Carlos Vera: De la Isla Serrano a campéon sudamericano.


Otro grande fue Carlos" Chivato" Vera, que actuó incluso en Brasil. Nació el año 1929. Cuando niño vivía en la Isla Serrano, y se desarrolló como atleta gracias a las enseñanzas de Hernán Cortés. Le decían " Chivato" por la barba que usaba. Terminando el Liceo se fue a estudiar Arquitectura a la Universidad Católica. Dicen que ahora vive en Venezuela donde sigue compitiendo en la categoría de seniors.

Don Pampa escribió la siguiente nota sobre Carlos Vera:

Seguramente habría sido crack y hoy estaría contratado en algún club profesional. Aptitudes tenía de sobra para llegar a la consagración. Pero luego vió otro deporte que "sintió más adentro". Tenía ocho años, y el padre lo llevó de la mano. Atletas del todo el Norte, desde Arica a Coquimbo, estaban en la pista. Un campeonato de la región. Durante los tres días el chico moreno, flacucho con los ojos muy abiertos, estuvo mirándolo todo, especialmente los saltos: la garrocha, el largo y el alto. El también podría elevarse como una pluma. En su casa iba a practicar. Regresaba ronco todas las tardes, y tuvo un ídolo: el rucio Gómez. Atleta apuesto que en ese torneo, ganó seis pruebas. Años después, aquel pequeño iba a repetir la hazaña del rucio Gómez, hace poco en Tocopilla, en representación de Coquimbo ganó cuatro pruebas del Campeonato del Norte: largo , alto , triple y 100 metros; fue segundo en 110 vallas y 200 metros.

Frente a Iquique, a medio kilómetro de la playa está la Isla Serrano, hoy unida al territorio por un molo de abrigo. Era su isla. Allí vivió desde los 4 hasta los 14 años. Su padre era empleado de las obras de construcción del puerto. No le interesaban la ciudad, el cine, ni nada . Sí no hubiera existido la necesidad de ir al liceo, nadie lo habría sacado de su reducto. La prueba está que en vacaciones se estaba los tres meses en ese pedazo de tierra incrustado en el océano. Allí tenía lo que quería , lo que amaba: aire, mar, sol, el faro, las gaviotas y el roquerio inmenso atestado de mariscos. Y, además, la cancha de fútbol, la de basquetbol y una piscina. El viejo Neptuno su amigo , la construyó para él. Entre dos rocas inmensas estaba una laguna natural. A las siete de la mañana, en la playa , su padre, su madre, él y su hermano, hacían gimnasia; después un poco de basquetbol y el desayuno. El papá iba al trabajo, la mamá al mercado y ellos a esperar a los amigos para la práctica de fútbol. A las 11 y media, natación en la piscina de mar. Almuerzo; y de 2 a 3, la hora de estudio que el papá, inflexible , no perdonaba. A esa hora ya estaban los cabros para el segundo match de fútbol; después otra vez natación y a tomar "lonche". Siempre había 12 o 15 niños invitados al té de la tarde, con la alarma consiguiente de la mamá. Era el programa de los tres meses de vacaciones. Al atardecer sucedía la excursión por los arrecifes, por los sitios inexplorados. La hora de los piratas. Era el capitán, porque era el más osado . Siempre llegaba hasta el peñasco más lejano, aquel que se internaba en el mar. El farellón odiado de las olas, que allí rompían y bramaban. Saltaba al aire como de un sifón. Se vendaba un ojo con el pañuelo rojo y un yagatán de madera al cinto. Era el capitán . Todos los de la banda vivían las aventuras que les contó Salgarí . Una tarde asaltaron el faro y maniataron al guarda. Chiquillos bandidos. "Bajel pirata, que llaman - por su bravura , el Temido, - en todo mar conocido - de uno al otro confin. - Con diez cañones por banda - y viento a toda vela - no corta el mar, sino vuela - un velero bergantín". Aquel era su barco , aquel mohoso y con la arboladura derruída. La chata "Carampangue", inmovilizada hace treinta años en la bahía iquiqueña.