Don Cesare

No era necesario ser su amigo para que te saludara y de yapa te regalara una sonrisa. Se paseaba por el supermercado haciendo la realidad esa frase que ya no se usa: «atendido por su propio dueño». Nunca pudo desprenderse del acento de su natal ciudad en Italia, pero igual nos demostró que la iquiquiñez no tiene por que tener como requisito haber nacido aquí. Como suele decirse por ahí, los iquiquenos nacemos donde se nos da la regalada gana.

Ser quitado de bulla, en una ciudad en la que muchos pegan codazos para aparecer en la foto, es un mérito mayor. Se ganó el don a fuerza de ser correcto y amable. Tuvo una relación especial con el deporte. Fue campeón de Chile en Bocha. Los jugadores de Deportes Iquique nunca van a pagarle lo que le deben. Tenía sus jugadores preferidos. Era una especie de padrino, pero en nada parecido al personaje de Marlo Brandon. Le tenía un especial cariño a Luis Acao, a la Zunilda que por mucho tiempo vivió en su casa de la calle Lynch. En los malos años de Deportes Iquique (hay que acordarse de esos tiempos) en la que los cheques con la se que le pagaban a los jugadores rebotaban en la caja de los bancos, don César los surtía de mercaderías. Jaime Carreño me contaba que cada vez que iba con su carro por el super de la calle Tarapacá, no le cobraban. Un guiño a la cajera de parte de don César, era el visto bueno. El torito Bogado, el facha Martel, eran sus protegidos. Sin embargo, el regalón número 1, fue  Alvaro Butti. Una vez al mes, el charrúa lo iba a ver a su casa.

César Rossi Banchero representa a la ciudad que casi ya no existe. Esa de puertas abiertas, menos desigual y en la que la filantropía era un hábito casi cotidiano. Un puerto con calles amables y con noches cálidas, incluso en agosto, y seguras. Una caleta en la que todos nos conocíamos y saludábamos como signo de buena educación. Un pueblo que cantaba desde el puerto hasta Cavancha

Publicado en La Estrella de Iquique, el 15 de septiembre de 2019

Post-golpe

Al día siguiente y no por arte de magia aparecieron las mercaderías. El desabastecimiento se esfumó. Volvieron los cigarrillos marca Hilton, el papel confort, los pollos y la pasta de diente. El soplonaje se instauró como institución. Muchos se vengaron e inventaron reuniones donde el vecino iba a conspirar. Todos éramos sospechosos. Otros dieron protección a los perseguidos. ¿Quien le dio albergue a Freddy Taberna? El miedo estaba presente en la vida cotidiana. El viejo Manuel González, el del quiosco de Tarapacá con Vívar más de una  lágrima habrá derramado. Mi abuelo desde el 11 empezó a morirse. Dos años agonizó, murió de pena, aunque el certificado de defunción diga otra cosa.

La radio Esmeralda del partido Socialista fue saqueada por los militares. Los discos quebrados y sus locutores tomados prisioneros. Jaime Gandarillas y el Negro Andrés Daniels fueron enviados a Pisagua. Empezó a transmitir como radio Centinelas del Norte. Las marchas militares se sucedían una tras otras. Olía a Tercer Reich. De noche y no vaya a escuchar el vecino, sintonizábamos radio Moscú, en búsqueda de una buena noticia. No las había. El regimiento Telecomunicaciones se convirtió en un andén para llegar a Pisagua. Iquique ya no volvería a ser el mismo.

12 de septiembre de 2019

El 11

Fue corto y doloroso ese día. La noche larga y trágica. Los helicópteros rastreando con sus potentes faroles. La furia institucionalizada. Ráfagas en búsqueda de la utopía desarmada. ¿Dónde estarás Marcelino Lamas? La muerte pan de cada día. La ausencia se hace parte del paisaje diario.  El sonido de los jeeps y de la bota militar se hacen cotidiano. Y sigo preguntando por los amigos ¿Estará bien el compañero Guata, la compañera Patricia, el Japito? Y el Freddy se habrá cortado la barba y el pelo?

Mi padre quema todo aquello que parezca subversivo. La imagen del Che arde en el patio y junto a él, los Beatles. Mi padre exclamó ante la mirada severa de mi madre: «Uno nunca sabe». Y se llevaron al Chamaco y le cortaron el pelo por marihuanero. Y así. Otros destaparon botellas de champagne, luego donaron sus anillos de boda y joyas para la reconstrucción nacional.

