Entre Arturo Barahona y yo mediaban los años que separan a un padre de un hijo.  La primera vez que lo entrevisté fue a su regreso de su visita a ver al Papa en Antofagasta, en 1987. Tenía el don de la palabra, pero de esa que arrullaba y que jamás pretendió convencer a nadie. Hugo Arrey, caporal, le decía que gracias a sus enseñanzas, se había hecho no cristiano, sino mariano.

Arturo era mariano por los cuatro costados. Y tan delgado como el día lunes. Tardé me enteré que era una fanático de la pesca. Su memoria más que un don, era un privilegio. Su familia  un ayllu, una tribu, un inmenso manto sagrado que abrigaba y cobijaba.

Arturo fue el último discípulo de Aniceto Palza el fundador de los bailes pieles rojas de Chile. Cuando me comentaba de los avatares del sastre se emocionaba y sus ojos se humedecían. Con él aprendió  la disciplina, el rigor y sobre todo aprendió a convertirse en un hechicero y luego en el jefe. Movía la lanza como cuando tiraba el nylon en búsqueda de la esquiva cabinza.

Fui su amigo, tal vez,  sin merecerlo. Me contaba de sus correrías de ferroviario entre carunchos y caldereros. Allí se habrá terciado con mi padre, tan flaco como él. Los años lo fueron encorvando, pero nunca perdió la rectitud. La China no tendrá quien le cante su oración.

Sigue siendo mi amigo Arturo, tesoro humano vivo. La muerte no es más que una trampa, un pretexto para alejarse de este mundo, y en su caso para juntarse, por fin y nuevamente con su señora.

Los viejos caporales de La Tirana nos van dejando, año tras año. Y con ello parte importante de la historia de este santuario, se va quedando sin sus historias. Arturo siempre fue generoso con sus saberes. Lo recuerdo en un diplomado en la Unap, hablando de su vida y de su baile. En un documental y sobre todo en su casa, me recibía con un abrazo y un beso en la mejilla.  Fue como un padre para mi. ¿Quién va a sacar al baile ahora?

Publicado en La Estrella de Iquique, el 15 de diciembre de 2019, página 12.

 

 

 

 

 

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