona chilena.

Pero la bruma del pesar ha de ser importante para borrar un hecho grande y significativo para el futuro de la juvenil pimponista chilena. La noche en que Gladys Grant cayó ante la brasileña Nakma de Oliveira Cruz, en el match final, cayó como verdadera heroína del deporte, luchando palmo a palmo, con abnegación, valor y sufrimiento, porque esa noche, el dolor físico pudo más que su inmensa calidad.

Y dicen quienes estuvieron en el torneo de Buenos Aires, que Gladis, junto con perder el último punto del último set, ganó para siempre el aprecio sincero y la admiración espontánea de la afición bonaerense. La más estruendosa ovación rubricó la brillante presentación de las dos estrellas del pimpón sudamericano, en el soberbio gimnasio de la Confederación Argentina de Deportes.

Varios maestros ha tenido Gladys a través de sus nueve años en el pimpón, desde aquella vez que, aún no bien cumplidos los once, obtuvo su primer campeonato provincial en la ciudad de Iquique. Era un profesor de entonces su padre, don Enrique Grant, suboficial de Ejército, que dirigía el club Eleuterio Ramírez. Durante cinco años, la pequeña muchacha iquiqueña, supo solamente de resonantes victorias, y como impresionante record tiene el de no haber siquiera un set. Y una vez, venció a una adversaria por la cuenta de 21/1 y 21/2.

Defendió más tarde los colores del Olimpo, con éxito singular; vistió luego la vistosa casaquilla del Blindado, para empuñar la paleta, enseguida del más famosos de los clubes pimponísticos iquiqueños, el Remache. Fue allí precisamente, en donde tuvo al gran maestro Liborio Ramos, pimponista imbatible y maestro ejemplar.

Dos campeonatos nacionales han visto el vibrante accionar de la pimponista iquiqueña, el de Rancagua, en 1951, y el de Puerto Montt, en 1955. En este último arrasó con los títulos en singles, en dobles y en equipo. Entretanto, en el campo internacional, sus primeros remaches se han hecho sentir en el S.A, de Montevideo y en el reciente de Buenos Aires.

Aunque la campaña del torneo sudamericano de Buenos Aires está aun muy fresca en la memoria de los aficionados, al reseñamos aquí con vista a la historia del pimpón nacional. Gladys doblegó, primero, a la brasileña Hiroko Takanati, por 3 contra 1; a la peruanita Moriyana, en un solo set, y a la simpática Edith D’Avila, promesa brasileña, por la cuenta de 3 a 0. Llegó así Gladys Grant al match final, para caer ante Nakma Cruz, gran jugadora del Brasil. Ganó la pimponista iquiqueña el set inicial por 21/10, pero perdió los siguientes por 21/17, 21/12 y 23/21.

El duelo pimponístico de estas dos estrellas sudamericanas está aún sin definirse, pues en la actuación por equipo Gladys ganó a Nakma Cruz por 2 sets contra 1. Entró la chilena perdiendo el set primero por 21/14, para imponerse en los dos siguientes por 23/21 y 21/10.

Y antes, en nuestra capital, e octubre de 1956, la chilena venció en dos ocasiones a la campeona brasileña. Son ellas, dos grandes rivales, pero por encima de todo, son ellas grandes amigas, dos deportistas de ley, nobles, leales, amables y cordiales, como corresponde a dos auténticas campeonas. Chile y Brasil, se enorgullecen por igual.

Y tal vez mañana, cuando el tibio sol matinal disipe las brumas, cuando suerte y calidad marchen unidas junto a la nueva campeona del pimpón chileno, Gladys Grant cumplirá su sueño, llevando el cetro continental al sublime altar de sus queridísimos padres. Será el mejor premio para su vida ejemplar.

Carlos Barahona

Revista Barrabases.

Año III. Nº 56.

Santiago, 12 de junio de 1957

 

 

 

 

 

David Rojas González.

Publica el año 1932, la novela Jaivón, un cuadro costumbrista sobre la gente rica de Antofagasta, llamados jaivones.