Esos días en el dial de las radios AM, Camilo Sesto cantaba «Algo de mi». La canción era interrumpida por los bandos militares que llamaban a hombres y mujeres a presentarse a la muerte.

Iquique 11 de septiembre de 2019

 

 

Quemar libros

 

 

Desde el año 1969 empecé a construirme mi biblioteca. Cuando conocí la de don Domingo Sacco pensé, en algún día, tener una. Con el gobierno de la Unidad Popular, y gracias a Quimantú, los chilenos tuvimos acceso a los libros a precios razonables. Si los niños y niñas tenían su medio litro de leche, los grandecitos tuvimos en esos libros nuestro propio alimento fundamental. Los mini-libros, Guantes de oro, Los diez días que estremecieron al mundo, La Madre de Gorki, y un largo catálogo que jamás se va a igualar. Teníamos un gobierno que creía en la cultura.

Pero llegaron los milicos.

En muchos patios ardían los conceptos elementales del materialismo histórico, o bien por el desagüe se iba el libro rojo de Mao. El fuego que consumía los libros y que iluminaba la noche anunciaba la llegada de la oscura noche cultural que aun sufrimos.

Iquique, 11 de septiembre de 2019

Camilo Sesto

La noticia de la muerte de Camilo Sesto nos sorprendió en plena celebración de nuestro aniversario. Desde que se inventó el karaoke, el español que se llama Camilo Blanes era invitado de lujo. Esta vez no fue la excepción. Mientras moría en España, en Iquique cantábamos «Porque hasta en sueño te he sido fiel», un verso que desafía al mismo Freud. A Camilo Sesto lo gozamos un poco en democracia, pero en dictadura, y casi sin querer queriendo se convirtió en la banda sonora de esas noches cautivas con asfalto húmedo. No era su cantar de peñas ni de tambos, pero si de fuentes de soda. En el Erika, la ronda de cervezas se animaba con «Fresa Salvaje, con cuerpo de mujer»- ¿Habrá visto la película de Ingmar Bergman?

Muere Camilo Blanes, pero sigue más vivo que nunca Camilo Sesto y en las calles hay abanicos negros.

Iquique 8 de septiembre de 2019

Camiseta

No se puede entender el campeonismo iquiqueño sin dejar de mencionar a los cientos de clubes deportivos que formaron, a los que más tarde iban a poner el nombre de Iquique en lo más alto del cielo que bien sabemos es celeste.

En los años 30, del siglo XX, eran tanto los clubes deportivos que habían que surgió una idea descabellada: fusionar a dos o más en uno. Descabellada porque significaba no entender nada de la identidad que se produce desde esas organizaciones. Así, por ejemplo, se planteaba que el Maestranza y La Cruz se fundieran en uno solo. Ambas instituciones se negaron. En Iquique habían más clubes deportivos por metro cuadrado que en cualquiera otra ciudad. Y la mayoría de ellos estaban localizados en el sector norte, el barrio obrero de la ciudad.

Uno de esos clubes nació el 9 de septiembre de 1923, y se le bautizó La Cruz, en virtud de su cercanía con el cerro del mismo nombre, en el Colorado. La foto de la directiva que lo fundó es elocuente. Al medio su presidente Juan Rondón. Parecen mirar al futuro, pero jamás habrían de imaginar que ese invento está cumpliendo 96 años. Tiene los colores ferroviarios, esos que patentó en América latina, el Peñarol y que Fernández Vial en Chile lo sigue exhibiendo. El Colorado no sólo fue barrio de pescadores, sino que también de ferroviarios. Empezó con fútbol, rayuela y básquetbol, otros dicen que también tuvo waterpolo. No sabemos cuándo y menos porque terminó practicando solamente básquetbol. Si sabemos que desde la década de los años 50 estamos en la plaza Arica. No nos olvidamos de nuestro pasado «poto verde», y a mucho orgullo.

Hoy hay menos clubes que antes y la población ha aumentado considerablemente. Muchos clubes han desaparecido como el Chung Hwa, vecinos y rivales. La Cruz no pierde su vocación formativa. Cerca de 50 niños y niñas son educados en nuestra institución. Bruno, Nicole y Sebastián son los formadores.  Uno de los mandamientos crucianos afirma que se entra a la cancha con la camiseta seca y se devuelve mojada. Exageraciones nuestras.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 8 de septiembre de 2019, página 13.

