No realizaré un balance de lo que nos deja este 2019. Solo clavo  cinco estacas de la memoria, de aquellas que duelen. Nadie imaginó el despertar de los chilenos en octubre. En marzo las mujeres desbordaron el país, fue la antesala de octubre.

En enero se nos fue el viejo Manuel Silva y con su partida parte importante de nuestra historia deportiva En septiembre nos dejó Cesare Rossi, empresario y en noviembre Enrique Lombardi y  Arturo Barahona, piel roja. ¿Que tenían en común ellos?

Los cuatro habitaron el Iquique de la crisis del salitre, gozaron del boom pesquero y de la Zofri. Pero, esto es lo más importante, los cuatro tenían una vocación por lo público que hoy cuesta encontrar. Manuel y Arturo habitaron en los barrios populares de Iquique. Manuel hizo del básquetbol y de «su» club La Cruz la pasión de su vida. Arturo, Tesoro Humano Vivo, convirtió la devoción por la china en su razón de vivir. Cesare, jamás olvidó sus raíces, y siempre regaló algo mas que su sonrisa. Enrique hizo de la filantropía sin altavoces su estilo de vida.

Tal vez no se conocieron entre si, pero Iquique sabía de ellos. Sus funerales, masivos y emotivos dan cuenta del cariño ciudadano. La ciudad los lloró sabiendo que con ellos se iba buena parte de nuestra identidad deportiva, mariana y empresarial. Todos, a sus maneras, poetas.

Súmenos la  figura de Yenny Manzo, profesora de amplia sonrisa que deja un vacío tan grande como el cerro Dragón. No la conocí, pero me basta ver la pena de Williams Sembler para sentirme cercano.

Tuve la suerte de ser amigo de ellos. Tal vez no tanto de Cesare, pero me bastaba que me saludara y de la historia que Alvaro Butti contaba de él, para creerme su amigo. De los otros tres, ni que hablar. Padres, amigos, hermanos, confidentes. De los cuatro como las tablas de Moisés, como la lanza de los pieles rojas, como la escoba de Cesare, como el pizarrón de la Yenny,  como las corbatas de Enrique,  como los tablones de la galería de la cancha de la plaza Arica que nos quitaron.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 29 de diciembre de 2010, página 12

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