El autor fue abogado que residió en Antofagasta. Un hermano suyo fue empleado en una oficina salitrera. Escribe Bahamonde: «Pero la novela es un incompleto casi falso cuadro social, con tonos muy débiles sobre la vida lugareña».

La novela fue editada en Valparaíso, por la Editorial Sudamericana. Tiene 186 páginas.

En la Fundación Crear disponemos de un ejemplar.

En La Serena hay un monumento: https://www.monumentos.gob.cl/monumentos/monumentos-publicos/david-rojas-gonzalez

Tomado de: Bahamonde, Mario y otros

Guía de la producción intelectual nortina

(Investigación bibliográfica)

Universidad de Chile, Antofagasta. 1971

Don Hugo

Hacía rato que no nos veíamos con don Hugo.  Cada vez  que nos terciábamos detenía sus pasos y me saludaba. Un apretón de manos, un como está compañero. Sonreía como niño yendo a Cavancha. Siempre con su paltó y corbata con un nudo a la antigua que lo hacía más elegante.  Era de la vieja guardia. Profesor normalista enseñó en el campamento Don Guillermo y luego en Humberstone.   Fue concejal por el partido de Recabarren en los años de la recuperación de la democracia; Ciudadano Destacado en el 2004 e Hijo Ilustre el año 2008. Presidente del Colegio de Profesores y de la Central Unitaria de Trabajadores. Un curriculum potente de un hombre público, de eso que tanta falta nos hacen hoy.  Don Hugo Bolívar Salazar se crió en la escuela de las luchas obreras. Luis Emilio Recabarren y Elías Lafertte sus maestros. La pampa salitrera la gran pizarra. El diario El Siglo su Biblia con don Inocencio y su humor que sólo los comunistas entienden.   En su memoria ágil y honesta guardó los momentos más tristes como los más alegres. Nos conocimos en los años 80, en esos encuentros semi-clandestinos que se hacían en la Gruta de Cavancha, en el Colegio de Profesores, en el sindicado de Tripulantes, en el Cps o en el Crear. Se formaba un arco iris en la que Flavio Rossi, Rosa Tasara, Rosa Lara, Mavis Maldonado, entre otros, nos enseñaban con el ejemplo, que la unidad era posible. En el programa «El oficio de la memoria» lo entrevisté por cerca de una hora. Don Hugo, respiraba honestidad y compromiso. Elegía las palabras justas y precisas para referirse a personas y situaciones. Se ganó el Don por derecho propio al igual que el cariño que a veces suele ser mezquino. Los de la escuela 16, lo estarán llorando. Habrá que contarle en que termina todo lo que estamos viviendo.  Cuando me toque votar apruebo pensaré en él. Y a coro entonaremos: «Será mejor, la vida que vendrá».

Publicado en La Estrella de Iquique, el 19 de enero de 2020, página 13.

La fotografía de Hernán Pereira Palomo.

Jorge Clifton

 

El guerrero de Tarapacá. Editado el 1887. Sin pie de imprenta

En 1921 publica La tumba de Miraflores. Antofagasta. Imprenta El Mercurio. 99 páginas.

Novela histórica sobre 1879. La Portadilla dice que fue escrita en 1911

Tomado de: Bahamonde, Mario y otros

Guía de la producción intelectual nortina

(Investigación bibliográfica)

Universidad de Chile, Antofagasta. 1971

Baldomero Castro

 

 

Compuso el himno a Iquique, el año 1889.

Lo escribió en Pisagua, en 1889, y está destinado a glorificar la epopeya de Iquique. Se cantó en todas las escuelas de Chile, entre 1890 y 1897.

El autor de la letra y música.