Iquique, carnaval

Iquique fue emporio de riqueza y alegría, con sus carnavales únicos en América del Sur y del Centro. Comparsas de enmascarados impulsaban sus ingeniosos carros alegóricos entre murgas y charangas. Los «victorias» tirados por caballos recorrían las calles céntricas, cargadas sus cabinas con globos llenos de agua, que eran lanzados hacia los balcones de las casas y desde éstas contestadas con arma idéntica.

Tomado de La belleza del desierto, de Oscar Gómez Bustos.

Revista En Viaje, enero de 1960. Nº 315

Chilenito

La ciudad estaba poblada de hombres y mujeres que vivían, casi al margen. Dormían en las calles y se alimentaban de nuestra solidaridad. El Mercado Municipal era su catedral. Con el tiempo nos enteraríamos que cabían bajo el rótulo de personajes.  Tal categoría se le quitamos a la elite. Los médicos, los políticos, los abogados lo eran pero tuvieron que compartirlos con estos de carne flaca, ropa andrajosa y muchos de ellos, serios, muy serios. ¿Alguien vio reír al Familia luego de tocar esas piezas de jazz con cacho de toro en cualquier esquina de esta comarca que era de jazmín?

Hoy que el recuerdo es lo más seguro que tenemos, de vez en cuando, surgen los nombres de esos personajes. En la infancia se usaban para asustarnos, para comer verduras o  luche o bien para hacer las tareas. ¿Qué sabía de tareas la Tonta Juana? Su tarea era otra, sobrevivir. El verbo que mejor conjugaba era comer, dormir y beber.  Nuestra infancia estaba poblada de estos outsiders, que el poeta Ayala los inmortalizó en su libro Escupitario.

Los personajes como Chilenito que habitaron nuestra geografía urbana no murieron, desaparecieron. De la noche a la mañana o vice-versa, nos abandonaron. Dejaron de andar por el tramado ciudadano. La locura les robó sus nombres y sus apellidos. Se ganaba la vida repartiendo viandas. Una hábito que que ya no existe en el nuevo Iquique. Fue el primer Delivery, escribió José Ojeda. Y tiene toda la razón. La clave comunicativa era la pregunta: «¿Cuántas Chilenito?» y la respuesta era más que obvia.

Al Chilenito, Ernesto Bernal, lo encontré, en una de mis tantas visitas, en el cementerio 1. La solidaridad de la Sociedad Internacional de Artesanos lo acogió. De los otros, esos tantos y tantas, como La Loca de los Gatos, la Tonta Juana y el República, nos sabemos mucho. A falta de biografía les inventamos leyendas. ¡Cuantas Chilenito! Se comía las calles con su paso rápido. No vaya a enfriarse la comida. Desaparecieron, y este acto de escribir y de acordarnos de sus figuras, es quizás una especie de Misa de  Réquiem.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 1 de septiembre de 2019, página 13

Quelentaro

 

El patio de mi casa, se me hizo más bello, cuando escuché la Milonga para Celinda. Desde ese entonces mi madre, doña Haydée, se pasó a llamar, sólo para mi, casi en secreto, Celinda.

La infancia tantas veces cantada por Quelentaro, «que hambre más bonita  la  de la infancia», se me convirtió en un himno, tarareado, sin necesidad de ponerme de pie, y menos aún de tocarme el corazón. No hacía falta. Gracias a los hermanos Guzmán conocí ese sur que para los del Norte Grande, siempre es un misterio. Angol, no existiría sin el cantar de Quelentaro. Angol está en el mapa gracias a ese canto. Los hermanos Guzmán, oraron para que Judas se metiera al Congreso e hiciera lo que mejor sabe hacer.

El profesor primario que narra en una de sus canciones, nos hizo clases a todos. Gracias a él, enhebramos las letras y construimos prosas y a veces, con dificultad, versos. Don Alfredo Rosales Alarcón, se reencarnó en don Octavio Villarroel Coca. «Somos todos Lonconao».

