Cuando era un niño -allá por la década del treinta- supe de emociones inolvidables en lo que se llamaba Estadio Nacional, muy cerca de la Plaza Baquedano, junto al puente Pío Nono. Para ser más preciso, donde se construyó más tarde la facultad de Derecho de la Universidad de Chile.

Un óvalo de madera capaz de cobijar a más de diez mil personas, donde el básquetbol y el boxeo sentaron sus reales en momentos felices para nuestro deporte en esas disciplinas. Cuando Chile cumplió un papel brillante en el Sudamericano costero del 32. Cuando los clásicos eran protagonizados por Internacional y Unión. Cuando el básquetbol chileno se tuteaba con las potencias del Atlántico.

Una noche, fui con mi padre a un combate boxeril. Peleaban un norteamericano de color -de mucho cartel- y Arturo Godoy, que recién asomaba como figura prometedora en el peso máximo. Pero, Billy Jones sabía mucho.

Era rápido, hábil, contundente. Una auténtica figura. Godoy, sin embargo, cayó con la bandera al tope. Recibió un castigo demoledor, pese a lo cual no cejó en sus afanes y terminó con su pantalón ensangrentado, pero... de pie.

Mi padre -un extremeño alegre y noble- no pudo reprimir una exclamación admirativa al ver a ese mocetón tumefacto, pero, sin claudicaciones:

¡Por Dios....! ¡Qué valiente es ese tío!

Fue entonces cuando un señor que estaba a su lado, respondió con una frase de dos palabras:

¡Es iquiqueño....!

Desde entonces me quedó grabada esa identificación con los hombres del puerto nortino. Sin pensar que más tarde llegaría a ser amigo de Arturo Godoy, que seguiría paso a paso su campaña, que estaría pegado al receptor en aquellas jornadas memorables frente a Joe Louis. Década del cuarenta.

Epoca escolar para mí. Y justamente el 41, se fue mi padre....

Todo esto ha venido a la memoria al repasar estas líneas fervorosas escritas por Bernardo Guerrero, relacionadas con el aporte iquiqueño a la causa deportiva, su tradición indesmentida, sus nombres, sus astros y cuanto resume el capítulo ancho de una ciudad que se identifica con el día de las Glorias Navales.

Llegar a Iquique es eso. Comprobar su progreso, admirar sus playasy retroceder en el tiempo. Epoca de esplendor con transatlánticos imponentes en sus dársenas, las mejores compañías líricas y teatrales, casas de fina madera traídas desde Europa y otras latitudes.

Observar el mar desde la rada es recordar la arenga de Prat, saber que la Esmeralda guarda sus tesoros espirituales en el fondo del mar y que esa boya azul, cuya luz jamás se apaga está indicando el lugar exacto de un puñado de próceres y una gesta imperecedera.

No sorprende por ello, el sentimiento de Guerrero Jiménez al recopilar en su libro una parte del deporte iquiqueño. Y conste que lo hace nacido el 54. Sin haber vivido el ayer más glorioso. Eso no importa. La narración es acuciosa, seria, prolija y documentada. Y el propósito del autor se trasunta en los tramos iniciales a través de la presentación y la introducción de los diversos capítulos, que revelan una personalidad estudiosa, observadora y docente.

Apellidos enraizados en la dinastía de los Loayza por ejemplo.

¿Vamos a olvidar lo que cristalizaron a través de sus puños?

¿Vamos a olvidar que sólo el infortunio privó al Tani del primer título mundial?

¿Vamos a olvidar a Humberto y sus K.O., estremecedores en el Caupolicán?

¿Vamos a olvidar a Humberto Lillo "Buccione"?

¿A Bahamondes, a Rodríguez, Prieto y a tantos otros?.

Pero, sería injusto parcelar evocaciones y menciones en el pugilismo. El caso de Freddy Wood, sin ir más lejos, a quien se apodó "Mentolatum" porque era bueno para todo. El caso de Pedro Fornazzari, basquetbolista, periodista, funcionario a nivel internacional, gerente del organismo máximo del fútbol, Jefe de Prensa en el mundial del 62. Y Ernesto Alveal. Uno de los mosqueteros del 62 junto a Dittborn, Pinto Durán y Manuel Bianchi Gundian. El básquetbol es tema aparte y la emigración llegó a Valparaíso y Santiago con los Corderos y los Ostoic, el croata avecindado en Iquique. En fin, no me corresponde ahondar ni hurgar en lo que es el texto que nos preocupa. Sólo resaltar su sincera valía.

El periodismo también supo de la pincelada ,del puerto heroico. Carlos Guerrero que popularizó el seudónimo "Don Pampa" se mantiene enhiesto e inconmovible a los 88 años. Lúcido, cordial, reflexivo, franco a carta cabal. Todo un símbolo de su tierra querida.

Para el Libro de los Campeones, augurio y suerte. Más que eso comprensión y aceptación por lo que significa un trabajo de búsqueda, archivo, enlace y justicia para los hermanos Robledo que supieron al nacer de ese entorno de pampa y mar, de cerro y océano. Para arqueros como Manuel Astorga y Roberto Sola. El que vino el 43 y lo paró todo en una definición con Unión Española al estrenar la corona profesional frente a los "taitas" amateurs.

Tierra de campeones. Tierra que tiene mucho que contar. Tierra amada. Y se incrusta en la nostalgia aquella noche de boxeo en Pío Nono donde alza su fachada moderna la Escuela de Leyes de la primera Universidad del país, con el diálogo del viejo extremeño y su vecino:

¡Dios mío....! ¡Qué valiente es ese tío...!

¡ Es iquiqueño....!

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