 

Tomado de: Bahamonde, Mario y otros

Guía de la producción intelectual nortina

(Investigación bibliográfica)

Universidad de Chile, Antofagasta. 1971

Franyo Zapatta Alvarado

 

Nació en Iquique el año 1934. A temprana edad, inicia, de la mano de su padre, un continuo peregrinar a través de todo el norte de Chile. En este andar se detiene algunos años por Santiago para después establecerse en Concepción, donde ingresa a un colegio francés. Vive una inquieta adolescencia en el movimiento estudiantil; sus afanes solidarios se manifiestan a temprana edad. Educándose y participando en la problemática social. Al egresar de la Universidad con el título de Abogado, se especializa en derecho colectivo del Trabajo y volviendo al Norte asesora a los Sindicatos de Tocopilla y de la Pampa del Toco. Después, se trasladaría a Arica, integrándose a la docencia en la Universidad Técnica del Estado, Instituto Tecnológico. La comunidad universitaria lo elige su director.

Se le encarcela por disposición de la autoridad militar (1973-1975); es quizás el único Profesor Universitario condenado a prisión en Chile, por desarrollar el Programa oficialmente aprobado para su cátedra.

Obtenida su libertad, viaja Ecuador donde enseña “Metodología de la Investigación Aplicada a la Economía”, en la Universidad de Guayaquil (1976-1978); alternativamente , desempeña un cargo ejecutivo en una importante empresa constructora.

En la urgencia de no desvincularse de los acontecimientos chilenos, retorna a un futuro incierto (1979). Ejerce libremente su profesión. Ha colaborado en la Comisión Chilena de Derechos Humanos, la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y la Asociación de Familiares de Ejecutados Políticos. Impulsado por profundas motivaciones, deriva paulatinamente hacia el trabajo literario, aplicándose al oficios en silencio y con vocación artesanal, en las horas que logra arrebatar a sus múltiples actividades.

Su primera novela Mañana los vencidos –obra sorprendente en el ámbito literario . no admite relación alguna con tendencias o autores determinados… Y sin embargo, se apodera del interés del lector en una increíble secuencia que lo lleva desde Daniel, “prisionero de guerra”, a través de una mágica y dramática búsqueda por conflagraciones, conflictos humanos, y protagonistas tan disímiles como Li Fu, Patricio Lynch, Luis Emilio Recabarren, inmersos en episodios de sufrimiento, lucha, amor.

Su hijo estudiante de Ingeniería Civil (U. De Chile) fue dejado recién en libertad provisional, luego de permanecer 15 meses detenido, en la Penitenciaría de Santiago, procesado por la Segunda Fiscalía Militar.

Tomado de Mañana los vencidos

Solapas. Editora Literaria. Ximena Carvajal Pizarro.

Santiago, 1988.

 

Estudiar por correspondencia

 

Hubo un tiempo, aunque no todo pasado fue mejor, que una de las formas de acceder a una educación negada por varias razones, era estudiar por correspondencia. Nada  on line. Sobres que iban y venían gracias al Correo y al cartero que traía la tarea bajo el brazo. Grandes sobres, medio oficio, con un logo que decía ELA.

Mi padre fue un estudiante sistemático que pese a su escolaridad incompleta, se las arregló para estudiar bajo esa modalidad. Ferroviario, lector de la revista Estadio y de El Tarapacá, entendió que era posible estudiar luego de una tediosa y cansadora jornada de trabajo. Me tocó varias veces recibir esos sobres café al caer la tarde. Con mis hermanos veíamos como abría ese sobre con el cuidado que me imagino se deshojan las margaritas. Un ritual esperado y respetado. De ese sobre como salen los conejos del sombrero del mago, salían apuntes, compases, planos, escuadras, reglas. La mesa que servía para casi todo, se convertía en una especie de laboratorio de alquimista. El lápiz de grafito dibujaba triángulos, ángulos rectos, circunferencia. Con mi padre aprendí lo que era una diámetro.

Al lado de los banderines del Colo Colo y de Iquique, estaba el banderín que decía ELA. Letras blancas encima de un fondo azul.

Trabajó en la pampa y en la construcción del penúltimo hospital. Luego fue calderero,  atleta del Olimpo y también  del Iquitados. Fue de esos radicales que votó por Allende. Pero más que nada era nuestro padre que ayudaba en el planchado de la ropa y en el aseo. Olía como olían los ferroviarios.