Quelentaro construyó la mejor crónica musical del Chile mapuche y campesino. Nos habló de la patria desde la provincia. Nunca le «pudieron abajar el canto» ni la muerte.

Nos dejó ese verso preciso y contundente, escudo protector «Voy a jugar al olvido y apuesto que te gano».

Iquique, 28 de agosto de 2019.

Penélope

A Joan Manuel Serrat le llamó la atención la belleza de la maniquí de la Casa Francesa. En forma instantánea, al tiro, se le ocurrió esa canción de aquel poeta que  secuestra a la dama que lucía «zapatos de falso charol». Serrat se paseó por esta ciudad que le parecía calcado a su Pueblo Blanco, con todas aquellas pequeñas cosas, que hacen «que lloremos cuando nadie nos ve». Nos habló de la mujer que parecía «fruta jugosa prendida en mi alma como casi cualquier cosa». Iquique le parecía una especie de Pueblo Blanco, pero con mar y sin barranco (no conoció el de la Jorge Inostrosa). El olvido camina lento como reloj a cuerda.  Cura, cabo y sacristán constituyen los ejes de la memoria y de una larga cadena de olvidos. Morir por morir… Y busca otra luna… Pero a diferencia de Serrat, no nos vamos de aquí… Aunque no esté muerto, estar aquí es una especie de cautiverio.

Cuando la canción Penélope se nos hizo pan de cada día, nos imaginábamos a esa mujer en el andén de la calle Sotomayor, esperando la espera. Serrat, se crió entre nosotros, vagabundeando por estas calles de este pueblo casi calcado a Badalona. Los  nombres de todas las mujeres nos sabían a yerba. Y el Curro el Palmo, éramos todos o casi todos. Nos enamoramos de la maniquí de la Casa Francesa. Imaginé mi infancia en Sevilla, tal cual la vivió Machado, el letrista de Serrat, según Benedetti.  Para entender la fiesta hay que escuchar la canción de este catalán: Vuelve el pobre a su pobreza.

Serrat parece no envejecer. Sus canciones forman parte de este pentagrama sensibilero que nos hace inventar, a diario, a esa mujer que tiene demasiados huesos, al caminito de la obra, a que vas a ser de ti, lejos de casa.  Verso a verso.

Por cierto Serrat nunca estuvo en Iquique, aunque en la calle Tarapacá con Barros Arana hubo una tienda que llevó el apellido del catalán. En esta ciudad nada queda y todo pasa. Golpe a golpe.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 25 de agosto de 2019, página 12

La ciudad de la bulla

En los años 20 del siglo pasado, “El Tarapacá” daba cuenta de los ruidos molestos que causaba una vitrola instalada en Tarapacá con Vivar. La música que emitía hacia la calle molestaba a los transeúntes. Carlos León en su novela “Todavía” alude a los sonidos que provocaba el abrir o cerrar de las rejas metálicas de los negocios de antaño.
 La banda sonora del Iquique pre-salitrero, se constituía  por el trote de  los caballos, por las olas que reventaban en nuestras generosas costas, por el canto de un gallo, por los ladridos de los perros o los aullidos de los lobos marinos.
 La modernidad trajo no sólo ciertas comodidades, sino que también ruidos de esos que llaman molestos. El pito de las doce o el de las seis de la tarde, era casi una pieza musical. Hoy, la bulla se ha convertido en parte integrante del paisaje urbano. El taladro del edificio en construcción, la alarma de un automóvil que se activa al más mínimo contacto, los músicos de la Plaza Prat con sus repertorios archi-repetidos, hacen que la banda sonora de la ciudad sea agobiante. Los colectiveros parecen ensañarse con los pasajeros haciéndonos escuchar a cuanto opinólogo cubre el ancho dial de las radios locales. Hay que reconocer eso si, el buen gusto de algunos. Uno de ellos escucha todo el día a “Queen”. Se le agradece.
 La ciudad debe aprender a administrar sus sonidos. En verano, el descanso de la playa se altera por la música a todo volumen que se emite. Los gimnasios son el templo de los ruidos molestos. Los automovilistas saludan de bocinazos a sus amigos y otros, escuchan su música como a si todos nos gustara.
 El silencio fue por mucho tiempo nuestra señal de identidad. Hoy lo es la bulla y los ruidos molestos.
Publicado en La Estrella de Iquique el 28 de abril de 2013, página 22
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