Tenía fama de fregado o como se dice en latín de «hueón pesao». Pero en el fondo, como al final de los conventillos era como la fuente de agua que saciaba la sed. Era necesario y se hizo necesario. El negro, tenía el alma blanca. Y tenía más de una. Todos nos beneficiamos de su amistad. Era la referencia crítica. En otras palabras era literalmente incorrecto. Y eso se le agradece. Cargó y seguirá cargando la herencia de Andrés, esa que se llama nortinidad. Manto generoso que cubre a la cadena de puertos y ciudades que encontraron en el salitre su piedra fundacional y acaso filosofal: de Pisagua a Taltal.

Cuando se sabía que nos visitaba en Iquique, las alarmas del sunami literario se encendían. ¿A qué viene? ¿Qué nos trae? Su presencia era un aire fresco en una ciudad que, casi siempre olvida a sus referentes. Estuve con él presentado su libro sobre escritores iquiqueños. La ironía y el humor era su moneda cotidiana. Su cara y su sello.

Sus libros eran esperados, al igual que sus columnas en la prensa. La Linterna de Papel, ya no será la misma. Se le fue una pila. Queda ahora la pregunta ¿qué hacemos con su legado? Sus notas, sus borradores, su sentido del humor, sus frases célebres, sus proyectos inconclusos, donde irán a parar. Hay que construir el archivo Gaytan. Y cuidar sus obras tal como él lo hizo con Sabella y Bahamonde.

A decir verdad Sergio Gaytán Marambio era un archivo en persona. Tomaba nota de todo y nada se le escapaba. Era un investigador y un crítico, y como tal una figura de referencia. Generoso como solo él sabía hacerlo. Un intelectual, a la antigua, es decir, de verdad. Incómodo para el poder y para la mediocridad, que viene a ser casi una redundancia. Los antofagastinos, en especial y el Norte Grande, en general tenemos una tremenda deuda con el Negro.

Publicado en El Mercurio de Antofagasta, el 10 de octubre de 2019. Serie: Linterna de papel

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