Nunca lo vi tan feliz como cuando en familia viajamos a Antofagasta. Su segundo hijo se convertía en ingeniero. El sueño del viejo calderero se hacía realidad. Tal vez mi hermano mayor habrá visto en esos cursos por correspondencia el estímulo para ser lo que ahora es. Años después barajando recuerdos, olores,  colores y nostalgias supe que la sigla ELA, significaba Escuela Latino Americana. Esos sobres venían de Buenos Aires y tenían como destino la calle Bolívar 1143, Iquique.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 12 de enero de 2020, página 13

 

Manuel Jorge Miranda Sallorenzo

 

1930-2001

Muere en Hamburgo

Fue profesor de Castellano en el Liceo de Hombres de Iquique

Estudió Castellano en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, obtuviendo su titulo con la tesis «Los Aventureros en la Literatura Chilena».

En 1958 publica en Iquique «Contrabando para el amor» obra de teatro en un acto. En 1960 obtiene el Tercer Premio en el Concurso Gabriela Mistral con la colección de cuentos «Los Lindes del amargo».

Sus cuentos describen la vida áspera y desesperanzada de los hombres de Iquique. Narra con certeza vital, con mirada alerta, sin descuidar matices.

Los lindes del amargo (cuentos) publicado el año 1971 por la editorial Mazorca, Santiago. Contiene los siguientes cuentos:

La palabra en la arena

El pituto de la Petita

Guerrilla de las madres solteras

Hambre de infancia

La mujer está muy sola

El animal que llevamos dentro

Don José y las gaviotas

Otros libros:

El carruaje del diablo

La piel ajena

Y también los cómplices

¡Muchachos maten a Papá!

Más información:

Délano, Poli, 1936-. Manuel Miranda Sallorenzo, réquiem por un escritor [artículo] Poli Délano La Tercera. Archivo de Referencias Críticas. . Disponible en Biblioteca Nacional Digital de Chile http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/628/w3-article-210496.html . Accedido en 3/1/2020.

Costureras

Del gran repertorio de oficios artesanales existentes cuando en Iquique nos conocíamos todos, o al menos eso creíamos, el de la costurera tenía un brillo propio. No necesitaba rut, local y menos pagar patente. La palabra PYME no existía ni falta que hacía. Digo costurera y no modista.

Sus medios de producción básicos era la máquina de coser, un espejo, tijeras, dedales, huincha de medir, agujas y alfileres, tiza para marcar, hilo de todos los colores y en lo posible fotos de mujeres bien vestidas generalmente extraídas de la revista «Ecran». La revista «Para ti» inspiraba a las costureras, era una publicación en blanco y negro. En una esquina del living, se usaba para tomar las medidas y luego la prueba. Una modesta cortina garantizaba la privacidad de los cuerpos a ornamentar.

Este oficio no era posible sin la máquina de coser. Recuerdo una de estricto color negro marca Remington. Sobria y delgada. Abajo un gran pedal que hacía posible, gracias a los movimientos de los pies, que se accionara para que ocurriera el milagro de la costura. Era nuestra primera revolución industrial que acontecía en casa y que convivía con el fuego para hervir la ropa. Luego apareció la Singer de un color parecido al pino oregón. Pero algunas traían un pequeño motor eléctrico, segunda revolución industrial. Lo singular de la Singer, era los dos cajones y en el medio una gaveta que se abría como quien abre en los aviones los compartimentos arriba de los asientos.

Abrir esos cajones y esa gaveta era encontrarse con las minas del rey Salomón: botones, dedales e hilos cuyos coloridos eran nuestros arcos iris. Rememoro con ingenuidad esos años, pero no hay que olvidar que tras ese oficio había una mujer que le quitaba horas al sueño para entregar vestidos, y hacer que la economía familiar diera para que yo escriba ahora. Tengo la imagen de doña Haydée, cansada tratando de enhebrar la aguja a esa hora en que dormíamos arrullados por el sonido de la máquina que transformaba, gracias a Mamá, que hace cuatro años nos dejó, una tela en un hermoso vestido.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 5 de enero de 2019, página 13

MENU